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Me Casé Con El Príncipe Maldito Para Escapar Del Heredero

Me Casé Con El Príncipe Maldito Para Escapar Del Heredero

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Amor en la guerra / Bestia / Romance
Popularitas:4.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Darcalie

Faltaban veintitrés días para mi boda cuando descubrí que el príncipe Cassiel planeaba matarme después de convertirse en emperador.

Esa misma noche, mi padre apareció muerto.

Solo tenía una forma de escapar de mi prometido: casarme con su hermano mayor.

Killian, el príncipe maldito que todo el Imperio temía.

Creí que estaba eligiendo al menor de dos monstruos.

Hasta que llegué al Norte y miles de soldados se arrodillaron ante mi esposo.

—Bienvenido a casa, mi rey.

Entonces se arrodillaron ante mí.

—Bienvenida, mi reina.

NovelToon tiene autorización de Darcalie para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17: El precio de tocar a una reina.

Después de que mi esposo confesara que estaba dispuesto a destruir el mundo por mí, hizo lo que cualquier hombre razonable haría tras semejante declaración: comenzó a evitarme.

Durante dos días enteros.

No desayunó conmigo, no apareció en nuestras habitaciones y cada vez que entraba en la sala de guerra encontraba algún asunto extraordinariamente urgente que requería su presencia en el extremo opuesto de Draeven.

Al tercer día, mi paciencia se agotó.

—Está huyendo de mí —declaré.

Ronan levantó la mirada del mapa que examinaba.

—Yo no utilizaría esa expresión, mi reina.

—¿Cuál utilizaría?

—Retirada estratégica.

Lo observé con incredulidad.

—Eso es huir con vocabulario militar.

—Precisamente. Suena mucho más digno.

Estábamos revisando los últimos movimientos del ejército imperial. Cassiel todavía no había ordenado una ofensiva abierta, pero sus treinta mil soldados continuaban concentrándose al sur. Además, ahora sabíamos que alguien con acceso al sello imperial había contratado asesinos para capturarme o matarme.

Killian no estaba llevando particularmente bien ninguna de las dos cosas.

—¿Dónde está? —pregunté.

Ronan vaciló.

—En el patio de entrenamiento.

—Perfecto. Tendremos una conversación.

—Mi reina, quizá debería darle un poco de tiempo.

Me detuve junto a la puerta.

—¿Para qué? ¿Para encontrar otro continente donde esconderse?

Ronan suspiró y dejó el documento sobre la mesa.

—Killian lleva doce años convencido de que puede controlar cualquier situación si se esfuerza lo suficiente. Sus soldados, sus fortalezas, sus enemigos... Incluso esa maldición que lleva dentro.

—Claramente está equivocado.

—Yo lo sé. Usted lo sabe. Morvath lleva años intentando hacérselo comprender. Pero ahora ha aparecido algo que no sabe cómo controlar.

—¿Qué cosa?

Ronan me dedicó una sonrisa demasiado significativa.

—Usted, mi reina.

Aquella respuesta consiguió desconcertarme más de lo que estaba dispuesta a reconocer.

Encontré a Killian enfrentándose a tres soldados simultáneamente en el patio de entrenamiento. Naturalmente, porque combatir contra un solo adversario habría sido demasiado sencillo para un hombre que parecía considerar el peligro una actividad recreativa.

Me apoyé contra una columna mientras lo observaba desarmar al primero, derribar al segundo y detener la espada del tercero a escasos centímetros de su rostro.

—¿Terminó de esconderse?

Killian giró la cabeza hacia mí y el soldado aprovechó aquella distracción para golpearle el hombro con su espada de entrenamiento.

El silencio posterior fue magnífico.

El pobre hombre palideció.

—Mi rey, yo no pretendía...

Killian lo observó unos segundos antes de dejar caer su propia espada.

—Buen golpe. La próxima vez no esperes a que me distraiga.

Los tres soldados parecieron recuperar la capacidad de respirar.

—Retírense. Cinco minutos.

Desaparecieron con una rapidez admirable.

Entré al patio y crucé los brazos.

—Lleva dos días evitándome.

—He estado ocupado.

—Ayer abandonó el comedor cuando entré.

—Tenía una reunión.

—Con Morvath.

Killian guardó silencio.

—Lo vi desde la ventana —añadí—. ¿Qué discutían? ¿La distribución de provisiones? ¿Las relaciones diplomáticas con los lobos del norte?

La comisura de su boca se movió ligeramente.

Bien. Todavía podía hacerlo sonreír.

—Alamea...

—No puede decirme que destruiría el mundo por mí y después desaparecer.

—No debí decir aquello.

La respuesta me produjo una punzada inesperada.

—Entiendo. Entonces simplemente olvidaremos que ocurrió.

Me volví para marcharme, pero Killian me sujetó suavemente de la muñeca.

La reacción fue inmediata.

Una corriente cálida recorrió mi brazo mientras una luz plateada aparecía alrededor de nuestros dedos. Bajo la piel de Killian surgieron las marcas negras que tantas veces había visto, aunque esta vez retrocedieron casi tan pronto como aparecieron.

Ambos contemplamos nuestras manos.

Killian me soltó.

—Eso tampoco debería suceder con tanta facilidad.

—¿Qué cosa?

—El vínculo.

Fruncí el ceño.

—Pensé que era mi magia.

—Lo es, pero no completamente. Eamon encontró otro registro sobre las Guardianas.

Naturalmente. En aquella fortaleza, los libros antiguos parecían tener como único propósito complicarme la existencia.

—¿Y qué descubrió?

Killian se apartó para recoger su espada.

—Las Guardianas podían estabilizar a las criaturas vinculadas mediante el contacto físico. Pero algunos registros mencionan que su influencia también alcanzaba a los portadores de esas criaturas.

Lo observé, intentando comprender.

—Por eso sus marcas retroceden cuando lo toco.

—Sí.

—Entonces ¿por qué me evita? Si puedo ayudarlo, debería estar buscándome, no escapando cada vez que entro en una habitación.

Killian tardó demasiado en responder.

—Porque el vínculo está cambiando, Alamea. Y todavía no sabemos qué significa.

Antes de que pudiera exigir una explicación más convincente, dos llamadas de cuerno resonaron desde las murallas.

Un soldado apareció corriendo.

—¡Mi rey! Una comitiva imperial se aproxima a las puertas.

Killian tomó inmediatamente su espada.

—¿Cuántos hombres?

—Seis jinetes. Llevan el estandarte personal del emperador.

Cassiel.

No personalmente, por supuesto. Mi antiguo prometido siempre había preferido que otras personas se encargaran de las conversaciones desagradables.

Recibimos a los enviados en el patio principal, acompañados únicamente por Ronan, Yrsa y algunos guardias. Morvath permanecía sentado sobre las escaleras, observando a los recién llegados con evidente desagrado.

Reconocí inmediatamente al hombre que encabezaba la comitiva.

Lord Marius Veyne había sido uno de los consejeros favoritos del antiguo emperador. Ahora llevaba sobre el pecho el broche dorado de Cassiel.

—Rey Killian —saludó con una inclinación calculada—. Emperatriz Alamea.

Casi me atraganté.

—Reina —corrigió Yrsa secamente.

Marius sonrió.

—Por supuesto. Mis disculpas.

Killian no parecía impresionado.

—Expón tu mensaje, Marius.

—Su Majestad Imperial propone una tregua.

Ronan soltó una carcajada incrédula.

—Hace tres días intentaron asesinar a nuestra reina.

—El emperador niega cualquier participación en aquel lamentable incidente.

—Qué sorpresa —murmuré—. Supongo que los asesinos consiguieron un sello imperial por accidente.

Marius ignoró mi comentario y extrajo un documento.

—Cassiel desea evitar una guerra innecesaria. Está dispuesto a retirar sus tropas de la frontera y reconocer la autonomía administrativa del Norte.

Yrsa entrecerró los ojos.

Aquella concesión era enorme.

—Continúa —ordenó Killian.

—Los títulos y propiedades de la Casa Aster serán restituidos a Lady Alamea. Asimismo, se retirarán los cargos de traición contra ambos.

Demasiado.

Cassiel jamás habría ofrecido semejantes condiciones sin exigir algo a cambio.

—¿Qué quiere? —pregunté.

Marius volvió sus ojos hacia mí.

—Una reunión privada con usted.

Killian rio.

No había humor en aquel sonido.

—No.

—La reunión se celebraría en territorio neutral.

—No.

—Su seguridad estaría garantizada por ambas partes.

—¿Qué parte de mi respuesta no ha comprendido?

Marius suspiró.

—Su Majestad solamente desea hablar con su antigua prometida.

La expresión de Killian se endureció.

—Está hablando de mi esposa.

—Naturalmente. Sin embargo, el emperador considera que existen asuntos personales que únicamente ellos pueden resolver.

Killian descendió un escalón.

—Cualquier negociación entre el Imperio y el Norte debe dirigirse a mí.

—Alamea puede responder por sí misma —intervino Yrsa.

Mi esposo giró la cabeza hacia ella.

Yo sonreí.

—Exactamente. Y mi respuesta también es no.

La satisfacción desapareció del rostro de Marius.

—Lady Alamea, le aconsejo que considere cuidadosamente las consecuencias de rechazar una oferta tan generosa.

—Reina Alamea —corrigió Yrsa nuevamente.

Comenzaba a gustarme muchísimo aquella mujer.

—Entonces no ha venido a negociar —respondí—. Ha venido a amenazarme con una guerra si no acepto reunirme con Cassiel.

Marius guardó silencio antes de sacar una pequeña caja de terciopelo.

—Hay algo que quizá cambie su opinión.

Los guardias se tensaron mientras abría la caja. En su interior descansaba un anillo de plata con una piedra azul.

Lo reconocí inmediatamente.

—Ese anillo pertenecía a mi padre.

Killian me observó con preocupación.

—¿Estás segura?

Asentí lentamente.

—Lo llevaba cuando yo era pequeña. Recuerdo perfectamente esa piedra.

Marius cerró la caja.

—Fue recuperado entre sus pertenencias después de su muerte. También encontramos correspondencia que demuestra que mantenía contacto con personas actualmente bajo custodia imperial.

—¿Qué personas? —pregunté.

—Supervivientes de Vaelgard.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—¿Hay supervivientes?

—Más de los que imagina, mi señora.

Miré a Yrsa. Su expresión había perdido todo el color.

—¿Dónde están?

—En Veridian. El emperador está dispuesto a permitirle conocerlos si acepta su invitación.

Killian se colocó a mi lado.

—La audiencia ha terminado.

—Killian...

—Cassiel sabe exactamente qué está haciendo. Está utilizando tu familia para obligarte a acercarte a él.

—Lo sé —respondí, aunque mi voz tembló ligeramente.

Marius guardó la caja.

—Tienen tres días para reconsiderar la propuesta.

Se volvió para marcharse, pero lo detuve.

—Un momento. El anillo.

Marius giró lentamente.

—¿Qué ocurre con él?

—Si realmente perteneció a mi padre, debería tener una inscripción en el interior. Dígame qué dice.

El consejero vaciló antes de abrir nuevamente la caja y examinar la joya.

—No hay ninguna inscripción.

Sonreí.

—Exactamente. Mi padre jamás grabó sus joyas. Acaba de demostrar que no conoce su historia y que probablemente tampoco examinó personalmente sus pertenencias.

Ronan soltó una carcajada mientras Marius apretaba los labios.

—Esto no es un juego, Alamea.

—Estoy completamente de acuerdo. Por eso le agradecería que dejara de utilizar a mi padre muerto para intentar manipularme.

—Tenga cuidado con sus palabras, Alamea.

Killian apareció frente a él.

Esta vez las marcas negras comenzaron a extenderse por su cuello.

—Acabas de cometer un error.

Marius retrocedió.

—¿Cuál?

Killian habló tan bajo que todos tuvimos que guardar silencio para escucharlo.

—La amenazaste.

Marius retrocedió al escuchar el gruñido de Morvath.

—No era mi intención.

—Entonces tendrás oportunidad de explicárselo a Cassiel cuando regreses.

Los guardias norteños comenzaron a rodearlos. Marius apretó los dientes.

—El emperador no tolerará esta insolencia.

Killian sonrió.

—Tu emperador tendrá que acostumbrarse a muchas cosas.

La comitiva abandonó Draeven pocos minutos después.

Permanecí observando cómo las puertas se cerraban.

—Puede que el anillo sea una trampa —dije—, pero los supervivientes podrían ser reales.

Killian asintió.

—Cassiel buscará a cualquiera que pueda utilizar contra ti.

—Entonces debemos encontrarlos primero.

Mi esposo me estudió durante unos segundos.

—Eso significaría acercarnos a Veridian.

—Lo sé.

—Y podríamos estar haciendo exactamente lo que Cassiel espera.

—También lo sé. Pero si hay personas que conocieron a mi madre, no pienso abandonarlas sin averiguar la verdad.

Esperé una discusión.

En cambio, Killian asintió.

—Entonces investigaremos juntos.

Parpadeé.

—¿No va a encerrarme en una torre?

—Lo consideré.

—Qué romántico.

Killian se acercó.

—Estoy empezando a comprender que encerrarte solo conseguiría que saltaras por una ventana.

—Depende de la altura.

Sonrió.

Entonces, algo extraño ocurrió.

Su sonrisa simplemente desapareció.

Killian inhaló lentamente. Sus ojos se clavaron en mí.

—¿Qué?

No respondió. Dio un paso atrás.

A su lado, Morvath levantó la cabeza. El lobo olfateó el aire, miró a Killian y un gruñido grave brotó de su garganta.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

Killian continuaba mirándome. Había algo diferente en sus ojos; algo que no había visto ni siquiera durante la luna nueva. No era oscuridad. Era hambre.

—Killian...

Su mandíbula se tensó.

—Ronan.

—¿Sí?

—Lleva a Alamea dentro.

Fruncí el ceño.

—Puedo caminar sola.

—Ahora.

Su voz había cambiado. Más profunda. Animal. Ronan también lo notó.

—Killian...

Mi esposo retrocedió otro paso. Las marcas negras aparecieron sobre sus manos, pero esta vez no se extendieron: palpitaban.

Morvath volvió a gruñir. Y entonces, por primera vez, vi verdadero desconcierto en el rostro de Ronan.

—No puede ser.

Killian cerró los ojos con fuerza.

—¿Qué no puede ser?

Nadie respondió.

—¿Qué está pasando?

Killian volvió a mirarme. Sus pupilas se habían dilatado hasta ahogar casi por completo el gris de sus ojos.

—Alamea... —Pronunció mi nombre como si le costara articularlo—. Entra al castillo.

—¿Por qué?

Sus nudillos se pusieron blancos sobre la empuñadura de la espada.

—Porque si permaneces cerca de mí un minuto más...

Se interrumpió. Morvath lanzó un aullido desgarrador. Ronan palideció.

Miré a uno y después al otro.

—¿Alguien piensa explicarme qué demonios está ocurriendo?

Killian dio un último paso atrás. Y entonces, por primera vez desde que lo conocía, el Rey del Norte huyó. El lobo salió corriendo tras él. Me quedé observándolos desaparecer en la penumbra.

—Ronan.

—Mi reina.

—Tiene exactamente cinco segundos para explicarme qué está ocurriendo.

El hombre cerró los ojos y tragó saliva.

—Creo que la Fiebre Negra acaba de comenzar.

—¿La qué?

Ronan me miró con una expresión que me heló la sangre.

—El celo de su esposo.

Lo observé durante varios segundos.

—¿Me está diciendo que mi esposo acaba de huir porque está...?

—Sí, mi reina.

Fantástico.

1
Maria Arias
hay que bueno jajajsj 🤭
Maria Arias
hay me morí con estos par de locos
Maria Arias
hay Dios esto está es bueno. tiene mucho suspenso
Maria Arias
que desgraciado
Flæka Caviedez
Mucha demora para un capítulo. así no aguanta leer
Mayelin Cepero Valdes
x favor actualizar rápido
inuyasha/ Tomoe🦊
más capítulos plis no dejes de escribir lo espero con ansias 🫠
Maria Liendo
más capitulos por favor 😁 está muy buena la novela sigue así
Arely Castañeda
maldito Cassiel como que apropiación ilegal si ella es la heredera
Darcalie: LO ODIO CON TODO MI CORAZÓN 😭
total 1 replies
Iliana Curiel
oh dios mío autora me encanta tu novela no puedo esperar a leer más capítulos soy tu fan ❤️❤️❤️❤️
Iliana Curiel
autora estoy fascinada con tu novela me encanta, no tengo palabras estoy ansiosa por más capítulos
gracias me dejas sin palabras, hermosa y misteriosa historia ❤️❤️❤️🥰🥰🥰
Georgetth Rosemary
Más capitulos
Dulce
Nooo, que feooo /Sob/
Georgetth Rosemary
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