Elara entregó su lealtad, su corazón y sus años más jóvenes a Marcos Moretti, el hombre que una vez juró protegerla. Pero cuando su hermanastra Mía encaprichó su vida entera —hasta el punto de usurpar su vestido de novia—, la crueldad de Marcos no conoció límites. Tras una brutal paliza ordenada por el hombre que amaba, Elara perdió en silencio al hijo que llevaba en el vientre y, con él, la última chispa de su amor. Lo único que quedó en su interior fue un frío y implacable deseo de venganza.
Un contrato de sangre. Una traición imperdonable. Y una venganza vestida de novia.
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capitulo 11
El despacho privado de Marcos era un santuario de caoba oscura, humo de puros caros y secretos manchados de sangre. Las paredes estaban cubiertas por estanterías repletas de códigos de honor, libros de contabilidad negra y carpetas con los nombres de cada hombre, cada cárteles y cada ruta de contrabando que mantenía a flote el imperio de los Moretti. En circunstancias normales, ese despacho era una fortaleza impenetrable donde ni siquiera el viento se atrevía a entrar sin permiso. Pero hoy, el caos reinaba en el aire.
Marcos estaba completamente ciego y destrozado por su propia culpa, y lo peor de todo es que había desviado toda su atención hacia Mía.
Tras el escándalo en la sala del consejo y mi inquebrantable decisión de asumir el compromiso con el temido Don Alejandro, Mía había experimentado un alivio tan delirante que se había aferrado a Marcos como una lapa, llorando lágrimas de agradecimiento y exigiendo mimos constantes, escapadas a hoteles de lujo y distracciones para «olvidar el trauma». Marcos, intentando expiar el infierno interno que lo consumía por la pérdida de nuestro hijo y por el odio mortal que yo le profesaba, le había concedido cada capricho a Mía con tal de mantenerla alejada y no tener que enfrentar la mirada helada de desprecio que yo le dedicaba cada vez que cruzábamos los palabra en los pasillos de la mansión.
Esa era la grieta perfecta en su muralla. La ventana por donde colarse y demolerlo todo.
Eran pasada la medianoche. La mansión entera guardaba un silencio sepulcral, roto únicamente por el repiqueteo constante de la lluvia contra los ventanales blindados del despacho. Me deslicé por el pasillo envuelta en una bata de seda negra, con los pies descalzos pisando la alfombra persa sin emitir el más mínimo sonido. Llevaba el cabello suelto, cayendo en cascada sobre mis hombros, y en mi bolsillo interior guardaba un juego de llaves maestras que había duplicado semanas atrás, cuando Marcos aún confiaba ciegamente en mí.
Giré el picaporte del despacho con extrema suavidad. La puerta cedió con un leve clic metálico. Entré y cerré tras de mí con el mismo cuidado, encendiendo únicamente la pequeña lámpara de lectura verde sobre el escritorio para no llamar la atención desde el exterior.
El olor a tabaco frío y colonia costosa impregnaba el ambiente. Me acerqué directamente al enorme escritorio de caoba. Los contratos matrimoniales originales, los anexos firmados por los ancianos de la cúpula y los acuerdos de transferencia de propiedades y rutas del puerto del norte estaban allí, apilados en la bandeja superior de cuero, esperando el sello definitivo y la rúbrica final antes de ser enviados a los emisarios del Don Alejandro al amanecer.
Abrí la carpeta principal con manos firmes, sin un solo temblor. Mi mente, fría, calculadora y guiada por una sed de venganza implacable, comenzó a hojear cada uno de los folios legales.
Originalmente, los términos del pacto favorecían enormemente a la familia Moretti, otorgándonos un margen de control financiero y territorial considerable, mientras que la organización de Alejandro se quedaba con la mayor parte de las acciones operativas. Pero con los privilegios que Marcos me había permitido revisar en su ausencia, y aprovechando que él había delegado la supervisión legal de última hora en un abogado junior totalmente incompetente y aterrorizado, la oportunidad de reescribir el destino del juego se abrió ante mí como un abismo dorado.
Tomé la pluma estilográfica de oro que Marcos utilizaba para firmar sus sentencias de muerte y los tratos más lucrativos del bajo mundo. Con una precisión milimétrica, comencé a modificar las cláusulas críticas de los documentos.
No me limité a cambiar el nombre de Mía por el mío; eso ya lo había logrado en el consejo. Fui mucho más lejos. Redirigí los fondos de las cuentas offshore de los Moretti directamente a una sociedad fantasma bajo mi control exclusivo. Modifiqué las cláusulas de cesión territorial del puerto del norte, estipulando que, en caso de cualquier "incumplimiento de las obligaciones morales o de seguridad" por parte del jefe de la familia Moretti —una cláusula muy fácil de activar con un imperio tan corrompido como el de Marcos—, la titularidad absoluta de todas las empresas fachada y las rutas de contrabando pasarían de forma irrevocable a manos de la nueva esposa... es decir, a mí.
Y por si fuera poco, añadí un apéndice secreto, redactado con el lenguaje técnico y frío de los viejos estatutos de la mafia, que convertía a la alianza en un contrato de vasallaje donde la organización de Marcos quedaba subordinada operativamente a las directrices directas del Don Alejandro, con una penalización de confiscación total de activos ante cualquier intento de rebelión.
Mientras escribía, una sonrisa oscura y perversa se dibujó en la comisura de mis labios. Marcos estaba tan ocupado comprando silencio y apaciguando los berrinches de Mía que ni siquiera se tomaría la molestia de leer las cincuenta páginas de letra pequeña antes de estampar su sello y su firma en la última hoja. Él confiaba en que los trámites seguían los cauces habituales. Esa arrogancia ciega iba a ser su tumba.
—¿Qué diablos estás haciendo a estas horas en mi despacho, Elara?
El sonido ronco y profundo de esa voz interrumpió el silencio de la habitación, haciéndome dar un salto disimulado que contuve al instante.
Me giré lentamente sobre mis talones. Marcos estaba parado en el umbral de la puerta que comunicaba con el pasillo privado. Llevaba la camisa completamente abierta en el pecho, sin corbata, con el cabello revuelto y una expresión de profundo cansancio y perplejidad en el rostro. Evidentemente, había regresado de dejar a Mía en su habitación tras calmar alguno de sus interminables ataques de pánico nocturnos. Sus ojos oscuros se clavaron primero en mí, luego en la pluma dorada que sostenía en la mano, y finalmente en la carpeta abierta sobre el escritorio.
Un destello de tensión cruzó por sus facciones, pero el agotamiento y la culpa que arrastraba desde el día del hospital nublaron su juicio habitual, impidiéndole ver la verdadera dimensión del peligro que tenía delante.
—No podía dormir, Marcos —respondí con una voz perfectamente calmada, pausada, sin mostrar el menor rastro de nerviosismo. Dejé la pluma sobre la mesa con elegancia y crucé los brazos sobre mi pecho, mirándolo fijamente—. El dolor en el cuerpo no me deja descansar, y vine a buscar un analgésico en el botiquín del pasillo. Al pasar por aquí, vi la luz encendida y quise asegurarme de que los documentos del matrimonio con los hombres de Alejandro estuvieran en orden. Sabes perfectamente que no podemos permitirnos ni un solo error técnico con esa gente.
Marcos exhaló un suspiro pesado, pasando una mano grande por su rostro mientras avanzaba lentamente hacia el interior del despacho. El olor a alcohol caro y al perfume dulzón y barato de Mía flotaba a su alrededor, una mezcla nauseabunda que antes me habría provocado celos rabiosos, pero que ahora solo reafirmaba el asco absoluto que sentía hacia él.
—Mía no me deja respirar... No para de llorar, tiene ataques de pánico cada vez que recuerda que en pocos días tendrá que enfrentarse a la realidad —murmuró Marcos con voz ronca, deteniéndose a apenas un par de pasos de mí, con los ojos repletos de una fatiga infinita—. Tuve que pasarme horas en su habitación dándole sedantes y prometiéndole que la protegeré de alguna manera... Aunque ambos sabemos que ya no hay escapatoria para ese contrato.
—Sí, la hay, Marcos —le contesté con una dulzura venenosa, dando un paso al frente hasta quedar a una distancia donde podía sentir el calor de su cuerpo y el acelerado latido de su pecho—. La escapatoria la encontré yo anoche. Yo soy quien va a ir a la boca del lobo en su lugar. Deberías estar agradeciéndome de rodillas por salvar a tu familia de una masacre segura.
Marcos bajó la mirada, encontrándose con la mía. En el fondo de sus pupilas oscuras, el remordimiento chocó violentamente con una chispa de deseo oscuro y reprimido que jamás había logrado apagar del todo. A pesar del odio que nos consumía, la tensión carnal entre nosotros seguía siendo una droga pesada, un imán maldito que nos arrastraba una y otra vez hacia el abismo.
—Tú no tenías que hacer esto, Elara... —susurró él con la voz quebrada, extendiendo una mano grande y temblorosa para rozar con las yemas de sus dedos el lóbulo de mi oreja y la línea de mi cuello—. Yo provoqué todo esto... Sigo sintiendo que me estoy ahogando en vida. Cada vez que te veo caminar por esta casa con esa mirada de hielo, siento que me arrancan el corazón pedazo a pedazo.
Aparté la cabeza con un movimiento seco, sacudiendo su mano como si quemara, pero no me alejé lo suficiente. Al contrario, di otro paso hacia él, dejando que el olor de su piel me envolviera mientras una corriente de electricidad oscura recorría mi columna vertebral. El juego mental y físico estaba en su punto exacto de ebullición. Quería que sintiera el señuelo antes de clavarle el anzuelo definitivo.
—¿Te duele tanto verme así, Marcos? —le susurré a los labios, con una sonrisa felina curvando mi boca, mientras deslizaba lentamente las manos por el pecho desnudo de su camisa abierta, sintiendo la firmeza de sus músculos y el latido desbocado de su corazón—. ¿Te duele saber que ya no me importas, que tu imperio se está derrumbando y que la única mujer que estuvo dispuesta a dar la vida por ti ahora mismo solo desea verte destruido hasta los cimientos?
Un gruñido ronco y salvaje escapó de la garganta de Marcos. La frustración, la culpa, el deseo reprimido y el miedo a perder el poco control que le quedaba estallaron de golpe en su interior. Sus manos grandes y fuertes se cerraron con una urgencia brutal alrededor de mi cintura, levantándome del suelo sin esfuerzo y estrellando mi cuerpo contra la superficie fría de la madera del escritorio, apartando de un solo manotazo los expedientes y las carpetas legales que acababa de falsificar.
—¡Maldita seas, Elara! —bramó él en un susurro áspero y desesperado contra mi boca antes de devorarme los labios con una furia desatada, un beso salvaje, hambriento y desesperado que sabía a veneno y a desesperación.
Respondí al beso con la misma intensidad despiadada, enterrando las uñas en sus hombros y tirando de su cabello oscuro con fuerza mientras nuestras respiraciones se mezclaban en un caos febril. Sus manos recorrieron mi cuerpo con frenesí, arrancando los lazos de mi bata de seda y dejando mi piel al descubierto bajo la luz tenue de la lámpara del escritorio.
Entre jadeos rotos y mordiscos que rozaban la línea entre el placer y el castigo, nos entregamos a una danza de destrucción mutua. Cada embestida de Marcos sobre la madera del despacho era un grito mudo de redención imposible, una súplica desesperada para que yo lo perdonara, mientras que cada contracción de mis músculos y cada mirada llena de odio frío que le clavaba en medio del clímax era la confirmación absoluta de que lo estaba utilizando como a un peón prescindible.
—Eres mía... aunque me odies, sigues siendo mía —gruñó Marcos contra mi cuello, dejándome marcas rojas y profundas en la piel en un arranque de posesividad ciega mientras alcanzaba el punto álgido del frenesí.
—Ya no soy de nadie, Marcos... —le susurré al oído con una voz tan helada como la muerte justo en el instante en que el temblor final sacudía su cuerpo sobre el mío—. Estoy lista para entregarme al verdadero dueño de este mundo.
Cuando el silencio regresó al despacho y Marcos se quedó respirando con dificultad, con el rostro hundido en mi hombro y completamente entregado al sopor del cansancio y la pasión, me deslicé de debajo de su cuerpo con total sigilo.
Me acomodé la ropa, tomé la carpeta con los contratos ya modificados y falsificados con su sello y su rúbrica distraída, y los guardé en mi propia habitación. La trampa estaba cerrada herméticamente. Al amanecer, los documentos definitivos volarían hacia las manos del Don Alejandro, y el imperio de los Moretti dejaría de existir para siempre.