Camila era solo una joven de limpieza que cargaba con deudas, con una madre enferma y con la esperanza de sus hermanos menores sobre los hombros. Una noche, por una simple casualidad, se cruzó con el hombre que jamás debió mirar: Max Montenegro, el frío y poderoso director general de la empresa.
Un error cometido en la borrachera lo cambia todo. Max cree que un cheque cubre cualquier daño, pero semanas después descubre que la mujer a la que despreció lleva en su vientre a su hijo. Entre contratos firmados a la fuerza, una mansión llena de miradas de desprecio y una suegra que ya tiene elegida a la nuera perfecta, Camila tendrá que aprender a sobrevivir en un mundo que no es el suyo.
Mientras tanto, un rival encantador no deja de rondarla, la antigua prometida de Max regresa dispuesta a todo y el corazón de un hombre incapaz de pedir perdón empieza a latir donde nunca quiso.
Pero algunas heridas no se cierran con dinero, y algunos secretos pesan más que un apellido. Años después, el destino los obliga a cruzarse de nuevo, y esta vez hay un niño de ojos curiosos que tiene mucho que decir.
¿Puede un amor nacido del error ganarse una segunda oportunidad?
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Cap. 17 - Otra vez en el hospital
Max abrazó el cuerpo de Camila. Tenía un torbellino de emociones: rabia contra su familia, y a la vez una tristeza y una preocupación profundas al verla así. Decidió que lo primero era la salud de ella.
Angustiado, la levantó en brazos para llevarla al hospital. De camino al coche tuvo que pasar por la sala familiar, donde todavía estaban las mismas personas.
—¡Jamás voy a olvidar lo que le hiciste, mamá! ¡Si a ella o al bebé les pasa algo, nunca te lo voy a perdonar! ¡Nunca se los voy a perdonar a ninguno de ustedes! —dijo en voz baja, con un temblor en la voz por el esfuerzo de contener la furia—. Me la llevo de esta casa. Ni yo ni este bebé vamos a volver a poner un pie aquí. Disfruta mucho a tus nueras y a tus nietos, que esos sí son de buena cuna, de buen linaje y de buena reputación.
Salió de la casa grande con paso firme. Acomodó a Camila en el coche y arrancó rumbo al hospital. En el camino le llamó a Gerardo para que localizara a la ginecóloga que la había atendido la última vez.
En cuanto llegaron, Camila recibió atención inmediata. Quizá porque Max la había registrado como paciente VIP, todo salió sin contratiempos. Después de una serie de estudios largos y minuciosos, la doctora mandó llamar a Max como responsable de la paciente.
—¿Usted es el responsable de la señora Camila?
—Sí, doctora.
—¿Es su esposo?
—No, doctora.
—¿Entonces qué relación tiene con ella?
—Soy el padre del bebé que está esperando, doctora.
La doctora se quedó desconcertada al oír la respuesta. Al parecer empezaba a entender qué clase de relación había entre ellos.
—¿Con quién tengo el gusto?
—Maximiliano Montenegro, doctora.
—Señor Montenegro, usted es el padre del bebé de la señora Camila, pero no es su esposo. ¿Es correcto?
—Correcto, doctora.
—Señor Montenegro, en el informe de la revisión anterior quedó muy claro que ella necesitaba descansar mucho y que tenía prohibido hacer esfuerzos. ¿Por qué me la trae en estas condiciones? Está agotada y desnutrida. Su embarazo es de riesgo. Un poco más de esfuerzo y la vida de su bebé habría estado en juego. ¿O será que eso es lo que usted quiere? ¿Agotarla a propósito para que pierda al bebé y así librarse de su responsabilidad? —soltó la doctora Sofía Herrera sin la menor compasión.
Detestaba a los hombres como él, de esos que no se hacen responsables. Si uno es capaz de hacer algo, tiene que ser capaz de asumir las consecuencias. Si se atrevió a embarazarla, que se atreviera también a casarse con ella. Pero ese hombre no lo había hecho, y eso la sacaba de quicio. Por si fuera poco, le traía a la mujer que esperaba un hijo suyo en un estado lamentable. Eso no hacía más que aumentar su desprecio.
—No es así, doctora. La traje porque me preocupa cómo está…
—Si de verdad le preocupara, la habría cuidado desde el principio, en lugar de traerla cuando ya está en estas condiciones.
—Está bien, doctora. Es mi culpa. ¿Podría ser un poco más profesional y no meterse en nuestros asuntos? —dijo Max con frialdad. Le había vuelto a salir el aire de director general, y la doctora Sofía se cohibió un poco.
—¿Cómo está ella, doctora?
—Ejem. Como puede ver, la señora Camila se desmayó por agotamiento y por falta de nutrientes. Quién sabe quién la puso a trabajar como si estuviéramos en tiempos de la Colonia. Ejem. Ya le administramos nutrientes y vitaminas por vía intravenosa. Por suerte, aunque ella está débil, el feto está fuerte. No hay señales de ningún problema importante en el bebé. Por ahora, deje que se quede a descansar aquí en el hospital. Cuando se recupere, podrá llevársela a casa. Calculo que le tomará unos dos o tres días reponerse. Eso sería todo. ¿Tiene alguna pregunta?
—No, doctora.
—Entonces puede retirarse. —La doctora Sofía lo despidió de mala gana.
—Bien. Gracias.
Aunque le molestó que lo trataran así, Max se tragó el coraje. Tenía que aguantar a esa doctora tan insoportable, porque, según Gerardo, la doctora Sofía era una de las mejores ginecólogas de ese hospital.
Regresó a la habitación donde estaba internada Camila. Ella seguía dormida… ¿o desmayada? Ni él mismo estaba seguro. Se quedó contemplando su rostro. Llevaba dos semanas sin verla. Se suponía que una mujer embarazada debía ir subiendo de peso conforme avanzaba la gestación, pero con Camila no era así; al contrario, estaba cada vez más delgada. ¿Habrá adelgazado por cómo la trata mamá? ¿Qué cosas le habrá hecho?
Le temblaba todo el cuerpo al pensar en cómo la había tratado su familia. Desde el principio la había dejado en la casa grande para que la trataran bien, con cariño, como parte de la familia. ¿Había esperado demasiado? ¿Por qué su familia era tan mezquina, tan dada a encasillar a la gente según su posición social? Ahhh… Él también era uno de ellos.
Él también había pensado en no casarse con ella porque sus posiciones eran demasiado distintas. Tal vez la soberbia ya era algo que su familia llevaba en la sangre. Sintió vergüenza de sí mismo. Vergüenza de su arrogancia, de haberse creído superior a ella.
Pero había una razón sensata por la que no podía casarse con Camila: no la amaba. En su corazón ya había otra mujer. Una mujer que todavía lo tenía hecho pedazos. La que le había roto el corazón. La que había decidido dejarlo. La que lo había convertido en lo que era ahora.
Si Ximena no lo hubiera dejado, él no se habría emborrachado aquella noche. No habría violado a Camila ni la habría embarazado. Jamás habría tenido nada que ver con ella. Quizá ni siquiera se habría enterado de que en este mundo existía una mujer llamada Camila.
Pero ya no había vuelta atrás. Lo que tenía que pasar, pasó. Tal vez ese era su destino: tener un hijo con una mujer a la que no amaba, y además sin estar casados.
Volvió a mirarla y sintió lástima. Lástima porque el destino la había puesto en el camino de un hombre que le había arruinado el futuro. Si nunca lo hubiera conocido, a lo mejor habría encontrado a alguien a quien amar. Se habría casado y habría tenido hijos con él. Pero la suerte había dispuesto otra cosa. Ella estaba embarazada de un hijo suyo. Él era un desgraciado que no pensaba casarse con ella. Su familia la había tratado de la peor manera. ¿Qué futuro le quedaba? Quizá todo lo que estaba viviendo se convertiría en un trauma enorme para el resto de su vida.
La culpa lo carcomía. Le acarició la frente con ternura y le tomó la mano, tan flaca. Se quedó mirando aquella mano delgada entre la suya, con una lástima inmensa por su dueña. Deseó que algún día ella pudiera olvidar todo el daño que él le había causado y encontrar su propia felicidad. Con ese pensamiento, sin darse cuenta, se quedó dormido.