En el pequeño pueblo de Valleoscuro, donde las montañas se alzaban como gigantes dormidos y la niebla solía quedarse abrazada a los tejados hasta bien entrada la mañana, todos conocían a Mariana. No por su nombre, ni por su familia, ni por nada que hubiera dicho o hecho, sino por una sola cosa: su cabello. Era rojo, del tono intenso de las brasas que arden despacio en la chimenea, rizado como las olas de un mar que nunca se calma, y tan largo, tan increíblemente largo, que nadie había logrado ver dónde terminaba.
Mariana tenía la piel morena, suave y cálida como la tierra fértil de los valles cercanos, y sus ojos eran del color del ámbar, brillantes y profundos, como si guardara en ellos todos los atardeceres que se habían visto caer sobre aquel rincón del mundo. Vivía en una casa pequeña, de paredes de adobe y techo de tejas rojas, situada al final del camino principal
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Capítulo 17: Viaje familiar
Mariana se inclinó un poco hacia adelante, sus rizos cayendo sobre el suelo como una cascada de fuego tranquilo. Cerró los ojos un instante, concentrándose. Como cuando estaba en la torre años atrás, su conciencia se expandió a través de cada una de las hebras de su cabello, que ahora formaban una red invisible y luminosa que cubría todo el reino y más allá. Vio el río Grande, vio los campos, vio las aldeas… y vio algo más. Una sensación antigua, algo que creía haber quedado atrás, dormido en lo más profundo de la oscuridad que ella había vencido.
—No es solo la tierra, ni el clima —dijo ella al abrir los ojos, su mirada seria—. Hay algo más. Algo que despertó. Sentí una presencia… una sombra muy lejana, pero que se mueve. Parece que lo que enfrentamos aquella vez en la llanura no fue el final, sino solo el principio del olvido. El Señor de las Sombras fue derrotado, sí, y su ejército se dispersó, pero la oscuridad no muere del todo mientras haya lugares donde la luz no llega, o corazones que eligen cerrarse a ella.
Kael se puso de pie de inmediato, su postura firme, recuperando el porte de comandante que usaba cuando era necesario. —¿Crees que intenten volver? ¿Que quieran tomar represalias?
—No lo sé —respondió Mariana con sinceridad—. Lo que sé es que nuestra misión nunca terminó realmente. Mi tarea no era solo vencer un ejército o encerrar un mal. Mi tarea, nuestra tarea, es mantener la luz viva en todos lados, para que la oscuridad nunca tenga un lugar donde crecer. Y parece que ahora, debemos ir nosotros mismos a llevarla, allá donde se está apagando.
Esa noche, Mariana subió nuevamente a lo alto de la torre más alta, aquella desde donde veía todo el territorio. Era el mismo lugar donde años atrás había tenido la visión del ataque que se avecinaba. Se sentó en la piedra fría, mirando hacia el infinito, bajo un cielo lleno de millones de estrellas que parecían observarla. Su cabello rojo, ondulado y espeso, cayó por los costados de la torre, deslizándose por las paredes de piedra y extendiéndose hacia abajo, hacia los tejados de la ciudad, hacia los caminos, hacia las montañas, perdiéndose en la distancia como si no tuviera fin.
Cerró los ojos y respiró hondo. Al concentrarse, su cabello comenzó a brillar con una intensidad creciente, y en el aire, formadas por la propia luz que emanaba de él, empezaron a aparecer imágenes luminosas, como si el aire mismo se convirtiera en cristal y revelara la verdad. Vio de nuevo el gran abismo oscuro, ese lugar helado y sin vida donde se refugiaban las sombras. Vio fragmentos de lo que quedaba del ejército: criaturas deformes, hechas de niebla y odio, que ahora no marchaban para atacar, sino que se arrastraban por las tierras olvidadas, cubriendo valles enteros con una bruma gris que apagaba todo a su paso. Y vio la figura del Señor de las Sombras, más débil que antes, sí, pero más oscuro aún, porque ahora su poder no venía de su propia fuerza, sino de la desesperación y el miedo que lograba sembrar en los rincones más alejados.
Entendió entonces lo que pasaba. Al haber sido derrotado en batalla abierta, el enemigo había cambiado su estrategia. Ya no venía con espadas ni gritos. Ahora avanzaba en silencio, apagando poco a poco la esperanza, haciendo que la gente olvidara que existía la luz, que existía algo mejor que la oscuridad. Y si lograban apagarla en muchos lugares a la vez, entonces sí, tendrían fuerza suficiente para volver a levantarse y atacar de nuevo, esta vez desde adentro, desde la desesperación de un pueblo que ya no cree en nada.
Mariana abrió los ojos, y las imágenes se desvanecieron lentamente en el aire, pero la determinación en su mirada se había hecho más fuerte que nunca. Bajó de la torre sabiendo exactamente lo que debían hacer. Al llegar a casa, toda la familia la esperaba en la sala principal, con lámparas encendidas y mapas extendidos sobre la gran mesa de roble. Todos la miraron, esperando sus palabras.
—Vamos a viajar —anunció ella con voz clara y firme—. No solo yo. Vamos todos. Kael, tú organizarás la escolta y la seguridad. Lira, tú llevarás tu luz, esa luz cálida que hace que la gente se sienta acompañada y segura, esa que hace florecer la vida. Darian, tú irás siempre a mi lado, porque tú sabrás dónde ir, a quién hablar primero, dónde está el punto más débil de la oscuridad. Iremos hacia el sur, hacia el este, hacia todos esos lugares que están quedando en la sombra. Vamos a recordarles quiénes somos, y vamos a demostrarles que la luz no es algo que se da una sola vez, sino algo que se construye cada día.
—¿Iremos hasta los límites del reino? —preguntó Darian, señalando en el mapa una zona muy lejana, casi en el borde de las tierras conocidas.
—Iremos hasta donde haga falta —respondió su madre, y al decirlo, su cabello brilló con ese resplandor dorado que siempre acompañaba a sus grandes decisiones—. Mi viaje comenzó cuando vine de Valleoscuro hasta aquí, ¿se acuerdan? Yo fui la que salió de la oscuridad para buscar la luz. Ahora, somos nosotros los que debemos ir donde hay oscuridad para llevar la luz. Es el mismo camino, solo que al revés. Y es el sentido de todo lo que hemos vivido hasta ahora.
Los preparativos tomaron varios días. No era un viaje de guerra, sino de misión y encuentro, así que no llevaron grandes ejércitos, sino un grupo reducido de personas sabias, sanadoras, artesanos y ayudantes, junto con los guardianes de confianza que Kael seleccionó. Empacaron regalos: semillas de árboles que crecían fuertes y daban fruto, lámparas de cristal que brillaban con luz propia, libros con historias y conocimientos, y alimentos para compartir. Mariana no quiso ir en carruaje; ella caminaría, tal como lo hizo años atrás, para que su luz tocara el suelo en cada paso, para que su cabello pudiera extenderse libremente por donde pasaran.
El día de la partida, toda la Ciudad Alta salió a despedirlos. Desde las puertas de las murallas hasta el inicio del camino de la montaña, había gente aplaudiendo, deseándoles suerte, llorando un poco por la partida, pero orgullosa de ver partir a su gran familia. Mariana caminaba al frente, vestida con una túnica larga de tela ligera, bordada con hilos rojos y dorados. Su piel morena resaltaba bajo el sol, y su cabello rojo, ondulado y brillante, caía por su espalda y se arrastraba por el suelo, tan largo que parecía una alfombra viva que despejaba el camino detrás de ella. A su derecha iba Kael, serio y atento, siempre vigilando el entorno. A su izquierda, Darian, con la mirada fija en el horizonte, guiando el paso. Y cerca de ella, Lira, cuyo propio cabello brillaba en sintonía con el de su madre, como una llama más pequeña pero igual de viva.