✅️🦋El Capitán Lin junto a Ettore y Marco, emprenden un viaje lleno de aventuras para recuperar el alma del hechicero Norman. Es la continuación de "El Despertar Del Príncipe".🦋✅️
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El milagro
Los inmensos peldaños de la pirámide de piedra negra se sentían pesados bajo las botas de los cuatro viajeros. La atmósfera dentro del cráter de dunas rojas continuaba espesándose, y el aire era tan denso que la respiración de los caballos, resguardados abajo junto a las columnas rotas, resonaba con un silbido constante.
Lin subía a la vanguardia, manteniendo el puño derecho cerrado para contener el fulgor continuo de su marca dorada. A su lado, el joven príncipe Vetmi mantenía su espada alzada, con los ojos fijos en la colosal puerta de bronce que bloqueaba la entrada al santuario. Detrás, Marcos y Ettore aseguraban los flancos, atentos a cualquier nueva vibración que delatara el regreso de las masas de herro líquido.
Al alcanzar la plataforma superior, la inmensa barrera de bronce los recibió con el frío sordo de sus tres cadenas de hierro frío. Los eslabones eran gruesos como el brazo de un hombre, colocados allí por los antiguos Sumos Sacerdotes del Cónclave para sepultar la luz del sol por toda la eternidad.
—Marcos, saca el hierro de campaña —ordenó Lin, y su voz profunda sonó con una frialdad militar que cortó el silbido del viento del sur.
El ex-cazador veterano no perdió tiempo en discursos. Se plantó frente a la puerta, desenvainó su machete pesado y, combinando su fuerza bruta con la rigidez marcial, descargó un tajo vertical contra el eslabón central de la primera cadena. El estallido del metal rompiéndose resonó en todo el desierto, levantando chispas blancas. La pesada cadena de hierro frío se partió en dos, rodando por los escalones de piedra negra con un quejido hueco. Dos golpes brutales más de Marcos bastaron para liberar las barreras por completo.
La puerta de bronce se abrió hacia el interior con un chirrido perezoso que pareció despertar los siglos.
El grupo ingresó a la recámara central del templo. El lugar era inmenso, una estancia circular construida con bloques de cuarzo blanco que absorbían y multiplicaban la luz que entraba por el techo abierto. En el centro exacto, suspendido en el aire a un metro del suelo debido a la distorsión de la gravedad, flotaba el mecanismo ancestral del Faro. Era una esfera perfecta de oro viejo y cristal puro, rodeada por anillos geométricos idénticas a las inscripciones del palacio Blackshield. En la base del pedestal de piedra, una pequeña ranura rectangular esperaba el lazo.
Lin caminó hacia el mecanismo, sintiendo que la marca de su palma derecha vibraba con un calor abrasador, un latido salvaje que le recorría los músculos. Introdujo la mano izquierda bajo su chaleco de cuero y sacó el diario de Norman, manteniéndolo con un cuidado sagrado.
Sin embargo, antes de que pudiera colocar el cuaderno en la ranura, el estruendo de unas herraduras ligeras golpeando las piedras del exterior rompió la paz del santuario.
—¡¡TRAIDORES!! —rugió una voz arrogante que entró por el pasillo de la entrada.
Vetmi se tensó de golpe, girándose hacia la puerta con los ojos azules abiertos por el pánico absoluto al reconocer la voz.
El Príncipe Saevus entró a la recámara central a pie, empuñando su espada larga de hierro negro. Detrás de él, jinetes de la caballería ligera irrumpieron con las picas de gancho alzadas, rodeando el perímetro de cuarzo blanco. Llevaban los estandartes de la túnica azul y la plata reluciente que Vetmi conocía de memoria.
—¡¿Saevus?! —chilló Vetmi, y su voz reflejó una confusión total—. ¡¿Qué haces aquí?! ¡Esos son los soldados de Drilon! ¡¿Por qué te siguen a ti?! ¡¿Dónde está Drilon?!
Saevus soltó una risa corta y despectiva, avanzando un paso mientras sus hombres apuntaban sus picas hacia el pecho de Marcos y Ettore. Su mente calculadora ya saboreaba la victoria política.
—Tu hermano Drilon era un inútil, pequeño Vetmi —respondió Saevus con una voz mentirosa—. Digamos que las secuelas del tajo que este desertor y seguidor de demonios le dejó en los techos de la lavandería fueron demasiado para sus pulmones. La caballería de Yalnizlik ahora me pertenece, y tu cabeza será el regalo con el que el Consejero Val sellará mi ascenso al trono de hierro. El tablero está limpio, bastardo.
Vetmi palideció, asimilando la fría verdad: su hermano Drilon ya estaba muerto, asesinado en el nido de víboras del palacio bajo los consejos de la iglesia. La rabia y el asco le tensaron las mejillas al joven príncipe.
—¡Eres un monstruo, Saevus! —gritó Vetmi, apretando el pomo de su acero.
Saevus levantó su espada larga, ignorando el insulto. Su mirada codiciosa se desvió hacia la esfera de oro viejo que flotaba en el centro de la recámara.
—Entrégame ese artefacto, Lin —ordenó Saevus, mirando al capitán—. Val piensa que buscas oro, pero yo sé que este objeto oculta el verdadero poder del sur. Si me lo entregas, dejaré que el chico muera sin dolor.
Lin no respondió con palabras. Mantuvo su postura rígida de soldado, protegiendo el diario contra su pecho con su mano izquierda, mientras su palma derecha continuaba irradiando ese fulgor solar continuo.
Pero el destino de Saevus no iba a decidirse por el acero de las capas grises.
La tremenda radiación energética que emanaba de la palma de Lin y la apertura de la puerta de bronce terminaron de despertar la última defensa de la mazmorra. El suelo de cuarzo blanco de la recámara comenzó a agrietarse con un estallido ensordecedor. De las sombras de las columnas, la última y más colosal aberración de hierro frío líquido emergió de la tierra. Era una masa gigantesca, una bestia de tres metros que fluía con una saña asesina brutal, dotada de garras líquidas y dos rendijas frías en lugar de rostro.
Saevus se tensó de golpe, perdiendo toda la calma de estratega al ver aparecer a la criatura de la Cúpula Blanca frente a sus ojos.
—¡¡MÁTENLA!! —rugió Saevus, perdiendo el pulso frío por el terror—. ¡¡CIERREN LOS GANCHOS!!
Los jinetes ligeros cargaron con desesperación, intentando clavar sus picas de gancho en la masa metálica, pero el ataque fue una carnicería instantánea. La aberración de hierro líquido barrió su brazo extendido, transformando el metal grisáceo en una cuchilla inmensa que cortó las picas y las armaduras de los primeros cinco soldados como si fueran de lino viejo. Los gritos de agonía y la sangre caliente salpicaron los bloques de cuarzo, tiñendo el santuario con un carmesí espeso.
Saevus intentó retroceder hacia la salida, buscando el anonimato de la huida, pero el monstruo de hierro frío no tenía piedad. Se deslizó sobre el lodo sangriento con una velocidad espantosa. Levantó su garra líquida, transformándola en una pica pesada, y la descargó directamente en el centro del pecho del príncipe estratega.
El impacto destrozó las placas de la armadura de hierro negro de Saevus con un crujido sordo que heló la sangre de Vetmi. El hierro líquido le atravesó los pulmones, disolviendo el tejido por dentro con el frío corrosivo de la magia prohibida. Saevus soltó un silbido de espuma grisácea por la boca, sus ojos oscuros abiertos por el shock absoluto de ver su ambición rota en un segundo, antes de desplomarse inerte sobre el cuarzo blanco, muerto al lado de sus propios guardias. La colmena de Yalnizlik había perdido a su ajedrecista en las garras de su propio pasado.
Vetmi contempló la escena con la boca abierta, temblando por la brutalidad sádica del monstruo. Ver a su hermano Saevus y a todo el escuadrón que perteneció a Drilon ser destruidos en menos de un minuto lo dejó paralizado de asombro.
—¡¡LIN, AHORA!! —gritó Marcos, interponiendo su machete para desviar un hilo flotante de hierro líquido que buscaba los pies del capitán.
Ettore disparó una saeta que impactó en la rendicia de la bestia, ganando el microsegundo.
—¡¡ENCIENDE ESA COSA, CAPITÁN!! ¡¡EL HIERRO SE NOS VIENE ENCIMA!!
Lin no dudó más. Con un movimiento decidido, introdujo el diario de Norman en la ranura rectangular del pedestal y apoyó su palma derecha dorada directamente sobre la esfera de cristal del Faro.
El milagro fue absoluto y ensordecedor.
Al contacto de la marca de los Hechiceros del Sol con el mecanismo ancestral, el Faro reaccionó con una ráfaga cegadora de luz dorada pura que barrió toda la recámara. La explosión de energía solar golpeó a la aberración de hierro líquido gigante, que soltó un alarido sordo antes de disolverse por completo en un polvo grisáceo y muerto que el viento esparció sobre las piedras. Las mentiras de la Orden y las cadenas del Cónclave quedaron destruidas dentro del templo.
Desde el centro de la esfera de oro viejo, un pilar colosal de fuego solar disparó hacia el cielo abierto de la pirámide, cruzando las nubes del sur profundo con una radiación transparente que despejó las tormentas y la neblina de Yalnizlik de un solo golpe. La brújula del amor eterno había encendido el puente.
En ese mismo instante, la conciencia de Lin se desprendió de su cuerpo físico. El capitán sintió que la rigidez de sus músculos desaparecía y sus ojos grises se fijaron en la nada, entrando en un trance profundo y absoluto. Su espíritu fue proyectado a máxima velocidad hacia las profundidades del Mar astral, dejando su carne inmóvil en el pedestal, sostenida por la luz continua de la marca.
Vetmi reaccionó de golpe, viendo al capitán inmóvil y el santuario en absoluto silencio irreal. El joven príncipe recogió su acero, se limpió el sudor y el polvo de la cara con la manga de su túnica y se colocó frente al cuerpo de Lin con una fijeza inquebrantable. Su rostro ya no reflejaba el asombro por la muerte de Saevus; ahora brillaba con el honor del Cuarto Escudo de la Guardia de la Penumbra.
Marcos se plantó a su derecha, con el machete pesado listo, mientras Ettore tensaba la cuerda de su ballesta en el flanco izquierdo. Sabían que el pilar de fuego solar que cruzaba el cielo continental le daría la ubicación exacta al Armoton, cuyos jinetes pesados ya debían estar asomando sus picas por el borde del cráter, pero el frente unido de los hombres libres estaba consolidado.
—Cuidaremos su acero, príncipe —dijo Marcos, con una sonrisa de orgullo militar en sus facciones curtidas.
Vetmi apretó los dientes, manteniendo la guardia alta, listo para defender la retaguardia mientras el caballero de acero cruzaba el cosmos para arrancar el alma de su hechicero de las entrañas de la oscuridad.