En el plano terrenal, ambos son fantasmas. Él es un joven noble repudiado por su propia familia, confinado al ostracismo y al desprecio social por una terrible cicatriz que le arrebató la mirada y la confianza. Ella es una joven de deslumbrante belleza que vive invisible, sofocada bajo la sombra de una hermana manipuladora y el constante desdén de su entorno.
Sin embargo, al cerrar los ojos, la noche borra los estigmas de la realidad. En un universo onírico recurrente, sin cicatrices ni máscaras, dos almas solitarias encuentran un refugio de devoción y pasión desinhibida. Pensando que el otro no es más que una fantasía inventada por el deseo y la soledad, pactan encontrarse una tarde en la ciudad sin la menor esperanza de que ocurra.
NovelToon tiene autorización de Lelixi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 7: El eco en la piel
A partir de aquella noche del beso, la dinámica en el faro dio un vuelco drástico e irreversible. La contención prudente y la timidez inicial que habían marcado sus primeros meses de amistad fueron sofocadas por una urgencia física y emocional incontrolable.
Cada medianoche, al reencontrarse en la cima de la torre de granito, penas transcurrían unos segundos de saludo antes de que sus cuerpos se buscaran con desesperación. La barrera de la distancia invisible se había roto para siempre.
Los besos ya no eran raros accidentes de ternura; se convirtieron en el lenguaje principal de sus noches. Dorian atrapaba a Rosalie contra las paredes de piedra del faro, ahogando sus gemidos con besos exigentes, cargados de toda la rabia, el dolor y la frustración que acumulaba durante sus días de encierro. Sus manos se perdían en la masa de cabello castaño de ella, sosteniéndola con una mezcla de firmeza y devoción casi sagrada.
Rosalie, por su parte, respondía con una pasión de igual intensidad. Le rodeaba el cuello con los brazos, pegando su cuerpo al de él, sintiendo el latido acelerado y potente del corazón de Dorian bajo la tela de su abrigo. En esos brazos, ella no era la hermana invisible ni la hija defectuosa; era deseada, buscada y venerada como lo más valioso del universo.
—Si eres un sueño —le susurraba Dorian entre beso y beso, descendiendo por la línea de su mandíbula hasta la curva sensible de su cuello—, le pido a Dios o al diablo que no me dejen despertar jamás.
—Entonces no me despiertes —respondía ella con la voz entrecortada, echando la cabeza hacia atrás mientras apretaba las manos contra la espalda de él—. Quédate conmigo en esta sombra, Dorian. No me dejes volver allá afuera.
El deseo reprimido en sus vidas despiertas comenzaba a derramarse sobre el mundo onírico con una intensidad que hacía tambalear las fronteras de la imaginación.
Sin embargo, en medio de la creciente tormenta de pasión física, la delicadeza y la ternura no desaparecieron. Dorian, que a pesar de su aspecto y su amargura poseía un alma profundamente sensible y culta, encontró en Rosalie a la única musa que jamás tendría en la vida.
En las noches más pacíficas, cuando la tormenta exterior cedía y el océano se calmaba bajo la luz de la luna plateada, Rosalie se recostaba en la alfombra, apoyando la cabeza sobre el regazo de Dorian. Él, sentado con la espalda contra la chimenea, le acariciaba el rostro con la yema de los dedos, siguiendo la curva de su pómulo y la línea de sus labios con un cuidado infinitesimal.
Mientras lo hacía, le recitaba versos que componía durante sus largas y estériles tardes de encierro en la mansión:
"Ni la noche con sus estrellas sombrías,
ni el mar con su inmensidad de plata,
tienen la luz que guardas en tus ojos,
la única luz que mi oscuridad rescata.
Déjame ser el espectro de tus horas,
la sombra suave que tus pasos sigue,
pues en el mundo de los hombres despiertos,
no hay alma viva que este amor consiga..."
Rosalie escuchaba con los ojos cerrados, dejando que la voz grave y melódica de Dorian resonara en su pecho como un bálsamo.
En la realidad, esa misma tarde, su hermana Clarissa la había humillado públicamente frente a tres caballeros de la aristocracia, derramando a propósito una taza de té sobre su vestido para hacerla pasar por torpe y obligarla a retirarse a su habitación. Su madre la había reprendido agriamente por "no saber comportarse en sociedad". Pero allí, en el faro, envuelta en las palabras y las caricias de Dorian, todo el veneno del mundo real se disolvía.
Bajo la mirada de Dorian, Rosalie no solo se sentía hermosa; se sentía invulnerable. Pero la fantasía estaba cobrando una densidad que exigía la entrega total.