Alan, el implacable heredero de un imperio financiero con raíces oscuras, no conoce la palabra "no". Su vida es un tablero de ajedrez donde cada pieza se mueve bajo su obsesivo control. Sin embargo, para consolidar su dominio total frente a las facciones rebeldes de la mafia, necesita una alianza que solo el apellido de Madelyn puede sellar.
Madelyn, conocida en el bajo mundo como la "Princesa Letal", es la heredera del Grupo Moral. Ella no es una ficha que se pueda mover; es una tormenta que se niega a ser domada. Orgullosa, rebelde y con las manos manchadas de la pólvora de su pasado, acepta un matrimonio arreglado no por sumisión, sino por una sed insaciable de venganza contra quienes destruyeron a su rama familiar.
En una mansión que se siente como una jaula de oro, estalla una guerra fría de voluntades. Alan busca poseerla y quebrantar su orgullo; Madelyn busca quemar el mundo de Alan desde adentro. Pero en el roce de sus pieles y el choque de sus egos, surge una tensión
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capitulo 10
La noche posterior al atentado en la boutique se sentía densa, cargada de una electricidad que ni siquiera el sistema de filtrado de aire de la mansión podía disipar. Alan estaba de pie frente al ventanal de su estudio privado, observando cómo las luces de la ciudad parpadeaban como un sistema nervioso expuesto. En su mano derecha sostenía una pequeña caja de terciopelo azul noche, tan pesada que parecía contener el destino mismo.
El ataque había cambiado algo en los engranajes de Alan. Ya no era solo una cuestión de logística o de honor familiar. Era una necesidad biológica de control.
Cuando Madelyn entró, lo hizo con la cautela de quien camina por un campo minado. Llevaba una bata de seda negra y el pequeño rasguño en su mejilla ya empezaba a sellarse, pero la mirada en sus ojos seguía siendo la de alguien que espera el próximo golpe. Se detuvo en el centro de la habitación, observando la espalda rígida de Alan.
—Si vas a decirme que ahora tengo prohibido salir hasta el día de la boda, ahórrate el aliento —dijo ella, su voz cortando el silencio con la precisión de un bisturí.
Alan se giró lentamente. No había rastro de la furia que había mostrado horas antes; en su lugar, había vuelto la calma gélida, pero con un brillo posesivo que Madelyn no había visto antes.
—No voy a prohibirte salir, Madelyn. Sería inútil y ambos lo sabemos —Alan caminó hacia ella con esa elegancia depredadora que la hacía tensar cada músculo—. Pero voy a asegurarme de que, allá donde vayas, yo sea el primero en saber si tu corazón se acelera un solo latido más de lo debido.
Abrió la caja. Dentro, descansaba un collar de platino con un zafiro central rodeado de diamantes negros. Era una pieza de una belleza ofensiva, fría y perfecta, exactamente como el hombre que la sostenía.
—Es hermoso —admitió Madelyn, aunque su tono era de sospecha—. Pero no eres del tipo que regala joyas por remordimiento, Alan.
—Es una joya de los Valerius —respondió él, sacando el collar de la caja. El metal tintineó suavemente—. Pero también es una pieza de ingeniería. El zafiro oculta un emisor de pulso electromagnético y un rastreador GPS de grado militar vinculado directamente a mi terminal privada.
Madelyn soltó una risa seca, dando un paso atrás.
—¿Un collar con rastreador? ¿Realmente me estás ofreciendo una correa de lujo?
—Te estoy ofreciendo una garantía de supervivencia —corrigió Alan, cerrando la distancia entre ellos. La rodeó, situándose a su espalda. Madelyn sintió el calor de su cuerpo y el aroma a sándalo que la rodeaba—. El atentado de hoy demostró que mis hombres pueden ser lentos. Con esto, yo sabré tu ubicación exacta, incluso bajo tierra o en zonas de interferencia. Si vuelves a estar en peligro, no enviaré a Elías. Iré yo.
Madelyn sintió los dedos de Alan, sorprendentemente fríos, apartando su cabello oscuro hacia un lado. Su nuca quedó expuesta, una zona de vulnerabilidad que la hizo estremecerse. Escuchó el clic metálico del cierre del collar. El peso del platino se sintió frío contra su piel, una marca de propiedad que brillaba bajo las luces del estudio.
Alan no se apartó de inmediato. Dejó sus manos descansando sobre los hombros de ella, sus pulgares rozando la base de su cuello. A través del espejo frente a ellos, sus ojos se encontraron. Los de él eran un mar de hielo azul; los de ella, un incendio contenido.
—Ahora eres parte del sistema —susurró Alan cerca de su oído—. No hay un solo rincón de este mundo donde puedas esconderte de mí.
Madelyn bajó la vista hacia el zafiro que ahora descansaba en su pecho. Lo tocó con la yema de los dedos, sintiendo la tecnología oculta bajo la piedra preciosa. Un sentimiento complejo la invadió: una mezcla de furia por la invasión a su privacidad y una extraña sensación de seguridad que odiaba admitir.
Se giró bruscamente, obligándolo a soltarla. Se enfrentó a él, sosteniendo el zafiro entre sus dedos como si fuera un arma.
—Lo acepto, Alan —dijo ella, y su voz recuperó esa firmeza que le había ganado el apodo de "Princesa Letal"—. Lo acepto porque necesito que tus hombres se muevan rápido cuando llegue el momento de mi venganza. Pero no te equivoques.
Se acercó a él, clavando un dedo en el pecho de su camisa impecable.
—Tener mi ubicación no significa tener mi voluntad. Puedes rastrear cada paso que doy, puedes saber dónde duermo y con quién hablo, pero lo que hay en mi cabeza y lo que planeo hacer cuando este collar se convierta en tu peor pesadilla... eso nunca podrás controlarlo.
Alan la observó en silencio, impresionado por la capacidad de ella para convertir una marca de sumisión en una declaración de guerra. Capturó la mano de Madelyn, la que estaba sobre su pecho, y la sostuvo con una firmeza que no permitía escape.
—La voluntad es una ilusión, Madelyn —replicó él—. Con el tiempo, el cuerpo se acostumbra a la jaula. Y el corazón... el corazón termina buscando la mano que lo alimenta, aunque sea para morderla.
—Entonces prepárate para las cicatrices —respondió ella.
Madelyn se soltó de su agarre y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo y lo miró por encima del hombro. El zafiro brilló intensamente, una estrella azul en medio de la penumbra.
—Gracias por la tecnología, Alan. Me vendrá muy bien para asegurarme de que, cuando yo decida desaparecer, sea porque yo así lo quise, no porque tú fallaste en vigilarme.
Cuando la puerta se cerró, Alan regresó a su escritorio. Encendió su terminal privada. Un pequeño punto azul empezó a parpadear en el centro de un mapa digital de la mansión. Se movía rítmicamente: Madelyn regresando a su habitación.
Alan observó el punto con una intensidad que rozaba la locura. No era solo vigilancia; era una obsesión que empezaba a devorar su lógica. Sabía que ella lo odiaba, sabía que ella estaba usando sus recursos para su propio beneficio. Pero tener ese pequeño pulso constante en su pantalla le daba una paz que ninguna hoja de cálculo había logrado jamás.
Se tocó los labios, donde todavía sentía el eco de la respiración desafiante de Madelyn. Ella creía que el collar era una herramienta para su venganza; él sabía que era el primer eslabón de una cadena que, tarde o temprano, la obligaría a reconocer que en su mundo de cristal, el único orden posible era el que ellos construyeran juntos sobre las cenizas de sus enemigos.
La marca de propiedad estaba puesta. El rastreo había comenzado. Y mientras Madelyn planeaba su próximo movimiento en la oscuridad, Alan Valerius se aseguraba de que, por primera vez, el rey tuviera a su reina exactamente donde quería: bajo su mirada, bajo su mando y, muy pronto, bajo su piel.