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Turquesa Eterno: Memorias De Un Amor En Varadero.

Turquesa Eterno: Memorias De Un Amor En Varadero.

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor eterno
Popularitas:382
Nilai: 5
nombre de autor: piscis 1

Romance en Playa Varadero ( Cuba)

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La visita del abuelo.

Una semana después de la llegada de Álix, Marina anunció que su abuelo quería conocerlo.

—¿Tu abuelo? ¿El que te enseñó todo sobre el mar?

—El mismo. Se llama Antonio, pero todo el mundo lo llama Tonio. Tiene ochenta y tres años, fuma tabaco negro como un demonio y dice palabrotas que harían ruborizar a un marinero. Pero es la persona más sabia que conozco. Y quiere verte.

—¿Por qué?

—Porque quiere asegurarse de que el francés que ha conquistado a su nieta es digno de ella.

Álix sintió un nudo en el estómago. No era la primera vez que conocía a la familia de una novia, pero nunca antes le había importado tanto causar una buena impresión. Porque nunca antes había estado tan enamorado. Porque nunca antes se había jugado tanto en una sola carta.

—¿Cuándo?

—Esta tarde. Viene a cenar. He preparado ropa vieja, que es su plato favorito.

—¿Ropa vieja? ¿Qué es eso?

—Ropa deshilachada con salsa de tomate. Un manjar de dioses. Ya lo verás.

Esa tarde, Álix se arregló con más esmero del habitual. Se puso una camisa de lino blanca, se peinó el cabello rebelde y se afeitó con cuidado. Marina lo observaba divertida, apoyada en el marco de la puerta del baño.

—Estás nervioso.

—Un poco.

—No hace falta. Mi abuelo es un trozo de pan. Solo tienes que ser tú mismo.

—¿Y si yo mismo no le gusta?

—Imposible.

Antonio llegó al atardecer, conduciendo un viejo Ford de los años cincuenta que tosía más de lo que andaba. Era un hombre enjuto, de estatura media, con la piel curtida por décadas de sol y salitre, y unos ojos oscuros que brillaban con la inteligencia de quien ha vivido mucho y ha aprendido de cada experiencia. Llevaba un sombrero de yarey, una guayabera blanca y un bastón de madera de caoba que, según contaba, había tallado él mismo durante un huracán que lo mantuvo encerrado tres días.

—Así que tú eres el famoso Álix —dijo, estrechándole la mano con una fuerza sorprendente para su edad.

—Y usted debe ser don Antonio. Marina me ha hablado muchísimo de usted.

—Espero que bien.

—Solo cosas buenas.

—Entonces te ha mentido. Porque yo soy un viejo cascarrabias y ella lo sabe. Pero siéntate, siéntate, que no muerdo. Al menos, no antes de cenar.

La velada transcurrió en el porche, a la luz de un quinqué y con el rumor del mar como música de fondo. La ropa vieja estaba deliciosa —Álix tuvo que reconocerlo, a pesar de sus reticencias iniciales—, y el ron añejo que Antonio había traído como regalo fluía generosamente.

—Así que eres francés —dijo Antonio, encendiendo un tabaco que olía a madera y a especias—. Yo conocí a un francés una vez. Un soldado. Corría el año sesenta y dos, durante la Crisis de los Misiles. Él estaba destinado en una base naval cerca de aquí. Un buen hombre. Jugaba al dominó como los ángeles.

—Yo no sé jugar al dominó —confesó Álix.

—Pues habrá que enseñarte. Porque en esta casa, el que no juega al dominó no tiene derecho a postre.

Marina intervino, riendo:

—Abuelo, no le hagas caso. Lo dice en broma.

—Yo nunca bromeo —replicó Antonio, pero sus ojos chispeaban con picardía—. Y ahora, cuéntame, francés. ¿Cuáles son tus intenciones con mi nieta?

La pregunta, formulada así, sin anestesia, pilló a Álix con la copa de ron a medio camino de los labios. La dejó sobre la mesa y miró a Antonio directamente a los ojos.

—Mis intenciones son serias, don Antonio. Muy serias. Quiero construir una vida con Marina. Quiero quedarme en Cuba, trabajar en el programa de conservación, escribir mi libro, ser feliz a su lado. No sé qué me deparará el futuro, pero sé que quiero que ella esté en él.

Antonio guardó silencio durante un largo momento, dando caladas a su tabaco. Luego, lentamente, sonrió.

—Me gusta tu respuesta. Es sincera. No me has vendido promesas imposibles ni me has dicho lo que crees que quiero oír. Eso habla bien de ti.

—Gracias, don Antonio.

—Llámame Tonio. Y ahora, dime una cosa más. ¿Tú crees en Yemayá?

Álix recordó las historias que Marina le había contado sobre la diosa del mar, la protectora de los océanos, la deidad que según la tradición yoruba velaba por los pescadores y los navegantes.

—No sé si creo —respondió, con honestidad—. Pero respeto profundamente a quienes creen. Y si Yemayá existe, le estoy agradecido. Porque fue el mar quien me trajo hasta Marina.

Antonio asintió, satisfecho.

—Buena respuesta. Mejor todavía. El que respeta lo que no entiende es más sabio que el que cree entenderlo todo.

La velada continuó hasta bien entrada la noche, entre anécdotas de pesca, lecciones improvisadas de dominó y risas compartidas. Cuando Antonio finalmente se despidió, abrazó a Álix con una fuerza que desmentía su edad.

—Bienvenido a la familia, francés —le susurró al oído—. Cuida de mi niña. Es lo más valioso que tengo.

—Lo haré, Tonio. Se lo prometo.

Esa noche, cuando se quedaron solos en el porche, Marina se acurrucó junto a Álix y apoyó la cabeza en su hombro.

—Has conquistado a mi abuelo. Eso no es fácil.

—Me ha parecido un hombre encantador.

—Lo es. Pero no se lo digas. Se le subiría el ego.

—Tu abuelo me ha hablado de Yemayá. ¿Tú crees en ella?

Marina se quedó pensativa un momento, contemplando las estrellas.

—Creo que el mar tiene un espíritu. Una fuerza que no se puede explicar con la ciencia. Mi abuelo la llama Yemayá. Yo no sé si es una diosa o simplemente la suma de todas las vidas que habitan el océano. Pero creo que algo hay. Algo que nos protege. Algo que nos guía. Algo que me trajo hasta ti.

—Entonces yo también creo —dijo Álix, besándole la coronilla—. Porque si algo me trajo hasta ti, merece toda mi gratitud.

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Norys Alvarez Alfonso
❤️❤️❤️
Norys Alvarez Alfonso
Bravo 👌
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