Valentina Herrera tiene veinticinco años, un departamento diminuto en Narvarte y un trabajo que podría perder en cualquier momento. No pide mucho: pagar la renta, sobrevivir el Metro y que su jefa no la despida antes de fin de mes.
Una noche, su mejor amiga la arrastra a un bar en Polanco. Música cara, gente que huele a dinero, copas que cuestan lo que ella gana en un día. Valentina no pertenece ahí. Lo sabe. Todos lo saben.
Pero entonces aparece él.
Santiago Montero. Heredero de Grupo Montero. El tipo de hombre que no debería mirarla dos veces... y que no deja de buscarla después de esa noche.
Lo que empieza como un error de una copa de más se convierte en algo que Valentina no puede controlar: cenas en restaurantes donde no entiende el menú, un closet lleno de ropa que jamás podría pagar, y un hombre que la mira como si fuera lo único real en su mundo de cristal.
Pero la familia Montero no acepta a cualquiera. Don Fernando, el patriarca, tiene otros planes para su hijo. Planes que incluyen apellidos correctos, fortunas compatibles y una mujer que no viaje en Metro.
Y Santiago... Santiago tiene un secreto. Uno que va a destrozarla.
"Nunca más. Si me vuelves a mentir, desaparezco de tu vida para siempre."
¿Puede el amor sobrevivir a la mentira más cruel cuando esa mentira nació del amor más profundo?
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Capítulo 3
Capítulo 3: El desconocido
Valentina dejó el teléfono sobre la mesa, boca abajo, y no volvió a tocarlo hasta la noche.
No contestó el mensaje. No preguntó qué había dejado en la habitación. No quiso imaginar al hombre de la suite caminando entre sábanas deshechas, encontrando algo suyo, guardándolo, buscando la forma de devolverlo. Si lo pensaba demasiado, la vergüenza volvía con dientes.
Así que hizo lo único que sabía hacer cuando la vida se le salía de control: fingió normalidad.
El domingo lavó ropa, compró verduras en el mercado y preparó sopa para varios días. El lunes se levantó a la misma hora de siempre, se puso una blusa azul, se recogió el cabello y bajó las escaleras de su edificio con la bolsa cruzada al cuerpo. En el espejo del elevador descompuesto, que alguien había pegado torcido junto a los buzones, se obligó a revisarse la cara.
Nada de hotel.
Nada de Polanco.
Nada de un hombre desconocido con voz baja y manos firmes.
El Metro no colaboró. En el vagón, entre empujones y olor a café, cada roce accidental la hacía tensarse. Una mano en el tubo cerca de la suya. Una camisa blanca. Un perfume masculino que no era el mismo, pero alcanzó para traerle un pedazo de memoria: Santiago ofreciéndole agua, Santiago mirándola como si la estuviera escuchando incluso antes de que ella hablara.
Valentina cerró los dedos alrededor del tubo hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
"Se acabó", se dijo. "No pasó nada que vaya a perseguirte".
El celular vibró dentro de su bolsa.
No lo sacó.
En CDV, la semana empezó con una junta de seguimiento que nadie quería tener. El Licenciado Garza habló de metas, importaciones detenidas, clientes indecisos y "actitud proactiva" con la misma voz con la que había insinuado despidos. Valentina tomó notas sin escuchar de verdad.
Lucía le pasó un post-it por debajo de la carpeta.
"Pareces zombi. ¿Café o exorcismo?"
Valentina apretó los labios para no reírse.
Escribió: "Café."
Lucía respondió: "Mentira. Necesitas chisme."
Valentina dobló el papel y lo guardó antes de que Garza volteara.
—Herrera —dijo él de pronto—, ¿puede repetir el último punto que acabo de mencionar?
Todas las miradas cayeron sobre ella.
Valentina levantó la vista. Tenía la mente en blanco.
Lucía tosió y movió apenas su libreta. En la hoja había escrito con letras enormes: "CLIENTE GUADALAJARA / NUEVA COTIZACIÓN".
—El ajuste de la cotización para el cliente de Guadalajara —respondió Valentina, con la voz lo más firme que pudo—. Hay que enviarlo hoy antes de las tres.
Garza la miró por encima de sus lentes.
—Exacto. Le encargo que no se nos pase.
—Sí, Licenciado.
Cuando la junta terminó, Lucía la jaló hacia la cocineta antes de que alguien les pidiera otra cosa.
—Ahora sí, habla. ¿Qué te pasa, Val? Pareces zombi.
Valentina abrió una cápsula de café barato para la máquina de la oficina y evitó mirarla.
—Nada.
—No me insultes. Te conozco. Cuando dices "nada" con esa cara, mínimo hay incendio, deuda o hombre.
El café empezó a caer en un chorrito aguado.
—No hay hombre.
Lucía entrecerró los ojos.
—Ajá. Eso sonó a que sí hay hombre y aparte está guapo.
—Lu.
—¿Qué? Soy observadora.
Valentina tomó el vaso de café demasiado caliente y se quemó los dedos.
—Fui a una fiesta con Isa el viernes.
—Eso ya lo sé porque subió una historia donde se veía carísima.
—Tomé de más.
Lucía perdió la sonrisa.
—¿Te pasó algo?
La pregunta, tan simple y tan seria, le hizo un nudo en la garganta. Valentina negó rápido.
—No. O sea... no lo sé. Me desperté en un hotel.
—¿Sola?
Valentina no contestó.
Lucía dejó su vaso en la barra.
—Valentina.
—No me mires así. No me acuerdo bien. Pero no sentí... —buscó las palabras, porque necesitaba decirlo con claridad incluso para sí misma—. No sentí que me hubieran hecho daño. Solo fue una estupidez. Una enorme estupidez.
Lucía respiró despacio.
—¿Sabes quién era?
Valentina vio, por un segundo, la espalda del hombre bajo la luz gris de la mañana.
—No.
La mentira le salió antes de pensar. Sí sabía un nombre. Santiago. Pero un nombre sin apellido, sin rostro completo, sin explicación, podía guardarse en una caja y cerrarse.
—¿Y él te ha buscado?
El celular vibró de nuevo dentro de su bolsa, como si quisiera responder por ella.
Lucía bajó la mirada.
—Val.
—No quiero hablar con él.
—Está bien. Pero si insiste, no lo manejes sola. Me avisas. Y si necesitas ir a una clínica o lo que sea, voy contigo.
Valentina sintió que el pecho se le aflojaba de golpe.
—Gracias.
Lucía le apretó el hombro.
—Para eso estamos las amigas. Para juzgarte después de cuidarte.
Esta vez Valentina sí se rió. Un poco. Lo suficiente para respirar mejor durante las siguientes horas.
Pero el número desconocido siguió apareciendo.
Lunes por la tarde: una llamada perdida.
Lunes por la noche: otro mensaje.
"Solo quiero devolverte lo que es tuyo."
Martes por la mañana: dos llamadas.
Martes a la hora de la comida: "No voy a molestarte si me respondes."
Valentina borró el mensaje sin contestar. Después lo buscó en la papelera del teléfono como una idiota, lo leyó otra vez y volvió a borrarlo. No bloqueó el número. Se dijo que era por si el asunto de verdad era importante. Sabía que no era solo por eso.
El miércoles llegó con lluvia fina y tráfico imposible. Valentina entró a la oficina con el pantalón húmedo hasta las rodillas y el cabello escapándose del recogido. Garza estaba de peor humor que de costumbre porque un embarque se había quedado atorado en aduana.
—Herrera, necesito ese reporte antes de mediodía.
—Lo tendrá.
—Y esta vez revise dos veces las cifras.
Valentina levantó la vista.
—Siempre las reviso, Licenciado.
Garza pareció notar el filo de su tono y carraspeó.
—Bien. Entonces revíselas tres.
Lucía, desde su lugar, levantó una ceja como diciendo "mátalo, pero después de comer". Valentina bajó la mirada a la pantalla y trabajó sin parar. Por primera vez en días, los números la ayudaron. Eran fríos, obedientes. Si una celda no cuadraba, había una razón. Si una fórmula fallaba, se corregía.
Ojalá la vida funcionara igual.
A las seis y media, apagó la computadora. Tenía los ojos secos y la espalda rígida. Lucía se puso de pie al mismo tiempo.
—¿Vamos por una torta? Invito yo, antes de que digas que no tienes hambre.
—Hoy no, Lu. Quiero llegar a casa.
Lucía la observó con preocupación, pero no insistió.
—Me mandas mensaje cuando llegues.
—Sí, mamá.
—Más te vale, mija.
Valentina sonrió y bajó en el elevador con otros empleados que hablaban del clima y del tráfico. En la planta baja, el guardia saludó sin levantar mucho la vista. Ella salió ajustándose la chamarra, calculando si le convenía caminar al Metrobús o tomar el Metro aunque estuviera más lleno.
Entonces vio el auto.
Era negro, bajo, brillante incluso bajo la lluvia sucia de Reforma. No tenía que saber de marcas para entender que costaba más que todo lo que ella había tenido en su vida. Estaba estacionado justo frente a la salida del edificio, donde no debería estar, con las intermitentes encendidas.
Valentina se detuvo.
La ventanilla trasera bajó con un zumbido suave.
El hombre del bar la miró desde adentro.
Ahora sí vio su rostro completo.
Santiago.
La misma mirada tranquila. La misma boca que recordaba en fragmentos demasiado cercanos. La misma presencia que hacía que el ruido de la calle pareciera retroceder medio paso.
Él abrió la puerta y salió sin prisa, como si la lluvia, los cláxones y los empleados curiosos no existieran. Llevaba un abrigo oscuro y en la mano sostenía una caja pequeña.
Valentina dio un paso atrás.
—No voy a subir a tu coche.
Santiago no sonrió. No se acercó más de lo necesario.
—No te lo pedí.
La seguridad de su voz le erizó la piel.
—Entonces, ¿qué haces aquí?
Él bajó la mirada un instante hacia la caja. Luego volvió a mirarla, directo, con una calma que a Valentina le pareció peligrosa.
Santiago dijo una sola frase.
Y Valentina se quedó sin aire.