Ella lo obligó a casarse. Él hará que se arrepienta de haberlo conseguido.
Alexander Ríos tenía poder, fortuna y un solo amor: Andrés. Pero una conspiración lo llevó al altar con Ángela Casamayor, la mujer que más odiaba. Ella creyó haber conquistado al heredero. Sin embargo, Alexander tiene sus propias reglas para aquel matrimonio: convertir la vida de su esposa en una guerra donde el amor no tendrá cabida y la venganza será apenas el comienzo.
¿Qué sucede cuando la mujer que consiguió todo lo que quería descubre que su mayor victoria será también su peor castigo?
NovelToon tiene autorización de Yinet Leonor para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El primer dominó
El primer dominó cayó a las ocho y diecisiete de la mañana. Dimitri Blackwood lo supo porque miró su reloj. Ángela no había salido de su habitación desde que llegó el día de ayer y él hoy no era el guardaespaldas de servicio. Estaba en la cocina de la mansión Ríos, sosteniendo una taza de café que llevaba varios minutos enfriándose entre sus manos, cuando recibió la llamada.
-¿Sí? -la voz al otro lado fue breve. Demasiado breve. Dimitri dejó de respirar durante un segundo. -Repita eso. -escuchó. No hizo ninguna pregunta más. Colgó. Alexander, que estaba sentado al otro extremo de la mesa, levantó inmediatamente la mirada.
-¿Qué pasó? -Dimitri lo observó. Había aprendido que algunas noticias no necesitaban dramatismo. Bastaba con pronunciarlas.
-Delgado está detenido. -Alexander frunció el ceño.
-¿Qué?
-La policía lo arrestó esta madrugada. -el silencio que siguió fue absoluto.
-¿Por qué?
-Desfalco. Cuarenta millones de dólares, aproximadamente, que no aparecen por parte alguna. Cuentas en el extranjero, transferencias fraccionadas, sociedades pantalla, movimientos financieros durante varios años. -Alexander se puso lentamente de pie.
-Eso es imposible. No lo del desfalco. Eso ya lo sabíamos. Me refiero al dinero desaparecido y ¿cómo las autoridades se enteraron?
-No lo sé. -Dimitri sacó el teléfono y abrió el informe que acababan de enviarle. -Es posible... Que fuera Ángela, pero eso sería inesperado. Acaba de volver con este hombre de París. Por otro lado las pruebas son aparentemente contundentes contra el abogado. Mira tú mismo. -Alexander tomó el teléfono. Leyó. Una vez. Dos. Luego volvió a leerlo desde el principio. Cada transferencia estaba documentada. Cada cuenta relacionada. Cada operación tenía una fecha, una cantidad y un destino. No había rumores. No había una acusación vaga. Había números. Muchos. Demasiados.
-¿Quién entregó esto?
-La denuncia llegó de forma anónima. -Alexander levantó la cabeza.
-¿Anónima?
-Eso dice el informe.
-¿Y encontraron todo esto en una noche?
-Parece que alguien ya había hecho el trabajo. -Alexander caminó hasta la ventana. La ciudad comenzaba a despertar detrás de los cristales. Automóviles. Personas. Luces que se apagaban. Una mañana completamente normal. Sin embargo, algo acababa de cambiar.
-Dimitri... Te diste cuenta. ¿Y el dinero? Es mucha coincidencia. Aparece la denuncia y desaparece la plata.
-Lo sé.
-No digas que fue ella.
-No lo iba a decir.
-Pero lo estás pensando.
Dimitri guardó silencio. Sí. Lo estaba pensando. Porque había algo que no encajaba. La noche anterior, Ángela había regresado de París con ese hombre. Horas después, Delgado estaba en prisión y todo aquello había sucedido con una precisión casi quirúrgica, pero sospechar no era demostrar y Dimitri había aprendido algo durante los últimos años: las sospechas podían matar una investigación más rápido que una mentira.
-No tenemos nada contra ella. -dijo finalmente. -Nada. -Alexander apretó la mandíbula.
-Entonces averigüémoslo.
El juicio fue rápido. No porque el sistema fuera particularmente eficiente, sino porque Delgado había cometido un error que ningún abogado podía borrar: había dejado demasiadas huellas. Los documentos eran auténticos. Las cuentas existían. Las transferencias coincidían. Los movimientos de dinero podían reconstruirse casi año por año y cuando los investigadores comenzaron a tirar del hilo, aparecieron nuevas irregularidades. El abogado había estado robando durante años. Pequeñas cantidades. Nunca demasiado grandes. Nunca suficientes para provocar una alarma inmediata, pero constantes. Como una gotera detrás de una pared. Hasta que alguien decidió derribar la pared.
Delgado fue declarado culpable. La sentencia fue contundente. Años de prisión. Una posibilidad remota de reducción si colaboraba con las autoridades, pero ninguna posibilidad real de recuperar su antigua vida. Los Casamayor contrataron expertos para hundirlo. Cuando los periodistas preguntaron por el caso, las dos familias guardaron silencio. Excepto Ángela. Ella apareció ante las cámaras vestida de negro. No llevaba joyas. No llevaba maquillaje excesivo. Su expresión era serena.
-Es una tragedia. -dijo. -Delgado trabajó para mi familia durante muchos años. Jamás imaginé que alguien en quien confiábamos tanto pudiera hacernos algo así. A mí sobre todo. -dejo que una lágrima bien ensayada recorriera su mejilla. La declaración fue breve. Perfecta. Creíble. Alexander la observó desde el salón. Dimitri estaba a su lado.
-¿Está actuando? -murmuró Alexander.
-Probablemente. -Dimitri no apartó los ojos del televisor.
-No puedo acusarla porque llora delante de una cámara. -Dimitri lo miró con irritación.
-Tú sabes cómo es.
-Sé cómo parece. Eso es diferente. -en la pantalla, Ángela bajó la mirada. La lágrima descendía lentamente hasta la barbilla. La cámara se acercó. Alexander sintió una extraña incomodidad.
-¿Crees que siente algo? -Dimitri tardó en responder.
-No tengo idea. -y eso era lo que más le inquietaba. Porque desde que Ángela había regresado de París ni siquiera una vez le dijo o insinuó que sabía quién era él. Tampoco reclamó nada, ni se discupó por invadir su vida privada. Era como antes y eso lo ponía nervioso porque no lograba comprenderla y sino la comprendía ella podía sorprenderlo. Dos días después del juicio, Ángela pidió visitar a Delgado. Alexander se enteró por casualidad. Dimitri, en cambio, lo supo antes.
-Va a verlo. -informó. -Alexander levantó la mirada del expediente.
-¿Por qué?
-Dice que quiere despedirse antes de que lo trasladen a la otra prisión.
-¿Despedirse?
-Era su abogado y también su amante. -Alexander soltó una risa sin humor. -Después de todo lo que hizo ese hombre. No me gusta. Ponle la cámara espía.
-A mí tampoco me gusta, pero no puedo ponerle la cámara por más que quiera. En prisión será revisada podrían detectarla.
-Es cierto. Mantente cerca.
-De acuerdo.
Aquella visita se sentía mal, pero no podían impedirla. No sin una razón. Ángela llegó a la prisión poco después del mediodía. Vestía de negro. No como quien acudía a una visita cualquiera. Como quien asistía a un funeral anticipado. Delgado la recibió detrás del cristal. Durante los primeros minutos hablaron. Nadie pudo escuchar la conversación. Las cámaras de seguridad registraron sus movimientos. Ángela permaneció sentada frente a él. Delgado habló. Ella escuchó. En determinado momento, él comenzó a llorar. Ángela extendió la mano. La apoyó sobre el cristal. Delgado hizo lo mismo desde el otro lado. Después ella se levantó. Antes de marcharse, permaneció varios segundos observándolo y entonces sonrió. Una sonrisa pequeña. Triste. Casi afectuosa.
Fue la última vez que alguien vio vivo a Delgado. A las seis y cuarenta y dos de la mañana siguiente, un guardia abrió la puerta de su celda. Venía a llevarlo a su traslado para otra penitenciaría y gritó. El abogado estaba muerto. Lo encontraron ahorcado. No había carta, testamento ni explicación. La investigación preliminar determinó suicidio. Alexander recibió la noticia mientras desayunaba.
La cuchara cayó dentro de la taza.
-¿Qué dijiste? -Dimitri permanecía de pie frente a él.
-Que está muerto. Se dice que se suicidó. -Alexander no respondió. Durante unos segundos solo se escuchó el reloj de pared.
-¿Cuándo?
-Esta madrugada.
-¿Y ayer? -Dimitri sostuvo su mirada.
-Ángela estuvo con él a través de un cristal y con un guardia a cada lado controlando la situación. -el silencio fue inmediato. Alexander dejó lentamente la taza sobre la mesa.
-Eso no demuestra nada. Ella hizo algo, pero qué.
-Podría haberse suicidado por cualquier motivo. Estaba condenado. Había perdido su reputación, su dinero y su libertad.
-Sí. Tienes razón, pero es tan conveniente que no me convenzo. -Alexander se levantó. -Seguimos sin nada. Esta era la primera brecha y ha sido cortada de raíz. Da que pensar.
El siguiente golpe llegó tres días después. El padre de Ángela convocó a una reunión extraordinaria de la junta directiva. Allí anunció que su hija había tomado una decisión. Había vendido prácticamente todas sus pertenencias de lujo. Joyas. Bolsos. Zapatos. Vestidos. Obras adquiridas durante años.
Piezas que, por separado, valían fortunas. La venta había generado una cantidad extraordinaria y Ángela había entregado el dinero a su padre. Para cubrir una parte del agujero financiero provocado por Delgado. Explicó él, con la voz cargada de orgullo. Luego hizo algo que dejó desconcertados a todos. La abrazó delante de los miembros de la junta.
-Mi hija ha demostrado una vez más que pertenece a esta familia. -Ángela bajó la mirada.
-Era lo mínimo que podía hacer papá.
-No. Eso fue lo más generoso que hemos visto todos los aquí presentes. -respondió su padre. -Es mucho más de lo que cualquiera esperaba de ti. Es tu fortuna personal y la has dispuesto como donación para cubrir un error que no es tuyo sino nuestro, por incompetencia y falta de discernimiento.
Alexander estaba presente. Dimitri también. Ambos permanecieron inmóviles. Porque aquello era absurdo. La mujer que durante años había sido descrita como caprichosa, egoísta y obsesionada con el lujo acababa de deshacerse de una parte considerable de su patrimonio personal para reparar el daño causado por otro y lo había hecho sin pedir reconocimiento. Al menos aparentemente. Cuando salieron de la reunión, Alexander caminó en silencio hasta el ascensor. Desde que volvió de París Ángela no había vuelto a solicitar a Dimitri como guardaespaldas por lo que este quedó a cargo de la seguridad personal de Alexander. Cuando las puertas del ascensor se cerraron Dimitri exclamó.
-¿Qué demonios está haciendo?
-No lo sé.
-Primero desaparece durante un mes. Regresa con el abogado. Este termina arrestado. Muere en prisión después de verla y ahora vende medio vestidor para devolverle dinero a su padre. -Dimitri miró los números luminosos del ascensor. -Es una secuencia demasiado perfecta. -Alexander giró hacia él.
-Pero no tenemos pruebas.
-No. Ni una lo suficientemente sólida para atraparla.
El funeral de Delgado se celebró bajo una lluvia fina. Había poca gente. Algunos familiares. Un par de antiguos compañeros. Dos abogados y Ángela. Cuando descendió del automóvil, los fotógrafos giraron inmediatamente hacia ella. No llevaba guardaespaldas visibles. No llevaba sombrero. Solo un abrigo negro y un velo discreto. Parecía devastada. Durante la ceremonia permaneció sentada en primera fila. Cuando mencionaron el nombre de Delgado, comenzó a llorar. No eran lágrimas discretas. No eran aquellas lágrimas elegantes que podían utilizarse delante de una cámara. Lloró de verdad. Se cubrió el rostro con ambas manos. Su cuerpo tembló. Una mujer sentada detrás de ella tuvo que sostenerla por los hombros.
-Pobre señora Ríos. -susurró alguien. -Alexander observaba desde lejos. Dimitri estaba a su lado.
-¿Está llorando por él?
-Eso parece.
-¿Tú le crees? -Dimitri tardó varios segundos en responder.
-No sé si creerle es la palabra correcta. -Ángela se levantó cuando terminó la ceremonia. Caminó hasta el ataúd. Apoyó una mano sobre la madera y susurró "-Descansa en paz". Después dejó una rosa blanca y se marchó. -Alexander no apartó los ojos de ella.
-¿Sabes qué pienso?
-Dímelo.
-Que está demasiado tranquila para alguien que acaba de perder a un hombre que supuestamente significaba tanto. -Alexander negó lentamente.
-Yo pienso exactamente lo contrario.
-¿Qué quieres decir?
-Que si realmente está actuando, es la mejor actriz que he visto en mi vida.
Aquella noche, la mansión Ríos volvió a quedar en silencio. Ángela estaba sentada frente al tocador. Su vestidor estaba nuevamente lleno con las compras de su viaje a París. Se había retirado los pendientes. El cabello le caía suelto. Sobre la mesa había una pequeña caja de terciopelo. La abrió.
Dentro estaba la única joya que había conservado de todas las que había vendido. El collar de la madre de Dimitri que Alexander le había regalado. Nada espectacular. Nada especialmente valioso, pero muy importante para su próximo plan.
Su teléfono secreto vibró. Era un mensaje de Owen. "-Todo salió según lo previsto. ¿Seguimos con el siguiente paso?"
-Sí. -guardó el teléfono. Se levantó. Antes de apagar la luz, se detuvo frente al espejo. Durante unos segundos contempló su propio reflejo. La mujer del espejo parecía agotada. Dolida. Frágil. Casi vulnerable. Ángela se rió feliz.
-Qué fácil es hacer que la gente vea lo que necesita ver. -apagó la luz, pero no se fue a dormir. Era hora de comenzar con el próximo espectáculo. Sí, la vida era divertida con aquellos dos conspirando.
En el despacho, Alexander permanecía despierto. Dimitri estaba sentado frente a él. Sobre la mesa había tres fotografías. Él y Ángela en el aeropuerto al regreso de París. Otra el abogado entrando al tribunal y la última Ángela entrando a la prisión para visitarlo. Alexander señaló la última.
-Hay algo aquí. Lo sé, pero no sé qué. -Dimitri tomó la fotografía. La observó durante un largo momento.
-Tal vez estamos buscando una conexión que no existe. Es como si ella tuviera a alguien que se mueve en las sombras. -Alexander soltó una carcajada seca.
-¿De verdad crees eso?
Dimitri no respondió. Porque en ese momento ambos escucharon pasos en el pasillo. Ángela. Su perfume la delataba. Pasó frente a la puerta del despacho. Se detuvo. Durante un segundo pareció que iba a entrar, pero continuó caminando. Los dos hombres permanecieron inmóviles. Dimitri se levantó y abrió lentamente la puerta. El pasillo estaba vacío. Solo quedó el eco de los tacones de Ángela y el aroma de jazmín desvaneciéndose.
Alexander salió detrás de él.
-Alexander.
-¿Sí?
-¿Qué sabemos realmente de ella? -Alexander miró hacia el final del corredor.
-Mucho.
-¿Y cuánto de eso sabemos que es verdad?
Alexander guardó silencio. Esa era la pregunta que importaba. Porque durante meses habían creído estar observando a Ángela. Habían estudiado sus movimientos. Sus llamadas. Sus cuentas. Sus relaciones. Habían buscado sus errores. Habían esperado que cometiera una equivocación, pero quizá habían cometido un error fundamental. Quizá no estaban observando a Ángela. Quizá Ángela llevaba tiempo observándolos a ellos. Desde que comenzó aquella guerra, Dimitri comprendió algo que le produjo un escalofrío. El primer dominó había caído, pero ninguno de los dos sabía quién había colocado las piezas y lo peor era que, mientras ellos seguían intentando descubrirlo, Ángela les llevaba ventaja.