Yasmin Safi (19) no nació para ser invisible.
En Kabul no hay hielo, solo polvo. Pero ella creció obsesionada con ser campeona de patinaje sobre hielo. Cuando consigue una beca para irse a Toronto, Canadá, deja todo atrás.
Bonita, muy sensual, inteligente, astuta y peligrosa, Yasmin sabe que nadie le va a regalar nada. Si tiene que seducir, mentir o destruir para llegar al oro, lo hará.
En el Toronto Ice Club, entre princesas millonarias que la odian, dos hombres caerán por ella:
Daniel Leblanc (22), el príncipe bueno que puede darle un futuro.
Alexei Volkov (31), el coreógrafo ruso que le enseñará a usar su cuerpo y su maldad como arma en el hielo.
Ella no quiere ser querida. Quiere ser reina. Aunque tenga que patinar sobre hielo negro.
#patinaje #afgana #villana
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Capítulo 23: Hielo negro
El hielo negro es el hielo de las cinco de la mañana antes de que prendan todas las luces.
José me lo enseñó la primera semana que llegué al club. Me dijo que si entras a la pista a las cinco menos diez, cuando la máquina recién pasó y todavía no prendieron las luces blancas grandes, el hielo se ve negro porque refleja el techo. No blanco, negro. Y si patinas ahí, no se ven las rayas de los otros, solo se ve tu reflejo.
Después de las dos semanas de descanso obligatorias volví a patinar a las cinco menos diez solo para ver el hielo negro otra vez.
La rodilla ya no estaba morada. Estaba un poco más gruesa que la otra todavía, pero podía doblarla sin que me pinchara. Isabelle me dijo que podía volver pero sin saltos la primera semana, solo deslizar.
Me puse los patines nuevos que ya no eran nuevos, que ya tenían dos años de uso aunque solo los compré hace cinco meses. Me puse la rodillera por si acaso y salí.
El hielo estaba negro de verdad. No había nadie más. Solo yo y mi reflejo negro moviéndose abajo.
Patiné despacio, haciendo círculos grandes. No salté. Solo respiré como me enseñó Isabelle y como nunca me enseñó Alexei. Respiré antes de cada cruzado.
A las cinco llegó Isabelle y prendió las luces blancas. El hielo se volvió blanco otra vez.
"¿Cómo está la rodilla negra?", me preguntó porque ahora le dice rodilla negra a mi rodilla mala.
"Bien. No duele si no salto."
"Bien. Hoy no saltas. Mañana tampoco. Pasado mañana probamos flip chico."
Le hice caso. No porque fuera obediente, porque ya había aprendido que si no le hacía caso me rompía.
En julio me fui al campamento de Waterloo como decía el papel que me dieron en nacionales.
Fueron dos semanas en una residencia de estudiantes con otras nueve niñas que habían quedado entre las diez primeras de nacionales. Chloe también estaba, en el cuarto de al lado. Teníamos hielo dos veces al día y gimnasio y charlas de nutrición que no entendí mucho porque hablaban muy rápido en inglés.
El primer día me dio vergüenza porque todas tenían maletas con ruedas y ropa de Skate Canada y yo tenía una mochila vieja y un bolso de supermercado con los patines.
La segunda noche Chloe me invitó a su cuarto a comer papas que había traído su mamá. Comimos en el piso de su cuarto, como en mi casa con Maya, y me dijo que su mamá ya no le gritaba tanto desde que quedó primera en nacionales.
"¿Y ahora qué quieres hacer?", me preguntó.
"Quiero hacer el lutz triple sin caerme. ¿Tú?"
"Yo quiero patinar sin que mi mamá me mire. Solo eso."
Nos quedamos calladas comiendo papas y mirando el techo de la residencia que también tenía mancha de humedad pero más chica que la de mi casa.
En el campamento no quedé primera ni segunda. Quedé quinta en la competencia interna del campamento. Hice flip limpio y loop doble y por primera vez intenté lutz doble de nuevo después de la caída grande y me salió de pie aunque con nieve.
La entrenadora de la federación me dijo que tenía buen futuro si seguía entrenando inteligente y que me iban a invitar a una competencia chica en Estados Unidos en noviembre, una de esas que no sale en tele pero que da puntos.
Le dije que sí.
Volví a Toronto a finales de julio con una camiseta nueva de Skate Canada que me regalaron y que me quedaba grande.
Maya me estaba esperando en la parada del bus con un cartel que decía bienvenida campeona de bronce aunque ya habían pasado cuatro meses de nacionales.
Daniel me estaba esperando también, con el auto de su papá que ahora lo deja manejar solo si lleva a las niñas del club.
"¿Cómo te fue?", me preguntó cuando me subí al auto.
"Quinta. Sin caerme."
"¿Quinta es bueno?"
"Quinta entre diez es bueno. No es primera, pero es bueno."
Me llevó a la casa y en el camino me agarró la mano por encima de la palanca de cambios y no la soltó aunque tenía que manejar.
Ahora somos novios de verdad. No escondidos. Vamos al cine a veces cuando tengo plata y a veces cuando no tenemos plata nos quedamos en mi cuarto con Maya que se pone audífonos para no escuchar.
No vivimos juntos. Él vive con su papá y yo vivo con Maya en el cuarto chico con mancha en el techo. Nos vemos cuando podemos, no todos los días. A veces discutimos porque él quiere que vaya a más fiestas y yo quiero dormir temprano para ir a las cinco al hielo. Pero discutimos bien, sin gritar.
Maya terminó su curso de inglés y ahora trabaja en una guardería donde le pagan mejor y ya no cuida niñas que se vomitan tanto. Sigue viviendo conmigo porque dice que si se va me quedo sin quien me ponga hielo en la rodilla cada dos horas.
Alexei me escribe cada dos semanas desde Montreal. Me manda videos de sus niñas nuevas que hacen lutz triple como si fuera fácil y me dice que si no practico me van a pasar por encima. Yo le mando videos de mi flip que ahora me sale sin nieve.
Isabelle se quedó como mi entrenadora. Me dice Yasmin, respira, antes de cada salto y ahora sí respiro.
Chloe sigue patinando en el club. A veces entrenamos juntas y a veces no. Ya no me esconde la música ni me afloja los cordones. A veces me presta sus protectores con brillitos cuando se me olvidan los míos.
Thompson me dejó la beca de quince dólares y me dijo que si quedo entre las tres primeras en la competencia de Estados Unidos en noviembre me la deja en diez.
Ayer patiné a las cinco menos diez otra vez, sola, con el hielo negro. Hice un lutz doble y caí de pie. Me dolió un poco la rodilla negra pero no mucho. Me quedé parada en medio del hielo negro mirando mi reflejo.
Tenía diecinueve años, una medalla de bronce en nacionales que está en la repisa al lado de la medalla plateada de provinciales, una rodilla que ya no está morada pero que a veces duele cuando hace frío, un vestido rojo con hilo arreglado por Maya, unos patines nuevos que ya no son nuevos, una carta de Alexei con una cuchilla mal dibujada, un novio que me agarra de la mano en público y que no me paga todo, una amiga que me hizo pancarta rosada chueca y una rival que ahora me presta protectores.
No llegué a olimpiadas. No salí en tele. No me hice rica. No me compraron vestidos de mil dólares.
Pero tengo hielo a las cinco de la mañana que a veces se ve negro y que es solo mío por diez minutos antes de que prendan las luces.
Y tengo una casa chica con mancha en el techo donde siempre hay alguien que me pone hielo aunque le diga que no hace falta.
Y tengo un programa sin caídas que es mío, con música de violín que ya es mía también.
No es final de película. Es final de verdad.
Y así está bien.