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LA ESPOSA SUSTITUTA DEL DON

LA ESPOSA SUSTITUTA DEL DON

Status: En proceso
Genre:Mafia / Posesivo / Amor prohibido
Popularitas:6.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Azly colon

Elara entregó su lealtad, su corazón y sus años más jóvenes a Marcos Moretti, el hombre que una vez juró protegerla. Pero cuando su hermanastra Mía encaprichó su vida entera —hasta el punto de usurpar su vestido de novia—, la crueldad de Marcos no conoció límites. Tras una brutal paliza ordenada por el hombre que amaba, Elara perdió en silencio al hijo que llevaba en el vientre y, con él, la última chispa de su amor. Lo único que quedó en su interior fue un frío y implacable deseo de venganza.

Un contrato de sangre. Una traición imperdonable. Y una venganza vestida de novia.

NovelToon tiene autorización de Azly colon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capitulo 18

El trayecto desde la catedral hasta el corazón de la fortaleza de Alejandro había sido un ejercicio de silencios calculados. Dentro de la oscuridad blindada del vehículo, el aire olía a cuero nuevo, a su colonia amaderada y al peligro palpable que parecía emanar de su propia piel. Yo miraba a través de los cristales oscurecidos cómo el paisaje urbano se transformaba en imponentes muros de piedra volcánica, rejas electrificadas y puestos de vigilancia artillados que custodiaban el complejo principal del hombre más temido del bajo mundo.

Cuando la gran puerta de hierro forjado se abrió con un estruendo metálico y el coche se detuvo en el patio adoquinado, comprendí la magnitud del lugar en el que me había metido. No era una simple mansión de capos de poca monta; era una fortaleza impenetrable, un santuario de hormigón y poder donde cada centímetro cuadrado respiraba disciplina militar y muerte.

La puerta del coche se abrió desde el exterior y la mano grande y enguantada de Alejandro se extendió hacia mí. Puse mi mano sobre la suya, sintiendo la firmeza de sus dedos antes de deslizarme fuera del vehículo. El viento frío de la noche me golpeó el rostro, agitando los restos del velo de gasa negra que aún colgaba de mi cabello.

A nuestro alrededor, una docena de hombres vestidos con trajes impecables y armas visibles bajo las chaquetas guardaban una formación perfecta. Nadie levantaba la vista más allá de lo necesario; el respeto y el miedo hacia su jefe eran leyes absolutas.

—Bienvenidos a casa, señora —murmuró Alejandro inclinándose ligeramente hacia mí, su voz baja y áspera rozando mi oído con una familiaridad peligrosa que contrastaba con la frialdad del entorno.

No respondí. Mantuve la barbilla erguida, los ojos fijos en la imponente escalinata de entrada y el paso firme sobre mis tacones, demostrando que no iba a encogerme ante el tamaño de su imperio. Había jugado mis cartas para destruir a Marcos, pero ahora me encontraba en la guarida del depredador alfa más grande de todos, y las reglas del juego acababan de cambiar.

Las pesadas puertas de roble se abrieron de par en par desde adentro, revelando un vestíbulo inmensamente alto, decorado con mármol oscuro, columnas de estilo clásico y una gigantesca lámpara de araña de cristal de Murano que proyectaba destellos fríos sobre las paredes.

—Las reglas en este lugar son simples, Elara —dijo Alejandro mientras caminábamos hacia el interior, quitándose la chaqueta del traje con un movimiento fluido y arrojándosela a uno de sus hombres que apareció de la nada para recibirla—. Aquí no hay secretos, no hay traiciones a medias y, sobre todo, no hay espacio para la debilidad. Todo lo que te rodea te pertenece ahora en la misma medida en que me pertenece a mí. Pero si me desafías como lo hiciste con los Moretti... el final no será un divorcio ni una carta firmada. Será una tumba sin nombre en el bosque.

Me detuve en seco en medio del vestíbulo, girándome para encararlo con una frialdad que igualaba la suya. Los músculos de su mandíbula se tensaron ante mi osadía al pararme frente a él sin bajar la mirada.

—¿Crees que me asustas con tus advertencias de gánster de medianoche, Alejandro? —le espeté con una sonrisa felina, cruzando los brazos sobre el pecho, haciendo que la tela negra de mi vestido se ajustara con provocativa elegancia a mis curvas—. Acabo de destruir el imperio de un hombre que me prometió protección y terminó mandándome a golpear hasta perder a mi hijo. No le temo a la muerte, y mucho menos le temo a un hombre que necesita recordarme las reglas en su propia casa. Si estoy aquí, es porque nuestros intereses se alinean, no porque busque un amo al que obedecer.

Un silencio sepulcral cayó sobre el vestíbulo. Los guardaespaldas apostados en las esquinas contuvieron la respiración, esperando sin duda que Alejandro me borrara la sonrisa de un revés o me ordenara regresar al calabozo.

En lugar de eso, las comisuras de los labios del Don se curvaron lentamente en una sonrisa oscura, fascinada y profundamente hambrienta. Sus ojos azules se oscurecieron varios tonos, consumidos por una chispa de adrenalina pura.

Dio un paso hacia adelante, cerrando el espacio entre nosotros con la velocidad y la gracia de un felino acechando a su presa. Su pecho quedó a escasos centímetros del mío, obligándome a inclinar ligeramente la cabeza hacia arriba para sostenerle la mirada.

—Por Dios... eres exactamente el demonio que imaginé cuando leí los informes sobre ti —murmuró él con la voz ronca, una vibración profunda que me recorrió la espina dorsal como un latigazo de corriente eléctrica—. Me encanta.

Sin darme tiempo a responder, Alejandro me rodeó la cintura con un brazo de hierro, levantándome ligeramente del suelo y atrayendo mi cuerpo con una fuerza brutal contra su torso duro como el acero. Sus labios cayeron sobre los míos en un beso que no tuvo nada de cortesía matrimonial; fue una toma de posesión salvaje, hambrienta y desesperada que me arrebató el aliento de inmediato.

Abrí los labios por la sorpresa, permitiendo que su lengua penetrara con una autoridad incuestionable, devorando mi boca con una urgencia que rozaba la locura. Mis manos, que al principio intentaron empujar sus hombros firmes para apartarlo, terminaron enredándose con desesperación en su cabello oscuro, rindiéndose ante el calor abrasador que irradiaba su piel. El contraste entre la frialdad de la fortaleza de piedra y el fuego desatado de su cuerpo era embriagador.

—A mis habitaciones —ordenó Alejandro sin apartar los labios de los míos, interrumpiendo el beso solo lo suficiente para lanzar una instrucción cortante al jefe de seguridad que permanecía rígido a pocos metros—. Que nadie nos interrumpa bajo ninguna circunstancia. El resto de la noche me pertenece.

Los hombres desaparecieron de nuestra vista con una rapidez fantasmal, dejándonos solos en medio del gigantesco vestíbulo oscuro. Sin dejar de abrazarme, Alejandro me alzó en vilo con total facilidad, cargándome por las escaleras de mármol negro mientras devoraba mi cuello con mordiscos suaves y húmedos que me arrancaban gemidos ahogados contra su piel.

Las pesadas puertas de su alcoba privada se abrieron con un empujón de su bota, y fuimos arrojados al interior de una estancia sobria, dominada por tonos grises, una cama king size y unos ventanales gigantescos que mostraban la inmensidad del bosque nocturno iluminado por la pálida luz de la luna.

Me dejó caer de pie sobre la alfombra persa junto al borde de la cama, pero sus manos no se apartaron ni un solo segundo de mi cuerpo. Sus dedos grandes y ásperos recorrieron la cremallera oculta en la espalda de mi vestido negro, bajándola con un tirón seco y rudo que dejó al descubierto la pálida línea de mi columna vertebral.

—Quiero ver las cicatrices que te dejaron los cobardes de los Moretti —murmuró Alejandro con un tono de voz extraño, cargado de una furia sorda y posesiva, mientras deslizaba las telas de seda fuera de mis hombros—. Quiero saber exactamente qué parte de ti debo vengar antes de hacerte completamente mía.

Un escalofrío de vulnerabilidad y deseo cruzó por mi pecho. Me giré lentamente para encararlo, despojándome por completo del resto de la tela desgarrada hasta quedar completamente desnuda ante su mirada encendida. La pálida luz de la luna bañaba mi piel, revelando los sutiles rastros del pasado que aún habitaban en mi cuerpo, pero que ahora se encontraban bajo la protección del capo más peligroso del país.

Alejandro exhaló un suspiro áspero, casi doloroso, al contemplarme. Sus ojos recorrieron cada centímetro de mi silueta con una devoción enfermiza y febril.

—Eres mía, Elara —gimió él en un susurro ronco, desabrochándose los botones de la camisa con manos torpes y desesperadas hasta deshacerse de ella por completo, mostrando su pecho ancho y musculoso, surcado por viejas marcas de balas y cuchillos—. Ningún maldito bastardo volverá a tocarte jamás. Yo me encargaré de borrar cada segundo de ese infierno de tu memoria.

Se abalanzó sobre mí como una tormenta contenida durante años. Sus labios calientes y exigentes estamparon besos voraces en mis hombros, en mi clavícula y en la curva de mis pechos, haciendo que mi respiración se volviera errática y mis uñas se clavaran con fuerza homicida en la carne firme de su espalda.

Me empujó hacia atrás con suavidad, haciendo que cayera de espaldas sobre el colchón mullido de la gran cama. Su cuerpo pesado y caliente se deslizó sobre el mío de inmediato, aprisionándome entre sus muslos duros y anclándome al centro de su mundo.

La fricción de nuestras pieles desnudas encendió un fuego abrasador que no dejaba espacio para el pensamiento, solo para la pura supervivencia a través del placer.

—Demuéstralo —le susurré al oído con una sonrisa desafiante y los ojos dilatados de pasión, arqueando las caderas contra las suyas para buscar el roce ardiente de su miembro—. Demuéstrame que este imperio es tan poderoso como dices.

Alejandro soltó un gruñido gutural de pura aprobación ante mi reto. Con una estocada firme, profunda y magistral, me penetró de un solo golpe, llenándome por completo y arrancándome un grito desgarrador que se ahogó inmediatamente en su boca cuando sus labios volvieron a sellar los míos.

La habitación se convirtió en un escenario de fricción salvaje, jadeos rotos y un ritmo implacable donde cada embestida de Alejandro era una declaración de guerra contra mi pasado y una proclamación absoluta de su dominio. Sus manos grandes sujetaron mis caderas con fuerza brutal, dictando el compás de una danza carnal y violenta que me hizo perder la noción del tiempo, del espacio y de la venganza misma.

Entre sábanas revueltas, sudores compartidos y un placer tan oscuro que rozaba el dolor, me entregué a las fauces de la bestia, sabiendo que en este lecho no había inocencia que salvar, sino dos almas rotas quemando el mundo juntas hasta convertirlo en cenizas.

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