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Su Asistente Omega

Su Asistente Omega

Status: Terminada
Genre:Yaoi / CEO / Completas
Popularitas:22k
Nilai: 5
nombre de autor: MarOculto

Emilio Reyes tiene $2,800 en el banco, un departamento que se cae a pedazos y un secreto que ni él mismo conoce.

Su nuevo jefe, Sebastián Luján, es el CEO más temido de Ciudad Arcoíris: guapo, cruel, Alfa supremo. Nadie sobrevive un mes como su asistente. Emilio sobrevive dos. Y luego comete el peor error posible: le cocina pescado a la veracruzana.

Sebastián se come todo. Deja una propina de $10,000. Y desde ese día, su mirada no se despega de Emilio.

Pero hay un problema. Sebastián odia a los Omegas. Los teme con una intensidad que viene de un trauma que nadie conoce. Y Emilio... Emilio no es el Beta que todos creen.

Cuando su cuerpo lo traiciona y la diferenciación comienza, Emilio descubre que el hombre que lo ama es el mismo hombre que huye de lo que él se está convirtiendo.

*¿Puede el amor sobrevivir cuando tu biología se convierte en lo único que la persona que amas no puede aceptar?*

NovelToon tiene autorización de MarOculto para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 23

Capítulo 23

Después de medianoche

Ninguno movió la mano.

Ese fue el primer problema.

El segundo fue que ninguno parecía querer resolverlo.

Diego golpeó la puerta del balcón con los nudillos.

—¡Sebastián! Si estás asesinando el espíritu de Año Nuevo, por lo menos deja testamento.

Mateo dijo algo detrás de él.

—No grites. Estás haciendo que parezca más obvio.

—¿Más obvio qué?

—Exacto.

Emilio cerró los ojos un segundo.

Sebastián soltó su mano al fin, pero no retrocedió de inmediato. Sus dedos se separaron como si el gesto necesitara permiso.

—Hay que entrar —dijo Emilio.

—No hay que.

—Diego va a romper la puerta.

—El hotel le cobrará.

—A usted.

Sebastián miró hacia la puerta con fastidio real.

—Entonces sí hay que entrar.

La respuesta casi hizo reír a Emilio, y eso fue peor que el beso. Reír después de algo así significaba que el mundo no se había roto. Que tal vez podía seguir existiendo con ese cambio adentro.

Sebastián abrió la puerta.

Diego estaba con una copa en la mano y una sonrisa demasiado ancha. Mateo parecía resignado, Valentín estaba detrás de ambos con una expresión que decía que ya había entendido todo y estaba decidiendo cuánto tardar en usarlo contra ellos. Felipe, más lejos, comía uvas como si el drama humano fuera un experimento secundario.

—Feliz Año Nuevo —dijo Diego, mirando de Sebastián a Emilio.

—Ya lo dijiste —respondió Sebastián.

—No a ustedes.

Emilio tomó su copa de agua de la mesa pequeña para ocupar las manos.

Valentín se acercó con una copa de champaña.

—Emilio, precioso, tienes la boca fría.

Emilio casi se ahoga con agua.

Sebastián giró hacia Valentín.

—Garza.

—¿Qué? Hace viento.

Mateo tomó a Diego del brazo.

—Vamos a fingir que somos personas educadas durante cinco minutos.

—Yo no firmé eso.

—Yo firmo por los dos.

Los arrastró hacia la mesa.

El resto de la noche pasó de manera extraña. No incómoda. Extraña. Como si todos siguieran actuando la cena de Nochevieja mientras una versión nueva de Emilio se sentaba dentro del traje azul, tocándose los labios con la memoria y no con los dedos.

Sebastián no volvió a besarlo.

Tampoco se alejó.

Cuando un donante se acercó demasiado para hablar de "beneficios fiscales del programa social", Sebastián colocó una mano en el respaldo de la silla de Emilio. No tocó su hombro. No hizo falta. El donante corrigió postura, tono y distancia en menos de tres segundos.

Cuando sirvieron postre, Sebastián empujó hacia Emilio el plato con menos azúcar sin mirarlo.

Cuando Diego intentó brindar "por los balcones laterales", Mateo le pisó el zapato debajo de la mesa.

Valentín sonrió toda la noche como alguien que había comprado acciones antes de una subida.

En un momento, Emilio fue a la barra por agua y Valentín apareció a su lado sin hacer ruido.

—Respira —dijo.

—Estoy respirando.

—No con los hombros.

Emilio bajó la copa.

—No voy a hablar de eso.

—Perfecto. Yo tampoco. Solo diré que Sebastián lleva cinco minutos mirando tu boca y tres fingiendo que no sabe dónde poner las manos.

Emilio cerró los ojos.

—Eso cuenta como hablar.

—No. Eso cuenta como servicio comunitario.

Valentín tomó una aceituna de la barra y la dejó intacta en una servilleta, solo por tener algo que hacer con los dedos.

—No dejes que el susto te haga retroceder más de lo que quieres.

Emilio miró hacia la mesa. Sebastián estaba escuchando a Felipe, pero sus ojos se desviaron hacia la barra en el mismo instante.

—¿Y si no sé qué quiero?

—Entonces no tomes una decisión definitiva. Pero tampoco finjas que no pasó nada solo porque parece más ordenado.

Ese consejo fue molesto porque sonaba útil.

A las dos de la mañana, la fiesta empezó a vaciarse. Felipe se despidió primero, alegando que sus células no respetaban feriados. Valentín se fue después, no sin decirle a Emilio en voz baja:

—No tomes decisiones importantes con fuegos artificiales en la sangre.

—No iba a hacerlo.

—Mentira prudente. Me gusta menos que las otras.

Diego abrazó a Sebastián antes de que este pudiera esquivarlo.

—Estoy orgulloso de ti, hermano.

—Suéltame.

—No.

—Diego.

—Ya, ya.

Mateo le dio a Emilio una palmada ligera en el brazo.

—Si mañana fingen que no pasó nada, háganlo con estilo. Por favor.

Emilio no supo qué responder.

Sebastián sí.

—Vete.

—Eso no fue con estilo —dijo Mateo, y se fue.

El auto de Sebastián llevó a Emilio a su edificio. Andrés no conducía; era un chofer del hotel. Eso empeoró el silencio, porque no había tercera persona conocida que absorbiera la tensión.

La ciudad después de Año Nuevo olía a pólvora, basura dulce y madrugada. Emilio miró por la ventana todo el camino. Sebastián no le pidió que hablara.

Al llegar, el auto se detuvo frente a la fachada beige grisácea del edificio.

—Gracias por traerme —dijo Emilio.

—No manejaste.

—Por eso.

Sebastián lo miró.

La luz del tablero le marcaba la boca.

Emilio no debía mirar ahí.

Miró igual.

Sebastián lo vio mirar.

Durante un segundo, el aire dentro del auto volvió a ser balcón, fuegos, escarcha y manos que no se soltaban.

—Descansa —dijo Sebastián.

Era la palabra correcta.

No era la que ninguno quería.

—Feliz Año Nuevo —respondió Emilio.

Salió del auto antes de averiguar si la prudencia le duraba.

Al día siguiente, ninguno habló del beso.

Sebastián llegó a Grupo Cénit a las ocho exactas. Emilio ya estaba en su escritorio, con café, agenda y una lista de pendientes que parecía diseñada para demostrar que el mundo seguía obedeciendo a la estructura.

—Buenos días, señor Luján —dijo.

El "señor" cayó entre ellos con un sonido raro.

Sebastián lo escuchó.

—Reyes.

Nada más.

Normal.

Casi.

Bolita arruinó el casi.

La criatura salió de la oficina de Sebastián, cruzó el piso cincuenta y ocho con decisión de proyectil peludo y saltó directo al regazo de Emilio.

La recepcionista dejó caer un clip.

Andrés miró a Bolita.

Luego a Emilio.

Luego a la oficina de Sebastián.

—Entiendo —dijo, sin entender nada.

Emilio intentó levantar a Bolita.

—No, no. Hoy no.

Bolita se aferró a su saco azul oscuro de oficina y ronroneó como motor pequeño.

Desde la oficina de cristal, Sebastián levantó la vista.

Sus ojos se encontraron.

La memoria del balcón volvió tan rápido que Emilio casi sintió escarcha en la boca otra vez.

Sebastián bajó la mirada al contrato con una rigidez ofensiva.

Bolita ronroneó más fuerte.

A las nueve, Andrés dejó la agenda del día en la mesa de Emilio y se detuvo.

—El señor Luján movió todas tus reuniones de esta semana.

Emilio levantó la vista.

—¿Por qué?

Andrés miró hacia la oficina de cristal, luego volvió a Emilio.

—Porque ahora todas son con él.

Detrás del cristal, Sebastián fingía leer un contrato.

No pasó nada.

Absolutamente nada.

Por eso todo había cambiado.

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💜Martha Ibarra
Gracias por esta magnífica historia, disfrute mucho leerla y espero trabajos futuros 🥰
💜Martha Ibarra
esta historia me enamora cada vez más 🥰
abu_army18
Me puedes explicar quien es bolita no entiendo 😢
💜Martha Ibarra
querida escritora me tiene el alma en un hilo con esta historia magnífica 🥰
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