Cinco años habían transcurrido desde que el Imperio dejó atrás la guerra que amenazó con consumirlo.
Las cicatrices seguían ahí, aunque ocultas bajo el esplendor de una nueva era.
Las ciudades prosperaban, las rutas comerciales se habían extendido hasta reinos que antes eran enemigos y el pueblo vivía una estabilidad que muchos creían imposible.
Pero la paz no eliminaba las ambiciones.
Solo les daba tiempo para crecer.
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El hogar que nunca dejó de esperarla
El viaje transcurrió sin contratiempos.
A diferencia de la expedición hacia la aldea, aquella vez el ambiente era mucho más tranquilo.
El camino que conducía al ducado Echeverría estaba bien vigilado.
En cada puesto de control los soldados saludaban respetuosamente a la duquesa, mientras los habitantes inclinaban la cabeza al verla pasar.
Cinco años habían bastado para transformar por completo aquellas tierras.
Los caminos de tierra habían sido sustituidos por amplias calzadas de piedra.
Los antiguos campos abandonados ahora estaban cubiertos de cultivos.
Los molinos giraban impulsados por el viento.
Los canales de riego llevaban agua hasta las zonas más alejadas.
Adrien observaba todo con verdadero asombro.
—Mi madre siempre hablaba de este lugar...
Pero nunca imaginé que fuera así.
Aquí todo es más práctico y los personas como que no pasan trabajo.
Dominic sonrió levemente.
—Hace años tampoco era así.
Todo esto fue idea de Sacha.
Ella negó con modestia.
—Fue solo idea mía.
Pero Muchísima gente trabajó para conseguirlo.
Serafis contemplaba el paisaje en silencio.
Aún recordaba el estado en el que había encontrado el ducado la primera vez que lo visitó.
Compararlo con lo que veía ahora era casi imposible.
Después de varias horas de viaje, las murallas del ducado aparecieron finalmente en el horizonte.
Las enormes puertas comenzaron a abrirse incluso antes de que llegaran.
Los centinelas ya habían reconocido el estandarte de los Echeverría.
Una trompeta resonó desde las murallas.
—¡La duquesa ha regresado!
La noticia recorrió el castillo como un relámpago.
Sirvientes, caballeros y funcionarios abandonaron momentáneamente sus tareas para dirigirse al patio principal.
Entre ellos había un rostro que Sacha conocía mejor que nadie.
Sofía.
La mujer descendió rápidamente los escalones principales sin preocuparse por el protocolo.
Cuando Sacha desmontó del caballo, Sofía ya estaba frente a ella.
Durante unos segundos ninguna habló.
Después, Sofía la abrazó con fuerza.
—Bienvenida a casa.
No vuelvas a irte por tantos meses, está casa no es lo mismo sin ti.
Sacha cerró los ojos por un instante.
Aquel abrazo le transmitía una paz que hacía mucho tiempo no sentía.
—También me alegra verte.
Cuando finalmente se separaron, Sofía la observó de arriba abajo.
—Has adelgazado otra vez.
Dominic soltó una pequeña risa.
—Se lo llevo diciendo durante todo el viaje.
—Y seguirá sin hacerles caso.
Respondió Seraphis con una sonrisa.
Sofía negó con resignación.
—Algunas cosas nunca cambian.
Entonces reparó en el joven que permanecía unos pasos detrás del grupo.
Adrien hizo una respetuosa inclinación.
—Es un honor conocerla, Lady Sofía.
Ella devolvió el gesto con educación.
—Bienvenido al ducado.
Sacha dio un paso al frente.
—Él es Adrien.
Mi...
Se detuvo un instante.
Era extraño decirlo en voz alta.
—Mi primo.
Sofía abrió ligeramente los ojos.
Miró a Adrien.
Después a Sacha.
Y comprendió de inmediato.
No hizo preguntas.
Simplemente sonrió.
—Entonces esta también es su casa.
Adrien agradeció aquellas palabras con una leve inclinación de cabeza.
Mientras tanto, varios empleados comenzaron a descargar el equipaje.
Serafis observó el castillo con atención.
Todo seguía igual.
Y, sin embargo, algo era diferente.
Como si aquel lugar hubiera esperado durante siglos el regreso de alguien.
Sofía condujo al grupo al interior de la residencia.
Los pasillos conservaban el mismo aspecto elegante de siempre.
Los retratos de los antiguos duques seguían decorando las paredes.
Adrien se detuvo frente a uno de ellos.
Representaba a un hombre de cabello rubio casi blanco y ojos azul intenso.
Su parecido con su madre era evidente.
Pero también había algo familiar en aquel rostro.
—¿Quién es?
Preguntó.
Sofía se acercó al cuadro.
—El duque Alejandro Echeverría.
Uno de los grandes gobernantes de esta familia.
Dicen que despertó una magia extraordinaria.
Adrien permaneció varios segundos observando el retrato.
Sin saber por qué...
Sentía que aquellos ojos parecían seguirlo.
Sacha también levantó la mirada.
El collar que descansaba bajo su ropa permanecía inmóvil.
Pero, por un breve instante...
Creyó sentir un ligero calor sobre su pecho.
Tan débil...
Que pudo haber sido solo su imaginación.
No dijo nada.
Todavía no.
Había llegado el momento de descansar.
Pero en el fondo de su corazón sabía que el verdadero viaje...
Apenas estaba por comenzar.