Gabriela y Gonzalo apenas llevan poco de casados, pero su matrimonio se verá amenizado cuando Gabriela decide la tontería de intercambiarse con su hermana gemela, quien no es precisamente buena y que, además, está en prisión. ¿Podrá su matrimonio sobrevivir? ¿Podrá Gonzalo darse cuenta de quién está frente a él?
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LO QUE ESTÁ EN JUEGO.
...GABRIELA:...
El día del partido llegó antes de lo esperado. Aún faltaba para que comenzara.
Pero eso no hizo que la semana se sintiera menos larga.
La misma noche de la cita pasada le envié un mensaje antes de dormir.
“Buenas noches, no olvides el sábado.”
“Buenas noches, no lo olvido y prometo portarme mejor.”
“Si vuelves a portarte un poquito mal, no creo que me moleste.
Buenas noches.”
Habíamos estado mensajeándonos un par de veces. Él tuvo que cubrir el turno de treinta y seis horas de uno de los doctores a su cargo, por lo que durante ese tiempo no hablamos. Aun así, cada vez que podía se tomaba el tiempo de avisarme cuando estaba por dormir. Al menos me enviaba un mensaje.
También se aseguró de darme los buenos días, preguntarme cómo había amanecido y desearme buenas noches.
Y eso… eso se aprecia.
Por lo cual, la semana hubiera sido fácil si no hubiese pensado demasiado en él.
Durante esos días me descubrí recordándolo a cada momento, o por cosas simples como por un abrigo que vi en un aparador, solamente parecido al de él, no igual. Fui a la cafetería donde nos conocimos para ver si me lo encontraba… qué tontería.
Ya no andaba en suéter y pants, lo cual sorprendió a algunos colegas del trabajo, pero todos dieron cumplidos. Es que quería verme linda.
Estaba perdida.
Zoe y yo estábamos en la cocina.
Ella acomodaba la botana como si el partido fuera una final de vida o muerte. Yo solo la ayudaba, más distraída de lo que quería admitir.
—Si pierde mi equipo, hoy no respondo por mis acciones —dijo, abriendo otra bolsa.
—Todavía ni empieza —respondí, apoyándome en la barra.
El timbre sonó.
Zoe levantó la cabeza de inmediato, sonrió como si hubiera estado esperando ese momento.
—Debe ser él —dijo—. Abre.
Sentí ese pequeño vuelco en el estómago.
Caminé hacia la puerta, respiré hondo y la abrí.
Ahí estaba.
Increíblemente sexy con su vestimenta casual que casi me ahogo.
Traía una chamarra negra. Debajo la jersey del equipo, una bufanda negra, llevaba jens con tenis pulcros y un gorro de estambre.
—Hola — Sonrió.
—Hola —respondí, y por un segundo se me olvidó todo lo demás.
—Traje bebidas y botana —dijo, levantando un poco la bolsa—. No sabía exactamente qué preferían.
Ese detalle me aflojó algo por dentro, por si bien yo bebía, aún no terminaba de encontrarle el gusto a la cerveza y lo tomo en cuenta por que se lo dije en la primera vez que salimos.
—Pasa —me hice a un lado.
Entró y Zoe apareció de inmediato y lo observó.
— Le dije a Gaby que si le ibas a los Eagles, no ibas a cruzar esa puerta. — Lo miro desafiante.
—Jamás —respondió él, abriendo un poco su chamarra para mostrar su jersy —. Eso sería imperdonable.
Se saludaron, tranquilos, naturales. Yo cerré la puerta y cuando me giré, él ya me estaba mirando otra vez.
Zoe arqueó una ceja, divertida. Yo sentí calor en el cuello.
—Perfecto —dije—. Gracias.
Dejó la bolsa en la barra.
—Bueno, yo voy a poner el partido —anunció Zoe— Ustedes sírvanse lo que quieran
Él sonrió.
Se retiró el abrigo, la bufanda y el gorro. Comenzó a acomodar su cabello con la mano y casi se me fue la fuerza de las piernas.
Cómo podía verse tan atractivo con una simple camisa. Sus brazos quedaban expuestos y me hizo tragar saliva.
—Te sirvo algo.
—Sí, por favor —respondí apenas.
Me giré un momento hacia Zoe y la muy maldita también se lo comía con la mirada.
Le lance una mirada.
—Ay, perdón… —dijo moviendo los labios.
Pero no la culpaba, era muy atractivo.
Él comenzó a preparar un trago con agua mineral.
—Ya ansiaba verte —dijo—, por eso llegué un poco temprano.
—Yo también quería verte —respondí—. Así que estuvo bien.
Gonzalo me ayudó a acomodar la botana en el centro de la mesa.
—¿A qué hora llegarán los demás? —preguntó.
Zoe y yo nos miramos, confundidas.
—¿Los demás quiénes? —preguntó Zoe desde la esquina del sofá, frente al televisor.
—¿No vendrán más? —insistió él, visiblemente desconcertado—. Lo digo por toda la comida que hay aquí.
Había una charola de boneless con papas, dos pizzas, dedos de queso, aros de cebolla, frituras, aderezos…
y la lista seguía.
Zoe se encogió de hombros, como si la explicación fuera obvia.
—Pues… somos nosotras —dijo—. ¿Qué? ¿No se nota?
Gonzalo volvió a mirar la mesa. Luego a nosotras. Después otra vez la mesa.
—¿Todo eso… para tres personas?
—Si — aclaró Zoe—. Pero tranquilo podremos comer tu párte si te llenas rápido.
Solté una risa antes de poder detenerme.
—No exageres —le dije—. Siempre sobra algo.
—Nunca sobra —me corrigió sin mirarme, tomando un tazón de frituras y se sirvió pizza.
Gonzalo negó con la cabeza, parecía genuinamente impresionado.
—Debí traer refuerzos —murmuró—. O venir con entrenamiento previo.
—Tranquilo —dijo Zoe—. Aquí nadie obliga a nadie. Comes lo que puedas…
Él se rió, por fin relajándose del todo, y se sentó a mi lado en el sofá. No demasiado cerca, pero lo suficiente para que nuestras rodillas se tocaran apenas.
Ese contacto mínimo fue suficiente para que algo se incendiara dentro de mí.
—¿Seguro no viene nadie más? —preguntó una última vez, ya sonriendo.
—Seguro —respondí—. Es plan tranquilo.
—Perfecto —dijo, tomando una servilleta—. Entonces ya puedo empezar sin culpa.
Zoe levantó su vaso como si brindara.
El partido comenzó y, casi de inmediato, algo cambió en el ambiente.
Zoe y Gonzalo —y juro que no sé cómo explicar la conexión entre estos dos— se inclinaron hacia el frente al mismo tiempo, como si el cuerpo les hubiera reaccionado antes que la cabeza.
Me causó gracia.
No fue planeado, simplemente pasó. Ambos siguieron la jugada con atención absoluta, los ojos fijos en la pantalla, la tensión creciendo con cada avance.
—¡Bien! —gritaron los dos cuando una jugada se completó.
—Exacto —dijo Zoe—. Sigan así.
—Esa jugada fue excelente —agregó él—. ¿Tú qué piensas? —se giró para preguntarme.
—Yo no sé mucho, pero creo que están jugando más ordenados —respondí—. No tan desesperados.
Solo dije lo que pensaba. Después de muchos partidos con Zoe, había aprendido algo.
Gonzalo asintió.
—Eso, justo eso. No están forzando tanto.
El segundo cuarto avanzó sin que nadie se diera cuenta del tiempo.
Zoe ya estaba sentada al borde del sofá, con un boneless en la mano y la mirada fija en la pantalla. Gonzalo se había relajado un poco, pero cada vez que la jugada se tensaba, volvía a inclinarse hacia adelante, igual que ella.
—No, no, no… —murmuró Zoe—. Ahí no, ahí no.
—Va a lanzar —dijo Gonzalo, seguro.
Coloco una mano en mi rodilla y la apreto, no con fuerza a solo como asegurándose de que estuviera ahi.
La jugada se resolvió y el balón no entró.
Zoe chasqueó la lengua.
—Te lo dije.
Gonzalo soltó una risa corta.
—Está bien, te doy esa.
Me miró de reojo, como si buscara complicidad.
—Es peligrosa cuando tiene razón.
—Siempre la tiene cuando ve fútbol —respondí—. En todo lo demás… debatible.
Zoe me lanzó una mirada asesina sin despegar los ojos de la pantalla.
—Oigan, ¿vinieron a ver el partido o a atacarme?
—Ambas cosas —dijo Gonzalo, sin pensarlo demasiado.
Zoe lo señaló con el boneless.
—Me cae bien este. — y lo comió fieramente.
El juego continuó bien. Gonzalo me explicaba algunas jugadas de vez en cuando y, sin darnos cuenta, cada vez estábamos más cerca.
El segundo cuarto terminó y llegó el medio tiempo.
Zoe se fue a la cocina a rellenar aderezos y botana, concentrada en su misión.
— Perdón si me puse intenso —dijo en voz baja, señalando la televisión—. A veces se me olvida que no todos lo viven igual.
— No —respondí rápido—. Me gusta verte así.
Me miró, sorprendido, y sonrió apenas.
— ¿Sí?
Asentí.
— Además —añadí—, creo que empiezo a entenderlo un poco más… cuando lo explicas.
— Entonces vale la pena —murmuró.
El silencio que quedó no fue incómodo. Al contrario.
Su brazo descansaba detrás del respaldo del sillón, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo.
Su mano izquierda se posó sobre la mía, que descansaba en mi pierna.
— Me gusta mucho que me hayas invitado —dijo—. Sé que no eres tan fan, pero que me invitaras, que estés aquí… conmigo y con tu amiga. Me gusta mucho.
Sentí algo apretarme el pecho.
— A mí también —respondí—. Me gusta compartirlo contigo.
Comenzó a jugar con las puntas de mi cabello, justo detrás de mi oreja, con movimientos distraídos, casi inconscientes.
Me observaba con atención, como si estuviera midiendo cada reacción.
En cualquier otro momento tal vez me habría sentido invadida, pero no era lo que sentía ahora.
— ¿En qué piensas? —pregunté.
Suspiró.
— En que tengo unas ganas tremendas de besarte.
El calor se me subió directo a las mejillas.
Pude ver la contención en sus ojos, el esfuerzo por no cruzar una línea sin saber si yo quería lo mismo.
Su pulgar comenzó a trazar círculos lentos sobre el dorso de mi mano.
Nos quedamos así. Ninguno se apartó. Seguimos hablando, riendo por las reacciones exageradas de Zoe desde la cocina.
Ella no interrumpió en todo el medio tiempo: fue al baño, al cuarto, volvió… y solo regresó a la sala cuando el partido estaba por reiniciar.
El tercer cuarto comenzó, pero no nos separamos. Zoe lo notó, pero no dijo nada. Si bien era muy transparente, también era prudente, y sabía cuándo no decir nada.
Yo, deliberadamente, moví la mano y entrelacé mis dedos con los de él.
Lo vi sonreír.
De un momento a otro el marcador dio la vuelta. Zoe estaba hecha lumbre y Gonzalo, evidentemente, decepcionado.
—Ya sabía, sabía que se iban a confiar y que esto iba a pasar —dijo mientras se levantaba del sofá.
—Aún hay tiempo para recuperarse —respondió Gonzalo.
Zoe negó con la cabeza, sin despegar la mirada de la pantalla.
—¡Haz el cambio! —reclamó—. ¿Qué esperas? Sácalo ya, no está dando una.
El entrenador, por supuesto, no la escuchó. Al contrario, mantuvo la misma alineación y la jugada siguiente salió peor.
Zoe soltó una risa incrédula y volteó a ver a Gonzalo, indignada.
—¿Ves? —dijo, señalando la televisión—. Justo lo que no tenían que hacer.
Gonzalo suspiró y asintió, resignado.
—Sí… estamos perdidos.
Luego se giró hacia mí y, sin soltar mi mano, se inclinó apenas para susurrarme al oído:
—Igual de perdido que yo por ti.
El último cuarto comenzó con la tensión al límite.
Zoe volvió a sentarse al borde del sofá, cruzando los dedos, murmurando amenazas al aire como si el equipo pudiera escucharla. Gonzalo también estaba atento, la mirada fija en la pantalla, el cuerpo inclinado hacia el frente… pero su mano seguía entrelazada con la mía.
No la soltó ni un segundo.
Celebró una buena jugada con un golpe suave en su muslo y un “bien, bien” apenas audible, pero enseguida volvió a mirarme, como si necesitara asegurarse de que yo seguía ahí.
—Todavía se puede —dijo, más convencido de lo que el marcador sugería.
—¿No estás viendo el marcador? El partido está por terminar, ¡ya perdimos! —comentó Zoe, molesta, sin voltearnos a ver.
Gonzalo negó con la cabeza, sin despegar los ojos de la pantalla.
—No, no todavía —dijo—. Mira, si hacen una jugada larga aquí y no se apresuran, pueden comerse el reloj. Les conviene avanzar poco a poco, no irse a lo desesperado.
—¿No estás viendo el marcador? El partido está por terminar, ¡ya perdimos! —comentó Zoe, molesta, sin voltearnos a ver.
Gonzalo negó con la cabeza, todavía atento a la pantalla.
—No necesariamente. Mira, si hacen una jugada larga aquí y no se desesperan, pueden controlar el reloj. Lo peor que podrían hacer es irse a lo loco.
Zoe chasqueó la lengua… pero esta vez no lo contradijo de inmediato.
—Bueno —dijo tras un segundo—, sí. Eso sí. Siempre se echan a perder cuando quieren lucirse de más.
Gonzalo giró apenas la cabeza hacia ella, sorprendido.
—Exacto. Necesitan jugar simple.
—Y proteger al mariscal —añadió Zoe—, porque si lo vuelven a dejar vendido, ya valimos.
Él sonrió de lado.
—Por fin alguien sensato en esta sala.
—No te emociones —respondió ella—. Coincido contigo esta vez, nada más.
Yo los miré, divertida, sintiendo cómo la tensión del partido se mezclaba con algo más ligero.
—Entonces… ¿aún hay esperanza? —pregunté.
Zoe suspiró, cruzándose de brazos.
—Mínima —admitió—. Pero existe.
En la pantalla avanzaron unas yardas.
Zoe se incorporó un poco.
—Ok… eso estuvo bien.
Gonzalo apretó mi mano, satisfecho.
—¿Ves? Todavía estamos en el juego.
Pero yo solo podia pensarse en cómo el jugaba concentrado los dedos de mi mano.
La última jugada terminó.
Silencio.
Zoe no reaccionó de inmediato.
Se quedó mirando la pantalla, inmóvil, con la boca apenas abierta… como si su cerebro se negara a aceptar la realidad.
Y entonces…
—No… —susurró.
El marcador quedó fijo.
Ella parpadeó.
—No, no, no… —repitió, negando con la cabeza—. Esto no es real. Esto no está pasando.
Gonzalo dejó caer los hombros.
—Se acabó.
Eso fue el detonante.
Zoe se dejó caer de rodillas frente al sofá, llevándose ambas manos al rostro.
—¡¿POR QUÉ?! —gritó—. ¡Yo confié en ustedes!
Me levanté de inmediato.
—Zoe…
—¡No me hables! —sollozó—. Déjame vivir mi duelo.
Comenzó a llorar de verdad. Llantito contenido, dramático, con respiraciones entrecortadas.
—Todos los hombres del mundo me han fallado hoy —dijo, con la voz rota—. Todos.
Gonzalo se aclaró la garganta.
—Yo…
—¡TÚ NO CUENTAS! —lo señaló sin mirarlo—. Tú estás aquí. Ellos no.
Me agaché junto a ella y la abracé.
—Amiga, solo es un partido…
Ella levantó la cabeza, ofendida.
—¿Solo? —preguntó, con lágrimas colgándole de las pestañas—. ¿SOLO?
Volvió a esconder el rostro en mi hombro.
—Yo les di mi fe. Mi tiempo. Mi botana. Y así me pagan.
Le acaricié el cabello, conteniendo la risa, di una breve mirada a Gonzalo.
—Shh… ya pasó.
—No ha pasado —murmuró—. Esto me va a doler toda la semana.
Se separó un poco y me miró.
—Prométeme que no vamos a hablar de esto.
—Te lo prometo.
—Ni de estadísticas.
—Jamás.
Suspiró profundo y se limpió la cara con la manga.
Y la vi.
Ella me miró.
Lo comprendimos todo. No hicieron falta palabras.
—Bueno… —dijo, poniéndose de pie con una dignidad claramente forzada—. Me voy antes de decir algo todavía más humillante.
Se puso el abrigo y tomó su bolsa.
Antes de salir, nos miró a Gonzalo y a mí.
—Chicos, me llevaré las alitas que quedaron.
—Zoe… —empecé.
—No es robo —interrumpió—. Es compensación emocional.
Cruzó la puerta con la charola bajo el brazo y, justo antes de cerrarla, asomó la cabeza.
—Y no me escriban. Estoy de luto.
Cerré la puerta y me gire.
Y vi en ese momento, en su mirada todo lo que había contenido todo este tiempo.
Se acercó lentamente sin apartar la vista.
— Siento mucho la derrota del partido. — Susurre sin saber por qué.
— Eso ya no importará ahora.
Y atrapó mi boca provocando que solo existiera el.
Esta vez no hubo vuelta atrás.