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90 Minutos Para Volver A Tí

90 Minutos Para Volver A Tí

Status: En proceso
Genre:Embarazo no planeado / Reencuentro / Romance
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Rooo

Dos vidas separadas por un océano de mentiras, secretos y clase social están a punto de cruzarse otra vez. Lo que empezó como una noche que ninguno de los dos podía recordar se convertirá en la verdad que ninguno de los dos está preparado para enfrentar.
Una historia de amor, sacrificio y segundas oportunidades, donde un pequeño rosario de oro guarda el poder de reescribir el destino de dos familias.

NovelToon tiene autorización de Rooo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El niño que llenaba el vacío

CAPÍTULO 17 — Hugo

No sabría explicar con exactitud en qué momento las visitas de Thiago dejaron de ser una curiosidad pasajera para convertirse en lo único que esperaba con verdaderas ganas cada semana. Tal vez fue la tercera vez que vino, cuando me contó, con lujo de detalles y una emoción contagiosa, la jugada exacta con la que había hecho un gol el fin de semana anterior, imitando con su propio cuerpo cada movimiento, cada finta, con una precisión que me dejó completamente atónito.

—Tenés que verlo jugar, Hugo —me insistía Bruno cada vez que nos visitaba juntos—. En serio. Es un fenómeno. Nunca vi a un chico de esa edad moverse así en una cancha.

Al principio me resistí a la idea. Ir a ver un partido de fútbol infantil me parecía, en medio de mi propio duelo, casi una crueldad innecesaria, un recordatorio constante de la niña que yo ya no iba a ver crecer, de los partidos que Emilia nunca iba a jugar. Pero algo en la insistencia de Bruno, sumado a la ansiedad genuina con la que Thiago me invitaba cada semana a "venir a verlo hacer goles", empezó a resquebrajar esa resistencia poco a poco.

Empecé a notar, sin poder evitarlo, que los días que sabía que Thiago iba a visitarme eran distintos a todos los demás. Me afeitaba. Me cambiaba la ropa. Ordenaba mi habitación con un cuidado que no había tenido en meses. Era ridículo, en cierto sentido, la manera en que un niño de cinco años que apenas conocía desde hacía semanas había logrado, sin proponérselo, lo que ningún psicólogo, ningún amigo, ninguna terapia había conseguido: darme una razón concreta para salir de la cama.

—Tenés fans, Hugo —me dijo Bruno una tarde, con una sonrisa que escondía más de lo que yo entendía en ese momento—. Fans pequeños que todavía creen que sos el mejor jugador del mundo, que te admiran sin que te importe el resultado de una final. No les podés fallar a esos.

Esa frase se me quedó grabada de una manera extraña. Tenía razón. En algún momento de mi duelo había dejado de sentirme merecedor de la admiración de nadie, convencido de que mi propia tragedia me había vaciado de cualquier cosa valiosa que ofrecer. Pero ese niño, con su rosario de oro asomando siempre por el cuello de su suéter y esos ojos verdes que me generaban una familiaridad extrañísima que no lograba explicarme del todo, parecía creer en mí con una fe que yo mismo había perdido hacía tiempo.

Fue en esas semanas, mientras mi cuerpo empezaba lentamente a recuperar fuerzas y mi cabeza a encontrar algún sentido nuevo en los días, que Bruno decidió, finalmente, contarme la verdad sobre aquella noche de discoteca que llevaba cinco años atormentándome en sueños.

—Tengo que presentarte a alguien —me dijo una tarde, trayendo consigo a una mujer de sonrisa cálida y mirada directa—. Es Renata. Mi novia.

Renata me saludó con una calidez que no esperaba de una desconocida, y en cuanto empezamos a hablar, entendí que Bruno había estado guardando, durante meses, una pieza fundamental del rompecabezas que yo llevaba años tratando de armar.

—Esa noche no estuviste con Delfina, Hugo —me dijo Renata finalmente, con una delicadeza que no le quitaba peso a la revelación—. Estuviste con mi mejor amiga. Yo estaba ahí. Las dos habíamos bebido muchísimo, más de lo que nunca debimos, y ustedes, los jugadores universitarios, también estaban completamente pasados de copas. Vos la confundiste con tu novia. Ella tampoco recordaba casi nada al día siguiente.

Sentí que el aire se me escapaba de los pulmones, escuchando finalmente, después de cinco años, una explicación coherente a esas imágenes borrosas que me perseguían cada noche.

—¿Dónde está ella? —pregunté, con una urgencia que me sorprendió a mí mismo—. Esa mujer. ¿Quién es? Necesito saberlo.

Vi cómo Renata y Bruno cruzaban una mirada rápida, una de esas miradas cargadas de significados que no lograba descifrar del todo, antes de que Renata respondiera con una vaguedad calculada que en ese momento no supe identificar como tal.

—Es alguien que está reconstruyendo su vida, Hugo. Démosle tiempo. Todo a su tiempo.

No insistí más esa tarde, aunque la pregunta se quedó dando vueltas en mi cabeza durante días, mezclándose de una manera extraña con la creciente ansiedad que sentía por las visitas de Thiago, sin que ninguna de las dos cosas, en mi cabeza todavía, tuviera absolutamente nada que ver la una con la otra.

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