Tras seis años en Estados Unidos forjándose en finanzas, leyes y artes marciales para no ser jamás una presa fácil ni un adorno mafioso, Martina regresa a Europa lista para blindar el imperio de su familia. No busca romance ni piensa acatar imposiciones, mucho menos tolerar la sombra que sus padres le asignan a la fuerza: un guardaespaldas taciturno, implacable y con una arrogancia que enciende su furia desde el primer segundo.
Lo que ella ignora es que detrás de ese custodio se oculta Dereck, el futuro jefe del sindicato criminal más poderoso del continente y el prometido de la infancia cuyo rostro ella borró de su memoria.
Convencido de que la hija del capo volvió convertida en una consentida frívola y libertina, Dereck asume la identidad de un simple escolta para evaluarla antes de cerrar el matrimonio pactado.
NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 19: El refugio de emergencia
El temporal del mar de Liguria convirtió la carretera comarcal en un río de barro y hojas secas.
El Audi blindado, con el parachoques abollado y marcas de impactos de bala que habían deformado la pintura negra mate, ascendía por las colinas boscosas que se alzaban detrás de Rapallo. Dereck conducía con las luces cortas encendidas, guiándose por la memoria visual más que por la visibilidad nula del parabrisas, sorteando curvas cerradas al borde de barrancos invisibles.
A su lado, en el asiento del copiloto, Martina mantenía la cabeza apoyada contra el cristal frío.
La adrenalina que había sostenido su cuerpo durante la masacre del muelle comenzaba a disiparse, dejando a su paso una factura implacable: un dolor sordo y lacerante le recorría todo el brazo izquierdo, donde el vendaje quirúrgico se había empapado de nuevo con un tono carmesí oscuro por el esfuerzo brutal de proyectar a dos hombres sobre el hormigón. El gabán de lana yacía en el suelo del coche, inservible; el terciopelo verde de su vestido estaba desgarrado en el costado, empapado en agua salobre y sucio de hollín.
Ninguno de los dos habló durante los cuarenta minutos de ascenso.
En la radio táctica de Dereck, las frecuencias de la policía provincial y de la capitanía marítima zumbaban con reportes confusos: tres camionetas de los Moretti habían sido interceptadas en la autopista hacia Piacenza montando un falso tiroteo de distracción, atrayendo a las patrullas policiales hacia el este mientras ellos se desvanecían hacia las alturas.
El vehículo cruzó una cancela de hierro forjado oculta entre pinos centenarios y se detuvo frente a una estructura de piedra rústica, medio devorada por la hiedra y la penumbra.
No era una villa señorial ni un búnker de hormigón. Era una antigua casa de guardabosques del siglo XIX, levantada sobre un saliente rocoso con vistas invisibles al abismo, con persianas gruesas de madera clavadas a los muros y una chimenea de ladrillo rojo coronando el tejado de pizarra.
—Llegamos —dijo Dereck, apagando el motor.
El silencio repentino fue casi doloroso. Solo el rugido sordo del vendaval azotando las copas de los árboles y el tamborileo violento de la lluvia llenaban la noche.
Dereck bajó primero. Rodó el capó y abrió la puerta de Martina, ofreciéndole la mano.
Ella lo miró un instante: el agua le resbalaba por el rostro pálido y sus pestañas estaban húmedas, pero en sus ojos castaños no había queja. Ignoró la mano tendida e intentó bajar por su propio pie, pero en cuanto su bota tocó el suelo de piedra empapado, las rodillas le flaquearon por el agotamiento físico extremo.
Dereck no le dio tiempo a caer.
Pasó un brazo firme por debajo de sus rodillas y el otro alrededor de su espalda, levantándola en vilo contra su pecho antes de que ella pudiera emitir una sola protesta.
—Puedo caminar sola, Dereck —siseó ella entre dientes, con la respiración entrecortada por la punzada viva en el brazo herido.
—Cállate, Moretti —respondió él con voz ronca, pegándola a su torso con una fuerza incontestable mientras avanzaba bajo el aguacero hacia el porche de madera—. Ya derribaste a cuatro hombres esta noche. No tienes que demostrarme que puedes partirte la cristiandad contra la grava.
Dereck abrió la puerta de roble con una llave de paletón de latón que sacó de su bolsillo interior, empujó con el hombro y cruzó el umbral, cerrando de una patada tras de sí.
El interior estaba helado, pero olía a madera seca, resina y polvo cerrado.
La estancia principal era sobria y espartana: una mesa maciza de castaño, dos sillones orejeros de cuero desgastado frente a una chimenea de piedra, paredes desnudas con vigas de roble a la vista y, al fondo, una cocina americana con armarios de metal y una puerta secundaria que conducía a un único dormitorio.
Dereck no la llevó al sofá; la sentó con cuidado sobre la mesa de castaño, dejándola a la altura de sus ojos.
Se quitó la chaqueta empapada del esmoquin, arrojándola al suelo junto con la funda sobaquera que tintineó con el peso de la SIG Sauer. Se movió con la rapidez metódica de quien conoce el espacio a ciegas: fue a la chimenea, colocó astillas de pino y tres troncos secos de una cesta de mimbre, roció alcohol de quemar y prendió un fósforo.
Una llamarada dorada rugió en el tiro de piedra, proyectando sombras largas y un calor incipiente sobre la estancia.
Luego, sacó de un armario un arcón metálico sellado con candado numérico: botiquín de trauma militar, mantas térmicas de lana pura, dos botellas de cristal oscuro y toallas limpias.
Regresó a la mesa y se plantó entre los muslos de Martina.
Ella temblaba. El frío de la ropa mojada, combinado con la caída del choque químico en su torrente sanguíneo, le hacía castañear los dientes de forma casi imperceptible. Tenía los labios morados y los dedos entumecidos, pero mantenía la barbilla erguida, desafiando la debilidad con cada fibra de su voluntad.
Dereck tomó una toalla áspera y comenzó a secarle el cabello despacio, retirándole con cuidado los mechones oscuros que se le pegaban a las mejillas. Sus manos eran grandes, cálidas como el fuego de la chimenea, y su tacto era tan inesperadamente tierno que a Martina se le formó un nudo en la garganta.
—Tienes que sacarte esa ropa —dijo él, y su voz no tenía una pizca de malicia; era áspera, grave, cargada de una preocupación desnuda—. La humedad te va a dar hipotermia en media hora.
Martina bajó la vista hacia su vestido. La seda y el terciopelo verde estaban empapados en salmuera y suciedad, pegados a su piel como una armadura gélida.
—La cremallera está atascada con el barro del muelle —dijo ella en un susurro ronco, intentando alcanzar su espalda con la mano derecha, pero el esfuerzo le arrancó una mueca de dolor al tensar el dorsal.
Dereck no esperó permiso.
Apoyó sus manos sobre los hombros de Martina, haciéndola girar suavemente sobre la mesa hasta dejar su espalda frente a él. Sus dedos desabrocharon el corchete del cuello y encontraron el tirador metálico de la cremallera oculta. Con un tirón controlado y firme, abrió la tela hasta la base de la columna vertebral.
El aire caliente de la chimenea rozó la piel desnuda de la espalda de Martina.
Dereck contuvo el aliento una fracción de segundo.
La curva de su espalda, esculpida en músculos definidos y piel pálida, estaba salpicada de hematomas frescos y una raspadura sangrante a la altura de la escápula derecha, fruto del impacto contra el suelo de hormigón. La respiración de él se volvió pesada; el instinto de deslizar los labios sobre cada una de esas marcas, de besar las heridas para borrar el dolor, casi lo hizo perder la cabeza.
Se obligó a respirar hondo, dominando la bestia en su interior.
Deslizó la tela del vestido hacia abajo por los hombros de ella, liberando sus brazos con una delicadeza extrema para no rozar la herida abierta. El vestido resbaló hasta la cintura, dejando a Martina en un corpiño deportivo de compresión negro que cubría su pecho sin ocultar las líneas firmes de su torso y la palidez de su abdomen marcado.
Dereck tomó unas tijeras del botiquín militar y cortó el vendaje manchado de sangre del antebrazo izquierdo.
Dos de los puntos de sutura se habían desgarrado por la torsión muscular, dejando escapar una línea fina de sangre fresca.
—Peleaste como una salvaje —murmuró Dereck, arrodillándose sobre una pierna frente a ella para quedar al nivel de su brazo—. Te dije que te quedaras en la línea de cobertura.
—Si me quedaba en la línea de cobertura, ese hombre te habría volado la cabeza por la espalda, Dereck —respondió ella, clavando sus ojos en la coronilla oscura de él mientras el desinfectante mordía la carne abierta—. No le debo la vida a nadie. Y no iba a dejar que te mataran por mi culpa.
Dereck levantó la vista despacio.
Estaban a escasos centímetros. La luz ámbar de las llamas titilaba sobre las facciones de ambos, borrando las sombras de la guerra exterior. La vulnerabilidad de Martina —semidesnuda sobre la mesa, con el cuerpo marcado por la lucha y los ojos castaños brillando con una verdad que ya no intentaba esconderse— era la visión más destructiva que jamás había presenciado.
—No me salvaste por culpa, Martina —susurró él, y su voz tembló con una intensidad desgarrada—. Lo hiciste por la misma razón por la que yo salté frente a esa bala de Barone.
Martina sintió que el calor del fuego ya no venía de los leños, sino del espacio asfixiante que los separaba. El latido de su corazón resonaba en sus oídos con la violencia de un tambor de guerra.
—¿Por qué saltaste, Dereck? —exigió ella en un susurro quebrado, levantando la mano sana para rozar con los nudillos la tela quemada en el hombro de él—. Eres solo un guardaespaldas contratado. Tu padre no te paga para morir por mí.
Dereck soltó las gasas sobre la mesa.
Se puso de pie despacio, cerniéndose sobre ella con toda la densidad de su porte. Apoyó ambas manos en la madera de castaño, a cada lado de las caderas de Martina, acorralándola entre sus brazos, tan cerca que sus pechos casi se tocaban a cada bocanada de aire.
—Deja de mentirte —rugió él en un susurro bajo, ronco, tan cargado de posesión que a Martina se le erizó la piel hasta la raíz—. Sabes perfectamente que no soy un guardaespaldas común. Y sabes que no hay dinero en este mundo que compre la forma en que te miro.
Martina levantó la barbilla, sosteniéndole la mirada con un orgullo que se resquebrajaba a pedazos bajo el peso de la verdad.
—¿Entonces quién demonios eres? —preguntó ella, clavando sus dedos en los hombros anchos de él a través de la camisa rota—. Esta casa no está en los registros de mi familia. Tienes armamento táctico del Báltico en los armarios, mueves cargueros con órdenes de La Haya y matas como un comandante de guerra. ¿Quién eres, Dereck?
Dereck la miró fijamente a los ojos. La tentación de confesar su nombre supremo, de sellar su destino allí mismo, ardió en su garganta como plomo fundido.
—Soy el hombre que va a destruir tu cordura, Martina —respondió él con la voz rota por el deseo más puro y voraz—. El hombre que no puede dar un paso atrás aunque este continente entero se prenda fuego a nuestro alrededor.
Martina entreabrió los labios, tragando el aire caliente que compartían.
El último dique de su disciplina, los seis años de soledad forzada, las reglas y los juramentos de sangre murieron en el instante exacto en que la mirada gris de él descendió hacia su boca.
El silencio de la cabaña, envuelto por el crujido de los leños y el bramido de la tormenta contra los cristales, se tensó hasta el límite de lo humano.
Ya no había odio. Ya no había máscaras. Solo quedaba la chispa esperando el contacto.