Isabella Dalmavere eligió una vida de fe, convencida de que su corazón había encontrado por fin un lugar al que pertenecer. Entre los muros de un antiguo convento, las oraciones y el silencio, creyó que podría mantenerse alejada de todas aquellas emociones que alguna vez despertaron su curiosidad por el mundo.
Hasta que conoció a Dorian Virelli.
Rico, elegante y acostumbrado a conseguir cuanto desea, Dorian nunca había encontrado una mujer capaz de despertar tanto su interés como aquella novicia de mirada dulce y voluntad inquebrantable. Isabella no se impresiona con su fortuna, no se deja seducir por sus palabras y, sobre todo, no está dispuesta a renunciar a sus convicciones por un hombre al que apenas conoce.
Pero Dorian no sabe aceptar una negativa.
Sus visitas se vuelven cada vez más frecuentes. Sus conversaciones, más personales. Y lo que comienza como una atracción inesperada se transforma en una obsesión que amenaza con derribar las barreras que Isabella ha construido alrededor de su corazón.
Él le pedirá una oportunidad una y otra vez. Ella se la negará, decidida a proteger la vida que ha elegido.
Hasta que Dorian tome una decisión que cambiará sus destinos para siempre: llevársela por la fuerza, arrancándola del único mundo que conoce y enfrentándola a una realidad que jamás imaginó.
Volumen 1 de la saga Virelli.
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Una vida nueva
El carruaje avanzaba por un camino rodeado de árboles mientras Isabella observaba el paisaje a través de la ventanilla. Habían transcurrido varias horas desde que abandonó Santa Lucía y, aunque el cansancio comenzaba a pesarle, sentía una tranquilidad que no había experimentado desde su llegada a la propiedad de los Virelli.
No sabía qué encontraría en aquella casa de acogida, pero la idea de ayudar a los niños le producía una emoción sincera. Desde sus primeros días en el convento había descubierto que disfrutaba acompañar a los pequeños, escucharlos y ofrecerles consuelo cuando algo les preocupaba. Quizá aquella nueva etapa le permitiría recordar quién era antes de que Dorian apareciera en su vida.
La casa estaba situada en las afueras de una pequeña localidad italiana. Era un edificio antiguo, de paredes color crema, ventanas amplias y un jardín donde algunos niños jugaban bajo la supervisión de dos cuidadoras. No tenía el lujo de la residencia de Dorian, pero sí una calidez que Isabella reconoció de inmediato.
Una mujer de cabello castaño, de unos cincuenta años, salió a recibirla.
—Debes de ser Isabella. Soy Teresa, la encargada de la casa. Nos avisaron que vendrías para ayudarnos durante una temporada.
—Muchas gracias por recibirme. Espero poder ser útil.
—Aquí no necesitamos que seas perfecta, querida. Solo que tengas paciencia y cariño. Lo demás se aprende.
Teresa la condujo al interior y le mostró una habitación sencilla con una cama, un escritorio y una ventana que daba al jardín. Isabella dejó su bolsa sobre la cama y respiró profundamente. Por primera vez en muchos días, aquella habitación era un lugar al que había llegado por decisión propia.
No tuvo demasiado tiempo para instalarse. Desde el pasillo escuchó una discusión y, al salir, encontró a un niño de unos ocho años sentado en el suelo, con los brazos cruzados y una expresión desafiante. Frente a él, una niña pequeña intentaba recuperar una muñeca.
—No quiero jugar con nadie —declaró el niño.
Teresa suspiró.
—Es Luca. Últimamente no quiere compartir nada.
Isabella se agachó a una distancia prudente, sin intentar quitarle el juguete.
—¿Y si no te pido que juegues con nadie? —preguntó—. Podrías contarme qué te ha molestado.
El niño la miró con desconfianza.
—Todos dicen que van a quedarse y después se van.
Aquella respuesta le apretó el corazón. Isabella reconoció en esas palabras un miedo que no necesitaba grandes explicaciones.
—No puedo prometerte que todo será siempre como tú quieres —respondió con dulzura—, pero sí puedo escucharte ahora. Y no tienes que compartir tu muñeca si todavía no estás preparado.
Luca pareció desconcertado. Quizá esperaba un regaño, pero Isabella no insistió. Se quedó cerca mientras la niña se alejaba con Teresa, y poco a poco el pequeño comenzó a hablarle de sus juegos favoritos.
Cuando llegó la hora de la cena, Isabella ya conocía los nombres de varios niños. Algunos eran inquietos y habladores; otros observaban desde lejos antes de acercarse. Ella se sentó con ellos, ayudó a repartir la comida y escuchó sus historias como si cada una mereciera toda su atención.
Durante la noche, mientras doblaba la ropa que había guardado en su bolsa, escuchó unas risas procedentes del jardín. Se acercó a la ventana y vio a dos niños persiguiéndose bajo la luz de una lámpara.
Sonrió.
Aquello era lo que quería hacer: cuidar, acompañar y ofrecer un poco de estabilidad a quienes habían conocido demasiadas despedidas.
Sin embargo, cuando se sentó en la cama, su pensamiento volvió a Dorian.
Recordó la cena, la forma en que él había escuchado sus respuestas y aquella risa inesperada que le había resultado tan agradable. Después recordó que había tenido que escapar de su casa para recuperar su libertad.
Ambas cosas eran ciertas, y aceptar esa contradicción le resultaba difícil.
—No voy a regresar solo porque lo extraño —susurró.
No sabía si lo que sentía era atracción, afecto o simplemente la confusión de haber compartido días intensos con alguien que había invadido su vida. No quería ponerle un nombre todavía.
En la propiedad Virelli, la situación era muy distinta.
Dorian llevaba horas encerrado en su despacho, repasando las pocas pistas que había conseguido. Había enviado hombres a varios pueblos y ordenado que revisaran las rutas que conducían hacia otras localidades. Cada informe sin resultados aumentaba su frustración.
Matteo entró con dos tazas de café y dejó una sobre el escritorio.
—No puedes seguir así indefinidamente.
—No voy a dejar de buscarla.
—No te he pedido que lo hagas. Te estoy diciendo que pienses en lo que harás cuando la encuentres.
Dorian levantó la mirada.
—Quiero que vuelva.
—Eso ya lo sé. Pero ¿te has preguntado qué quiere ella?
La pregunta quedó suspendida entre ambos.
Dorian apartó los documentos. Por primera vez desde la huida, no respondió inmediatamente. Había pasado tanto tiempo pensando en cómo recuperar su presencia que apenas se había permitido considerar la posibilidad de que Isabella no quisiera regresar.
—No voy a fingir que puedo olvidarla —admitió al fin.
—Nadie te pide eso.
—Entonces, ¿qué esperas que haga?
Matteo sostuvo su mirada.
—Que aprendas a distinguir entre querer a alguien y creer que tienes derecho sobre esa persona.
Dorian se quedó en silencio. La frase le molestó porque tocaba una verdad que prefería evitar.
Mientras tanto, lejos de aquella casa, Isabella apagó la lámpara y se acomodó bajo las mantas. Había encontrado un lugar donde podía comenzar de nuevo, pero todavía no sabía cuánto tiempo permanecería allí ni qué decidiría sobre su vocación.
Por ahora, tenía una certeza: los niños la necesitaban, y ella quería estar allí.
Cerró los ojos, sin imaginar que los meses siguientes transformarían tanto sus sentimientos como los de Dorian.
Y que, cuando sus caminos volvieran a cruzarse, ninguno de los dos sería exactamente el mismo.