Un amor apasionado nacido en medio de la guerra entre dos paises. La princesa Melany se enamora apasionada mente del tirano que juro odiar, por que nada es como parece
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Capítulo 21: La Sombra en la Penumbra
La paz en el Imperio de Solaria había traído consigo un silencio inusual para el canciller Emanuel. Acostumbrado al estrépito de las forjas de guerra, las reuniones estratégicas hasta la medianoche y la frialdad de los mapas de invasión, el joven consejero se encontraba ahora administrando tratados comerciales, festivales de unificación y la restauración de las provincias azotadas por el conflicto.
Emanuel era un hombre de lógica impecable, porte elegante y disciplina inquebrantable. A sus veintiocho años, jamás había mostrado interés por las damas de la corte que revoloteaban a su alrededor buscando una alianza ventajosa, ni tampoco por las diversiones mundanas que solían fascinar a los hombres de su rango. Para Emanuel, el deber hacia el emperador Antonio y la estabilidad del imperio lo eran todo.
Sin embargo, en las profundidades del palacio imperial, en las galerías dedicadas a la restauración de archivos y manuscritos antiguos, existía una presencia que Emanuel apenas lograba registrar consciente, pero que estaba siempre presente.
Su nombre era Víctor.
Víctor tenía veintidós años y trabajaba como aprendiz de escriba e ilustrador en la Gran Biblioteca Imperial. Poseía una hermosura singular y etérea: una piel blanca como la porcelana, ojos de un tono avellana suave cubiertos por pestañas infinitas, y un cabello castaño con destellos dorados que caía en suaves ondas hasta tocar sus hombros. Su contextura era delicada, de cintura estrecha y manos finas hechas para trazar la caligrafía más pulcra.
Nadie en el palacio conocía el secreto que Víctor guardaba en lo más profundo de su pecho: estaba perdidamente enamorado del canciller Emanuel desde hacía cuatro años.
El origen de esa devoción se remontaba a una noche oscura durante la guerra. Las tropas fronterizas de Aethelgard habían realizado una incursión relámpago en una villa cercana, y el joven Víctor, atrapado entre las vigas ardientes de un taller, estuvo a punto de perecer. Fue Emanuel quien, vistiendo su armadura de combate, irrumpió entre el fuego, destruyó la madera colapsada con su espada y tomó al muchacho en sus brazos para ponerlo a salvo.
Desde aquella noche, el rostro severo pero noble de Emanuel se convirtió en el único faro en la vida de Víctor. El joven escriba lo contemplaba en silencio desde la distancia: cuando el canciller cruzaba el patio de honor con sus pergaminos, cuando hablaba con los ministros en la gran escalinata o cuando caminaba bajo las arcadas de mármol.
Víctor sabía que su amor era un imposible absoluto. Primero, por la abismal diferencia de estatus social; y segundo, porque Víctor era un hombre. Aunque su rostro delicado despertara miradas de envidia entre las propias damas, él estaba condenado a amar en secreto a un hombre que jamás miraría en su dirección.
Una tarde cálida de primavera, en los talleres de vestuario del ala oeste del palacio, las jóvenes costureras y amigas de Víctor se encontraban preparando los atuendos para la comitiva de las damas de honor de la emperatriz Melany.
Víctor había acudido a entregar unos bocetos de bordados. Las muchachas, divertidas por la belleza andrógina y delicada del muchacho, comenzaron a bromear.
—¡Por los dioses, Víctor! —rio Elena, la costurera principal, sosteniendo un vestido de seda azul turquesa con incrustaciones de encaje blanco—. Tienes la piel más fina que cualquier duquesa de la corte y la cintura más estrecha que la propia reina. Si te pusieras esto, dejarías sin aliento a la mitad de los lores.
—No digas tonterías, Elena —respondió Víctor con un leve rubor en las mejillas, intentando recoger sus pergaminos.
—¡Hagamos la prueba! —exclamó otra de las damas—. Solo un minuto. ¡Queremos ver cómo luce el vestido en alguien con tu elegancia!
Entre risas, forcejeos amables y travesuras, las tres jóvenes acorralaron a Víctor. Antes de que el muchacho pudiera protestar seriamente, lo envolvieron en el majestuoso vestido de seda, ajustaron los corsés finos, soltaron su cabello ondulado colocándole un velo transparente con detalles de perlas y le aplicaron un ligero tinte rosa en las mejillas y labios.
Cuando Víctor se miró en el gran espejo de cuerpo entero, se quedó paralizado. La transformación era aterradora y perfecta. Parecía una dama noble surgida de una leyenda lejana, de una delicadeza irreal.
La diversión terminó abruptamente cuando se escucharon pasos aproximándose por el pasillo exterior. Asustado por la vergüenza de ser descubierto en semejante traza por los guardias o los inspectores, Víctor sintió que el pánico lo dominaba.
—¡Voy a quitármelo! —susurró aterrado.
—¡No, sal por la puerta trasera de los jardines! —le sugirió Elena, dándose cuenta del lío en que lo habían metido.
Víctor levantó las faldas de seda azul y corrió con el corazón en la garganta por los pasillos secundarios hacia la salida que daba al Jardín de los Rosales.
Sin embargo, al doblar la esquina a toda prisa, las pesadas capas de seda hicieron que tropezara. Perdió el equilibrio y estuvo a punto de impactar violentamente contra el suelo de mármol.
Dos brazos firmes, fuertes y envueltos en tela de gala la sujetaron en el aire antes de que cayera.
Víctor dejó escapar un jadeo entrecortado. Al alzar la vista, sintió que el mundo se detenía por completo.
El hombre que lo sostenía entre sus brazos no era otro que Emanuel.