A pocos meses de haberse casado con Diego Alcázar, Valeria descubre que este, le es infiel con Camila, el supuesto amor de Diego. Ante tal descubrimiento, Valeria sale huyendo del hotel y es atropellada.
Al despertar descubre que ni su esposo, ni la familia de este, han ido a verla, y que fue un extraño quien la llevo al hospital y pago sus gastos. Tras el alta y al volver a casa descubre que su suegra ya ha sacado todas sus cosas y asegura que Camila es la mujer que si acepta para su hijo.
Es en ese momento de desesperación, le llega un mensaje y termina encontrándose con el hombre que la llevo al hospital, Santiago Alcázar, el medio hermano de Diego, quien le propone casarse con él a cambio de no cobrarle los gastos médicos que él pagó. ¿Cuáles son las intenciones de Santiago al pedirle matrimonio?
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Capítulo 17
Capítulo 17
La relación expuesta
Carmen escuchó mi historia completa y tardó varios segundos en reaccionar.
—Dios mío —murmuró—. Las familias ricas deberían venir con manual de advertencias.
—No te he contado ni la mitad.
—No quiero saber si eso me convierte en testigo.
Me froté la frente.
—No vine a pedir que limpies mi desastre. Solo necesitaba que supieras la verdad antes de que alguien la torciera más.
Carmen se apoyó en la mesa.
—¿Qué quieres hacer?
Esa era la pregunta que me perseguía desde que vi los titulares.
Quería divorciarme. Quería dormir una noche sin sentir que alguien preparaba otra trampa. Quería que mi apellido dejara de aparecer junto al de Camila, Diego y Santiago como si mi vida fuera un espectáculo de mediodía.
Pero también tenía que pensar en mi familia.
—Primero hablaré con Santiago —dije—. Él conoce mejor a los Alcázar. Si Diego publicó esto, quizá sepa por qué. Y después voy a Dulces Salcedo. Mi abuelo debe enterarse por mí.
—¿Tus papás?
—Están en Europa. Si tengo suerte, seguirán haciendo turismo sin leer notas mexicanas durante seis meses.
Carmen me miró con esa mezcla de cansancio y cariño que solo tienen las jefas que una vez fueron tus aliadas y ahora quieren sacudirte.
—Valeria, no puedes esconder esto.
—Lo sé. Por eso voy a casa.
Bajé a toda prisa. Al salir del edificio de Naranja Media, vi el Maybach negro junto a la banqueta.
Santiago estaba recargado contra la puerta, con el saco abierto y el rostro tranquilo de quien ya conocía la tormenta antes de que cayera.
Algunas personas del edificio lo miraban con disimulo fallido. Un par de becarias de redes se quedaron demasiado tiempo en la entrada. Yo no podía culparlas: Santiago parecía diseñado por un comité de mujeres con resentimiento contra la paz mental.
Pero esa mañana su presencia no me provocó solo nervios. También alivio. Me molestó admitirlo, incluso para mí. Había pasado tanto tiempo defendiéndome sola que cualquier ayuda se sentía sospechosa. Aun así, verlo ahí, antes de que yo lo llamara, significaba que no estaba caminando hacia el incendio sin mapa.
—¿Vino por mí? —pregunté, casi sin aire.
—Suba.
No discutí.
En cuanto cerré la puerta, solté todo:
—¿Ya vio las noticias? Diego publicó nuestra acta. O alguien lo hizo. Estoy yendo a Dulces Salcedo porque mi abuelo va a pensar que me volví loca, que engañé a mi marido con usted o que me metí a una guerra familiar por deporte.
Santiago arrancó.
—¿No le preocupa que sus padres lo vean?
—Mis padres están en Europa. Si Dios existe, ahora mismo estarán mirando catedrales y no periódicos de chismes.
—¿Dónde queda Dulces Salcedo?
—¿Me va a llevar?
Lo pregunté antes de pensar. Si Santiago entraba conmigo al edificio familiar, las especulaciones podían empeorar. El día de la presentación de El Encanto él había dicho frente a todos que yo era su novia. Los medios podían encontrar ese video en cinco minutos.
Mi abuelo tenía setenta años. No necesitaba que su nieta apareciera con un Alcázar distinto cada semana.
—¿No quiere? —preguntó Santiago.
Su tono era plano, pero algo en él sonó a molestia.
—No dije eso.
—Entonces indique el camino.
Suspiré y le di la dirección.
—Ayer —dijo después—. ¿Qué pasó exactamente en la recepción?
Ah. Claro. Él me había mandado a ese salón como ojos y oídos.
Le conté el ambiente, los invitados incómodos, la explosión de Camila, Diego intentando controlarla, Matías deteniendo el golpe, Lorena humillando a los Alcázar, Teresa sacrificando a Camila para salvar a su hijo.
—Camila está desesperada —concluí—. Y Diego no la protege si eso le cuesta posición. Creo que él y Teresa la usaron más de lo que ella admite. Tal vez debería investigar si Diego la entregó a alguien para conseguirle oportunidades.
Santiago no apartó la vista del camino.
—Lo haré.
—No lo digo por salvar a Camila —aclaré.
—Lo sé.
—Lo digo porque si Diego fue capaz de venderla, también pudo vender otras cosas. Información, documentos, versiones falsas. No sé. Algo no cierra.
—Está pensando como periodista.
—Es lo único útil que me queda.
—También le queda mala educación.
—Eso es un talento natural.
La conversación breve, absurda, me ayudó a respirar. Con Diego, cada intercambio terminaba en culpa o manipulación. Con Santiago, en cambio, incluso sus comentarios hirientes parecían empujarme a mantener la cabeza despierta.
Unos minutos después añadió:
—Hablé con Emiliano.
—¿Emiliano?
—Mi primo. El médico del centro donde está Clara.
Clara.
La hermana de Diego. La herida que él usaba como excusa para odiar a mi familia.
—¿Cómo terminó ella con ustedes? Diego cree que mi padre la lastimó y aun así no la cuida.
—Diego no sabe que Emiliano es mi primo. Roberto pagaba el centro a través de terceros. Yo la encontré por accidente.
Eso era tan absurdo que casi daba risa. Diego había escondido a su hermana en un lugar conectado con Santiago, el hombre al que quería destruir.
—¿No la han presionado? —pregunté, recordando a Clara sentada bajo un árbol, leyendo como si el mundo no hubiera sido cruel con ella.
—Emiliano es médico antes que Alcázar.
Asentí. Quise creerle.
Santiago sacó su celular al detenerse en un semáforo y me mostró un video.
La imagen era oscura, con luces de un pasillo de club o karaoke. Unos hombres borrachos avanzaban riéndose. Una puerta se abría y salía una muchacha menuda con una charola de vasos. Uno de ellos chocaba contra ella; los vasos caían. El hombre le daba una patada.
La muchacha se agachaba a recoger los vidrios, pidiendo perdón.
De una habitación salía otro joven, la ayudaba a levantarse y decía algo a los hombres. No se oía bien, pero ellos se iban.
—¿Ella es...?
—Clara.
Sentí un hueco en el estómago.
—Trabajaba ahí cuando estudiaba la universidad —dijo Santiago—. Poco después de renunciar, intentó suicidarse por primera vez.
Miré otra vez la pantalla apagada.
No despreciaba a ninguna mujer por trabajar en un club. Pero sí entendía el riesgo. Una chica joven, bonita, vulnerable, en un lugar donde hombres borrachos confundían dinero con permiso. ¿Por qué la familia de Diego la había dejado ahí si Roberto mandaba dinero?
—Si no era por necesidad económica —dije despacio—, ¿por qué?
Santiago guardó el teléfono.
—Esa es la pregunta.
Una incomodidad oscura me recorrió la espalda. Pensé en Teresa empujando a Camila cuando le convenía. Pensé en Diego usando a todas las mujeres a su alrededor como escalones. Pensé en Clara.
—Santiago —dije—, ¿y si Diego no quiere divorciarse porque todavía soy útil para algo?
Él me miró apenas.
—Puede ser.
—Pero entonces Teresa no habría roto conmigo desde el primer día. Si yo valía algo para su plan, debió tratar de ganarme.
No cuadraba.
Diego decía que se casó para vengar a Clara. Pero si Clara había sido atacada por varios hombres, ¿por qué solo mi familia era objetivo? ¿Por qué no perseguía a los demás? ¿Por qué publicar ahora el matrimonio, si eso lo manchaba también a él?
El auto llegó frente al edificio de Dulces Salcedo.
Miré la fachada familiar y sentí que el problema se hacía más grande.
El letrero con el nombre de la empresa me devolvió de golpe a cumpleaños infantiles, cajas de mazapanes en Navidad, mi abuelo oliendo a caramelo y oficina, mi padre diciéndome que un apellido no era corona sino responsabilidad. Yo había pasado años pensando que mi trabajo en espectáculos estaba lejos de la empresa familiar. Ahora mis titulares podían tocar sus contratos, sus empleados, su reputación.
La culpa me apretó el pecho.
Santiago lo notó.
—Si entra con esa cara, la van a devorar.
—Gracias por el ánimo.
—Enderece la espalda.
Lo hice por reflejo.
—No les está pidiendo permiso para existir, Valeria. Va a explicar hechos.
Odié que sonara sensato.
También odié que, por una vez, quisiera obedecerle. Enderecé los hombros, limpié con los dedos una mancha imaginaria de mi falda y respiré como si fuera a entrar a una entrevista difícil. La diferencia era que al otro lado no me esperaba una actriz ofendida, sino mi abuelo. Y a él no podía manipularlo con preguntas bien formuladas.
Santiago salió del auto primero y rodeó para abrirme la puerta. No hizo un gesto exagerado. Solo esperó. Esa discreción me dio más nervios que cualquier despliegue. Si alguien de la empresa nos veía, iba a sacar conclusiones. Si entraba sola, también. Ya no había opción limpia.
Tomé mi bolso.
Antes de abrir la puerta, me miró de frente.
—No explique desde la culpa.
—¿Y desde dónde?
—Desde la verdad.
Quise responder con sarcasmo, pero no pude. La verdad era lo único que todavía me pertenecía, aunque viniera rota, tarde y rodeada de titulares.
Y si mi familia no podía aceptar esa verdad completa, al menos iba a escucharla de mi boca, no de un periódico.
Eso todavía importaba.
Aunque me temblaran las piernas al admitirlo.
—Nada de esto tiene sentido —murmuré.
Santiago apagó el motor.
—Entonces vamos a buscar qué parte falta.