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El Contrato de un Billonario

El Contrato de un Billonario

Status: En proceso
Genre:CEO / Matrimonio contratado / Amor prohibido / Mujer fuerte/hombre frágil / Atracción entre enemigos
Popularitas:23.4k
Nilai: 5
nombre de autor: NocheCeniza

Valentina Estrada lo tuvo todo: un apellido respetado, una mansión en Polanco y un futuro brillante. Hasta que su padre fue acusado de corrupción, se suicidó, y ella cayó al abismo.
Siete años después, sobrevive con tres empleos, paga la clínica de su madre en estado vegetativo y duerme en un departamento del tamaño de un clóset. Una noche de desesperación, finge un accidente automovilístico para cobrar el seguro.
El conductor del Mercedes resulta ser Santiago Reyes — el becario al que humillaron en la preparatoria, ahora dueño de un imperio de miles de millones. Y el hijo del hombre que murió por culpa de su padre.
Santiago le ofrece un trato imposible: 2 mil millones de pesos por seis meses de matrimonio.
Valentina acepta. Lo que no sabe es que Santiago lleva diez años comprando cada objeto que ella tocó, guardando cada foto que encontró, y esperando en silencio el momento de tenerla de vuelta.
En el tercer piso de su mansión hay una habitación cerrada con llave.
Dentro está la prueba de que nunca dejó de amarla.

NovelToon tiene autorización de NocheCeniza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1

Capítulo 1

La reunión

El mensaje llegó cuando Valentina Estrada llevaba una charola con seis vasos de whisky y una botella de agua mineral hacia el reservado del fondo.

"Clínica Santa Teresa: cuenta de la paciente Isabel Muñoz de Estrada vencida hace siete días. Favor de cubrir el adeudo antes de las 12:00 p. m. para evitar suspensión de servicios no urgentes."

La pantalla se apagó antes de que ella pudiera leerlo por segunda vez.

Valentina siguió caminando.

No porque no le importara. Al contrario. Si se detenía en mitad del pasillo, si dejaba que esa línea de texto se le metiera de lleno en el pecho, iba a soltar la charola, las copas, la poca dignidad que todavía cargaba con las dos manos.

—Estrada, mesa cinco pidió otro mezcal —le avisó Patricia desde la barra, sin dejar de limpiar una copa.

—En dos minutos.

—Tienes la cara blanca.

—Y tú la boca ocupada en cosas que no son tu problema.

Patricia la miró de arriba abajo, conocía ese tono. No insistió. Solo tomó una servilleta, la dobló con rapidez y la metió bajo la charola para que no resbalara.

—Aguas con el reservado. Llegaron fresas con ganas de sentirse importantes.

Valentina empujó la puerta con la cadera.

Bar Nocturna estaba lleno como cada viernes: luces bajas, música en vivo demasiado alta, olor a limón, perfume caro y alcohol derramado. En la zona común, la gente gritaba para hacerse oír. En los reservados, en cambio, los clientes pagaban por fingir que el ruido no les tocaba.

Ella entró con la sonrisa profesional ya puesta.

—Buenas noches. Su servicio.

La frase se le quedó pegada a la lengua.

Alrededor de la mesa, entre botellas de tequila reposado y platos de botanas intactas, estaban cuatro rostros que no había visto desde hacía años y que, aun así, su cuerpo reconoció antes que su cabeza. Peinados perfectos, uñas de gel, relojes brillantes. Exalumnas del Colegio San Patricio. Mujeres que alguna vez compartieron con ella salones con aire acondicionado, retiros escolares en Valle de Bravo y fiestas donde nadie preguntaba cuánto costaba nada.

En el centro, con un vestido rojo que parecía elegido para llamar la atención incluso sentada, Daniela Vargas levantó la vista.

Primero sonrió.

Después la reconoció.

—No puede ser.

El silencio cayó sobre la mesa con más fuerza que la música de afuera. Una de las chicas se inclinó hacia Daniela, curiosa.

—¿La conoces?

Daniela no contestó de inmediato. Dejó su copa sobre la mesa con una delicadeza falsa, como si acabara de encontrar una joya tirada en la basura y no quisiera ensuciarse los dedos.

—Claro que la conozco. —Su sonrisa creció—. Es Valentina Estrada.

Otra soltó una risita.

—¿Estrada? ¿La hija de Emilio Estrada?

La charola pesó de pronto el doble.

Valentina dejó los vasos uno por uno sobre la mesa. Ni muy rápido ni muy lento. Si las manos le temblaban, ninguna lo notó.

—Aquí tienen. ¿Algo más?

—Sí —dijo Daniela, apoyando el codo en el respaldo del sillón—. Quédate tantito. Hace años que no nos vemos, ¿no? Chicas, ella era la princesita Estrada. La que llegaba al colegio con chofer y uniforme recién planchado.

—Daniela —murmuró una de las demás, incómoda.

—¿Qué? Solo estoy saludando a una vieja amiga.

Valentina tomó la botella de agua mineral vacía para retirarla.

—No somos amigas.

El comentario hizo que Daniela parpadeara. Luego soltó una carcajada corta.

—Ay, perdón. Se me olvidó que ahora las meseras también ponen límites.

El aire se calentó. Valentina oyó a alguien en la mesa contener la risa. Oyó también el golpe apagado de su propio corazón contra las costillas.

Había soportado clientes borrachos que le chasqueaban los dedos. Hombres que dejaban propina solo si ella sonreía. Señoras que revisaban con asco los cubiertos como si la pobreza se pegara en el metal. Eso era trabajo. Eso se aguantaba porque cada turno significaba una noche más de su madre en la clínica.

Pero Daniela conocía su nombre. Conocía su historia. Y eligió clavar el cuchillo justo ahí.

—¿Vas a ordenar algo más? —preguntó Valentina.

—Sí. Una explicación. —Daniela cruzó las piernas—. ¿Qué se siente pasar de princesita a mesera? Digo, lo pregunto con cariño. La vida sí da vueltas, ¿verdad?

Una de las chicas levantó su celular, fingiendo revisar mensajes. El lente apuntaba hacia Valentina.

—Baja eso —dijo Valentina.

—¿También das órdenes? —Daniela chasqueó la lengua—. Qué fuerte. Yo pensé que después de lo de tu papá se te había quitado lo altanera.

El nombre de su padre cayó sobre la mesa.

Emilio Estrada.

El funcionario corrupto, según los noticieros. El hombre que había robado dinero de una obra pública, según las columnas de opinión. El culpable del puente Río Blanco, según quienes necesitaban dormir tranquilos echándole los muertos a alguien que ya no podía defenderse.

Para Valentina, su papá seguía siendo el hombre que le revisaba la presión a su esposa cada noche, que le compraba libros usados aunque pudiera pagar nuevos, que una vez regresó en plena lluvia porque ella había olvidado su carpeta de música en el coche.

Ella apretó la botella vacía hasta que el plástico crujió.

—Mi papá no está aquí para que lo metas en tu boca.

Daniela levantó ambas cejas, encantada con la reacción.

—Tienes razón. Él ya no está. —Bajó la voz, pero se aseguró de que todas escucharan—. Aunque dejó bastantes deudas, ¿no? Mira nada más. Tú sirviendo copas en Bar Nocturna. Tu mamá en una clínica. La casa perdida. Qué horror, Valentina. De verdad.

—Ya estuvo, Dani —intervino la chica de antes.

Daniela la ignoró.

—No, si a mí me da tristeza. De princesita a mesera. Es casi poético.

La palabra "mesera" salió como una mancha.

Valentina dejó la botella vacía en la mesa. Muy despacio. Después tomó la copa de vino blanco que Daniela tenía enfrente. El líquido estaba frío; las gotas de condensación le mojaron los dedos.

Daniela miró la copa y sonrió, incrédula.

—¿Qué haces?

—Darte el servicio completo.

Valentina le arrojó el vino a la cara.

El chorro helado le empapó el maquillaje, el escote rojo, el cabello cuidadosamente ondulado. Daniela abrió la boca sin emitir sonido. Luego gritó.

—¡Estás loca!

La música de afuera siguió sonando, pero en el reservado todo se rompió al mismo tiempo: una silla arrastrada, el celular de la chica cayendo sobre la mesa, una risa nerviosa que murió enseguida.

Valentina dejó la copa vacía junto al florero.

—Eso fue por mi papá.

Daniela se puso de pie, temblando de rabia, con el rímel corriéndole por las mejillas.

—¡Te voy a hacer correr de este lugar!

—Haz fila.

La puerta del reservado se abrió de golpe. El gerente asomó la cabeza, pálido.

—¿Qué pasó aquí?

Daniela señaló a Valentina con una mano que chorreaba vino.

—¡Tu empleada me agredió! ¿Sabes quién soy?

Valentina se quitó el mandil negro. No esperó a que el gerente decidiera entre defender a una trabajadora cansada o quedar bien con una clienta rica. Ya sabía cómo terminaban esas historias.

Dejó el mandil sobre la barra lateral.

—Me descuentas la copa de mi sueldo.

—Estrada, no te vayas —dijo el gerente entre dientes—. Tenemos que hablar.

—Sí. Mañana. Hoy no.

—¡Cobarde! —gritó Daniela a su espalda—. ¡Siempre huyendo como tu padre!

Valentina se detuvo.

Solo un segundo.

Patricia apareció en la entrada del pasillo, con los ojos muy abiertos. Le hizo un gesto mínimo: vete. Ahora.

Valentina obedeció porque, si regresaba a esa mesa, no iba a bastar con vino.

Atravesó el corredor hacia la salida de empleados. El ruido del bar le golpeó la nuca, pero ya no distinguía canciones ni voces. Solo el mensaje de la clínica, repitiéndose con una precisión cruel: siete días vencida, doce de la tarde, suspensión de servicios.

Necesitaba dinero.

Necesitaba otro turno.

Necesitaba no quebrarse antes de llegar a la calle.

Empujó la puerta lateral con demasiada fuerza y chocó contra alguien.

No fue un golpe fuerte. Apenas un roce de hombros, una mano masculina que se levantó por reflejo para evitar que ella cayera. Valentina iba a disculparse sin mirar, con esa cortesía automática que se aprende sirviendo mesas, cuando vio la mano.

La izquierda.

Dedos largos. Piel fría. Un pequeño lunar oscuro en el hueco entre el pulgar y el índice.

El aire se le fue de los pulmones.

Había marcas que el tiempo no borraba. Algunas se quedaban en la piel. Otras, en la memoria de quien una vez las había mordido riéndose, sin imaginar que años después serían una sentencia.

Valentina levantó la vista.

El hombre frente a ella vestía traje negro, sin corbata. Más alto de lo que recordaba. Más frío. La mandíbula firme, los ojos oscuros, esa calma insoportable de quien había aprendido a no pedir permiso en ninguna parte.

Santiago Reyes la miró como si también hubiera visto un fantasma.

Durante un instante, ninguno habló.

Luego él bajó la mirada a sus dedos manchados de vino, a la placa con su nombre todavía prendida sobre el pecho, al temblor mínimo que ella no había podido esconder.

—Valentina —dijo.

Su nombre, en esa voz, sonó peor que cualquier insulto de Daniela.

Ella dio un paso atrás.

—Santiago Reyes.

Y el lunar en su mano izquierda pareció arder entre los dos.

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Stella Vergara
Hermosa historia
Stella Vergara
después de tantos secretos, lágrimas , desafíos, odio ,amor , reconciliación, tormentas , exoneración y justicia, siempre triunfa el amor
Stella Vergara
la verdad era más fácil aunque doliera
Stella Vergara
,fuerte,las mentiras son crueles
Stella Vergara
e🤭🤭🤭🤭🤭🤭 enamorados o no hacen un equipo perfecto
Stella Vergara
ya es hora que pase algo con bueno entre ellos ,se siente fastidiosa
Stella Vergara
no entiendo nada
Stella Vergara
par de locos se odian no se soportan y se aman o son ideas jajaja🤭👏👏
Stella Vergara
jajajajaj está interesante
Stella Vergara
pobre muchacha 🤭🤭
daniela guzman
me encanta
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