Aranza Jordán murió atropellada cuando huía de un matrimonio arreglado... y de un amigo que la dejó desangrándose en plena calle.
Despierta en el cuerpo de Renata Anastasia Salvatierra, la nieta consentida de dos de las familias más poderosas del país. El problema: Renata es el personaje de relleno de una novela que Aranza nunca terminó de leer, la chica ingenua que, en la historia original, acaba muerta por culpa de su prima Selena.
Pero Aranza ya no está dispuesta a ser una víctima. Con una sonrisa dulce que no le llega a los ojos, una inteligencia afilada y un talento oculto para el hackeo, Renata se pone la máscara de la inocencia y juega con las cartas que la novela le dio. Ahora conoce el guion de todos: la prima que finge ser su amiga, la rival que la humilla, el protagonista que aún no sabe lo que se le viene encima.
Cinco primos que la adoran, abuelos que daría la vida por ella, un hacker de mirada fría que parece ver a través de su máscara... y enemigos que están a punto de descubrir que subestimar a la nueva Renata fue el peor error de sus vidas.
¿Astuta tú? Ella lo es más.
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¡Colegio nuevo!
Cuando terminó de arreglarse, Renata salió del departamento con paso tranquilo. Soltó varios suspiros. Se sentía rara con la ropa que traía puesta. Se veía tan tierna que era justo lo opuesto de lo que fue antes.
Pero qué le iba a hacer. No podía cambiar la personalidad de la Renata original, ¿o sí? Y menos cuando tenía que enfrentarse a Selena y sus tácticas de niña buena. Si actuaba como antes, soltándole un golpe a quien se atreviera a ofenderla, perdería seguro.
Abajo subió al auto que le habían dispuesto sus padres, con chofer incluido.
Miró por la ventanilla, memorizando el camino al colegio. No podía depender del chofer para ir a todas partes. Además, también quería tener ratos para estar sola.
Pasaron unos minutos...
El auto llegó por fin a uno de los colegios más prestigiosos de la ciudad. El chofer bajó y le abrió la puerta, y solo entonces ella salió.
Desde donde estaba, Renata podía ver lo amplio y lujoso que era el diseño del colegio. Por suerte sabía que todo era una novela, así que el lujo no la impresionó demasiado.
—Colegio Nueva Nación —leyó en voz baja, en el gran letrero de la entrada.
—Señorita, a la salida vendré a recogerla otra vez —dijo el chofer.
Renata asintió y lo dejó marcharse. Eran las nueve en punto. Buscó con la vista la dirección.
Había llegado tarde a propósito, para que los alumnos no la vieran. Quería darles una sorpresa a sus dos primos.
Caminó despacio hacia la dirección, inspeccionando el colegio. Miraba las esquinas y los puntos ciegos, para comprobar si había cámaras.
No iba a dejar que nadie descubriera su verdadera forma de ser antes de que su plan estuviera listo.
Toc, toc...
—Adelante...
Abrió la puerta y entró. El director, que ya sabía de su llegada, le pidió que se sentara en el sofá.
—El señor Arturo ya habló conmigo. Estarás en primero B de Ciencias. Mientras estés en este colegio, si algo te molesta, puedes avisar a los profesores o a mí —dijo el director.
Renata asintió.
—Sí, gracias, señor —respondió con dulzura.
—Ahora ven conmigo. Yo mismo te llevaré al salón —dijo.
Renata lo siguió sin protestar. Por el camino pudo ver lo enorme que era el colegio.
Qué bueno que soy de Ciencias. Si no, me da un patatús, pensó al ver el cartel de "Ciencias" sobre la puerta del salón.
El director entró con ella. La profesora que daba la clase se levantó y se acercó.
—Ella es Renata, la alumna nueva —le dijo el director.
La profesora le sonrió.
—Entonces me retiro. Renata, puedes unirte a la clase —dijo, y se fue.
La profesora le pidió a Renata que se pusiera a su lado. En cuanto la vieron, los alumnos empezaron a cuchichear.
—Qué cosita, caramba...
—¿De qué secundaria se escapó esta niña?
—Ay, tiene unos cachetes...
—Oye, pequeña, ¿quieres ser mi novia? —soltó otro.
Renata, que oyó todo, solo sonrió con incomodidad. Era una sensación totalmente distinta a la de antes.
Ahora su imagen era la de una chica preciosa y tierna.
—Basta, dejen eso por ahora. Hoy tenemos una alumna nueva y espero que trabajen bien con ella y la ayuden a conocer el colegio —dijo la profesora Silvia.
—Vamos, Renata, preséntate —pidió.
Renata sonrió.
—Hola a todos... —saludó, moviendo la mano—. Soy Renata Anastasia Salvatierra. Pueden decirme Renata, Rena, Renita, o como se sientan más cómodos. Vengo transferida de Inglaterra.
—Ay, qué ternura...
—Es verdad, ojalá mi hermanita fuera como Renata.
—A Renata le daría algo si tú fueras su hermano —se rio otro.
La profesora Silvia meneó la cabeza ante las ocurrencias de sus alumnos.
—Bien, Renata, siéntate junto a Clara —dijo, señalando a una alumna en el segundo asiento de la fila del medio.
—Sí, profesora... —respondió, y caminó al lugar indicado.
Dejó su mochila y miró a su compañera.
—Mucho gusto, Clara —dijo, tendiéndole la mano.
Clara se sonrojó al verla. En lugar de estrecharle la mano, le agarró las mejillas y se las estiró sin ningún pudor.
—Ay, ¿por qué eres tan linda...? —dijo, derretida—. ¿De verdad estás en bachillerato?
Renata hizo pucheros.
—Claro que estoy en bachillerato —dijo, algo molesta. Bueno, más que algo: estaba furiosa. ¿Podría hacerse pasar por la Renata original hasta fin de año?, se preguntó.
Clara se rio.
—Perdona, me emocioné —dijo, y le tomó la mano—. Mucho gusto, Renata. Soy Clara. Si necesitas ayuda, búscame.
Renata asintió.
—Gracias, Clara...
—Muy bien, abran el libro de matemáticas en la página 168. Como siempre, haré unos ejercicios de ejemplo y ustedes seguirán por su cuenta.
Renata prestó atención a la profesora Silvia, que explicaba la materia. Aunque tenía mal carácter, en lo académico nunca se tomaba nada a la ligera.
Clara, a su lado, le deslizó su cuaderno para que no se quedara atrás.
Riiing... riiing...
Sonó la campana: los alumnos podían salir al recreo. Renata y los demás empezaron a guardar sus útiles.
—Por cierto, Rena, ¿vas a la cafetería, no? —preguntó Clara.
—Mm, tengo hambre —respondió Renata.
Clara sonrió.
—Vamos a la cafetería. Tienes que ver el espectáculo que hay hoy —dijo, entusiasmada.
Renata frunció el ceño.
—¿Qué espectáculo? —preguntó, intrigada.
—Es difícil de explicar, pero tranquila, vale la pena verlo —respondió.
Renata parpadeó, más curiosa todavía. ¿Pasa algo en la cafetería que yo no sé?, pensó.
Pero apartó la idea, porque Clara ya la arrastraba hacia allá. Por el camino, muchos alumnos la miraban.
Renata no les hizo caso; se concentró en seguir a Clara, que iba muy animada.
Al llegar, le llamó la atención lo ordenada y bonita que era la distribución de las mesas.
—Nos sentamos allá —dijo Clara, señalando una mesa donde ya había dos chicas.
—Ya hay gente —observó Renata.
—No importa, son mis amigas —dijo, llevándola hacia allí.
Renata la siguió mientras observaba a los demás alumnos. Buscaba a sus dos primos.
Pero no los encontró en la cafetería. ¿No vinieron?, pensó.
—Qué lenta eres —dijo Carolina, una de las amigas de Clara.
Clara resopló.
—Qué le voy a hacer, ya sabes cómo son las tareas de la profesora Silvia —explicó, y se sentó, tirando de Renata para que se sentara a su lado.
Carolina e Isabel miraron fijamente a Renata. Parecía que nunca la habían visto.
Renata, incómoda con tanta mirada, le dio un codazo a Clara para que dijera quién era.
—Ah, cierto, casi se me olvida. Les presento a Renata, la alumna nueva de mi salón. Hablen bien cuando esté ella, ¿eh? No quiero que Renata pierda su inocencia por juntarse con ustedes, par de locas.
Carolina e Isabel, que le sonreían a Renata, resoplaron al oír a Clara.
—Maldita sea, la loca eres tú —protestó Carolina.
Isabel estuvo de acuerdo.
—Peor todavía, Clara —añadió.
Las dos se volvieron hacia Renata.
—Mucho gusto, Renata, yo soy Caro y ella es Isa. Somos buenas chicas, no le hagas caso a Clara. Esa tiene un tornillo suelto —se burló Caro.
Renata se rascó la nuca. Tenía ganas de hablar con el mismo vocabulario que ellas, pero no podía. Su imagen no lo permitía.
—Mucho gusto, Caro, Isa, soy Renata... —dijo con una sonrisa.
Caro e Isa se quedaron embobadas con su sonrisa. Iban a decir algo, pero un estruendo de vidrios rotos las dejó con la curiosidad.
¡CRASH!...