Dos genios.
Una rivalidad que duele.
Un amor que se repite en cada vida.
Cuando él gana, yo recuerdo.
Cuando yo brillo, él tiembla.
Esta vez… ¿podremos elegirnos antes de volver a perdernos?
NovelToon tiene autorización de Annyaeliza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 2: Lo que el alma recuerda
El boceto parecía latir entre ellos.
Ren no supo explicar por qué esa idea le cruzó la cabeza. El papel estaba quieto sobre la mesa, la tinta ya seca, las líneas firmes. No había nada que realmente se moviera. Y aun así, le costaba apartar la mirada, como si algo en el dibujo estuviera a punto de romperse… o de romperlo a él.
Una presión incómoda le apretó el pecho. Desvió la vista y se pasó una mano por el cabello, respirando hondo.
—Esto no tiene sentido —dijo al fin—. Nunca he dibujado algo así.
Sonó más brusco de lo que quería. No le gustaba sentirse fuera de control, y mucho menos frente a Aiden.
Se quedó mirando el suelo un segundo.
—Y… aun así, siento que lo perdí.
No agregó qué. Porque no lo sabía. No era un “algo”. Era más parecido a un “alguien”, aunque no tuviera rostro ni nombre.
Aiden seguía arrodillado frente a la mesa. Tenía los dedos apoyados en el borde del papel, tensos, como si al retirarlos el dibujo fuera a desaparecer. No tocaba el boceto directamente, pero estaba lo bastante cerca como para sentir que le pertenecía de alguna forma absurda.
El salón se sentía distinto. No más oscuro, no más frío… solo distinto. La luz del atardecer entraba en diagonal por la ventana, alargando las sombras sobre el suelo. El piano, en un rincón, parecía más grande que de costumbre, como si estuviera escuchándolos.
—Cuando estaba tocando —dijo Aiden, sin mirarlo—, sentí que no estaba solo.
Ren levantó la vista despacio.
—Yo… —dudó— sentí lo mismo cuando dibujaba. Como si alguien me estuviera guiando la mano.
Se quedó callado, incómodo con lo que acababa de decir. No era el tipo de cosa que solía admitir en voz alta.
—No estaba pensando en nada —agregó—. Simplemente pasó.
El silencio que quedó no fue dramático. Fue raro. De esos silencios que no sabes si romper o respetar.
Aiden se puso de pie despacio. Se estiró un poco, como si llevara rato en esa posición, aunque Ren sabía que el peso no era físico.
—Quizá es solo… sugestión —dijo—. Estábamos cansados.
Ren soltó una risa corta, sin ganas.
—No me mires así si vas a decir eso.
Aiden lo miró de frente.
—¿Así cómo?
Ren dudó.
—Como si supieras que estás mintiendo.
Aiden no respondió enseguida. Se quedó observándolo, como si estuviera tratando de ordenar algo en su cabeza.
—Cuando me miraste hace un rato —dijo Ren de pronto—, sentí que me iba a poner a llorar.
Aiden parpadeó.
—¿Por…?
—No sé —lo interrumpió—. Ese es el problema. No pasó nada. Y aun así, sentí… —apretó los labios— como si te conociera de antes.
Aiden tragó saliva. No quería decirlo. Le parecía ridículo. Pero el nudo en el pecho llevaba demasiado tiempo ahí.
—A mí me pasa algo parecido —admitió—. Desde hace años tengo sueños raros. Siempre despierto con la sensación de que perdí a alguien importante. Alguien que… no puedo recordar.
Ren lo miró con atención ahora.
—Yo también sueño —dijo—. Con un piano. Con una melodía que nunca termina. Y con alguien a mi lado. Siempre sé que está ahí… pero nunca logro verle la cara.
Aiden sintió un escalofrío leve, casi imperceptible.
—Yo sueño con pintura en las manos —murmuró—. Con azul. Siempre azul.
Se quedaron mirándose, incómodos. No había una revelación épica. Solo esa sensación rara de que habían dicho algo que no se suponía que compartieran.
—Esto suena mal —dijo Ren, pasando una mano por su nuca—. Como si estuviéramos… inventando cosas.
—Sí —admitió Aiden—. Pero no se siente inventado.
Una ráfaga de viento entró por la ventana y levantó una esquina del boceto. Aiden reaccionó por reflejo y lo sostuvo antes de que cayera. Luego lo dejó con cuidado sobre la mesa.
—No digamos nada —propuso—. A nadie.
Ren asintió.
—Se reirían. O pensarían que estamos exagerando.
Aiden tomó un paño que estaba cerca y cubrió el boceto.
—Sea lo que sea esto… no creo que sea buena idea hurgar demasiado.
Ren frunció el ceño.
—¿Por qué?
Aiden dudó un segundo antes de responder.
—Porque tengo la sensación de que, si tiramos de este hilo… no vamos a poder deshacer lo que aparezca.
Ren no contestó, pero el malestar en el pecho no se le fue.
Esa noche, Aiden tardó en dormirse.
Dio vueltas en la cama más de lo habitual. No podía dejar de pensar en el dibujo, en la forma en que Ren lo había mirado, como si le doliera. Cuando al fin cerró los ojos, el sueño lo atrapó sin transición.
Estaba de pie en un salón amplio, antiguo. La luz entraba por ventanales altos. El piano estaba frente a él. Sus manos descansaban sobre las teclas, y la melodía fluía sola, como si no necesitara pensarla.
Alguien estaba cerca.
Un joven de cabello oscuro, con los dedos manchados de pintura azul. Sonreía con una familiaridad que le apretó el pecho.
—Tocas cuando estás triste —dijo esa voz—. Pero es cuando más me gusta escucharte.
Aiden quiso responder, pero la escena se movía sin que él pudiera controlarla. La música seguía. El otro se acercó un poco más.
No había duda en ese recuerdo. No había vergüenza. Solo una certeza simple: se amaban.
El sonido de algo rompiéndose interrumpió la escena. Voces lejanas. El salón se desdibujó.
—No me olvides —dijo el joven, ahora con una urgencia que no estaba antes.
Aiden intentó acercarse, pero todo se deshizo como humo.
Despertó con el corazón acelerado. La habitación estaba oscura. El silencio era real, demasiado real.
Se llevó una mano al rostro sin saber por qué. Estaba húmeda.
—…Ren —susurró, incómodo consigo mismo por pronunciar ese nombre—. ¿Quién eres para mí?
No hubo respuesta.
Solo esa sensación persistente de que algo, en algún punto de su vida, ya se había perdido.