Un matrimonio por conveniencia une a Carolina y Benjamín, dos mundos opuestos marcados por el interés y el orgullo. Pronto descubrirán que el amor puede surgir incluso en los acuerdos más fríos.
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Capítulo 15
El ambiente en la cabaña era… incómodo.
Denso.
Carolina y Benjamín evitaban mirarse, como si hacerlo fuera demasiado peligroso. Él no podía borrar de su mente la imagen de ella, empapada, el vestido pegado a su piel. Y Carolina, por su parte, seguía recordando aquel instante en el baño… la forma en que su cuerpo reaccionó sin permiso.
Ambos lo sabían.
Y ambos lo negaban.
Carolina rompió el silencio refugiándose en la cocina. Preparó algo sencillo: arroz, una ensalada fresca y filetes de pescado a la plancha con limón. Movimientos precisos, automáticos… como si concentrarse en eso pudiera callar su mente.
—Ya está listo —dijo finalmente.
Benjamín asintió y tomó asiento.
Comieron en silencio.
Solo el sonido de los cubiertos contra los platos llenaba el espacio.
Ninguno se atrevía a decir nada que pudiera romper esa frágil distancia que habían impuesto.
Pero el silencio… decía demasiado.
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En la casa Rossi…
La puerta principal se abrió con rapidez.
Paul entró tomando de la mano a Macarena y Daniel detrás de ellos. El ambiente dentro de la casa era tranquilo… hasta que su presencia lo alteró.
Federico, desde la sala, los observó con el ceño fruncido.
—¿Qué significa esto? —preguntó, poniéndose de pie.
Dalia, a su lado, percibió de inmediato la tensión.
Paul dio un paso al frente.
—Federico… necesitamos hablar.
No hubo preámbulos.
—Me acabo de casar con Macarena.
El silencio fue inmediato.
Pesado.
Explosivo.
Federico avanzó en segundos, tomando a Paul por el cuello de la camisa y empujándolo contra la pared.
—¿Te metiste con mi hija, desde cuándo?
—rugió, fuera de sí.
—¡Cariño, déjalos hablar! —intervino Dalia, intentando separarlo.
Macarena dio un paso adelante, firme.
—Papá… estoy embarazada. Tengo ocho semanas.
El impacto fue aún mayor.
Pero Dalia…
No se sorprendió.
Federico la miró, incrédulo.
—¿Tú no luces sorprendida?
Ella suspiró suavemente.
—Soy su madre… por supuesto que lo noté. Solo no quería presionarla ni ponerla en una situación incómoda.
Daniel se pasó una mano por el rostro.
—No sabemos cómo va a tomar esto Benjamín…
Paul, aún afectado, se acomodó la camisa y habló con firmeza.
—Quiero hacer las cosas bien —dijo—. Amo a su hija… y a nuestro hijo.
El silencio volvió.
Pero esta vez…
Distinto.
Federico lo miró fijamente.
Evaluando.
Midiendo.
—Ya lo hicieron… —murmuró finalmente—. No hay vuelta atrás.
Dalia se acercó a Macarena, tomando su rostro con ternura.
—¿Estás segura del paso que diste, hija?
Macarena asintió, aunque en sus ojos aún había miedo.
—Sí.
Federico exhaló con fuerza.
—Entonces más vale que respondas como hombre —le dijo a Paul, señalándolo—. Porque ahora formas parte de esta familia.
No era una bendición.
Pero tampoco un rechazo.
Era aceptación.
A su manera.
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De vuelta en la cabaña…
La cena fue aún más silenciosa que el almuerzo.
Carolina apenas probó su comida.
Benjamín tampoco tenía apetito.
La distancia entre ellos, aunque estaban en el mismo espacio, se sentía enorme… y al mismo tiempo, insoportablemente cercana.
Ambos deseaban lo mismo.
Que el tiempo pasara rápido.
Que ese fin de semana terminara.
Que el regreso llegara pronto.
Porque estar solos…
Aislados…
Con todo lo que no querían sentir flotando entre ellos…
Era demasiado.
Y en el fondo…
Lo sabían.
El verdadero problema no era el matrimonio.
Eran ellos.
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El trayecto hasta el departamento fue silencioso, pero distinto al de antes.
No era un silencio incómodo.
Era… nuevo.
Cargado de todo lo que acababan de hacer.
De lo que acababan de decidir.
Cuando la puerta se cerró tras ellos, Macarena dejó su bolso sobre la mesa y se quitó los zapatos con un suspiro cansado.
Paul la observó cada segundo.
Atento.
Casi demasiado.
—¿Estás bien? —preguntó, acercándose—. ¿Tienes algún antojo? ¿Quieres que te prepare algo de comer?
Macarena alzó una ceja, cruzándose de brazos.
—Estoy bien… estás exagerando.
Paul soltó una leve risa, pero no retrocedió.
—Puede ser —admitió—. Pero es que ahora tengo razones.
Se acercó un poco más, sin invadirla.
—Te amo, Macarena… —dijo con firmeza—. No pienso dejar de decirlo y demostrarlo.
El aire entre ellos cambió.
Macarena no respondió.
Bajó la mirada un segundo.
Porque lo sentía.
Lo sabía.
Pero decirlo en voz alta…
Era otra cosa.
Era rendirse.
Y ella no estaba lista para eso.
Paul notó su silencio, pero no insistió.
Esta vez no.
En lugar de eso, tomó aire y cambió ligeramente el tono, como si quisiera llevar la conversación hacia algo más ligero… o al menos, más tangible.
—Por cierto… —dijo, intentando disimular la emoción—. Ya compré la casa.
Macarena levantó la mirada, sorprendida.
—¿Qué?
Paul sonrió, ahora sí sin poder ocultarlo.
—Sí… —continuó—. Es amplia, tiene tres habitaciones, un jardín… y está en una zona tranquila.
Se movía mientras hablaba, gesticulando, imaginándolo todo.
—Pensé que podríamos mudarnos pronto… tener más espacio… —hizo una pausa, mirándola con algo más profundo en los ojos—. Y cuando llegue el bebé…
Su voz cambió.
Se suavizó.
—Quiero que tenga un hogar de verdad.
Macarena lo observó en silencio.
Había emoción en él.
Ilusión.
Algo que no era superficial.
Algo real.
—Eso fue rápido… —murmuró ella, pero sin la dureza de antes.
Paul se encogió ligeramente de hombros.
—Tal vez… —admitió—. Pero...se siente bien.
Se acercó un poco más.
Con cuidado.
Como si no quisiera asustarla.
—Quiero hacerlo bien… por nosotros.
Macarena tragó saliva.
Su corazón latía más rápido de lo que quería admitir.
Porque, aunque no lo dijera…
Aunque se negara a ponerlo en palabras…
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Esa misma noche, mientras todo parecía calmarse, el teléfono de Esmeralda vibró sobre su cama.
Sonrió al ver el nombre en la pantalla.
Daniel: Hola… ¿interrumpo?
Ella mordió su labio, divertida antes de responder.
Esmeralda: Depende… ¿me dirás algo interesante?
Del otro lado, Daniel soltó una leve risa al leerla.
Daniel: Podría intentarlo. Pensaba invitarte a cenar mañana… una cita de verdad.
Esmeralda alzó las cejas, sorprendida… pero emocionada.
Esmeralda: ¿Una cita formal, señor Rossi?
Daniel: Lo más formal que puedo ser… aunque no prometo no hacer algún comentario sarcástico.
Ella soltó una pequeña risa.
Esmeralda: Entonces acepto… pero solo porque me caíste bien.
Daniel: ¿Solo bien? Creo que puedo mejorar eso mañana.
Esmeralda negó con la cabeza, sonriendo sin poder evitarlo.
Esmeralda: Veremos si sobrevives a la cita.
Daniel: Lo haré. Paso por ti a las 7.
Ella miró la pantalla unos segundos más antes de responder.
Esmeralda: Te envío la ubicación. Aquí te espero.
Apagó el teléfono.
Y por primera vez, desde que lo conoció personalmente…
Se sintió realmente ilusionada.
y tu benjamín tienes 28 años y actúas como niño de 15 años ..
parace que no puedes agarrar el toro sobre los cuernos y decirle a Carolina que te gusta ..
que infantiles son los dos ...
queremos leer un poco más...maravillosa como estas llevando el trama ..excelente novela 👌👌👏👏👏
ya empezó lo bueno excelente historia