De Rusia a México
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15
La tarde en la Ciudad de México se despidió con un matiz dorado, pero para Camila, el verdadero amanecer ocurrió frente a la pantalla de su teléfono. El sello oficial de la Universidad de San Petersburgo no era solo una admisión académica; era el mapa hacia un tesoro que ella había custodiado en sus sueños. Tras el llanto de alegría de sus padres y los abrazos que olían a despedida y orgullo, el viaje comenzó. Cruzar el océano fue, para ella, como atravesar una membrana entre dos realidades.
Al descender del avión en suelo ruso, el golpe de aire gélido no la hizo retroceder. Al contrario, Camila inhaló la escarcha como si fuera el oxígeno que le había faltado durante dieciocho años. En el instante exacto en que sus pies tocaron el pavimento, una chispa de bienvenida estalló en su pecho. No era frío; era una corriente eléctrica que le recorría la columna. No llegaba a un país extraño; regresaba a casa tras un exilio milenario.
—Ya estoy aquí —murmuró, mientras sus ojos café devoraban los letreros en cirílico con una familiaridad aterradora.
Mientras tanto, en la Mansión Petrov, el desayuno era una puesta en escena de tensiones privadas. Ivan Jr. operaba bajo el radar, enviando mensajes a Sonia con la urgencia de quien sabe que su amor se mide en calibres de peligro. Masha, envuelta en un silencio gélido, revolvía su té mientras su mirada buscaba, por puro hábito de castigo y deseo, la figura de Alexei en el umbral.
Pero el epicentro del cambio era Mikhail. Misha no comía; estaba sentado con la rigidez de un arco tensado al máximo. Sus pupilas estaban dilatadas, captando una luz que nadie más percibía. Ivan y Luna lo observaban con una preocupación creciente; el "maestro del control" estaba vibrando en una frecuencia desconocida.
—Mikhail, se te va a enfriar el café —dijo Luna, intentando anclarlo a la realidad.
—No tengo hambre, mamá —respondió él, y su voz sonó más profunda, casi magnética—. Siento que el mundo se ha vuelto más pequeño de repente.
Ivan padre dejó el periódico, reconociendo esa mirada. Era la mirada del cazador que ha detectado la presa, o del hombre que ha encontrado su destino.
—¿Hay problemas con los negocios? —preguntó el "Espectro".
—No es un problema, papá. Es una resolución —contestó Misha, poniéndose de pie—. Tengo que salir. Ahora mismo. A buscar lo que siempre ha sido mío.
Salió de la mansión con una urgencia que hizo que Alexei, de guardia en la entrada, asintiera en un código de lealtad silenciosa. Misha subió a su auto, pero al llegar a las inmediaciones del Puente de los Besos, una orden visceral lo obligó a detenerse. Bajó del vehículo, ignorando la nieve que comenzaba a caer, y caminó hacia la plaza guiado por un GPS que no estaba en su teléfono, sino en su sangre.
A pocos metros, Camila se detuvo frente al río Neva. El frío le pinchaba las mejillas, pero el incendio en su pecho era ensordecedor. Se giró hacia la calle, impulsada por una fuerza invisible. Los imanes finalmente se habían encontrado. Ella, la morena que traía el sol de México en la piel; él, el príncipe de hielo que había guardado su rostro en una caja de madera durante años.
La distancia se redujo a pasos. Mikhail dobló la esquina y el tiempo se congeló. Allí, entre el gris del invierno ruso y el vapor de su propio aliento, vio la figura que había dibujado mil veces. Camila sintió que el "eco" cesaba para convertirse en una presencia sólida. Sus ojos café se clavaron en los ojos grises de él. No hubo necesidad de presentaciones, ni de nombres. El hilo de luz se volvió una cadena de acero. El sol de México acababa de salir en mitad de la noche rusa, y por primera vez en su vida, a Mikhail Petrov ya no le dolía el pecho.