Alessandra "Lexa" Cavalier es una hematóloga destacada por sus logros en el difícil mundo de la medicina, pero su fe proviene de la ciencia y la lógica. Todo se rompe cuando acepta el contrato más inusual de su carrera: salvar a Dante Marek, un hombre hermético y arrogante, CEO de una empresa prestigiosa que parece tener siglos de su fundación.
Él no es un hombre cualquiera, sino un vampiro de sangre pura cuya estirpe se marchita, por una corrupción que está devorando su sistema circulatorio, amenazando con convertir su inmortalidad en cenizas. Desde su primer encuentro en una mansión que huele a hostilidad. Dante desprecia la fragilidad de Lexa, pero su sangre tiene un aroma que mueve sus instintos primitivos que creía haber enterrado hace décadas.
Mientras ella se adentra en un laboratorio de tinieblas para encontrar una cura, descubre que no es una simple observadora. Su propia genética guarda el secreto de una salvación que Dante ansía y teme por igual.
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Capítulo 8
El aire en el laboratorio se volvió estático, cargado de una electricidad que hacía que el vello de mis brazos se erizara. El suero sintético que había logrado burbujeaba en la vía intravenosa con un color que ya no era el azul traslúcido del éxito, sino un tono cenizo, como si la oscuridad de Dante estuviera devorando la medicina antes de que esta pudiera surtir efecto.
—¡Alessandra, suéltalo! —La voz de Jonathan resonó contra las paredes de cristal.
Pero no podía, su mano seguía anclada a mi muñeca. Sus dedos, antes fríos como el mármol, ahora quemaban con una fiebre sobrenatural. Lo miré a los ojos y lo que vi no fue al depredador, si no a un hombre hundiéndose en un océano de petróleo negro, pidiéndome sin palabras que no lo dejara ahogarse.
—No voy a dejar que se consuma —Susurré, más para mí, que para los demás.
Metí la mano libre en el bolsillo de mi bata, buscando el vial de mi propia sangre purificada, la que había extraído en la soledad de la madrugada y esperaba no tener que usar; pero sabía, con una certeza que me helaba la médula, que Jonathan tenía razón en una cosa: mi ADN era la pieza del rompecabezas que faltaba. Sin embargo, las razones que tenía eran distintas a las mías; él lo quería para controlar a Dante; yo para salvarlo.
Cooper dio un paso al frente, su mano derecha deslizándose hacia el interior de su chaqueta, un movimiento que hizo que Loreta se tensara como una fiera a punto de saltar.
—Si le das lo que busca, Lexa, el equilibrio se romperá para siempre. —Advirtió Cooper; observando fijo en el vial que yo empezaba a sacar. — No eres una médica salvando a un paciente; estás entregando el código de una cerradura que ha estado sellada por milenios. Blackwood no quiere curar a Dante, quiere perfeccionar un ejército que no pueda ser detenido por la luz del día.
—¡Miente! —Gruñó Jonathan, perdiendo por primera vez su compostura. — Solo ella puede estabilizar la mutación. ¡Dante está muriendo!
Miré el monitor. El ritmo cardíaco de Dante era una línea errática de picos violentos y valles mortales. Su piel empezaba a agrietarse, revelando una negrura viscosa que supuraba como brea. No tenía tiempo para dilemas morales o guerras antiguas; solo tenía ciencia, junto a una intuición suicida, con un vínculo que me dictaba que, si él desaparecía, una parte de mi propia esencia se apagaría con él.
Sin pensarlo dos veces, inyecté el contenido de mi vial directamente en el puerto secundario de la vía.
El efecto fue inmediato y aterrador.
Dante arqueó la espalda con un grito silencioso que rompió los cristales de los tubos de ensayo cercanos, una onda de choque invisible barrió el laboratorio, lanzando a Jonathan contra el escritorio. Cooper se mantuvo firme, cubriéndose los ojos, mientras Loreta siseaba, retrocediendo hacia las sombras.
Yo no me solté; me quedé allí, sostenida por su mano, mientras nuestras sangres colisionaban dentro de sus venas, sentí una descarga eléctrica recorrer mi brazo, como una visión fragmentada de desiertos rojos, catedrales olvidadas y el eco de una promesa hecha antes del tiempo. Era la "Fase de Maduración" de la que hablaba el archivo de mi padre, el inhibidor estaba deteniendo la corrupción.
El cuerpo de Dante se relajó de golpe. El rojo incandescente de sus ojos desapareció, dando paso a un azul tan claro y profundo que parecía el cielo después de una gran tormenta. La red de venas negras recalcitró, dejando su piel suave, casi humana, aunque con una vitalidad que ningún humano ha poseído jamás.
Respiró. Un suspiro largo y pesado, lleno de alivio que parecía arrastrar siglos de agonía.
—Lo hiciste… —Musitó él, su voz ya no era hosca como de ultratumba, sino una melodía rica y vibrante. Se sentó en la camilla con una agilidad hipnótica, desconectando los cables con una indiferencia gélida.
—Lo hicimos. —Corregí, jadeando, sintiéndome repentinamente débil, como si hubiera corrido un maratón de mil kilómetros.
—Hermoso. —Expresó Jonathan, recomponiéndose y limpiándose un hilo de sangre de la comisura de los labios. Sus ojos brillaban con una codicia lunática. — El puente se ha cruzado. La quimera ha despertado.
—No te equivoques, Jonathan. —Dante se puso de pie, su presencia ahora era tan imponente que el piso 50 parecía quedarle pequeño. Se acercó a Blackwood y por primera vez, vi al gran magnate retroceder con miedo real. — Ya no soy el perro encadenado que necesita tus sueros para no pudrirse. Ella me ha dado lo que tú nunca pudiste: libertad sobre mi propia naturaleza.
Cooper se acercó a mí, tomándome del hombro. Su rostro estaba marcado por una tristeza profunda.
—Has ganado una batalla, Lexa, pero acabas de declarar la guerra. La sangre que ahora corre por él es un faro. Otros vendrán. Los que consideran que tu existencia es una blasfemia y los que te ven como el trofeo definitivo.
—¿Quiénes? —Pregunté, sintiendo el suelo bajo mis pies inestable.
—La Orden de la Ceniza. —Respondió. —Ellos enviaron a los padres de Dante a la tumba y ahora que saben que el "Proyecto Cavalier" es un éxito, vendrán por la fuente.
Dante se giró hacia nosotros; había algo nuevo en su mirada, una protección feroz que me hizo estremecer. No era la gratitud de un paciente, era el reclamo de un depredador que acababa de encontrar su razón de ser.
—¡Que vengan! —Dijo Dante, con seguridad. —Su voz hizo que las luces del laboratorio parpadearan. — Ya no soy una sombra que huye de la luz. Soy la oscuridad que la protege.
En ese momento, las alarmas de seguridad del edificio comenzaron a aullar. No eran las alarmas internas del laboratorio; era el protocolo de intrusión perimetral. En las pantallas de seguridad, vimos sombras moviéndose con una velocidad antinatural en el vestíbulo del primer piso. No eran guardias de Blackwood. Eran figuras vestidas de gris, con máscaras de plata y armas que brillaban con un resplandor rúnico.
—¡Están aquí! —Balbuceó Dasha, que había aparecido en la puerta, pálida como un fantasma.
Jonathan corrió hacia su computadora, tecleando frenéticamente. —¡No pueden estar aquí! ¡Este lugar es una fortaleza!
—Tus secretos nos vendieron, Jonathan. —Dijo Cooper, sacando una pistola de cañón largo grabada con símbolos extraños o creyeron que podían jugar a ser dioses con la genética, sin tener consecuencias: lo único que lograron fue encender una hoguera en medio de la noche. — ¡Lexa, tenemos que irnos, ahora!
—¡No me voy sin Dasha! ¡Suéltame! — Agarrando la mano de mi hermana.
Dante se interpuso entre nosotros y la puerta. —A ellas nadie las toca. —Cooper, saca a la doctora y a su hermana por el ascensor privado de carga. Yo les daré tiempo.
—¿Tú solo? —Pregunté, asustada por la calma de su rostro.
Él sonrió y por primera vez vi sus colmillos, no como una deformidad, sino como armas de una belleza letal.
—Alessandra, me has dado más que una cura. Me has dado un propósito. Corre. No te detengas hasta que el sol esté en lo alto.
Cooper me arrastró hacia el pasillo mientras Jonathan gritaba órdenes inútiles a una seguridad que ya estaba siendo masacrada en los pisos inferiores. Al entrar al ascensor, lo último que vi antes de que las puertas de acero se cerraran fue a Dante caminando hacia la entrada del laboratorio, mientras las sombras de la habitación se desprendían de las paredes para seguirlo, como una capa de oscuridad viviente.
El descenso fue un suplicio de vibraciones y ruidos de combate que resonaban por el hueco del ascensor. Dasha lloraba en silencio, aferrada a mi bata. Yo, en cambio, sentía una extraña calma. Mi mente, la de la científica, estaba procesando los datos: mi sangre había cambiado a Dante, pero el contacto con él también había activado algo en mí. Podía sentir su pulso, una vibración constante en la base de mi cráneo, como una brújula apuntando hacia él.
Cuando las puertas se abrieron en el sótano, el aire frío del estacionamiento nos golpeó. Un Jeep negro esperaba con el motor en marcha.
—Súbanse —Ordenó Cooper, empujándonos al asiento trasero.
—¿A dónde vamos? —Preguntó Dasha entre sollozos.
—Lejos de los rascacielos —Respondió, quemando llanta mientras salíamos a la calle.
— El mundo que conocían se acabó en el momento en que esa gota de sangre tocó el sistema de Marek.