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Los Quiero De Vuelta

Los Quiero De Vuelta

Status: Terminada
Genre:Malentendidos / CEO / Época / Completas
Popularitas:5.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Él ocultó su inmensa fortuna.
Ella escondió su poderoso apellido.
En un viaje de negocios, dos extraños se enamoran perdidamente bajo el anonimato, sin saber que ambos pertenecen a los mundos más influyentes. Pero cuando ella escucha una dolorosa verdad a medias que hiere su orgullo, decide marcharse sin dejar rastro, llevándose consigo el secreto más grande de sus vidas.
Años después, el destino los vuelve a cruzar. Él ya no es el hombre que desconfiaba; ahora sabe la verdad y no se detendrá ante nada. El tiempo ha pasado, ella no está sola, y él solo tiene una misión: «Los quiero de vuelta».

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 17: Retratos del alma

El lunes por la mañana en la torre corporativa de Albarracín Luxury, Federico no abrió expedientes de licitaciones ni revisó las cotizaciones de las firmas de joyería en Zúrich.

—Bloquea cualquier acceso de mi padre a las cámaras de seguridad del complejo y a las listas de huéspedes de esta sede —ordenó Federico a Gabriel, con voz de trueno y los nudillos apoyados sobre el cristal de su escritorio—. Y si alguno de sus secretarios en Ginebra pide reportes sobre mi agenda personal, quiero saberlo antes de que cuelguen el teléfono.

Gabriel acomodó sus anteojos, visiblemente preocupado.

—Ernesto tiene acciones con derecho a veto en el directorio europeo, Fede. Si sospecha que estás descuidando la expansión por motivos personales, puede convocar una junta extraordinaria.

—Que la convoque —sentenció Federico con frialdad implacable, clavando una mirada de acero en su amigo—. Si mi padre intenta asomar sus narices en esta ciudad o poner un pie cerca de Sofía y Theo, usaré el cincuenta y uno por ciento de los fideicomisos para destituirlo de la presidencia ejecutiva sin que le tiemble la mano. Se lo advertí el sábado por teléfono y no voy a dudar ni un segundo.

Gabriel asintió en silencio, comprendiendo que para Federico ya no existía ninguna corporación que valiera más que la familia que había reencontrado.

El martes a las cuatro y cincuenta de la tarde, la explanada del centro cultural municipal bullía con la salida de los talleres infantiles.

Federico esperaba de pie junto a las escalinatas de piedra. Vestía unos pantalones oscuros, una chaqueta liviana de cuero gastado y una camisa blanca sencilla con el cuello abierto. A su lado, apoyada contra la baranda con un vestido de corte limpio color verde esmeralda y el cabello suelto sobre los hombros, Sofía revisaba unos mensajes en su teléfono móvil.

A pesar de la tregua acordada, el aire entre los dos conservaba esa electricidad sutil de dos personas que se conocen de memoria pero temen cruzar la línea.

—Mi padre me llamó el sábado por la noche —dijo Federico de pronto, rompiendo el murmullo ambiental en un tono bajo que solo ella pudo escuchar.

Sofía detuvo sus dedos sobre la pantalla del teléfono y levantó la vista despacio.

—¿Ernesto Albarracín sabe que estás en contacto con nosotros? —preguntó ella con una ceja arqueada, y por primera vez en días, un destello de inquietud cruzó sus ojos castaños. Conocía bien la fama despiadada del patriarca de la joyería en los mercados internacionales.

—No sabe nada de Theo, ni de quién eres tú en realidad —aseguró Federico con vehemencia, mirándola a los ojos para transmitirle certeza absoluta—. Solo sabe que cancelé vuelos internacionales y que me vio un informante en la quinta. Pero quise decírtelo para que estés tranquila: ya reforcé la seguridad privada y advertí a Gabriel. Si mi padre intenta entrometerse o alterar la paz de Theo, me enfrentaré a él con todo el poder que tengo. No dejaré que sus sombras los toquen.

Sofía lo observó fijamente durante un largo segundo. Vio la determinación en su mandíbula y la honestidad cruda en sus ojos claros. Hace cinco años, él había cedido ante las sospechas sembradas por su padre; hoy, estaba dispuesto a dinamitar su propio imperio para protegerlos.

—Mi padre Roberto tampoco dudaría en intervenir si los Albarracín dan un paso en falso, Federico —respondió Sofía en un murmullo pausado—. Pero agradezco que me lo hayas dicho de frente.

En ese instante, las puertas de madera del centro cultural se abrieron de par en par y una marea de niños con delantales manchados de témpera inundó la vereda.

—¡Mamá! ¡Señor Federico! —gritó Theo, bajando los escalones de dos en dos con una cartulina enrollada bajo el brazo y una mochila amarilla colgada de un solo hombro.

Federico se agachó por instinto y atrapó al pequeño justo antes de que tropezara con el último escalón, levantándolo en el aire con un movimiento seguro que provocó una risa cantarina en el niño.

—¡Cuidado con los saltos, acróbata! —rió Federico, bajándolo al suelo con una ternura infinita y sacudiéndole una mancha de pintura amarilla que tenía en la punta de la nariz pecosa.

—La profesora nos hizo pintar lo que más nos gusta en el mundo —anunció Theo con los ojos brillantes de entusiasmo infantil, desenrollando la cartulina sobre los escalones con orgullo desbordante—. ¡Miren!

Sofía y Federico se inclinaron al mismo tiempo sobre el dibujo.

Sobre el papel grueso había un sol amarillo radiante, una casa con chimenea torcida y un jardín verde lleno de flores de trazo desordenado. En el centro, Theo había dibujado varias figuras tomadas de la mano: una mujer con cabello castaño ondulado identificada con torpes letras que decían «MAMÁ»; dos figuras sonrientes al lado con lentes y sombreros que decían «ABUELOS»; y dos personajes altos con peinados divertidos rotulados como «TÍO BRUNO» y «TÍA VALEN».

Pero en el extremo derecho del papel, un poco apartada del grupo pero conectada por un camino de piedras de colores, había una figura masculina alta, dibujada con trazo azul, sosteniendo una pelota de fútbol y un auto rojo.

Abajo, con una caligrafía infantil temblorosa, decía: «FEDE».

El silencio que cayó sobre la vereda fue absoluto.

Federico sintió un golpe seco en el centro del pecho que le cortó la respiración. Sus ojos se empañaron de inmediato y la garganta se le cerró con un nudo insoportable. No decía «señor Montes». El niño había escrito su verdadero nombre, el que escuchaba en los murmullos de su madre, y lo había dibujado dentro de su pequeño universo de afectos.

Sofía se quedó inmóvil, con una mano apoyada sobre sus propios labios y el corazón latiéndole desbocado contra las costillas. El orgullo que la había sostenido durante un lustro entero se sintió diminuto frente a la pureza del trazo de su hijo.

—Te dibujé con la pelota de la quinta porque jugaste conmigo sin importar que te ensuciaras —explicó Theo con inocencia pura, mirando a Federico con sus grandes ojos marrones—. ¿Te gusta?

Federico se arrodilló por completo sobre la piedra, sin importarle las miradas de los demás padres en la calle. Sus manos temblorosas acariciaron el borde de la cartulina con la reverencia de quien sostiene la obra de arte más invaluable del planeta.

—Es... es el cuadro más hermoso que vi en toda mi vida, Theo —logró articular con la voz totalmente quebrada por el llanto contenido.

Levantó la vista y encontró la de Sofía.

Ella ya no tenía la máscara gélida de la heredera petrolera. Sus ojos marrones brillaban empapados en lágrimas silenciosas que no pudo disimular, viéndolo rendido, vulnerable y puramente agradecido a los pies de su hijo.

—¿Vamos a merendar los tres? —preguntó Theo, tomando con una mano pequeña los dedos de su madre y con la otra la mano de Federico, uniéndolos en un puente involuntario que quemó la piel de ambos adultos al rozarse.

Sofía tragó saliva, parpadeó para despejar la niebla de sus ojos y asintió con una suavidad que Federico jamás creyó volver a escuchar.

—Vamos a merendar, amor. Los tres.

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Almonte De Rodriguez Yamilet
👏🤔 interesante
Maria Laura Perez: 🥰 gracias
total 1 replies
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