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EL IMPERIO DE HIERRO

EL IMPERIO DE HIERRO

Status: Terminada
Genre:Embarazo no planeado / Mafia / Reencuentro / Completas
Popularitas:4.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Para el mundo financiero, Damian Valmont es un magnate intocable que compra voluntades sin pronunciar una sola amenaza en voz alta. Para el bajo mundo europeo, es la cabeza de un consorcio letal donde nadie sobrevive a un error.
Valeria Taylor llegó a su empresa huyendo de un pasado idéntico en Estados Unidos, con una sola regla innegociable: no volver a arrodillarse ante ningún monstruo con traje.
Ella es la única que se niega a firmar sus órdenes ilegales. Él es incapaz de intimidarla. Entre balances manipulados, secretos de familia y una atracción corrosiva que ninguno de los dos puede frenar, el juego de poder se convierte en una guerra íntima donde rendirse no es una opción.
Y cuando la sangre y la verdad salgan a flote, la única salida será una fuga que Damian jamás perdonará.

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8: La tregua del diablo

El contacto de los nudillos de Damian sobre la piel de su mejilla duró apenas dos segundos, pero bastó para que el aire en la suite se volviera tan denso que respirar se sintió como una imprudencia.

Valeria no apartó la cara con torpeza, ni dejó que el sobresalto se le escapara a los ojos. En lugar de eso, alzó la mano derecha con deliberada lentitud, le rodeó la muñeca con firmeza de acero y le apartó los dedos del rostro sin romper el contacto visual. Su piel ardía contra la de él; no por la fiebre, sino por una vitalidad salvaje que el veneno no había logrado quebrar.

—El aumento vendrá con intereses retroactivos por nocturnidad, señor Valmont —dijo ella, con la voz apenas ronca por las horas de vigilia, recuperando de inmediato esa compostura filosa que solía exasperarlo en las reuniones de directorio—. Y por salvar a mi empleador de morir ahogado en su propio vómito en una suite de seis mil francos.

Damian no retiró la mano; permitió que ella la sostuviera, observando la fuerza en los dedos de Valeria con una curiosidad oscura que le encendía las pupilas.

—Tiene usted una forma muy poco poética de describir un acto de lealtad, señorita Taylor.

—No fue lealtad. Fue cálculo de riesgos —replicó ella, poniéndose de pie con un movimiento ágil que disimuló el dolor de espalda acumulado tras pasar la noche en el suelo—. Si usted muere en Zúrich, los bancos bloquean las cuentas operativas en Ginebra antes del mediodía. Me llevaría seis meses cobrar mi finiquito en los juzgados cantonales.

Damian soltó una risa baja, corta y áspera, mientras se incorporaba despacio. La manta de cachemira resbaló por su regazo, dejando a la vista el pecho ancho, la camisa hecha jirones manchada de alcohol y sangre seca, y esa red de cicatrices que contaba una historia de supervivencia mucho más vieja y sangrienta que cualquier informe financiero. Se frotó las sienes con la mano izquierda, cerrando los párpados un instante contra la luz gris que se derramaba por los ventanales.

—¿La herida? —preguntó él.

—Drenada, desinfectada con alcohol barato y cerrada con gasa estéril —respondió ella, dándole la espalda mientras recogía sus tacones caídos junto al sofá—. Si no hace ninguna estupidez en las próximas veinticuatro horas, conservará el pulgar. Si decide levantar pesas o firmar pagarés con la mano derecha, se le abrirán los puntos que no le puse y tendrá que buscarse a un veterinario de confianza.

Damian la observó desde atrás. El satén negro del vestido caía con pliegues suaves sobre sus caderas, y la espalda descubierta, blanca y perfecta, mostraba la tensión elegante de sus omóplatos al moverse. La imagen de esa mujer —con un vestido de alta costura arrugado por una noche de guerra médica, descalza y con una navaja táctica oculta bajo el muslo— se le grabó en la retina con la fuerza de un hierro candente.

—¿Dónde aprendió a cortar carne de esa manera, Valeria? —preguntó él. Su tono había perdido el cinismo; era una demanda baja, tranquila y peligrosa.

Valeria se detuvo con los zapatos en la mano. Por una fracción de segundo, la sombra de su pasado en los muelles de Boston, el sonido de los disparos contra el hormigón y el rostro de su hermano Julian limpiando casquillos en la mesa de la cocina pasaron por su mente.

—En un lugar donde la gente no tiene tiempo de esperar a que una ambulancia pase los controles de seguridad —dijo ella sin girarse—. No le debo explicaciones sobre mi biografía, señor Valmont. Mi contrato estipula responsabilidades logísticas, no confesiones personales.

—Salvaste mi vida anoche —insistió Damian, levantándose del sofá con una pesadez engañosa. A pesar de los estragos del veneno, sus movimientos seguían teniendo la gracia elástica de un depredador que calcula el salto—. Y no usaste un botiquín. Usaste una hoja militar con filo de doble sierra. Sé reconocer el acero de grado táctico a diez metros de distancia.

Antes de que ella pudiera responder con otra evasiva cargada de sarcasmo, la puerta de la suite se abrió sin ruido.

Kassian entró llevando dos portatrajes de lona negra bajo el brazo y una bandeja de plata con dos tazas de porcelana humeante. Al ver a su jefe de pie, con el torso descubierto y la mandíbula tensa frente a Valeria, el gigantesco guardia de seguridad se detuvo un milímetro, evaluando la escena con la frialdad de quien ha visto demasiadas resurrecciones milagrosas.

—Llegas tarde, Kassian —dijo Damian, sin apartar los ojos de Valeria.

—El caballero prusiano tardó más de lo previsto en admitir quién financió el anillo de contacto —respondió Kassian con su voz de gravilla, dejando la bandeja sobre la mesa auxiliar con un tintineo metálico—. Traje café solo para la señorita y ropa limpia para ambos. El helicóptero está en la azotea esperando autorización de despegue para volver a Ginebra.

Valeria no esperó invitación. Se acercó a la bandeja, tomó una de las tazas y dio un sorbo largo, cerrando los ojos al sentir el calor amargo y reconfortante del café negro deslizándose por su garganta. Cuando volvió a abrirlos, los dos hombres la estaban mirando: Damian con esa intensidad posesiva que parecía desafiarla a retroceder, y Kassian con una mezcla de respeto militar y cautela.

—¿Quién fue? —preguntó Valeria, mirando a Kassian.

Kassian miró a Damian, esperando una orden para guardar silencio ante una civil. Damian, sin embargo, hizo un leve gesto con la barbilla que autorizaba el informe.

—Una facción menor de los sindicatos de Amberes —explicó Kassian, cruzándose de brazos—. Creen que la compra de las terminales fluviales por parte de Valmont Global va a cortarles el paso a sus envíos no declarados. Querían una vacante en la dirección general antes de que termine el mes. Von Berg era su intermediario en Suiza; le perdonaban una deuda de juego en Mónaco a cambio de entregar el veneno en la fiesta.

Valeria soltó un bufido seco y dejó la taza en la bandeja.

—Imbéciles —murmuró ella, casi para sí misma—. Atacar la cabeza de una hidra solo hace que los coroneles de segunda línea entren en pánico y comiencen a disparar a ciegas en los puertos. Si hubieran querido detener el traspaso, habrían volado el almacén aduanero de Róterdam un jueves por la tarde. Habría costado menos y no dejaría una firma forense tan obvia.

Kassian parpadeó, perdiendo por completo la inexpresividad de su rostro. Miró a Damian con las cejas ligeramente arqueadas. Damian, por su parte, dejó escapar una sonrisa ladeada, fría y peligrosa como un destello de luz sobre un puñal.

—¿Lo ves, Kassian? —dijo Damian, dando dos pasos hacia Valeria y acortando la distancia hasta que ella pudo oler de nuevo el calor seco de su piel limpia—. Te dije que la señorita Taylor tiene un talento innato para la logística de alto riesgo. Piensa como un general de campo, no como una contadora de Ginebra.

—Pienso como alguien que odia la estupidez ajena, señor Valmont —atajó ella, retrocediendo un paso con una dignidad implacable para marcar su territorio—. Ahora, si me disculpa, necesito ducharme y ponerme ropa que no huela a alcohol quirúrgico y conspiraciones mal ejecutadas. Tenemos una auditoría a las tres de la tarde y no pienso dejar que su departamento de compras apruebe gastos sin justificar mientras usted juega a ser inmortal.

Tomó uno de los portatrajes de la mano de Kassian sin pedir permiso y caminó hacia el vestidor principal de la suite con la cabeza alta, la espalda recta y los tacones colgando de sus dedos como trofeos de guerra.

Cuando la puerta de roble se cerró tras ella, Kassian se volvió hacia Damian con el ceño fruncido.

—Esa mujer sabe demasiado sobre sabotaje portuario, jefe. Esos no son comentarios de alguien que lee libros de historia. Es doctrina de clanes.

Damian tomó la taza de café restante con la mano izquierda, dando un sorbo pausado mientras miraba la puerta cerrada del vestidor. Una calidez desconocida, densa y abrasadora, se asentó en el fondo de su pecho.

—Sé exactamente lo que es, Kassian —susurró Damian, y sus ojos ámbar brillaron en la penumbra matinal—. Es la única persona en todo este continente que no me tiene miedo. Y no pienso dejarla ir.

El vuelo de regreso a Ginebra se desarrolló en un silencio completamente distinto al de la noche anterior.

Valeria llevaba un conjunto sobrio que Kassian había conseguido a primera hora: pantalones de lana fría color carbón, una camisa blanca de seda con el cuello cerrado y un abrigo largo de corte impecable. Tenía el cabello recogido de nuevo en su habitual coleta tirante, pero las sombras bajo sus ojos delataban la noche en vela.

Damian, impecable con un traje nuevo azul medianoche y la mano derecha oculta en el bolsillo de su abrigo para disimular el vendaje ante los pilotos, se sentó justo frente a ella en la cabina privada.

No hablaron de números, ni de rutas, ni de Von Berg. Pero cada vez que Damian la miraba, no había rastro de la distancia corporativa que había marcado los últimos meses. Había algo visceral, una complicidad forjada en sangre y fuego que ninguno de los dos podía borrar con firmas legales.

Cuando el helicóptero tocó tierra en el helipuerto de la torre Valmont, el viento invernal azotó los faldones de sus abrigos. Damian esperó a que ella bajara de la aeronave y, en lugar de adelantarse con su habitual paso autoritario, caminó a su lado por la pasarela de cristal que conectaba con la planta ejecutiva.

Al llegar a las puertas del ascensor, Valeria se detuvo.

—Vuelva a su ático a descansar, señor Valmont —dijo ella, clavándole los ojos con esa firmeza insobornable—. No intente hacerse el héroe bajando a las oficinas. Si sus hombres lo ven tambalearse, olerán debilidad. Yo me encargaré de cerrar las cuentas de Basilea y enviar los requerimientos a la fiscalía.

Damian se inclinó apenas un centímetro hacia ella, bajando la voz para que las aspas del helicóptero amortiguaran sus palabras.

—A partir de hoy, señorita Taylor, su despacho se traslada a la planta cuarenta y dos.

Valeria se tensó de inmediato, con los ojos entrecerrados por la sospecha.

—Mi equipo está en el piso treinta y ocho. No tengo ningún interés en compartir oxígeno con su corte de aduladores en la planta noble.

—No es una sugerencia —dijo él, y una chispa de desafío brilló en sus labios—. Si van a seguir intentando matarme con venenos portuarios, necesito a mi mejor escudo en el mismo piso. Y usted no va a querer perderse la oportunidad de firmar mis órdenes en rojo desde el escritorio contiguo.

Valeria sostuvo su mirada durante varios segundos, sintiendo el tirón magnético de una trampa que se cerraba a su alrededor con una elegancia letal.

—Prepare su paciencia, Valmont —dijo ella, con una media sonrisa helada que le devolvió el golpe—. Porque si voy a estar en su piso, no le voy a dejar pasar un solo centavo sucio.

—Ese, Valeria —susurró Damian, rozándole el dorso de la mano con la suya antes de que las puertas del ascensor se abrieran—, es exactamente el precio que estoy dispuesto a pagar.

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Ada Zulma Lopez
El no la va á dejar salir ni comprar pan😅ella es una estratega EXELENTE invaluable para sus negocios 💛
Ada Zulma Lopez
🙊 Va ser una guerra sin cuartel, van a pelear a capa y espadas, balas 😂si queda alguien vivo a festejar bebé a bordo más casamiento jajaja 😂
Ada Zulma Lopez
Creó que para seguir leyendo necesito una graan dossis de mafia camorra jajaja 😂 🙊 😅
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