"Para mi familia, mi peso era el tamaño de mi vergüenza. Para mi esposo, yo solo era un contrato que cumplir."
Elena siempre fue "la gorda" de la familia, el blanco de las burlas de su madre y la sombra de su perfecta hermana. Cuando las deudas de su padre alcanzan el límite, deciden venderla a un hombre que todos rumorean es un viejo decrépito y cruel.
Pero el destino tiene otros planes. El hombre que la espera en el altar no es un anciano, sino Thiago, un CEO tan frío como apuesto que solo se casó para heredar una fortuna. Entre el desprecio de su nueva familia y el desamor de un esposo que ama a otra, Elena llegará a su límite. Es hora de dejar de ser "la gordita buena" y demostrarles que, cuando el corazón se congela, la venganza es el mejor postre.
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Capitulo 2
El aire en la mansión de los Del Valle siempre me había parecido más pesado que en cualquier otro lugar. No era por la decoración barroca ni por las alfombras que tragaban el sonido de mis pasos, sino por el desprecio que flotaba en el ambiente, tan denso que se podía cortar con un cuchillo.
—Camina derecho, Yaneth. Que peses lo que pesas no te da derecho a arrastrar los pies como si fueras una condenada al patíbulo —soltó mi madre, cruzándose de brazos mientras me veía entrar.
—Bueno, técnicamente lo es, ¿no? —susurró Fabián a mi lado, ajustándose sus anteojos de sol aunque estábamos bajo techo—. Un patíbulo con catering caro y un novio que probablemente usa pañales de seda.
Fabián era mi único ancla a la cordura. Se detuvo un momento, miró un jarrón chino de la entrada y arrugó la nariz.
—Dime que el viejo millonario tiene mejor gusto que tu madre, porque si voy a ser la dama de honor en una boda vendida, al menos quiero que el fondo de las fotos sea decente, mi vida.
—¡Fabián, por favor! —le supliqué en voz baja, sintiendo el sudor frío bajar por mi espalda.
En ese momento, un grito amortiguado pero violento llegó desde el despacho de mi padre. El sonido de un cristal rompiéndose nos hizo dar un salto.
—¡No me importa cuántas acciones tengamos que liquidar! —rugía la voz de mi padre, cargada de una desesperación que nunca le había escuchado—. ¡Si ese viejo no firma el traspaso de los fondos para el lunes, estamos en la calle! ¡La constructora está quebrada, entiéndelo!
Mi madre palideció, pero recuperó la compostura de inmediato cuando vio a Rebeca bajar las escaleras. Mi hermana parecía una aparición: delgada, envuelta en un vestido de seda color perla que costaba más de lo que yo había gastado en ropa en toda mi vida. Nos miró de arriba abajo, deteniéndose en mi figura con una mueca de asco genuino.
—Vaya, la mercancía ya llegó —dijo Rebeca, acariciando el barandal con sus uñas perfectamente manicuradas—. Deberías dejar de comer esos pastelitos que te trae tu amigo, Yaneth. Si sigues ensanchando, el "viejo" no va a poder ni darte el anillo de bodas porque no le va a cerrar en esos dedos de salchicha.
Sentí el golpe en el pecho. Las palabras de Rebeca siempre iban dirigidas a mis mayores inseguridades. Bajé la cabeza, sintiendo que el nudo en mi garganta me iba a asfixiar. Pero Fabián no se quedó callado.
—Ay, miren quién habla —soltó Fabián con una sonrisa que era puro veneno—. La barbie desnutrida ha bajado de su caja. Escúchame bien, Rebequita de mi corazón: Yaneth tendrá dedos de salchicha, pero al menos tiene una cara que no necesita tres filtros de Instagram y una sesión de botox para parecer humana. Tú, en cambio, estás a un estornudo de que se te caiga la nariz de tanta cirugía.
—¿Cómo te atreves, pedazo de...? —Rebeca dio un paso adelante, roja de furia.
—¡Basta! —gritó mi madre—. Rebeca, no gastes saliva con este... personaje. Y tú, Yaneth, vete a tu cuarto. Mañana es la boda. No quiero que se te ocurra comer nada hasta después de la ceremonia. No vamos a arriesgar que el cierre del vestido reviente frente a los invitados de la familia de él. Es un milagro que ese hombre haya aceptado casarse contigo viendo el estado en el que estás.
Me di la vuelta sin decir nada, huyendo hacia las escaleras. Escuché la risa de Rebeca a mis espaldas y los susurros de mi madre sobre cómo "por fin se librarían del problema".
—No les hagas caso, nena —me dijo Fabián una vez que estuvimos en mi habitación, cerrando la puerta con el pie—. Son unas víboras. Y las víboras terminan mordiéndose su propia lengua. Además, piensa en el lado positivo: te vas de aquí. Peor que esto no puede ser.
—Me voy con un viejo, Fabián —dije, dejándome caer en la cama mientras las lágrimas finalmente rodaban por mis mejillas—. Un hombre que compró mi mano para salvar a mi padre de la cárcel. Ni siquiera sé su nombre completo, solo sé que es un socio de la vieja guardia. Voy a ser la enfermera de un extraño por el resto de mis días.
Fabián se sentó a mi lado y me pasó un brazo por los hombros.
—Bueno, si es tan viejo como dicen, igual y heredas rápido. Yo te ayudaré a gastar la fortuna en zapatos y en un entrenador personal que parezca esculpido por los mismos dioses griegos.
Solté una risa amarga a pesar del dolor. Fabián siempre sabía cómo sacarme una sonrisa, aunque fuera desde el abismo.
—Mañana es el fin de mi vida —susurré.
—O el comienzo, nena. O el comienzo.
Pasé la noche en vela, escuchando los gritos de mis padres en la planta baja. Discutían sobre porcentajes, sobre deudas que no cuadraban y sobre cómo mi matrimonio era la "llave maestra" para recuperar su estatus social. Para ellos, yo no era una hija. Era un cheque al portador que servía para tapar los huecos de sus excesos.
A las cinco de la mañana, las estilistas enviadas por la familia del novio llegaron a la casa. Mi madre entró en mi habitación con una mirada de advertencia.
—Ni una queja, Yaneth. Si arruinas esto, te juro que no volverás a pisar esta casa jamás.
Me sentaron en una silla frente al espejo. Me pusieron fajas que me cortaban la respiración, capas de maquillaje que ocultaban mis ojeras y un vestido de encaje pesado que pesaba una tonelada. Durante horas, fui un maniquí en manos de extraños. No vi a mi padre, ni a mi hermana. Solo vi el reflejo de una mujer que no reconocía: una novia que parecía ir camino al matadero en lugar de al altar.
—Estás... imponente —dijo Fabián entrando a la habitación. Por primera vez en años, no tenía un chiste en la lengua. Sus ojos mostraban una tristeza profunda—. Escúchame. No dejes que te vean temblar. Camina como si fueras la dueña del mundo, aunque sientas que se cae a pedazos.
El trayecto hacia la iglesia fue un borrón de luces y náuseas. Mi padre, sentado a mi lado en el auto, ni siquiera me dirigió la palabra. Estaba revisando papeles en su maletín, murmurando números.
Cuando las puertas de la iglesia se abrieron, el órgano retumbó en mis oídos como un trueno. Caminé del brazo de mi padre por el pasillo central, con la mirada clavada en mis pies, evitando las miradas de los pocos invitados presentes. Sabía lo que decían. Podía sentir sus cuchicheos sobre "la pobre niña gorda" y "el negocio que cerraron".
Llegamos al pie del altar. Mi padre me soltó el brazo casi con alivio. Me quedé allí, con la cabeza baja, esperando sentir el olor a medicina o ver la mano temblorosa de un anciano tomándome de la mano.
—Puedes subir —susurró el sacerdote.
Tomé aire, cerré los ojos y subí los dos escalones. Al llegar arriba, obligué a mi cuello a levantarse. Estaba lista para ver el rostro de mi verdugo, el viejo millonario que me había comprado.
Pero mi corazón se detuvo.
Frente a mí no había un anciano. Había un hombre joven, de unos treinta años, con una mandíbula afilada y unos ojos grises que brillaban con una intensidad aterradora. Su traje era impecable, su postura era de una autoridad absoluta y su belleza era tan perfecta que dolía mirarlo.
No era un viejo. Era un hombre en la cima de su poder.
Él me miró de arriba abajo con una frialdad que me quemó la piel. No había amor en su mirada, ni siquiera curiosidad. Solo había desdén, como si estuviera observando un contrato mal redactado que se veía obligado a firmar.
—¿Tú eres Yaneth? —preguntó con una voz profunda, tan suave como el terciopelo pero tan dura como el acero.
No pude responder. Solo asentí con torpeza.
Él soltó un suspiro de fastidio y se volvió hacia el sacerdote.
—Empecemos con esto de una vez —dijo, sin volver a mirarme—. Tengo una reunión a las tres y no pienso perder más tiempo del necesario en esta farsa.
En ese momento lo comprendí. No me había casado con un viejo que necesitaba cuidados. Me había casado con un hombre que me odiaba antes de conocerme. Y mi pesadilla, lejos de terminar, acababa de cambiar de nombre.