No todas las cicatrices se ven en la piel. Algunas habitan en la memoria, en las emociones y en los recuerdos que tratamos de callar. La historia de Liam es un testimonio vivo de esas cicatrices invisibles y de la valentía de ponerlas en palabras.
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Capítulo 15: Cargas reales
Mi madre llegó un martes por la tarde.
Me llamó cuando yo estaba saliendo de la facultad. El vestíbulo estaba lleno de gente celebrando o lamentándose por las notas, pero yo solo quería escapar del ruido. Cuando me dijo que estaba en el estacionamiento, sentí un breve pulso de alarma, pero lo controlé. No quería hablar allí, rodeado de miradas curiosas y del apellido Chester grabado en las placas de las paredes.
—Vamos a mi apartamento —le dije cuando llegué a su auto—. Estaremos más tranquilos.
Subí con ella. El trayecto fue silencioso, pero no era un silencio tenso; era el silencio de dos personas que están reconociendo un terreno nuevo. A través de la ventanilla, vi la ciudad pasar: los edificios de cristal que mi padre amaba y las calles viejas que yo prefería.
Cuando entramos en mi edificio, noté que ella observaba todo con una curiosidad suave. Mi apartamento es un espacio de líneas limpias, casi frío, con planos extendidos sobre la mesa y olor a café y grafito. No hay lujos innecesarios. Es un lugar diseñado para no distraerse del silencio.
—Es… muy tú, Liam —murmuró ella, dejando su bolso sobre la encimera de la cocina.
Se sentó en uno de los taburetes de madera mientras yo preparaba algo de té. Afuera, el ruido del tráfico de la ciudad llegaba amortiguado, recordándonos que el mundo seguía girando, pero que aquí dentro las reglas eran mías.
—Ya entregaron las notas —dijo finalmente, sacando un sobre del bolso—. El decano las comentó en la conferencia.
Me tendió el sobre. Las notas eran sólidas, estables. Mías. Ella las miró una vez más antes de hablar.
—Estás bien encaminado, Liam. Te ves diferente. Como si algo… se estuviera acomodando por dentro.
Bajé la mirada hacia la taza de té. No supe qué responderle porque tenía razón. En este mismo salón, días atrás, yo solo podía pensar en muros. Ahora, con ella sentada ahí, el aire no se sentía tan escaso.
—No voy a preguntarte nada que no quieras contar —continuó ella—. Solo quería que supieras que lo noto. Y que me alegra. No porque signifique que todo pasó, sino porque significa que no estás solo cargándolo.
Después de un rato, me preguntó si todavía trabajaba con Abel.
—Sí —respondí—. Sigo yendo algunos días.
—¿Lo necesitas? —preguntó, mirando mis manos, que aún tenían rastros de grafito y esfuerzo.
—No es por eso, mamá. Abel no me pregunta quién soy cuando no estoy trabajando. Me trata igual cuando llego cansado o callado. No me mira como si tuviera que corregirme.
Elizabeth asintió despacio. Se levantó y caminó hacia la gran ventana que daba a la calle. El sol de la tarde le daba de lleno, haciéndola parecer más joven, menos cansada.
—Hay personas que reparan sin tocar —murmuró—. Solo estando.
Antes de irse, se acercó a mí. En la privacidad de mi hogar, el gesto fue más natural. Abrió los brazos con cuidado y me dejó apoyar la frente en su hombro. Su perfume suave llenó mis pulmones. No hubo espasmo. No hubo rechazo. Solo una viga que finalmente encontraba su lugar.
Cuando cerré la puerta de mi apartamento, el silencio ya no se sentía como una celda. Me puse una sudadera vieja, me colgué la mochila y caminé hacia el supermercado de Abel.
El Supermercado "El Tránsito" era el polo opuesto a mi vida como un Chester. Allí no había mármol ni perfumes caros; olía a detergente, a fruta fresca y al cartón húmedo de las cajas. Era un caos organizado que me obligaba a estar presente.
—¡Lennox! —gritó Abel desde el fondo del pasillo de conservas—. ¡Ese camión de lácteos no se va a descargar solo!
Abel estaba subido en una escalera, reponiendo latas con una agilidad sorprendente para su edad. No me preguntó por la conferencia ni por mi padre. Solo me señaló el muelle de carga con un gesto de la barbilla.
—Voy, Abel —respondí, dejando mis cosas en la oficina trasera.
Me puse los guantes y empecé a mover cajas. El peso físico me sentaba bien. Cada caja de leche, cada huacal de frutas que levantaba y acomodaba era una forma de silenciar los pensamientos. A mi alrededor, el supermercado estaba lleno: señoras comparando precios, niños corriendo por los pasillos y el sonido constante del "pip" de las cajas registradoras. Para ellos, yo solo era el chico alto y callado que movía la mercancía con una eficiencia casi robótica.
—Lo haces como si estuvieras construyendo un muro de contención —dijo Abel, acercándose con una lista de inventario—. Relaja los hombros, muchacho. Son yogures, no ladrillos para un búnker.
Sonreí de lado. Abel era el único que notaba mis tensiones.
—Es la costumbre, Abel.
—Pues cámbiala —gruñó él, aunque con una chispa de afecto en los ojos—. Aquí vienes a ensuciarte y a cansarte para poder dormir de noche. Lo demás, déjalo en la puerta.
Me quedé un momento con una caja pesada entre las manos. Una pareja joven pasó por mi lado, riendo mientras elegían qué cenar. Estaban tan cerca que sus abrigos rozaron el mío. Me tensé por un microsegundo, pero luego, el recuerdo del refugio con Hazel y la calidez de mi madre hace una hora actuaron como un ancla. No solté la caja. No retrocedí.
Abel me observaba desde el mostrador de recepción. Vio que no me había movido, pero también vio que no había colapsado.
—Buen trabajo, Liam —murmuró, volviendo a sus papeles.
Esa tarde, mientras terminaba de organizar el almacén, entendí lo que mi madre quería decir. Abel "reparaba" dándome normalidad. En el supermercado, entre el ruido de la gente común y el peso del trabajo físico, yo no era el heredero de un imperio roto. Era solo alguien ayudando a que el mundo siguiera girando.
Al salir, el aire de la noche se sentía más ligero. Sabía que algunas grietas seguían ahí, pero entre el apartamento y el supermercado, estaba aprendiendo que no todas las estructuras necesitan ser de acero para mantenerse en pie. Algunas se sostienen, simplemente, dejando que otros entren.