Hay amores para toda la vida y todas las vidas que sigan.
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Acto II: La Doble Vida
Capítulo 17: La exposición
—
El avión despegó un jueves por la mañana con el cielo de Madrid despejado y yo con el estómago en un puño.
Laura iba a mi lado, con las rodillas casi tocando el asiento delantero y una bolsa de patatas fritas abierta sobre la mesita plegable.
—Tranquila —dijo—. Vas a triunfar.
—No puedo estar tranquila.
—Pues ponte nerviosa, pero disfruta. Es tu momento.
Miré por la ventanilla. Las nubes abajo, el azul arriba. En algún lugar de Alemania, a miles de kilómetros, mi obra esperaba colgada en una pared blanca. Y él también.
—¿Crees que irá? —pregunté.
—¿Quién? ¿El tío ese?
—Sí.
—No lo sé. Pero si va, no te va a ver. Estarás en tu papel de artista, no de secretaria. No tiene por qué verte, no estarás entre el público.
—Me reconoció en un ascensor con poca luz.
—Porque estabas tú. En persona. En una exposición, estarás en modo artista. Es diferente.
Quería creerla. Necesitaba creerla.
—
Berlín como siempre con su cielo gris y su olor a currywurst.
Mi tía Lucía nos esperaba en la salida con un cartel que ponía "ARTISTA INTERNACIONAL Y ACOMPAÑANTE" y una sonrisa gigante.
—¡Mis niñas!
Nos abrazamos las tres en medio de la terminal, haciendo un pequeño escándalo español en medio de la eficiencia alemana.
—¿Cómo fue el vuelo? ¿Habéis dormido? ¿Tenéis hambre?
—Tía, para —reí—. Estamos bien.
—Pues venga, a casa. Dejáis las cosas y nos vamos a la galería. Helga quiere que veas la instalación antes de mañana.
—
El piso de mi tía en Neukölln era el mismo caos ordenado de siempre. Libros por todas partes, ropa tendida en un radiador, y una planta mustia en la ventana que se negaba a morir por pura terquedad.
Dejamos las maletas y salimos corriendo.
La galería Raum estaba en Mitte, en esa calle estrecha que ya recordaba de mi primera visita. Pero ahora, al entrar, todo era diferente.
Mis obras estaban ahí.
Colgadas en las paredes blancas, iluminadas con focos perfectos, respirando como si siempre hubieran pertenecido a ese espacio. La mujer sin cabeza de bronce presidía la sala principal. Los óleos la acompañaban en las paredes laterales. Todo fluía. Todo encajaba.
—Es increíble —susurré.
—Es tuyo —dijo Helga, apareciendo a mi lado—. Todo esto es tuyo.
Me giré. La galerista alemana sonreía con esa mezcla de orgullo y exigencia que la caracterizaba.
—Las piezas han viajado bien —continuó—. La iluminación está lista. El catálogo se imprime esta noche. Mañana, a las siete, la inauguración.
—No sé qué decir.
—Di que estás contenta. Di que vas a vender. Di que esto es solo el principio.
—
Pasamos la tarde ultimando detalles.
Helga me explicaba el orden de las obras, los precios, los posibles compradores. Mi tía y Laura ayudaban a colocar los cartelitos con los títulos. Yo solo podía mirar, asimilar, respirar hondo cada dos minutos para no llorar.
—¿Has visto? —dijo Laura, señalando la esquina—. Han puesto el cartel de "vendida" en dos.
—¿Dos?
—La escultura y el óleo grande. Los compró un coleccionista alemán. Anónimo. Helga dice que pagó muy bien.
Miré la escultura. Mi cuerpo sin cabeza. Mi primera gran obra. Vendida. Otra vez, pero esta vez a mi nombre.
—¿Sabes quién es?
—Anónimo, te he dicho. Pero Helga está contenta. Dice que es buena señal para el resto.
Asentí. Tragué. Seguí adelante.
—
Esa noche, en el piso de mi tía, no pude dormir.
Laura roncaba en el sofá cama. Mi tía se había encerrado en su habitación. Yo miraba el techo, contando las grietas, escuchando los ruidos de la ciudad que nunca duerme.
El móvil vibró.
Mensaje. Número desconocido.
"¿Ya estás en Berlín?"
El corazón se me paró. No respondí.
Otro mensaje:
"Sé que estás ahí. Que tengas una buena exposición."
—Otra vez...
Laura se movió en el sofá.
—¿Qué pasa?
—Nada. Duérmete.
Guardé el móvil. Cerré los ojos. Intenté no pensar.
Pero sus palabras estaban ahí, grabadas en mi cabeza.
Sabía que estaba en Berlín. Sabía lo de la exposición.
—
La inauguración fue a las siete de la tarde.
La galería se llenó en media hora. Gente elegante, copas de vino blanco, conversaciones en alemán, en inglés, en algún idioma que no reconocí. Helga me presentaba a todo el mundo. Yo sonreía, estrechaba manos, fingía que hablaba alemán cuando no entendía nada.
—Es maravilloso —decía una mujer con acento británico—. Esa marca en la espalda... tan delicada. ¿Es real?
—Es... es un detalle personal.
—Precioso.
Laura me miraba desde una esquina, haciendo el papel de guardaespaldas. Mi tía hablaba animadamente con un grupo de alemanes.
Y yo buscaba.
Buscaba entre la multitud una cara conocida. Un traje oscuro. Unos ojos azul grises.
No lo veía.
—Relájate —dijo Laura, acercándose—. No ha venido.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque llevo media hora peinando la sala. No está.
—Pero me mandó mensajes. Sabía que estaba aquí.
—Sabía que estabas en Berlín. No sabía que esto era tuyo. Para él, tú eres su secretaria de vacaciones. No la artista.
—¿Y si viene?
—Pues si viene, te escondes. Pero no ha venido. Bebe algo. Disfruta.
—
A las nueve, cuando la gente empezaba a dispersarse, ocurrió.
Helga se acercó con una expresión rara.
—Irene, hay un hombre preguntando por ti.
El mundo se detuvo.
—¿Cómo?
—Un español. Muy elegante. Dice que quiere conocerte. Que es coleccionista.
—¿Cómo se llama?
—No ha dicho. Solo que quiere hablar con Iliv.
Miré a Laura. Ella ya estaba en posición de alerta.
—Dile que no estoy —dije.
—Pero...
—Por favor, Helga. Dile que he tenido que irme. Que lo siento. Que otro día.
Helga me miró extrañada, pero asintió. Desapareció entre la gente.
Laura me agarró del brazo.
—Vámonos. Por la puerta de atrás.
Salimos corriendo.
—
En la calle, el frío de Berlín me golpeó la cara. Respiré hondo, una y otra vez.
—¿Era él? —preguntó Laura.
—No lo sé. No lo vi.
—Pero podía ser.
—Sí.
—Y preguntaba por Iliv. No por Irene. Por Iliv.
—Sí.
—Entonces no sabe que eres tú. Solo quiere conocer a la artista.
—Pero si me ve...
—No te va a ver. Porque no vas a volver allí esta noche. Mañana, cuando todo esté más calmado, hablas con Helga. Pero hoy, te quedas en casa.
Asentí. Laura tenía razón. Como siempre.
Caminamos hacia el metro. La ciudad brillaba a nuestro alrededor, indiferente a mi miedo.
Y en algún lugar de esa ciudad, un hombre con traje oscuro seguía buscando a una artista que no existía.
O que existía demasiado.