En la ciudad de las sombras de neón, el valor de una persona se mide por su capacidad de someter o su utilidad para ser sometida. Para Fah, la balanza siempre se había inclinado hacia lo segundo. Con su silueta andrógina, sus hombros rectos y ese corte wolf cut que le otorgaba una fortaleza visual que su corazón se negaba a sostener, Fah se había convertido en el accesorio perfecto para la crueldad. En los pasillos de la escuela, ella no era una joven con sueños; era un escudo, un cargador de bolsos caros, una billetera abierta y una dignidad pisoteada por quienes confundían su nobleza con debilidad.
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El veneno de los celos
La villa en la Costa Azul, que debía ser un refugio de paz, se transformó rápidamente en un nido de víboras cuando la comitiva de los "Altos Mandos" llegó desde la ciudad para discutir la reestructuración tras la purga.
Entre ellos estaba Duarte , el estratega de la organización, un hombre frío y ambicioso que siempre había creído que él era el único digno de estar al lado de Dará.
Duarte no solo deseaba el poder; estaba obsesivamente enamorado de Dará, y ver a una "desaparecida" de un instituto ocupando el lugar que él creía suyo le estaba carcomiendo las entrañas.
La cena se servía en la terraza de mármol, bajo la luz de las antorchas. Fah permanecía de pie, un paso detrás de la silla de Dará, vestida con un traje de seda que ocultaba las marcas de su cuello, pero no la intensidad de su mirada.
—Debo decir, Dará —comenzó Duarte, girando su copa de vino mientras la miraba fijamente—, que muchos en la ciudad están preocupados. Dicen que te has vuelto blanda. Que gastar recursos en refugios de lujo y trajes a medida para una... "escolta" sin linaje es una debilidad que no podemos permitirnos.
Dará dejó sus cubiertos con una lentitud que helaba la sangre. —Mi criterio no está sujeto a debate, Duarte. Fah ha demostrado más lealtad y eficacia que diez de tus mejores hombres.
Duarte soltó una risa seca y se levantó, caminando hacia Dará. Con una audacia que hizo que Fah apretara los puños detrás de su espalda, él colocó una mano sobre el hombro de Dará, inclinándose demasiado cerca de su rostro.
—Tal vez es que te sientes sola —susurró Duarte, lo suficientemente alto para que Fah escuchara—. Necesitas a alguien que realmente entienda el peso de tu corona. Alguien que no sea solo una mascota agradecida, sino un hombre que pueda darte lo que una niña no puede.
Fah sintió un nudo de furia quemándole la garganta. Ver las manos de Duarte tan cerca de la piel que ella había adorado la noche anterior era una tortura. Quería lanzarse sobre él, arrancarle los dedos que se atrevían a tocar a su dueña, pero recordó las palabras de Dará: “El poder absoluto es el que no necesita gritar”.
Fah mantuvo el rostro inexpresivo, aunque por dentro se estaba cayendo a pedazos. Ocultaba la verdad tras una máscara de frialdad: Dará no era solo su jefa; era la dueña de cada latido de su corazón y de cada marca oculta bajo su camisa.
Dará, notando la tensión de Fah, decidió jugar sus cartas. No apartó la mano de Duarte de inmediato. En su lugar, miró a Fah de reojo, disfrutando del destello de celos que cruzó los ojos de su sombra.
—Duarte cree que soy blanda, Fah —dijo Dará, su voz cargada de una ironía cruel—. ¿Qué opinas tú? ¿Crees que he perdido el toque?
Fah dio un paso al frente, su presencia eclipsando por un momento la luz de las antorchas. Se acercó a la mesa, quedando frente a Duarte. La diferencia de altura y la postura atlética de Fah lo intimidaron a pesar de sus esfuerzos.
—Creo —dijo Fah, mirando a Duarte a los ojos con un odio gélido— que los hombres que confunden la paciencia con la debilidad terminan siendo los primeros en ser enterrados. Viktor parece haber olvidado que las sombras no solo siguen... también acechan.
Dará sonrió, satisfecha con la reacción. Se puso de pie, apartando la mano de Duarte con un desdén elegante que lo dejó humillado frente a los demás mandos. Se acercó a Fah y, frente a la mirada atónita de Duarte, le ajustó el cuello de la camisa. Al hacerlo, tiró ligeramente de la tela, dejando que por un segundo el intenso chupetón en el cuello de Fah quedara expuesto para que Duarte lo viera.
Fue un mensaje claro: Ella es mía, y yo soy suya de formas que tú nunca entenderás.
—Duarte, retírate —ordenó Dará—. Mañana hablaremos de negocios. Esta noche, mi "blandura" tiene otros asuntos que atender.
Duarte se marchó con la mandíbula apretada, el odio hacia Fah ahora convertido en una promesa de venganza. Mientras tanto, Fah y Dará se quedaron solas en la terraza.
—Casi rompes la copa de la rabia, mascota —susurró Dará, tomando a Fah por la corbata y atrayéndola hacia sí—. Me gusta cuando el mundo intenta tocarme y tú muestras los colmillos.
Fah se derritió ante su toque, dejando caer la máscara. —No dejes que vuelva a tocarte, Dará. No puedo... no puedo ver a nadie más cerca de ti.