En el plano terrenal, ambos son fantasmas. Él es un joven noble repudiado por su propia familia, confinado al ostracismo y al desprecio social por una terrible cicatriz que le arrebató la mirada y la confianza. Ella es una joven de deslumbrante belleza que vive invisible, sofocada bajo la sombra de una hermana manipuladora y el constante desdén de su entorno.
Sin embargo, al cerrar los ojos, la noche borra los estigmas de la realidad. En un universo onírico recurrente, sin cicatrices ni máscaras, dos almas solitarias encuentran un refugio de devoción y pasión desinhibida. Pensando que el otro no es más que una fantasía inventada por el deseo y la soledad, pactan encontrarse una tarde en la ciudad sin la menor esperanza de que ocurra.
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Capítulo 18: La sentencia en el despacho
Al cabo de una semana de rumores y conspiraciones silenciosas, Rosalie fue llamada al despacho principal de su padre a las cuatro de la tarde.
Al cruzar el umbral de la pesada puerta de roble, sintió que el aire se le congelaba en los pulmones. La estancia estaba abarrotada por una presencia opresiva. Su padre permanecía de pie junto a la chimenea, con los brazos cruzados y una expresión de estricta severidad. Su madre estaba sentada en un sillón de orejas, con una sonrisa de fría satisfacción en los labios. En un rincón, Clarissa la miraba con una mueca burlona y triunfante, abanicándose despacio.
Y en el centro del salón, sentado en uno de los sillones de cuero con un bastón de puño de plata entre las piernas, se hallaba Don Carlos. El mercader la recorrió de arriba abajo con una mirada lenta, pesada y hambrienta que hizo que a Rosalie se le erizara el vello del cuello por la repugnancia.
—Pasa, Rosalie, y cierra la puerta —ordenó Lord Thorne con un tono que no admitía réplica.
Rosalie obedeció en silencio, manteniendo las manos entrelazadas sobre su vestido sobrio, sintiendo que el corazón le latía con la violencia de un animal atrapado.
—Tu madre y yo hemos sido informados de tus paseos clandestinos por la ciudad —comenzó su padre, dando dos pasos hacia ella y clavándole una mirada inquisitiva—. No voy a perder el tiempo preguntándote quién es el pelagatos con el que has estado ensuciando tu nombre, porque a partir de este instante no volverás a poner un pie fuera de esta casa sin supervisión.
—Padre, yo... —intentó interceder Rosalie, pero su voz fue ahogada por un gesto tajante de la mano de su padre.
—¡Calla y escucha! —bramó él—. Has demostrado que eres incapaz de comportarte con la recato y la dignidad que se espera de una dama Thorne. Por suerte para ti, la benevolencia de nuestro estimado amigo Don Carlos ha salvado a esta familia de la ruina a la que nos estabas arrastrando.
El mercader se incorporó despacio del sillón, dejando escapar un resoplido pesado, y se inclinó levemente hacia Rosalie, mostrándole una dentadura amarillenta en una sonrisa fingida.
—Será un honor para mí, señorita Rosalie, guiar sus pasos y brindarle la posición que una joven de su belleza merece en mi residencia —dijo Carlos con una voz rasposa que le provocó a ella una náusea instantánea.
—Don Carlos ha tenido la inmensa generosidad de pedir tu mano en matrimonio —anunció su padre de manera categórica—. La boda se celebrará en dos semanas en la parroquia de San Esteban.
El mundo alrededor de Rosalie pareció tambalearse. La luz del despacho se volvió borrosa y sintió un zumbido agudo en los oídos. La idea de ser entregada a aquel hombre viejo, sudoroso y despreciable, de pertenecerle físicamente y abandonar para siempre cualquier esperanza de libertad con Dorian, le atravesó el alma como una daga helada.
El miedo que la había vuelto invisible durante años fue sofocado por una oleada de rabia pura.
—No —dijo Rosalie. La palabra brotó de sus labios con una firmeza seca que hizo que su madre diera un respingo en el sillón.
—¿Qué has dicho? —inquirió su padre, dando un paso amenazante hacia ella.
—He dicho que no —repitió Rosalie, alzando la cabeza y mirando a su padre directamente a los ojos, ignorando el temblor de sus propias rodillas—. No voy a casarme con este hombre. No lo amo, no lo respeto y no permitiré que me vendan como si fuera una pieza de ganado para pagar sus deudas.
Clarissa soltó una risita ahogada tras su abanico, mientras que el rostro de Don Carlos se teñía de un rojo violáceo por la humillación.
Lord Thorne se acercó a Rosalie hasta quedar a escasos centímetros de su cara, con las venas del cuello hinchadas por la ira.
—¡Eres una miserable insolente! —le gritó, salpicándole el rostro con gotas de saliva—. ¿Crees que tienes el lujo de elegir? ¡Nadie en esta ciudad pediría por ti! ¡Ningún caballero de verdadero rango se fijaría en una muchacha tonta, callada y sin dote como tú! Si no fuera por Don Carlos, terminarías tus días como una criada arruinada.
—¡Hay alguien más! —exclamó Rosalie, con las lágrimas ardiéndole en los ojos pero sosteniendo la postura—. ¡Hay un hombre noble y honorable que me ama y a quien yo amo con toda mi alma!
Lord Thorne soltó una carcajada amarga y estruendosa, secundada por la risa burlona de su esposa.
—¿Un hombre noble? —se mofó su padre—. ¡Por favor! Un cobarde que te cita en callejones oscuros porque sabe que no vales nada. Te reto, Rosalie: si ese supuesto pretendiente aristócrata existe fuera de tus tontas fantasías de costurera, tráelo a esta casa mañana antes del mediodía. Haz que se presente ante mí y pida tu mano con una propuesta formal. Si no aparece... —Lord Thorne señaló con el dedo índice la figura de Don Carlos—... mañana mismo firmaré el contrato de nupcias con el señor de la Vega, y te casarás con él aunque tenga que llevarte arastrada hasta el altar.
—¡Padre, por favor! —suplicó ella, sintiendo que el pánico volvía a atenazarla.
—¡Lárgate a tu habitación! —ordenó el hombre con un rugido que hizo vibrar los cristales del despacho—. ¡Y denle llave a esa puerta!
Rosalie fue empujada fuera del despacho por la criada principal y conducida a su alcoba en el segundo piso. El sonido del cerrojo de hierro girando desde el exterior cerró de golpe su prisión terrenal.