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El Placer Del Tirano

El Placer Del Tirano

Status: En proceso
Genre:Amor eterno / Romance / Posesivo
Popularitas:4.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Gianna Viteri (gilover28)

«Tocar al emperador significa la muerte. Negarse a su placer... significa arder.» Regla I: Nunca sostengas la mirada del soberano. Regla II: Nunca toques su piel, a menos que él te lo ordene. Regla III: Oculta tus visiones; si él descubre lo que ves, jamás te dejará escapar. Lian creció jurando que jamás se arrodillaría ante Li Yan, el recién coronado soberano conocido como el «Tirano de Sangre». Su madre le advirtió que un gobernante oscuro estaba atado a su alma y que su destino era salvarlo, pero Lian solo sentía desprecio por el hombre que ahogaba la corte en ejecuciones. Hasta que es capturada y obligada a arrodillarse ante su trono. Frente a la espada desenvainada de Li Yan, Lian no suplica clemencia: le clava la mirada con furia pura. En ese instante, los ojos despiadados del emperador se quiebran por primera vez en su vida. Fascinado por la insolencia de una simple artesana, Li Yan decide perdonarle la vida y confinarla a sus aposentos privados. Encerrada en la jaula de oro del palacio, el secreto se desata: Lian ve el futuro a través de sueños premonitorios y del contacto piel con piel. Y su tacto es la única droga capaz de calmar el insomnio y la locura de sangre que consumen a Li Yan por las noches. Cuando una afrenta rebelde colma la paciencia del monarca, el castigo nocturno rompe toda distancia. Entre sábanas de seda imperial, el odio mutuo se convierte en un fuego devorador donde cada caricia desata visiones letales de conspiración, traición y sangre. Ella juró no doblegarse. Él juró no tener piedad. Pero en las sombras de la recámara imperial, el placer del tirano se convertirá en la perdición de ambos.

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Capítulo 16

El anuncio del mensajero cayó sobre la recámara como un balde de agua helada.

Los brazos de Li Yan no me soltaron de inmediato. Sentí la sacudida sorda en sus músculos, el pulso que volvía a acelerarse en su pecho desnudo, pero ya no era por el éxtasis del cuerpo; era el animal de guerra despertando de golpe.

—Espera afuera —bramó Li Yan hacia la puerta con un tono tan tajante que los pasos del soldado retrocedieron al instante en el corredor.

El emperador se apartó de mí despacio. Recogió del suelo su túnica interior, pasándosela por los hombros mientras caminaba hacia el soporte donde descansaba la armadura de hierro negro con incrustaciones doradas. La frialdad implacable volvía a asentarse sobre sus facciones, pero sus ojos no dejaban de buscarme mientras yo me cubría con la tela verde jade, tratando de contener el temblor que me subía por las piernas.

—Una alianza entre el norte y los rebeldes del sur —murmuró él, ajustándose las correas de cuero sobre el pecho con movimientos automáticos, curtidos por años de batallas—. Zhao no actuaba solo. Pretendían ahogarme con el veneno aquí dentro mientras sus perros atacaban las fronteras.

—Li Yan... —mi voz sonó más baja de lo que quería.

Él se detuvo en seco con una de las hombreras de metal en la mano. Se giró hacia mí, clavándome esa mirada oscura que ya no lograba esconder la necesidad que tenía de mi presencia.

—Tendré que marchar al frente al amanecer —dijo, acortando la distancia entre los dos hasta quedar a escasos centímetros—. Nadie más que yo puede sostener la línea en el Río Negro. Pero tú te quedas aquí. Dejaré a cien de mis guardias de élite rodeando este pabellón y el de tu madre. Si alguien intenta acercarse, correrán ríos de sangre antes de que toquen esta puerta.

—¿Crees que una docena de paredes te van a mantener a salvo allá afuera? —le espeté, con una punzada extraña en el pecho que me molestó reconocer—. Eres el blanco principal. Si caes en esa frontera, el palacio entero arderá de todos modos.

Li Yan soltó un bufido seco, casi una risa amarga, y estiró su mano grande para tomarme de la nuca. Sus dedos calientes se enredaron en mi pelo desordenado, obligándome a mirar la sombra implacable de su rostro.

—¿Te preocupa que muera, Lian? —susurró con una burla ronca, rozando mi frente con la suya—. Creí que deseabas que el carnicero ardiera.

—Me preocupa que el imperio se despedace antes de que pueda sacar a mi madre de aquí —mentí con los dientes apretados, aunque el corazón me latía tan fuerte contra las costillas que me ahogaba.

Levanté las manos para apartarlo, para empujarle el pecho cubierto por las placas de hierro y cuero, pero en el instante en que mis palmas desnudas tocaron el metal tibio y rozaron la piel descubierta de su cuello, el mundo entero se desvaneció.

No fue un chispazo rápido. Fue una marea violenta, abrumadora, que me arrancó el aliento y me nubló la vista con una luz que no era de sangre ni de fuego.

La visión me arrastró hacia adelante en el tiempo:

No estábamos en medio de cadáveres ni rodeados de sábanas deshechas por la furia. Me vi a mí misma sentada junto a él en un mirador de piedra blanca, bajo un árbol de cerezo bañado por la lluvia mansa de la primavera. Li Yan descansaba con la cabeza apoyada en mi regazo, con los ojos cerrados y una expresión de paz absoluta que jamás le había visto en este palacio. Mis propios dedos le acariciaban el pelo largo con una ternura infinita, sin rencor, sin miedo, apartándole los mechones oscuros de la frente mientras él suspiraba, tomando mi mano libre para besarme los nudillos con una devoción casi sagrada.

Y lo peor, lo que me desgarró el alma por dentro, fue lo que sentí en esa visión: no era el deseo carnal que me quemaba la piel en su cama, ni la furia del prisionero que desafía a su carcelero. Era un amor hondo, limpio, desgarradoramente dulce. Un dolor cálido en el centro del pecho que me decía que preferiría perder la vida entera antes de ver a ese hombre sufrir.

«No te vayas», decía mi propia voz en el futuro, con los ojos llenos de lágrimas que no eran de miedo, sino de un afecto tan grande que dolía.

Y Li Yan, el verdugo temido por todo el continente, abría los ojos para mirarme como si yo fuera lo único sagrado sobre la tierra.

—¡Ah...! —solté un sollozo ahogado, retrocediendo dos pasos de golpe hasta tropezar con el borde de la mesa de jade.

Me llevé una mano al pecho, presionándome el esternón con las uñas. Me faltaba el aire. La conmoción no venía de ver una espada o un veneno, sino de ese sentimiento extraño, puro y demoledor que acababa de inundarme por completo.

«No. Eso no es posible. Yo no puedo amarlo.»

Li Yan dio un paso al frente de inmediato, frunciendo el ceño con una alarma que no intentó disimular. Extendió los brazos, sujetándome por los codos para evitar que me desplomara al suelo.

—¿Qué viste? —exigió con urgencia, y por primera vez no había soberbia en su tono; había una tensión cargada de miedo por lo que pudiera salir de mi boca—. ¿La batalla del Río Negro? ¿Viste una emboscada? ¿Me viste morir allá afuera?

Alcé la mirada hacia él.

Tenía el rostro afilado, tenso por la espera, con la mandíbula apretada y esos ojos negros que habían aprendido a buscar mi verdad como si fuera agua en el desierto. El tirano que degollaba sin pestañear me sostenía ahora con un cuidado desesperado, esperando una sentencia de muerte.

Y yo solo podía ver la calidez de su cabeza descansando en mi regazo bajo la lluvia, amándolo como mi madre me había advertido que pasaría.

Tragué el nudo de lágrimas y pánico que me quemaba la garganta. Apreté la tela de su túnica con dedos temblorosos, incapaz de soltarlo.

—No... no vi tu muerte —alcancé a susurrar, con la voz rota y los labios temblando—. Pero si vas al norte con la vanguardia sin reforzar el paso del desfiladero... el río se teñirá de sangre antes de que puedas cruzarlo.

Li Yan me sostuvo la mirada unos segundos, notando el temblor que me sacudía entera y el brillo húmedo de mis ojos. Supo que había algo más que no le estaba diciendo, pero la gravedad de la advertencia táctica pesó más en ese instante.

Lentamente, llevó una de sus manos a mi mejilla, acariciándome la piel con una torpeza extraña, como si no supiera cómo tratar algo que no fuera un arma.

—Entonces cambiaré la ruta de la caballería —murmuró, con una voz tan suave que me dolió más que cualquier amenaza—. Y cuando vuelva con las cabezas de esos rebeldes, Lian... tú seguirás aquí. Esperándome.

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Martha Divas Delgado
k bueno k le quite lo pdj al funcionario y lo degollen
Martha Divas Delgado
excelente inicio me gusta ☺️
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