Valentina Serrano tiene veintitrés años, una marca de vestidos de novia que apenas sobrevive y un problema: acaba de confundir al hombre más poderoso de Ciudad de México con su primo.
Adrián Castellán no perdona. No sonríe. No explica. Pero cuando esa chica le muerde el cuello y sale corriendo, él se queda con su pasador de plata —y con algo más que no sabe nombrar.
Lo que empieza como una deuda se convierte en un contrato. Lo que empieza como un contrato se convierte en fuego.
Él le da todo: telas de Oaxaca, un imperio, la luna si la pide. Ella le da lo único que nadie más pudo darle: una Navidad.
Pero Adrián Castellán carga cicatrices que no se ven —un balazo cerca del corazón, un padre que lo destruyó, una infancia que le robaron— y su forma de amar se parece demasiado a una jaula.
Valentina tendrá que decidir: ¿puede amar a un hombre que quiere protegerla del mundo entero, incluso de sí mismo?
Él es la pesadilla de todos, pero eligió ser el Papá Noel de una sola persona.
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Capítulo 21
Mierda.
La palabra ni siquiera le salió de la boca. Se le quedó atorada en la garganta, amarga, mientras Braulio apartaba la vista del celular y miraba hacia la puerta como si ya hubiera calculado cuántos segundos faltaban para el desastre.
Paloma también lo entendió.
—¿Ya lo sabe quién? —preguntó Mónica, todavía pálida, con las manos apretadas contra el bolso.
Nadie alcanzó a contestarle.
Del otro lado del pasillo privado se escuchó el sonido limpio de un elevador al abrirse. No fue un ruido fuerte. No hizo falta. Carlos, que hasta ese momento seguía buscando una forma de recuperar dignidad frente a Braulio, bajó la mirada de golpe. Uno de los meseros se pegó a la pared. La música del salón principal llegó amortiguada, como si alguien hubiera puesto una puerta entre el mundo y ellos.
Adrián Castellán apareció con el abrigo negro abierto, el cabello apenas desordenado por la prisa y esa cara que Valentina ya empezaba a conocer: la calma de un hombre que no venía a preguntar nada porque ya sabía demasiado.
Su mirada encontró primero a Mónica. Luego a Paloma. Después a Braulio.
Al final cayó sobre Valentina.
No le revisó el vestido. No le preguntó si estaba bien. Caminó directo hacia ella y la tomó de los hombros, con tanta precisión que no la lastimó, pero con tanta firmeza que le cortó cualquier intento de hacerse la valiente.
—¿Te tocaron?
Valentina abrió la boca.
—No.
—¿Te amenazaron?
—No a mí.
Sus dedos se tensaron.
—Eso no fue lo que pregunté.
Valentina sintió el calor subirle a la cara. Quiso soltar una broma, una de esas frases que usaba para sacar filo cuando estaba asustada, pero el pecho de Adrián subía y bajaba demasiado despacio. Era peor que verlo enojado.
—No —dijo, esta vez más bajo—. No me tocaron.
Adrián la atrajo hacia él.
No fue un abrazo bonito. Fue un cierre de puertas. Un golpe seco de protección que la envolvió desde la espalda hasta la nuca. Valentina quedó contra su camisa, con la nariz llena de su colonia y de ese olor a noche fría que traía de la calle. Por un segundo no supo qué hacer con las manos. Luego las apoyó en su pecho, no para apartarlo, sino para recordarse que todavía podía respirar.
Paloma soltó el aire como si ella también hubiera estado aguantándolo.
—Está completa —dijo, nerviosa—. La traje completa, ¿sí? Bueno, técnicamente ella me trajo a mí, pero yo traté de...
Adrián ni la miró.
—Gracias por avisar a Mariana.
Paloma parpadeó.
—Yo no...
—Mariana me avisó a mí —la corrigió él.
Valentina cerró los ojos.
Traidoras. Todas traidoras.
Braulio dio un paso al frente.
—Señor Castellán, el señor Delgado pidió que le informara que Carlos ya no representa un riesgo inmediato. El personal del club tiene sus datos. También hay cámaras en el pasillo y en el reservado.
Carlos levantó las manos con una risa falsa.
—A ver, esto se está poniendo muy grande por un malentendido. La señorita Mónica y yo solo estábamos hablando de una deuda familiar.
Adrián soltó a Valentina solo lo suficiente para girar la cabeza.
—¿Hablando?
Carlos tragó saliva.
—Sí, señor. Nada más hablando.
—Entonces vas a entregar copia del contrato, identificación del acreedor real, comprobantes de cesión y mensajes enviados a ella en los últimos treinta días.
—Eso lo tendría que ver con mi abogado.
—Perfecto. El mío va a estar feliz de conocerlo.
No alzó la voz. No hizo falta. Carlos perdió color como si alguien le hubiera apagado las luces por dentro.
Mónica dio un paso tambaleante.
—No quiero causar más problemas. Yo puedo arreglarlo, señor Castellán. De verdad, no era mi intención que Valentina se metiera...
Valentina se separó un poco de Adrián.
—Tú no me metiste. Yo decidí venir.
—Ese es justamente el problema —dijo Adrián.
La frase cayó entre los dos. Paloma hizo una mueca de "ahí viene" y se llevó a Mónica un poco hacia atrás.
Adrián se quitó el abrigo y se lo puso a Valentina sobre los hombros. La tela era pesada, tibia, demasiado grande para ella. Le cubrió el vestido hasta medio muslo y borró, de un golpe, las miradas de los empleados, de Carlos, de todos los que seguían fingiendo no escuchar.
Valentina metió los dedos en las solapas.
—No tengo frío.
—Yo sí.
—¿Tú?
—Yo estoy a punto de perder la cabeza.
La sinceridad de la respuesta le pegó más fuerte que un regaño. Adrián le acomodó el abrigo en silencio, como si necesitara hacer algo con las manos para no destruir el pasillo entero.
Después miró a Braulio.
—Que Mónica no vuelva sola a su casa. Necesito el nombre del acreedor antes de medianoche.
Braulio asintió.
—Entendido.
Adrián miró a Mónica, y su tono cambió apenas. Seguía siendo frío, pero ya no cortaba.
—Señorita, nadie va a obligarla a firmar nada esta noche. Si quiere aceptar revisión legal, Valentina decide a quién se canaliza. No yo.
Valentina levantó la vista.
Ese "Valentina decide" le quitó parte del nudo del estómago.
Mónica empezó a llorar sin ruido.
—Sí. Gracias. Yo... gracias.
Paloma la abrazó por los hombros.
—Vámonos antes de que me dé un infarto, ¿sí?
Valentina quiso acercarse a ellas, pero Adrián le tomó la muñeca. No la apretó. Solo la detuvo.
—Ahora tú vienes conmigo.
Ella lo miró.
—No soy una niña que se pueda recoger de un antro.
—Hoy actuaste como una niña que cree que meterse con cobradores en un reservado de Club Dorado es una estrategia.
—Fui porque Mónica estaba sola.
—Y tú entraste sola.
—Iba con Paloma.
—Paloma no es seguridad.
—Tampoco soy tu paquete.
La mandíbula de Adrián se marcó. Por un segundo, Valentina pensó que iba a soltar una orden delante de todos. En cambio, bajó la voz.
—No discutimos esto aquí.
La llevó por el pasillo sin tironearla. Eso la enfureció más, porque no podía acusarlo de brusco. Solo iba marcando el ritmo con su mano en la parte baja de su espalda, abriéndole paso entre empleados, socios y miradas curiosas. Al cruzar la salida privada, la noche de Santa Fe le golpeó las piernas desnudas. El aire olía a lluvia vieja, perfume caro y humo de los acomodadores de autos.
Joaquín esperaba junto a la camioneta negra.
—Señor.
—A casa de la señorita Serrano —ordenó Adrián.
Valentina se detuvo.
—Todavía no he dicho que me voy contigo.
Adrián abrió la puerta trasera y la miró con una paciencia peligrosa.
—Sube.
—No.
Joaquín miró al frente con la disciplina de un santo.
Adrián cerró la puerta despacio. El golpe seco hizo que Valentina diera un respingo mínimo, pero no retrocedió.
—Vale.
Ese tono, sin "señorita", sin burla, le aflojó una costilla.
—No me hables así para que se me pase.
—No quiero que se te pase. Quiero que entiendas.
—Entiendo perfecto. Estás enojado porque hice algo sin pedirte permiso.
Adrián se acercó un paso.
—Estoy enojado porque entraste a un lugar donde un hombre podía cerrarte la puerta, quitarte el celular y usar tu apellido para hacerte daño. Estoy enojado porque cuando te asustas corres hacia el incendio. Estoy enojado porque hace menos de una hora yo estaba en una junta creyendo que estabas en tu taller, y tú estabas sentada frente a un tipo que amenaza mujeres endeudadas.
Valentina apretó los labios.
—No podía dejarla.
—No te estoy pidiendo que la dejes.
—Suena a eso.
—Te estoy pidiendo que me llames antes de arriesgarte.
—¿Para que mandes a medio Capital Solaris y conviertas mi vida en una zona acordonada?
—Si hace falta, sí.
—Adrián.
—Te voy a encerrar de verdad.
La frase salió baja. No como amenaza de cuento oscuro, sino como promesa de hombre asustado que no sabía dónde poner el miedo. Aun así, Valentina sintió que se le enfriaban los dedos dentro de las mangas del abrigo.
—No vuelvas a decir eso.
Él parpadeó. La rabia de sus ojos se quebró apenas.
—No me refiero a una puerta.
—Entonces explícate bien.
Adrián respiró por la nariz.
—Cierro el acceso de cualquier proveedor raro a Juramento. Pongo revisión legal a todas tus citas de riesgo. Le doy a Paloma un contacto de emergencia. Si necesitas entrar a un lugar así, entra con un abogado, con seguridad o conmigo. Pero no vuelves a entrar sola.
—Eso no es encerrarme. Eso es ayudarme.
—Para mí es lo mismo cuando se trata de ti.
—Pues para mí no.
Adrián bajó la mirada a sus manos. Recién entonces Valentina notó que le temblaban un poco. Muy poco. Lo suficiente.
Él se las tomó, una por una, y le revisó las muñecas. Después los dedos. Después la marca roja que el bolso le había dejado en la palma por apretarlo demasiado.
—No sé hacer esto bonito —dijo.
Valentina tragó saliva.
—Ya me di cuenta.
—Si te pasa algo, no voy a reaccionar de una manera razonable.
—Eso tampoco es bonito.
—No.
El silencio entre los dos se llenó de bocinas lejanas y del murmullo del club a sus espaldas. Valentina pensó en Mónica, en Carlos, en Paloma fingiendo valentía, en Mariana avisando a escondidas. Pensó también en el abrigo que todavía la cubría y en la forma en que Adrián había dicho que ella decidía.
—Puedo llamarte —aceptó al fin—. Pero no para pedir permiso. Para pedir apoyo.
Adrián sostuvo su mirada.
—Apoyo, entonces.
—Y si intentas decidir por mí, te saco de mi vida contractual, romántica y empresarial.
La comisura de su boca se movió apenas. No fue una sonrisa. Casi.
—Qué lista tan específica.
—Soy diseñadora. Me gustan los cortes limpios.
Él le abrió la puerta otra vez.
—Sube. Te llevo a tu casa.
Valentina miró el asiento, luego la entrada del club, luego a Adrián. Esta vez subió.
Adrián se acomodó a su lado. Joaquín cerró la puerta, dio la vuelta y arrancó sin hacer preguntas.
Durante los primeros minutos nadie habló. La ciudad pasó por la ventana en luces largas, mojadas, como hilos de oro sobre el pavimento. Valentina apoyó la frente contra el cristal y dejó que el cansancio le cayera de golpe.
Adrián no la tocó.
Eso, de alguna manera, también fue una caricia.
Cuando la camioneta tomó rumbo hacia su colonia, Valentina se enderezó.
—Mis papás pueden estar despiertos.
—Lo sé.
—No pueden verte bajándome así, con tu abrigo, de una camioneta negra, a estas horas.
Adrián giró la cabeza.
—Entonces les diré buenas noches.
—No.
—Sí.
—Adrián, no es momento de conocer a mis papás.
—Después de Club Dorado, me parece el momento perfecto.
Valentina sintió que el corazón le pegaba contra el abrigo.
—Tú vas a actuar normal.
—Siempre actúo normal.
—Tú no tienes idea de lo que significa normal.
La camioneta dobló en su calle.
Adrián miró hacia la casa iluminada al fondo y, por primera vez en toda la noche, su voz salió casi suave.
—Entonces enséñame, Vale.
Joaquín frenó frente a la reja.
Y en la puerta principal, con una bata encima del pijama, Roberto Serrano ya los estaba esperando.
excelente
Gracias.