Amanda Quiroz una mujer de belleza no evidente, su cabello de rizos rubios, y su sonrisa cautivadora es capaz de suavizar el día de cualquiera. Su vida se verá envuelta en un caos con la traición de su novio, y una noche pasión con un desconocido. Y con la llegada de Sebastián a la empresa, su vida se convertirá en un verdadero caos, de la noche a la mañana.
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Cuando el amor regresa
En los días que siguieron de a aquel beso, Sebastián descubrió que el desorden más peligroso no siempre se manifiesta en el exterior. A veces ocurre en silencio, en la mente, en los espacios invisibles donde las rutinas ya no logran imponerse. Nada en la empresa había cambiado realmente: los horarios seguían siendo los mismos, las reuniones sucedían con la precisión habitual, los informes llegaban puntuales a su escritorio.
Pero él sí había cambiado.
Y lo sabía.
Desde la primera mañana después de haber salido del departamento de Amanda, despertó con una sensación extraña en el pecho, como si algo estuviera fuera de lugar. No era angustia exactamente, tampoco felicidad plena. Era una mezcla inquietante de expectativa, culpa y un deseo antiguo que había creído enterrado.
Intentó ignorarlo.
Se vistió con la misma pulcritud de siempre, ajustó el reloj en su muñeca y salió rumbo a la empresa convencido de que el trabajo lograría, como tantas otras veces, poner orden en su mente. Pero bastó que el ascensor comenzara a subir para que el recuerdo de Amanda regresara con una claridad insoportable: la forma en que cerró los ojos al besarlo, la tensión contenida en sus manos, el silencio que siguió cuando se separaron.
—Concéntrate —se dijo en voz baja.
La empresa lo recibió con su habitual solemnidad. El vestíbulo de mármol, el murmullo contenido de los empleados, el respeto casi reverencial con el que lo saludaban. Sebastián respondió con una leve inclinación de cabeza, automático, distante. Caminó hacia su oficina como si nada fuera distinto, como si su mundo interno no estuviera completamente alterado.
Se sentó frente a su escritorio y encendió la computadora. Los correos comenzaron a aparecer uno tras otro en la pantalla. Asuntos importantes, decisiones que requerían su atención inmediata. Normalmente, ese flujo constante de responsabilidades lo mantenía enfocado, incluso implacable. Pero esa mañana, no.
Leyó el primer correo tres veces sin comprenderlo del todo. En el segundo, sus ojos recorrían las palabras sin retenerlas. En el tercero, simplemente dejó de intentarlo.
Su mente había vuelto a ella.
A Amanda, apoyada contra la pared, mirándolo como si estuviera a punto de huir y quedarse al mismo tiempo. A Amanda pronunciando su nombre con esa mezcla de reproche y ternura que siempre había tenido el poder de desarmarlo. A Amanda besándolo sin decir una sola palabra, pero diciéndole todo.
Sebastián cerró los ojos y se recostó en la silla.
—Esto es un error —murmuró.
Pero no podía convencerse de ello.
Las reuniones de ese día fueron un fracaso silencioso. Estuvo presente físicamente, respondió cuando le hablaron, incluso dio indicaciones claras. Sin embargo, sus pensamientos vagaban sin control. Mientras uno de los directivos exponía cifras, Sebastián recordaba la forma en que Amanda respiró hondo después del beso, como si le hubiera devuelto el aire que llevaba años faltándole.
—¿Está de acuerdo, Sebastián?
La pregunta lo sacó bruscamente de sus pensamientos.
—Sí —
Respondió, sin estar del todo seguro de qué acababa de aprobar.
Notó algunas miradas curiosas intercambiándose, quizá preocupadas. Sebastián nunca se distraía. Nunca estaba ausente. Esa fisura, mínima pero perceptible, lo incomodó.
Al terminar la jornada, permaneció solo en su oficina. El sol comenzaba a ponerse, tiñendo la ciudad de tonos anaranjados que entraban por el ventanal. Normalmente, ese momento del día le resultaba satisfactorio: la sensación de control, de haber cumplido. Esa tarde, lo único que sentía era vacío.
Tomó su teléfono.
Lo sostuvo entre los dedos durante largos minutos, debatiéndose entre escribirle o no. Sabía que no había hecho ninguna promesa. Sabía que Amanda había pedido tiempo. Y aun así, la necesidad de saber cómo estaba, de escuchar su voz, era casi insoportable.
No escribió.
Dejó el teléfono sobre el escritorio con un suspiro cansado.
Los días siguientes no fueron mejores.
Sebastián comenzó a llegar más temprano y a irse más tarde, como si el exceso de trabajo pudiera compensar la falta de concentración. Pero ni siquiera eso funcionaba. En cada pausa, en cada momento de silencio, Amanda se colaba sin permiso en su mente.
La recordaba riendo en la cocina mientras preparaba café. La recordaba enfadada, exigiendo explicaciones que él no supo dar en su momento. La recordaba vulnerable, mirándolo como nadie más lo había hecho jamás.
Había tenido otras relaciones antes de ella. Algunas breves, otras más largas. Pero ninguna había logrado desestabilizarlo así. Ninguna había tocado ese punto exacto donde se cruzaban el amor y el miedo.
Una tarde, su asistente entró a la oficina con expresión cautelosa.
—Sebastián… el informe que pidió aún no está listo. El equipo necesita su aprobación para continuar.
Él la miró, parpadeando.
—¿Qué informe?
La sorpresa fue inmediata y evidente. Ella respondió con profesionalismo, pero él notó la duda en su mirada.
—El de la fusión. — Aclaró. — Se lo enviamos hace dos días. --
Sebastián asintió lentamente.
—Claro… lo revisaré ahora mismo. --
Cuando ella salió, Sebastián dejó caer la cabeza entre las manos.
No podía seguir así.
La empresa había sido siempre su refugio, su excusa, su manera de no sentir demasiado. Y ahora, por primera vez, ese refugio se resquebrajaba porque el pasado había vuelto a reclamar su lugar.
Esa noche, condujo sin rumbo fijo por la ciudad. Pasó por calles que reconocía vagamente, por lugares que habían sido suyos y de Amanda alguna vez. Sin darse cuenta, terminó a pocas cuadras de su edificio.
Estacionó el auto.
No bajó.
Se quedó ahí, observando la fachada iluminada, preguntándose si ella estaría despierta, si pensaría en él con la misma intensidad que él pensaba en ella. La idea de tocar el timbre otra vez le atravesó el pecho con una mezcla de deseo y temor.
—No —se dijo. — No así --.
Arrancó el auto y se fue, frustrado consigo mismo.
En la empresa, las consecuencias de su distracción comenzaron a acumularse de manera sutil pero peligrosa. Decisiones postergadas, reuniones reprogramadas, un liderazgo menos firme. Sebastián lo sabía. Lo sentía en cada mirada, en cada pausa incómoda.
Pero no podía evitarlo.
Amanda se había convertido en una presencia constante, invisible, pero dominante. En cada café que tomaba solo, en cada noche silenciosa en su departamento impecable y vacío, en cada recuerdo que creía superado y volvía con fuerza renovada.
Una madrugada, incapaz de dormir, se levantó y fue hasta la ventana. La ciudad estaba quieta, envuelta en luces tenues. Apoyó la frente contra el vidrio frío.
—¿Qué hiciste conmigo? —
susurró, sabiendo que la pregunta era tan injusta como inútil.
La respuesta era simple y cruel: ella no había hecho nada. Había sido él quien nunca la había dejado ir del todo.
Al cuarto día, finalmente, tomó una decisión.
No podía seguir fingiendo que nada había cambiado. No podía exigirle tiempo a Amanda si él mismo no era capaz de poner en orden lo que sentía. Y no podía dirigir una empresa con la mente dividida entre el presente y un amor que seguía vivo.
Sebastián comprendió que pensar en Amanda no era el problema.
El problema era seguir huyendo de lo que ese pensamiento significaba.
Y mientras el amanecer comenzaba a asomarse, supo que los días de control absoluto habían terminado. Que el amor, cuando regresa, no pide permiso ni respeta agendas.
Solo se instala… y exige ser escuchado.
Y el viejo desgraciado disfrutando fuera del país peto pendiente de todo reprochando que su hijo insiste con la empresa.
Y todavía piensas en Amanda están enamorados aunque se niegue.
Así que no te arrepientas sigue siendo profesional lo que paso en esa habitación Amanda se queda allí.
Amanda te fuiste a desahogar a un bar y te encuentras a un chico guapo sera Sebastian el hijo brillante de tu jefe pero con un carácter insufrible veremos que pasara esa noche.
Autora te deseo éxito y mucha suerte con esta nueva novela.
Gracias.