Después de amar obsesivamente y morir, Elijah Grant despierta con una segunda oportunidad y un juramento: esta vez no permitirá que el amor lo destruya. Decidido a huir del hombre al que amó unilateralmente durante años, planea una nueva vida lejos de él.
Pero el pasado no se olvida tan fácilmente.
El hombre que lo marcó se niega a dejarlo ir, y una amenaza inesperada vuelve a poner su vida en peligro.
Cuando el amor se confunde con posesión y el destino insiste en repetirse…
¿podrá Elijah escapar de su final o está condenado a revivirlo?
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Capítulo 15. Esperanza.
Llegué a mi departamento y dejé el equipaje en la entrada, abandonado ahí como si no tuviera la energía suficiente para moverlo un centímetro más. Fui directo a la cocina, me serví un vaso de agua y bebí un par de tragos largos antes de acercarme al ventanal. Desde ahí, la ciudad se extendía bajo mis pies, viva, indiferente, majestuosa. Las luces, los edificios, el movimiento constante… todo parecía seguir su curso, ajeno a mí.
En mi vida pasada me había perdido de estos pequeños placeres. Toda mi atención, cada pensamiento, cada segundo de mi existencia, giraba en torno a Robert y a mis inútiles intentos por enamorarlo. No recuerdo haber tenido amigos de verdad. Quizá conocidos, rostros recurrentes, personas que fingían cercanía… pero ninguno sincero.
Todos los que se acercaban a mí buscaban algo. Un favor, un puesto, que revisara sus proyectos o respaldara sus propuestas. Las mujeres, en su mayoría, buscaban dinero o ascender sin merecerlo. Todos… basura. Completa y absoluta basura.
Ahora que lo pienso, mi vida fue monótona, vacía, una sucesión de días iguales marcados por la obsesión. Tal vez alguna de esas personas se acercó de manera genuina, pero mi fijación enfermiza con Robert no me permitió verlo. Nunca miré más allá de él.
Al final, morí solo, en una carretera vieja y olvidada.
El recuerdo de aquel día regresó como una bofetada directa al rostro. La ropa blanca del hospital psiquiátrico manchándose de sangre, el olor a metal, el calor abrasador, el crujir de los vidrios rompiéndose bajo el fuego.
—Mierda —murmuré, golpeando el ventanal con la palma de la mano.
No quería recordar eso. No ahora.
Regresé a la sala y dejé el vaso sobre la mesa. La laptop seguía ahí, abierta, esperándome. La tomé y, al levantar la tapa, rodé los ojos con fastidio. El fondo de pantalla era una imagen de Robert montando a Bandit, el caballo frisón negro que le regalé hacía cuatro años. Uno de los tantos obsequios que le di intentando comprar un amor que jamás fue mío. Bandit era el único regalo que había conservado.
Suspiré.
Antes de hacer cualquier otra cosa, y aunque adoraba a ese caballo, fui directo a configuración y cambié el fondo por una simple paleta de colores del sistema. No tenía cabeza para elegir algo más. No ahora.
Luego, sin perder tiempo, abrí el navegador y comencé a buscar una casa en Washington D. C.
—Veamos… —murmuré, mordiendo una de mis uñas mientras cruzaba las piernas y apoyaba la computadora sobre ellas, deslizando el cursor por la pantalla.
En mi vida pasada no acepté este proyecto, así que no tenía idea de a qué me enfrentaba ni dónde demonios planeaban construir esa farmacéutica.
Abrí el correo de la empresa y encontré el mensaje correspondiente.
—Bingo —chasqueé los dedos, enderezándome un poco antes de comenzar a leer con atención.
La construcción sería a las afueras de Cleveland Park. Discreto, apartado, perfecto para evitar miradas indiscretas. Sin embargo…
Fruncí el ceño.
El proyecto exigía absoluta concentración y confidencialidad. Tanta, que los clientes incluso proporcionarían un lugar de residencia durante todo el proceso de construcción. Aquello suponía un problema. No podía quedarme tanto tiempo, pero, por ahora, era la única opción viable. Si abandonaba mi trabajo de la nada, mi padre haría preguntas… preguntas para las que aún no tenía respuestas.
Frustrado, cerré la laptop de golpe y me dejé caer sobre el sofá, observando el techo beige como si pudiera encontrar ahí alguna solución.
—Joder… —murmuré, cubriéndome los ojos con el antebrazo.
Aún tenía que encontrar un médico de confianza, y no tenía la menor idea de por dónde empezar. En mi vida pasada fue el médico familiar quien me atendió, pero ahora no podía volver ahí. Ni siquiera sabía si podía acudir a otro lugar sin que me miraran como a un monstruo.
Mi embarazo, en aquella vida, fue un secreto absoluto. No salí de casa, abandoné mi empleo y solo Anastasia fue contratada para ayudarme. Cuando mi hijo nació, la versión oficial fue que habíamos alquilado un vientre.
Ni siquiera fui capaz de tomarme una sola fotografía mientras lo gestaba.
Todo eso —sumado a que Robert nunca me vio como un esposo, a que mi padre solo me protegía por su nieto y a la soledad sofocante de aquella mansión— me llevó a una depresión profunda. Tan profunda que llegué a querer quitarme la vida.
Pero entonces nació él.
Mi hijo llegó como un rayo de luz en medio de toda esa oscuridad. Mi pequeño Samuel fue el ancla que me mantuvo cuerdo… hasta el día en que ese maldito maniático le arrebató la vida.
—Mierda… —susurré.
Sentí las lágrimas recorrer mis mejillas y las limpié con brusquedad. No debía llorar. No ahora.
No quería que mi bebé sintiera mi tristeza, mi desesperación, el peso de mi alma rota.
No esta vez.
......................
No sé cuánto tiempo pasó desde que cerré los ojos en el sofá hasta que un ruido seco me sacó de mis pensamientos. Algo golpeó el pasillo, seguido de un murmullo ahogado y el arrastre torpe de algo pesado.
Abrí los ojos de golpe.
—¿Qué demonios…? —murmuré.
El sonido volvió a escucharse, esta vez más cerca de la puerta. Un golpe apagado, como cartón contra pared, y luego una respiración agitada. Me incorporé, el corazón latiéndome con más fuerza de la necesaria. No estaba paranoico… pero tampoco era estúpido.
Me levanté y caminé hacia la puerta con cautela. Al abrir, me encontré con un hombre inclinado sobre varias cajas apiladas de forma precaria, una de ellas claramente a punto de vencerse. Era joven, quizá de mi edad o un poco mayor, de cabello oscuro y revuelto, con la camisa arremangada y una expresión de concentración absoluta.
Una de las cajas se le resbaló de las manos.
—Mierda… —masculló.
—Espera —dije por puro impulso.
Antes de que pudiera reaccionar, tomé la caja inferior para estabilizar la torre improvisada. Él levantó la vista, sorprendido, y nuestros ojos se encontraron por un segundo demasiado largo.
Tenía una mirada tranquila. No invasiva. Cansada, incluso.
—Gracias —dijo al fin, exhalando—. Creo que fui demasiado optimista cargando todo esto solo.
—Eso parece —respondí, acomodando mejor una de las cajas—. ¿Te mudas?
—Algo así. —Esbozó una pequeña sonrisa—. Departamento 1207.
Asentí lentamente.
—Yo estoy en el 1209. —Miré el desastre frente a él—. Si quieres, puedo ayudarte a meterlas. No te veo sobreviviendo al siguiente intento.
Soltó una risa breve, sincera.
—No voy a fingir dignidad y decir que no. Te lo agradecería.
Tomé dos cajas sin pensarlo demasiado y avancé por el pasillo. Él me siguió, cargando otras tantas. El silencio entre nosotros no era incómodo, solo… neutro. Agradable.
Al entrar a su departamento, noté que aún estaba prácticamente vacío. Paredes blancas, muebles cubiertos con plástico, el eco característico de un lugar que aún no ha sido habitado del todo.
Dejé las cajas cerca de la pared y, al enderezarme, mis ojos se desviaron sin querer hacia una de las que él acababa de colocar sobre la mesa.
No fue inmediato. No fue consciente.
Solo… lo vi.
Un lomo grueso, de colores apagados, letras sobrias.
“Gestación humana: procesos, riesgos y cuidados especializados.”
Mi estómago se contrajo.
Tragué saliva.
No aparté la mirada lo suficientemente rápido, porque él lo notó.
—Ah… eso —dijo, rascándose la nuca—. Supongo que no es el libro más común para una mudanza.
—No —respondí, intentando que mi voz sonara normal—. No lo es.
Se hizo un breve silencio. Sentí mi pulso en los oídos. De pronto era demasiado consciente de mi respiración, de mi cuerpo, de ese leve mareo que últimamente aparecía cuando menos lo esperaba.
—¿Eres…? —me detuve antes de terminar la pregunta.
Él no parecía incómodo. No se puso a la defensiva. Al contrario, apoyó una mano en la mesa y me miró con atención, como si evaluara algo.
—Trabajo en el área de la salud —respondió, con cuidado—. Investigación clínica, más específicamente.
Asentí despacio.
—Ya veo.
Mentí. No veía nada. Mi mente estaba en otro lugar, atrapada en esa palabra: gestación.
—Gracias por la ayuda —añadió—. Soy Daniel, por cierto.
—Elijah —respondí, extendiendo la mano.
La estrechó con firmeza, sin apretar de más. Un gesto simple, pero correcto.
—Si algún día necesitas algo… —dijo—. Ya sabes dónde encontrarme.
Asentí una vez más y me dirigí a la puerta, sintiendo el corazón acelerado sin razón aparente.
—Que descanses —murmuré.
—Igualmente, Elijah.
Cerré la puerta tras de mí y me apoyé en ella, dejando caer la cabeza hacia atrás.
Mierda.
No sabía por qué ese encuentro me había dejado así. No sabía por qué ese libro seguía tan vívido en mi mente, como si hubiera sido colocado ahí a propósito.
Caminé de regreso a la sala, pero ya no sentía la misma calma.
Quizá… solo quizá… el destino acababa de poner frente a mí algo que llevaba días buscando sin saber cómo hacerlo.
Y por primera vez desde que regresé, no sentí miedo.
Solo una inquietante —y peligrosa— esperanza.
Gracias por la actualización
yo si quisiera que quedarán juntos claro después que el sufriera bastante y cambiará completamente para poder recuperar a Eli, o por lo menos que fuera un trío para que el papucho de Dominick no quede por fuera
I hate you
Bastard