Damiano quería a Zakhar, pero lo quería bajo sus propias reglas.
Ahora, obligado por la mafia italiana a casarse con el letal líder ruso para formar una alianza y así destruir a la Yakuza, se siente como un trofeo entregado en bandeja de plata.
Pero lo que Damiano no sabes es que detrás del frío líder de la mafia rusa de la costa oeste, se esconde una obsesión feroz que lleva años germinando en la oscuridad. Cuando las traiciones estallen y la sangre comience a correr, Damiano descubrirá la magnitud de los pecados de su esposo. En un mundo donde todos quieren verlos caer, el amor retorcido y la protección extrema de Zakhar serán su escudo... aunque el precio sea aceptar que siempre fue la presa perfecta. Pero quizás eso es lo que Damiano siempre había querido y no sabía....
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CAPÍTULO 17: CICATRICES DE ETERNIDAD
El asalto al inmenso almacén frigorífico del Puerto Norte no fue una operación táctica con fines de extracción; fue un exorcismo de sangre, fuego y furia ciega.
Las pesadas puertas de acero reforzado no fueron forzadas; volaron por los aires convertidas en metralla ardiente tras la detonación de tres cargas de C4. El humo negro y el fuego iluminaron la fría noche de la costa.
Zakhar fue el primero en entrar, una montaña de músculo envuelta en chaleco antibalas, sosteniendo un rifle de asalto modificado en cada mano.
Inmediatamente a su derecha entró Andriy, el heredero de la mafia ucraniana. Andriy era un hombre alto, rubio, con el rostro cubierto de tatuajes cirílicos y una predilección enfermiza por los explosivos y la violencia caótica. Como era su maldita costumbre, Zakhar y Andriy discutían a gritos desgarradores incluso mientras desataban un infierno de balas sobre los sicarios japoneses que corrían a cubrirse.
– ¡Te dije que la entrada sur tenía menos cobertura, maldito loco! – rugió Andriy, vaciando su escopeta táctica SPAS-12 contra dos miembros de la Yakuza que intentaban disparar desde una pasarela superior. Los cuerpos cayeron al vacío como muñecos de trapo. – ¡Odio trabajar contigo! ¡Eres un desastre estratégico!
– ¡Cierra la puta boca y dispara, Andriy! – gruñó Zakhar. Se quedó sin munición en el rifle derecho, lo dejó caer y agarró a un atacante que se acercó demasiado por el cuello. Con un crujido sordo, le partió el brazo por la mitad, tomó el arma del enemigo con su propia mano libre y le voló los sesos a quemarropa. – ¡Si le han tocado un solo pelo a Damiano, los masacraré a todos, los colgaré de los puentes y luego te mataré a ti por quejarte tanto!
– ¡Trata de matarme y mis ucranianos te harán comer tus propios testículos! – carcajeó Andriy, lanzando una granada aturdidora hacia un pasillo lateral.
A sus espaldas, flanqueando las salidas, los letales asesinos de la Tríada local, antiguos aliados de Zakhar que respetaban el código del caos, barrían las alas laterales del almacén con subfusiles silenciados, cortando de raíz cualquier esperanza de escape para la Yakuza.
Era una carnicería coreografiada y dantesca. Zakhar no avanzaba como un hombre; era una fuerza de la naturaleza. Cuando su cargador se vació, no se molestó en recargar. Sacó sus dos cuchillos de combate y se lanzó hacia el combate cuerpo a cuerpo. La camisa blanca que llevaba debajo del chaleco se empapó rápidamente de rojo. Rebanaba gargantas, perforaba pulmones y rompía huesos con una eficiencia sádica, abriéndose paso a través del laberinto de contenedores frigoríficos.
Su única obsesión, el único faro en medio de esa oscuridad homicida, era recuperar a la mitad de su alma.
En el centro del almacén, las luces parpadeantes revelaron la cámara principal. Akira yacía en el suelo, tosiendo sangre, con el pecho destrozado por una ráfaga que Andriy le había propinado desde la distancia.
Andriy y los hombres de la Tríada despejaron el resto de la sala, asegurando el perímetro, mientras Zakhar tiraba sus cuchillos al suelo y corría, tropezando con los cadáveres, hacia la silla de acero.
Damiano estaba allí. Tiritando de frío, con el labio partido, sangre seca en la barbilla y profundos moretones púrpuras floreciendo en sus muñecas por forcejear contra las bridas.
Zakhar cayó de rodillas frente a él. Con las manos temblando de tal manera que apenas podía coordinar, sacó una navaja del cinturón y cortó las ataduras.
Damiano se desplomó hacia adelante, cayendo directamente en el pecho amplio y cubierto de sangre enemiga de su esposo.
Zakhar lo atrapó con una fuerza desesperada, aplastándolo contra sí como si quisiera fusionar sus cuerpos. Hundió el rostro manchado de sangre en el cuello de Damiano, inhalando su aroma mezclado con el amoníaco del lugar. El gigante ruso, el terror de la costa, sollozaba silenciosamente, temblando violentamente de alivio y pánico residual.
– Estás a salvo... te tengo... te tengo, mi alma... – susurraba Zakhar frenéticamente, besando su frente, sus mejillas, saboreando la sangre de su labio roto sin importarle nada más en el universo. – Nadie más te tocará, Moya radost.
Damiano levantó sus manos entumecidas y enredó los dedos en el cabello rubio y sudoroso de Zakhar. Estaba exhausto, congelado, pero al ver el rastro de cadáveres y destrucción masiva que su esposo había dejado a su paso, una sonrisa perversa, oscura y llena de amor psicópata iluminó su rostro.
– Te tardaste mucho, mio demone – susurró Damiano con la voz ronca. – Pero mírate... hiciste un desastre hermoso para mí.
El momento de devoción fue interrumpido por un gemido ahogado proveniente de la esquina oscura del almacén.
Lev había desaparecido cobardemente al primer sonido de los explosivos, huyendo hacia sus refugios al darse cuenta de la magnitud del infierno que había desatado.
Pero Enzo, creyendo en su infinita arrogancia que podría escabullirse en medio de la confusión y jugar el papel de rescatista herido, no tuvo la misma suerte. Andriy lo había reconocido intentando arrastrarse hacia una salida de emergencia y le había disparado en la rótula de la pierna izquierda para inmovilizarlo.
Zakhar escuchó el ruido. Su cabeza se giró bruscamente y la ternura fue reemplazada instantáneamente por la sed de sangre. Al reconocer a su propio jefe de seguridad arrastrándose como una rata, ató cabos al instante. El punto ciego. El retraso.
Zakhar se levantó como un resorte, desenfundando su arma secundaria con una frialdad absoluta, listo para vaciarle el cargador en la cabeza al traidor.
Pero Damiano le puso una mano firme en el antebrazo.
– No – dictaminó Damiano, poniéndose de pie con dificultad pero con una dignidad aterradora. Su voz carecía de cualquier rastro de humanidad. – Él es mío.
Zakhar lo miró. Vio los ojos oscuros de Damiano brillando con una promesa de dolor insoportable, y su corazón se hinchó de un orgullo retorcido. Sin decir una palabra, Zakhar guardó su pistola y le tendió a Damiano su propio cuchillo táctico de acero negro, pesado y manchado de muerte fresca.
Damiano tomó el mango del cuchillo. Caminó hacia la esquina, sus zapatos pisando charcos de sangre ajena.
Enzo estaba arrinconado contra la pared de hielo, sangrando abundantemente de la pierna, pálido como un cadáver. Al ver a Damiano acercarse con el cuchillo, levantó las manos temblorosas.
– Damiano... escúchame, por favor. Lo hice por ti —balbuceó Enzo, llorando de terror y agonía. – Lev planeó las rutas. Yo solo quería salvarte. Él es un monstruo, te tiene atrapado... yo te amo, Damiano.
Damiano se agachó frente a él. A pesar de su ropa rasgada y los golpes, lucía impoluto en su furia. Con un movimiento rápido y violento, agarró a Enzo por el cabello, tirando de su cabeza hacia atrás y obligándolo a mirarlo directamente a los ojos.
– Te lo advertí, Enzo – la voz de Damiano era un susurro letal que cortó el aire gélido. – Te dije en la biblioteca que si intentabas envenenar el agua de mi casa, te despellejaría. Pero cometiste un error infinitamente peor: creíste que yo era una maldita damisela en apuros que necesitaba ser rescatada de mi propio imperio.
Sin dudarlo un solo segundo, sin parpadear ni apartar la mirada, Damiano hundió el pesado cuchillo táctico de Zakhar directamente en la garganta de Enzo.
El traidor abrió los ojos desmesuradamente. Damiano no lo apuñaló rápidamente; retorció la hoja de acero negro lentamente dentro de la carne, rasgando las cuerdas vocales y la arteria, asegurándose de que los últimos segundos de vida de Enzo estuvieran inundados de la más pura e insoportable agonía.
Enzo se atragantó con su propia sangre burbujeante, sus manos intentando inútilmente aferrarse a las de Damiano.
Damiano lo observó morir de cerca, viendo cómo la luz y su estúpida obsesión se apagaban para siempre, ahogadas en un mar rojo.
Cuando Enzo finalmente quedó inerte, Damiano sacó la hoja con un sonido húmedo y nauseabundo.
Se puso de pie. Su rostro, su cuello y su camisa de seda estaban salpicados de la sangre arterial de Enzo. Chupó sus dedos llenos de sangre. Tiró el cuchillo manchado al suelo de cemento frío. Respiró hondo, sacudiéndose la tensión, y caminó de regreso hacia el centro del almacén.
Andriy, el sanguinario líder ucraniano, lo miraba desde la distancia con las cejas arqueadas y un ligero silbido de respeto escapando de sus labios.
Pero Damiano solo tenía ojos para Zakhar. El gigante siberiano lo observaba con una adoración tan absoluta, tan profunda y devota, que parecía a punto de arrodillarse allí mismo entre los cadáveres. Damiano levantó sus manos ensangrentadas y acarició las mejillas manchadas de pólvora de su esposo, dejando marcas rojas sobre su piel.
Se inclinó y besó a Zakhar, un beso que sellaba su reinado de terror conjunto.
– Ahora sí, mio demone – susurró Damiano contra sus labios, usando el apodo ruso que Zakhar siempre le daba. – Llévame a nuestra casa. Aún tenemos que terminar de escoger el mármol del baño.