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Ahora que me voy, ¿sí me amas?

Ahora que me voy, ¿sí me amas?

Status: En proceso
Genre:Maltrato Emocional / Malentendidos / Dejar escapar al amor
Popularitas:2k
Nilai: 5
nombre de autor: Alma Varela

Durante seis años, Lucía Morales fue la esposa que Alejandro Valdés mantuvo en secreto. Ante el mundo, él seguía soltero. Con su primer amor, Valeria, era atento y cariñoso. Hasta dejaba que el hijo de ella lo llamara «papá».
Para Lucía, en cambio, solo había desprecio.
Ni siquiera después de una cirugía agotadora, en la que logró salvar una vida, recibió una palabra de preocupación de su marido. Alejandro solo quería exigirle explicaciones por haber tratado mal a Valeria.
Lucía ya había solicitado su traslado a otro hospital. Ahora también estaba lista para quitarse el anillo.
—Quiero el divorcio. Te dejo libre.
Por primera vez, no le pedía que la amara. Le pedía que la dejara ir.
Pero Alejandro se negó.
Creía que ella nunca sería capaz de abandonarlo. Cuando comprende que esta vez va en serio, empieza a perder el control.
Él quiere recuperar a su esposa.
Lucía quiere recuperar los años que perdió esperando que la eligiera.

NovelToon tiene autorización de Alma Varela para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2

Capítulo 2. Divorciémonos. Te dejo libre

Beatriz se quedó desconcertada un momento antes de sostenerle la mirada.

—No fue eso lo que dijiste cuando hiciste aquel trato conmigo. ¿Te arrepentiste?

Sí, se arrepentía. Lucía bajó los ojos para contener las lágrimas.

—Te he decepcionado.

La abuela cerró los ojos con fuerza y suspiró.

—Está bien. Si quieres divorciarte, hazlo. Te di una oportunidad. Si no pudiste conseguir que Alejandro te amara, los Valdés ya no te debemos nada.

A Lucía se le oprimió el pecho.

—Gracias —dijo con una sonrisa, la voz ronca.

Al regresar a Residencias Altavista, se encontró justo a la entrada del edificio con Alejandro, Valeria y el niño. Los dos habían vuelto en el auto de él. Lucía se quedó inmóvil por un instante.

—¿Doctora Morales? —Valeria la miró con sorpresa—. ¿Usted también vive en Altavista?

Lucía miró instintivamente a su marido, pero él no mostró reacción alguna. Cuanto más tranquilo permanecía, más le dolía.

Altavista era un complejo residencial de lujo situado en la zona céntrica de la capital y pertenecía al Grupo Valdés. Alejandro le había dado aquel departamento a modo de compensación. Ella lo aceptó porque estaba cerca del hospital, sin imaginar que ahora él también instalaría allí a Valeria y a su hijo.

Cuánta prisa tenía…

—Sí, qué coincidencia.

Contuvo sus emociones y se dispuso a irse, pero Valeria volvió a hablar.

—Doctora Morales, me dijeron que está casada. ¿Por qué nunca vemos a su esposo?

Lucía se quedó rígida. ¿Su esposo? Miró de pasada a Alejandro y vio cómo se le ensombrecían los ojos. Se rio para sus adentros, con amargura. ¿Tanto miedo tenía de que Valeria supiera que estaban casados?

—No tengo esposo —contestó con indiferencia.

Algo oscuro cruzó la mirada habitualmente serena de Alejandro.

—¿No tiene esposo? Pero ¿no está casada? —Valeria seguía sonriendo.

Casada… Sí, era el estado civil que figuraba en su expediente del hospital, aunque nadie había visto jamás a su marido.

—Lo puse por poner algo —replicó Lucía con una sonrisa burlona—. No tengo esposo.

¿Que no tenía esposo? Alejandro entrecerró los ojos de un modo amenazante.

Lucía ya había solicitado dejar aquel hospital y decidido marcharse. A esas alturas, ni siquiera le interesaba revelar el matrimonio secreto. Sin prestarles más atención, entró en el edificio y no volvió la cabeza.

Esa noche recogió todas sus pertenencias y llenó dos maletas grandes, que dejó en el vestidor. Luego reparó en la fotografía de su boda. En ella aparecía con el vestido de novia, aferrada al brazo de Alejandro y sonriendo, en marcado contraste con el rostro frío de él.

En aquel entonces creyó que simplemente no era un hombre sonriente. Aunque aquella era su única foto juntos, la había cuidado como un tesoro. Ahora solo encontraba ironía en ella.

No era que él no supiera sonreír. Era que ella no merecía sus sonrisas.

Tomó el portarretratos, lo miró por última vez y lo arrojó a una caja de cartón. Lo dejó guardado en el vestidor con las demás cosas que había decidido abandonar.

Al salir del dormitorio oyó movimiento en la sala. Sabía que era Alejandro. Cuando llegó, lo vio colgar la chaqueta en el perchero de la entrada y cambiarse los zapatos. Respiró hondo y se acercó.

—¿No piensas explicarme lo de hoy?

Se refería a que también hubiera instalado a aquella madre y a su hijo en Altavista.

Alejandro se quitó la corbata y la miró con frialdad.

—¿Explicar qué? Altavista está cerca del hospital. Si tú puedes vivir aquí, ¿por qué ellos no?

Se dejó la corbata sobre el brazo y añadió:

—Lucía, ya conseguiste lo que querías. No seas tan mezquina.

Sus palabras acabaron con cualquier esperanza que le quedara. ¿Mezquina? Claro. A ojos de él, ella ya había obtenido el título de señora Valdés. Si además pretendía enfrentarse a Valeria y a su hijo, ¿qué otra cosa podía ser?

Alejandro iba a dirigirse al dormitorio cuando ella lo detuvo.

—Tenemos que hablar.

Se volvió con impaciencia. Sus ojos no mostraban más que indiferencia.

—¿Y ahora qué pasa?

—Divorciémonos.

Lucía se quitó lentamente el anillo de matrimonio y lo apretó en la mano.

—Te dejo libre.

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