Tras una muerte repentina en el mundo moderno, una joven despierta en el cuerpo de la princesa Evelyn, un personaje de una novela romántica de época que leyó en su vida pasada. Sin embargo, su destino es de todo menos idílico: en la historia original, Evelyn es una princesa olvidada e ignorada, destinada a morir trágicamente a los dieciocho años a manos de su propio padre, el cruel e implacable Emperador Aurelius, tras ser falsamente incriminada por su celosa media hermana.
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Capítulo 09
Este era su momento. Tenía que llamar su atención. Pero, ¿cómo? ¿Cómo se presentaba una niña olvidada ante el hombre más poderoso del imperio, su propio padre, que no sabía que existía?
La voz del Emperador resonó en la sala, fría y autoritaria.
—...y la situación en las fronteras del norte no tolerará más demoras, Chambelán. Los informes del General Theron son... preocupantes. Necesito una estrategia clara antes del atardecer.
—Sí, Su Majestad —respondió el Chambelán, su voz un murmullo respetuoso. —He dispuesto que los informes más recientes de los exploradores sean presentados en su mesa a primera hora de la tarde. En cuanto a la logística para el despliegue de tropas...
Evelyn respiró hondo. Este no era el momento para una interrupción dramática. Tenía que ser sutil. Tenía que ser... accidental.
De repente, una pequeña ráfaga de viento entró por la puerta entreabierta, moviendo algunos pergaminos ligeros sobre el escritorio del Emperador. Uno de ellos, un mapa enrollado, rodó por el borde y cayó al suelo con un suave golpe.
El Emperador se giró ligeramente, su mirada aún fija en el exterior, pero el sonido lo había alertado.
Evelyn supo que era su momento. Tenía que actuar. Y no podía hacerlo con miedo. Tenía que hacerlo con... inocencia.
Se deslizó por la rendija de la puerta, sus pies descalzos haciendo un suave *thud* sobre el grueso tapete persa que cubría el suelo cerca del umbral. El sonido fue apenas audible, pero en la quietud de la sala, fue suficiente para que el Gran Chambelán levantara la vista.
Los ojos del Chambelán se abrieron ligeramente, su expresión pasó de la deferencia a la pura conmoción. Vio a la pequeña figura de Evelyn, su camisón blanco, su cabello dorado y su rostro de niña con los ojos muy abiertos. Su boca se abrió, como si quisiera hablar, pero ninguna palabra salió. Parecía aterrorizado, como si hubiera visto un fantasma. Y, en cierto modo, para él, lo era. La Princesa Evelyn era una figura de la que casi nadie se atrevía a hablar, una niña olvidada, una sombra.
El Emperador, alertado por el silencio repentino del Chambelán, se giró lentamente.
Evelyn, con todo su ser temblando, mantuvo la mirada. No podía apartar los ojos. La imagen del Emperador, imponente, con esa aura de poder que casi la ahogaba, era aún más impactante en persona. Sus rasgos eran afilados, su mandíbula fuerte, su boca una línea severa. Su nariz, aguileña. Su piel pálida, acentuada por las sombras del estudio.
Y sus ojos.
Los ojos dorados que la novela había descrito como fríos y despiadados. Ahora, esos ojos se fijaron en ella.
No había ira en ellos. No había sorpresa, no al principio. Solo... un vacío. Una indiferencia tan profunda que fue más dolorosa que cualquier ira. Como si ella no existiera. Como si fuera una mancha insignificante en su periferia visual.
Evelyn sintió un nudo en la garganta. Su plan, su audacia, ¿había sido en vano? ¿Era tan invisible que ni siquiera el hombre más poderoso del mundo podía verla?
Pero luego, una punzada de algo, un destello de reconocimiento, cruzó los ojos dorados del Emperador. No era calidez. No era amor. Era algo más cercano a la confusión, a la memoria fugaz de algo que se había olvidado hace mucho tiempo.
—¿Quién eres? —la voz del Emperador resonó en la sala, un tono grave y monótono que heló la sangre en las venas de Evelyn. No había suavidad, ni curiosidad, solo una pregunta directa y sin emoción.
El Gran Chambelán, que había estado a punto de arrodillarse, se enderezó, su rostro pálido.
—Su Majestad... es... es la Princesa Evelyn —murmuró, su voz apenas un susurro, como si pronunciar el nombre fuera un sacrilegio.
El Emperador la miró de nuevo. Esta vez, hubo un leve fruncir de ceño. Una sombra de recuerdo, dolorosa y reprimida, cruzó sus rasgos. No de ella, Evelyn, sino de su madre. La difunta Emperatriz, su esposa, cuyo recuerdo había convertido su corazón en piedra.
Evelyn, con un coraje que no sabía que poseía, dio un paso adelante. Sus pies dolían, su cuerpo temblaba, pero sus ojos azules se encontraron con los dorados del Emperador. No iba a ser la niña que se escondía. No iba a ser la niña olvidada.
—Padre —dijo, su voz de niña, aunque temblorosa, era clara y firme en el silencio de la sala. La palabra, un término de cariño, sonó extraña en sus labios, casi una blasfemia en la presencia de ese hombre frío.
El Emperador no respondió de inmediato. Sus ojos dorados se posaron en ella, y por un instante, un destello de algo parecido a la sorpresa, o quizás al recuerdo de un tiempo lejano, cruzó su mirada. Pero fue efímero, como una estrella fugaz en una noche oscura. Luego, la indiferencia volvió a poblar su rostro, más gélida que antes, un escudo impenetrable que la mantuvo a raya.
El Chambelán, aún más pálido que antes, se arrodilló rápidamente. —¡Disculpe la intrusión, Su Majestad! La princesa... no debería estar aquí.
Evelyn lo ignoró. Sus ojos, fijos en el Emperador, no parpadeaban. Era una batalla de voluntades, un duelo silencioso entre el poder absoluto y la vulnerabilidad más pura. La mujer adulta en su interior le recordaba que este era su único disparo. Que la primera impresión era crucial.
—El mapa —dijo, su pequeña mano apuntando al pergamino que había caído al suelo. Su voz, aunque infantil, intentó sonar con la mayor naturalidad posible. —Se ha caído.
El Emperador miró el mapa en el suelo, luego a Evelyn, luego al Chambelán. Había un rastro de irritación, un leve tic en su mandíbula. No por ella, sino por la interrupción. Por la anomalía.
—Recógelo, Chambelán —ordenó el Emperador, su voz aún monótona, sin una pizca de emoción.
El Chambelán se apresuró a recoger el mapa, su rostro aún una máscara de temor.
Evelyn se mantuvo en su lugar, sus ojos azules fijos en los dorados del Emperador. No se movió. No retrocedió. La vulnerabilidad de su pequeña figura contrastaba con la fuerza inquebrantable de su mirada. Quería que la viera. No como un fantasma, no como un recuerdo, sino como su hija.
El Emperador la observó con una frialdad calculada, como si estuviera evaluando un objeto, un artefacto inesperado que había aparecido de la nada. No había reconocimiento paternal, ni un atisbo de afecto. Solo un escrutinio distante.
Evelyn sintió que su corazón se encogía. Era aún más difícil de lo que había imaginado. La novela había retratado su frialdad, pero experimentarla en primera persona era como ser bañada en hielo.
—¿Por qué no estás en tu habitación, Princesa? —preguntó el Emperador, su voz carente de reproche, pero llena de una autoridad que no admitía objeciones.
Evelyn tragó saliva. Esta era su oportunidad. Tenía que ser honesta, pero ingeniosa.
—Estaba... estaba buscando —dijo, su voz un poco más fuerte, intentando ocultar el temblor.
—¿Buscando qué? —La pregunta del Emperador fue monosilábica, casi un gruñido.
—Buscando... un cuento —respondió Evelyn, con una inocencia forzada pero efectiva. Sus ojos grandes y azules se fijaron en las estanterías llenas de libros, como si realmente hubiera estado buscando una historia infantil entre esos gruesos volúmenes de tratados políticos y grimorios antiguos.
El Chambelán, que había terminado de recoger el mapa, se quedó boquiabierto. Un cuento. En el estudio del Emperador. Era una osadía increíble.
El Emperador miró las estanterías. Luego, volvió a mirar a Evelyn, su rostro aún impasible. Parecía estar procesando la información, la anomalía de la situación. Una niña, su hija, irrumpiendo en su estudio buscando un cuento. La absurdez era casi cómica, pero la frialdad del Emperador no permitía la risa.
—No hay cuentos aquí, Princesa —dijo, su voz seca. —Este es un lugar de trabajo.
Evelyn sintió una punzada de desesperación. Su primer intento había fallado. Se había atrevido a entrar, había hablado, pero el Emperador seguía siendo una pared impenetrable.
Pero luego, una pequeña chispa de la mujer adulta en su interior se encendió. No había fracasado. Había hecho algo. Había roto el silencio, había hecho que él la viera.
—Lo sé —dijo Evelyn, y una lágrima solitaria se deslizó por su mejilla, no planeada, pero auténtica. La frustración y el cansancio eran reales. —No... no tengo cuentos en mi habitación.
La lágrima. Esa lágrima fue el primer cambio, por minúsculo que fuera.
El Emperador frunció el ceño de nuevo. Esta vez, su mirada se detuvo en la lágrima, en el rastro húmedo que dejaba en la piel rosada de la niña. No era una reacción emocional, sino casi una curiosidad clínica. Un análisis de la situación.