Valentina fue comprada a los seis anos por el hombre que la crio. A los dieciocho, un magnate mafioso la reclama como suya. Atrapada entre su tutor obsesivo y un multimillonario que le compra islas y le destroza enemigos, descubre que su propio cuerpo esconde un secreto por el que matarian. ?Escapara... o elegira al hombre equivocado?
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Capítulo 17
Capítulo 17: Catalina de por medio
La Hacienda Carrasco olía a gardenia y a dinero viejo.
Valentina lo notó desde que bajó de la camioneta: el aroma dulce de los jardines mezclado con algo más denso, más antiguo, como madera encerada y humo de puro que se hubiera impregnado en las piedras durante décadas. El portón de hierro forjado se abrió sin que nadie tocara el timbre. Los esperaban.
Nicolás le puso la mano en la espalda baja al caminar hacia la entrada. Un gesto que para cualquier observador parecía protector. Para Valentina era un timón.
—Sonríe, mi niña. Es una visita social.
"No lo es."
Lo sabía porque Nicolás se había vestido diferente esa mañana. No el traje de negocios, no la camisa oscura del Club Ónix. Llevaba lino claro, zapatos casuales, un reloj discreto. El disfraz de un hombre decente que visita a viejos amigos un domingo por la mañana.
El salón de recepción era enorme. Techos altos con vigas de madera, una chimenea apagada que ocupaba media pared y muebles que no combinaban entre sí porque cada uno valía más que un auto. Sobre la repisa había fotos enmarcadas en plata: Don Aurelio joven, Don Aurelio con un rifle de cacería, Don Aurelio estrechando la mano de alguien cuya cara Valentina no reconoció pero cuyo traje gritaba poder.
Catalina los recibió de pie junto a la ventana, con un vestido color marfil y una copa de agua mineral en la mano. Perfecta. Cada cabello en su lugar, cada gesto medido, como si la vida fuera una sesión fotográfica permanente.
—Nicolás —dijo con una sonrisa breve, ofreciéndole la mejilla—. Qué sorpresa.
—Ninguna sorpresa, Catalina. Te llamé anoche.
—Lo sé. Es una expresión.
Valentina se quedó un paso atrás, las manos juntas al frente, observando. Catalina la miró de arriba abajo en medio segundo. No con desprecio evidente, pero sí con esa velocidad de inventario que tienen las mujeres que han aprendido a evaluar a otra mujer antes de que termine de entrar a un cuarto.
—Valentina —dijo Catalina—. Pasa. Siéntate.
No era una invitación. Era una instrucción de anfitriona. Valentina se sentó en el sillón que le señaló y cruzó los tobillos.
Un muchacho de uniforme trajo café y galletas en una charola de plata. Nadie tocó las galletas.
—¿Y a qué debemos la visita? —preguntó Catalina, sentándose frente a Nicolás con las piernas cruzadas.
Nicolás tomó su taza. Le dio un sorbo. Se tomó su tiempo.
—Estoy preocupado por Valentina.
Las palabras cayeron como una moneda falsa sobre mármol. Valentina no se movió. No miró a Nicolás. Miró el café en su taza y apretó los dedos alrededor de la porcelana caliente.
—¿Preocupado? —Catalina levantó una ceja.
—Últimamente ha estado... expuesta a compañías peligrosas. —Nicolás puso la taza sobre la mesa con un gesto suave—. No voy a entrar en detalles, pero tú sabes cómo es esta ciudad, Catalina. Una chica joven, sin experiencia, con acceso a ciertos círculos...
"Está hablando de mí como si yo no estuviera aquí."
El calor le subió por el cuello. Quiso decir algo. Abrir la boca, interrumpir, defender algo que no sabía ni cómo nombrar. Pero la mano de Nicolás se posó sobre su rodilla por un instante, un toque tan ligero que Catalina no lo habría visto desde su ángulo.
Una advertencia.
—Entiendo —dijo Catalina despacio—. ¿Y qué necesitas de mí?
—Tu ayuda. Tu amistad. —Nicolás sonrió con esa calidez fabricada que Valentina conocía demasiado bien—. Que la incluyas en tus actividades sociales. Que la tengas cerca. Valentina necesita amigas de su nivel, no las influencias que ha estado encontrando por ahí.
"Nivel. Como si yo tuviera un nivel. Como si fuera un accesorio que necesita combinarse con los muebles correctos."
Catalina no respondió de inmediato. Miró a Valentina con una expresión que no era compasión ni desdén. Era algo más peligroso: curiosidad.
—¿Y tú qué dices, Valentina?
La pregunta la tomó por sorpresa. Nadie le preguntaba qué decía ella. No en presencia de Nicolás.
—Agradezco la preocupación de mi tío —dijo Valentina con voz neutra, usando la palabra que ya no sentía real—. Lo que él quiera está bien.
Nicolás la miró con aprobación. Esa mirada que significaba "buena chica." Le revolvió el estómago.
—Entonces está dicho —dijo Nicolás, poniéndose de pie—. Catalina, sabía que podía contar contigo. ¿Está Santiago?
—En las caballerizas. Le digo que viniste.
—No te molestes. Paso yo mismo a saludarlo. —Se abotonó el saco—. Valentina, quédate con Catalina un momento. Vuelvo en diez minutos.
Salió del salón con paso tranquilo. Sus zapatos resonaron en el pasillo de piedra hasta que el sonido se perdió.
Valentina y Catalina se quedaron solas.
El silencio duró cinco segundos. Catalina dejó su copa en la mesa y se inclinó hacia adelante.
—¿Compañías peligrosas? —repitió, y esta vez había algo filoso en su voz—. ¿Qué compañías?
—No sé de qué habla Nicolás.
—Claro que lo sabes.
Valentina la miró. Los ojos de Catalina eran oscuros, inteligentes, y no tenían nada de la frivolidad que su imagen pública sugería.
—No vine aquí por gusto —dijo Valentina en voz baja.
—Eso lo sé desde que cruzaste esa puerta.
Otro silencio. Este fue diferente. Más denso. Más honesto.
—Catalina, yo no quiero meterme en medio de tu relación con Nicolás ni...
—No es una relación —cortó Catalina. Lo dijo rápido, como si la palabra le quemara—. Es un acuerdo. Y tú sabes la diferencia mejor que nadie.
Valentina no supo qué responder a eso.
Se escucharon pasos en el pasillo. Nicolás volvía.
Catalina se recargó en su asiento, recuperó su copa, reconstruyó su máscara en un parpadeo. Pero antes de que Nicolás apareciera en la puerta, hizo algo que Valentina no esperaba.
Le tomó la mano.
Un apretón breve, firme, debajo de la línea de visión de cualquier persona que entrara.
—No le creo nada a tu tío —susurró Catalina sin mover los labios—. Cuéntame la verdad cuando estés lista.
Nicolás entró al salón. Sonriente. Impecable.
—¿Listas? Santiago manda saludos. —Se acercó a Valentina y le ofreció la mano para levantarse—. Vámonos, mi niña. Tenemos cosas que hacer.
Valentina se puso de pie. Soltó la mano de Catalina sin prisa, como quien suelta algo que no quiere soltar.
En la puerta, se dio la vuelta una última vez. Catalina estaba de pie junto a la ventana otra vez, igual que al principio, perfecta e inmóvil.
Pero sus ojos decían otra cosa.
Decían: "Te estoy escuchando."
Valentina subió a la camioneta. Nicolás cerró su puerta, rodeó el vehículo y se sentó al volante. Arrancó sin decir nada.
Tres cuadras después, habló.
—Estuvo bien. Te portaste bien.
Valentina miró por la ventana.
"Catalina vio a través de ti. Vio a través de todo."
Y por primera vez en semanas, algo cálido le aflojó el nudo del pecho.
Algo que se parecía a una aliada.
El si la compro, para estar esos días con ella😑
Xq el banana de Damián no hace nada?