Noah Sullivan lleva años preparándose para obtener la beca internacional más prestigiosa de la universidad. Cada examen, cada trabajo y cada sacrificio han tenido un único objetivo: ganar.
Todo parece ir según lo planeado hasta que aparece Leo Moreau.
Popular, talentoso y desesperadamente encantador, Leo se convierte en el único rival capaz de disputarle la beca. Desde el primer encuentro, la tensión entre ambos es inmediata. Cada clase se transforma en una competencia y cada conversación en un desafío.
Cuando el director del programa anuncia que los dos candidatos finales deberán colaborar en un proyecto conjunto para demostrar sus capacidades de liderazgo, Noah siente que es una condena.
Sin embargo, cuanto más tiempo pasan juntos, más difícil resulta ignorar lo que hay detrás de las máscaras que ambos han construido.
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06
El entrenamiento del equipo de hockey era un ritual sagrado para Leo. Era el único lugar donde su mente se aclaraba, donde el mundo se reducía al filo de las cuchillas, al disco duro y frío, a la sinfonía del choque de cuerpos contra la banda. Pero últimamente, incluso ese santuario había sido invadido.
Mientras patrullaba la defensa, su mente se escapaba. No hacia el juego, sino hacia Noah. Hacia la forma en que sus cejas se fruncían cuando se concentraba, hacia el raro sonido de su risa, hacia el desafío silencioso en sus ojos cuando Leo proponía otra de sus ideas "caóticas". El pensamiento era una distracción peligrosa.
—¡Moreau! —gritó su compañero de equipo, Marcus—. ¿Estás en este planeta o en la luna?
Leo sacudió la cabeza, enfocándose de nuevo en el juego. Justo a tiempo para ver a un jugador contrario acercarse velozmente. Se lanzó hacia él, pero un segundo demasiado tarde. El disco pasó junto a su stick y entró en la portería. El silbato sonó, marcando un gol del equipo rival.
—¡Qué fue eso, Leo! —exclamó el entrenador desde el banquillo—. ¡Tu cabeza no está aquí!
Leo maldijo entre dientes, golpeando el hielo con su stick. No tenía excusa. O sí, pero no era una que pudiera compartir.
Después del entrenamiento, mientras se cambiaba en el vestuario, Marcus se acercó a él.
—¿Está bien todo, capi? —preguntó Marcus, pasándose una toalla por el pelo—. Llevas unos días raros. Distraído.
—Solo estoy ocupado —dijo Leo, evitando su mirada—. Con la beca, con clases, con...
—¿Con Sullivan? —terminó Marcus, con una sonrisa pícara—. He oído que están trabajando juntos en el evento de becas. Todo el campus lo está comentando. El genio y el atleta. ¿Cómo va?
Leo se quedó mirando su casco, sintiendo una incomodidad extraña. —Bien. Es... eficiente.
—¿Eficiente? —se rio Marcus—. Suena como si estuvieras describiendo un tren, no un compañero de proyecto. ¿De verdad es tan intenso como dicen?
—Más —dijo Leo, sin poder evitar una pequeña sonrisa—. Pero no de la manera que crees. Es... sorprendente.
Esa noche, después de una cena fría y solitaria en su apartamento, Leo se encontró caminando hacia el laboratorio de física. No sabía por qué, solo sabía que no podía quedarse quieto. No estaba en el laboratorio. Pero la puerta de uno de los salones de estudios estaba entreabierta, y una luz se filtraba por el hueco.
Leo se acercó con sigilo. Allí estaba Noah, solo, rodeado de libros, con una expresión de concentración tan intensa que parecía que podría mover objetos con la mente. Estaba trabajando en algo que no parecía relacionado con el festival. Un modelo complejo de algo que Leo no pudo identificar.
Leo observó en silencio, fascinado. Vio a Noah pasar una mano por su cabello en un gesto de frustración. Vio cómo sus dedos volaban sobre el teclado. Vio cómo una pequeña sonrisa de satisfacción cruzaba su rostro cuando algo funcionaba. En esos momentos, Noah no era el rival, no era el robot. Era... brillante. De una manera que Leo empezaba a admirar profundamente.
—¿Necesitas ayuda? —preguntó Leo, su voz rompiendo el silencio.
Noah se sobresaltó, su mano volando al corazón. —¡Moreau! ¿Qué haces aquí?
—Podría preguntarte lo mismo —dijo Leo, entrando en el salón—. Es casi medianoche. Pensé que los robots como tú necesitaban recargar sus baterías.
Noah sonrió ligeramente, un gesto que Leo estaba empezando a poder provocar. —Estoy trabajando en mi proyecto de investigación para física de partículas. Es más complicado de lo que pensaba.
Leo se acercó a la pantalla, aunque no entendía nada de las ecuaciones complejas que llenaban el monitor. —Parece... impresionante.
—Es una simulación de colisiones de hadrones —dijo Noah, su voz apasionada—. Estoy intentando modelar un patrón de descomposición que no encaja con las predicciones estándar. Si tengo razón, podría... bueno, podría cambiar algunas cosas.
Leo miró a Noah, no a la pantalla. Vio el brillo en sus ojos, la pasión que raramente mostraba. Y por un momento, Leo entendió. Entendió el impulso que impulsaba a Noah, esa necesidad de control, de orden, de resolver lo irresoluble.
—Me perdí en el "patrón de descomposición" —dijo Leo, con sinceridad—. Pero entiendo la pasión. Es como cuando estoy en el hielo y todo el mundo desaparece, menos el juego.
Noah lo miró, sorprendido. —No te imagino patinando. Parece demasiado... impredecible.
—Es la única impredecibilidad que permito en mi vida —dijo Leo, su tono más serio de lo habitual—. Excepto, quizás, por este festival. Y por... nosotros.
La palabra "nosotros" colgó en el aire, cargada de un significado que ninguno de los dos estaba listo para explorar.
—Deberías estar descansando —dijo Noah, rompiendo el silencio—. Tienes entrenamiento mañana.
—Y tú tienes clase —replicó Leo—. Pero ninguno de los dos puede dormir, ¿verdad?
Noah negó con la cabeza, su confesión silenciosa.
—¿Quieres un café? —ofreció Leo—. Hay una máquina en el pasillo.
Noah dudó por un momento, luego asintió. —Solo si es decente. No tolero el café malo.
—Tranquilo, Sullivan —dijo Leo, sonriendo—. Mis estándares son casi tan altos como los tuyos. En algunas cosas.
Mientras caminaban hacia la máquina expendedora, el campus silencioso se sentía como un mundo privado, como un espacio que solo pertenecía a ellos. Leo sintió una extraña mezcla de nerviosismo y comodidad, una sensación de estar exactamente donde debía estar, incluso si no tenía sentido.
—¿Por qué el hockey? —preguntó Noah, rompiendo el silencio—. De verdad. No la respuesta oficial sobre trabajo en equipo y disciplina. ¿Por qué?
Leo se detuvo, considerando su respuesta. Nadie le había hecho esa pregunta de esa manera. Nadie parecía querer saber la verdad.
—Es el único lugar donde me siento... completamente yo —dijo Leo finalmente, su voz baja—. Donde no tengo que pensar en mis expectativas, en las de mi familia, en las de todo el mundo. Solo estoy en el hielo, y sé lo que tengo que hacer. Es simple. Y puro.
Noah asintió, como si esa respuesta fuera la más natural del mundo. —Yo entiendo eso. Con mis números. Con mis ecuaciones. Es un universo con reglas claras. Con consecuencias predecibles.
—Pero a veces las reglas están ahí para romperlas —dijo Leo, su mirada intensa—. Y a veces las consecuencias más impredecibles son las que valen la pena.
Noah no respondió. Simplemente siguió caminando hacia la máquina de café, pero Leo podía ver que sus palabras habían resonado en él. Podía ver que Noah estaba empezando a entender que había un mundo más allá de sus diagramas de flujo y sus proyecciones. Un mundo de caos y belleza, de riesgos y recompensas.
Y mientras esperaba a que la máquina dispensara dos cafés, Leo se dio cuenta de que ya no estaba seguro de qué estaba en juego. La beca Richardson seguía siendo el objetivo, pero ya no era el único. Había aparecido algo más en el camino, algo que se parecía peligrosamente a una conexión que no había buscado pero que no estaba seguro de poder abandonar.