Ellos son enemigos mortales en la escuela tras morir juntos en un accidente renacen en una novela dónde son los villanos
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capitulo 4
Alma cayó al agua.
El golpe la dejó sin aliento. El agua helada le cubrió la cabeza y, durante unos segundos, no supo dónde estaba arriba ni abajo. Intentó moverse, pero el vestido empapado pesaba demasiado.
Entonces alguien la abrazó.
Mino.
Él se había arrojado al agua detrás de ella y ahora la sujetaba con desesperación, como si soltarla significara perderla para siempre.
Si mueres, moriré contigo.
Apretó los dientes mientras intentaba mantenerla a flote.
Nos vemos en otra vida, hámster.
Después, todo se volvió oscuro.
¡PAM! ¡PAM! ¡PAM!
Alma frunció el ceño.
¿Qué demonios era ese ruido?
La música sonaba a su alrededor, acompañada de voces animadas y risas. Sentía la cabeza pesada, el cuerpo entumecido y un mareo horrible que le revolvía el estómago.
Abrió los ojos lentamente.
—¿Qué está sucediendo? —murmuró.
Alzó una mano y se encontró con una tela roja que le cubría la cabeza. Sin pensarlo, la apartó.
—¡La novia no puede quitarse el velo, señorita!
Una joven que estaba a su lado casi se desmaya del susto.
Alma parpadeó.
¿Novia?
Bajó la mirada.
Llevaba un vestido rojo bordado con hilos dorados. Varias joyas adornaban sus muñecas y su cuello, mientras que sus dedos estaban cubiertos de anillos delicados. La tela era pesada y lujosa, completamente distinta de cualquier ropa que hubiera usado en su vida.
—¿Qué es esto? ¿Dónde estoy?
La sirvienta la miró como si acabara de escuchar una barbaridad.
—Señorita, ¿se encuentra bien? Hoy es el día de su boda.
Alma se quedó pálida.
—¿Mi qué?
—¡Su boda! ¡Debe de estar muy nerviosa!
—¿Boda?
Lo último que recordaba era el puente colgante rompiéndose bajo sus pies. Después había caído al agua y Mino se había lanzado detrás de ella.
¿Se había golpeado la cabeza?
¿Estaba en el hospital?
¿La habían secuestrado unos locos que organizaban bodas por diversión?
No. Eso último era demasiado absurdo, incluso para su mala suerte.
—Vamos, señorita. ¡Es la hora propicia! No podemos hacer esperar al novio.
Antes de que Alma pudiera protestar, la joven volvió a colocarle el velo sobre la cabeza y la ayudó a ponerse de pie.
—¡Espera! ¡No entiendo nada!
—Todo saldrá bien. El joven maestro es un hombre muy apuesto.
—¡Me importa un demonio si es apuesto! ¡Quiero saber dónde estoy!
Pero nadie parecía dispuesto a escucharla.
La sirvienta la tomó del brazo y prácticamente la arrastró fuera de la habitación.
Alma apenas alcanzó a ver el lugar por el que pasaban. Había faroles rojos colgando de los techos, mesas repletas de comida y personas vestidas con ropas antiguas. Los invitados conversaban alegremente mientras los músicos tocaban una melodía festiva.
Aquello parecía una película histórica.
Una película histórica en la que, por alguna razón, ella era la protagonista de una boda que jamás había aceptado.
Esto tiene que ser una pesadilla.
—¡La novia ha llegado!
La voz de un hombre resonó por todo el salón.
Alma se quedó inmóvil.
Al otro extremo había un joven vestido de rojo, acompañado por varios hombres. Llevaba el cabello negro recogido con un adorno dorado y caminaba con una expresión tan indiferente que parecía estar asistiendo al funeral de alguien en lugar de a su propia boda.
No podía verle bien el rostro desde detrás del velo.
Tampoco le importaba.
Lo único que quería era despertar.
—¡Que comience la ceremonia!
Un anciano dio la orden.
Alma sintió que alguien le sujetaba las manos y la guiaba hacia el centro del salón. El novio se colocó frente a ella.
—Primera reverencia: al cielo y a la tierra.
Ambos se inclinaron.
—Segunda reverencia: a los padres y antepasados.
Volvieron a inclinarse.
—Tercera reverencia: ¡que los esposos se honren mutuamente!
Alma hizo la última reverencia por puro reflejo, demasiado aturdida para comprender que acababa de participar en una ceremonia matrimonial.
Los invitados aplaudieron.
—¡Felicidades a los recién casados!
—¡Que tengan muchos hijos!
—¡Que su amor dure cien años!
Alma quiso gritarles que se callaran.
¿Muchos hijos? ¡Ni siquiera sabía quién era el hombre con el que acababa de casarse!
La música se intensificó y alguien la condujo hacia otra habitación.
Una habitación nupcial.
Con una cama enorme, cortinas rojas y velas encendidas por todas partes.
Alma se sentó en el borde de la cama, rígida como una estatua.
Bien. Respira.
Esto es una pesadilla.
Voy a despertar en cualquier momento.
Y cuando despierte, voy a estrangular a Mino por haberme hecho caer de ese maldito puente.
La puerta se abrió.
Entraron varias personas, entre ellas una mujer mayor que llevaba un bastón ceremonial. Detrás de ella apareció el novio.
Alma no podía distinguir su rostro bajo el velo, pero sí escuchó las voces.
—Joven maestro, la ceremonia ha terminado. Ahora debe levantar el velo de la novia.
El hombre no respondió.
La mujer mayor frunció el ceño.
—¿Joven maestro?
Él seguía inmóvil frente a la novia sentada en la cama.
La nodriza suspiró, le entregó el bastón y señaló a Alma.
—Debes levantarle el velo. ¿Acaso también has olvidado las costumbres de tu propia boda?
El joven bajó la mirada hacia el bastón que tenía en las manos.
—Lo siento. Lo olvidé.
La nodriza lo miró con una expresión de absoluta incredulidad.
—¡¿Cómo puedes olvidar algo así?!
Sin embargo, él no discutió.
Se acercó a la cama, levantó lentamente la mano y sujetó el borde del velo rojo.
Alma contuvo la respiración.
Por fin vería al hombre con el que la habían obligado a casarse.
Él retiró la tela.
Sus miradas se encontraron.
El joven se quedó petrificado.
Alma también.
Ese rostro…
Ese maldito rostro que conocía desde la escuela. El rostro del idiota que le robaba los asientos, le escondía las cosas y disfrutaba haciéndola enfadar.
El mismo idiota que acababa de lanzarse al agua para abrazarla.
—¿Alma? —preguntó él.
Su voz sonó extrañamente aliviada.
Ella lo miró con los ojos muy abiertos.
Tardó varios segundos en reaccionar.
—¿Mino?
El silencio cayó sobre la habitación.
La nodriza alternó la mirada entre ambos.
—¿Qué…?
Pero ninguno le prestó atención.
Alma señaló a Mino con un dedo tembloroso.
—¡¿QUÉ HACES TÚ AQUÍ?!
—¡¿Y TÚ QUÉ HACES AQUÍ?!
—¡YO ESTABA MUERTA!
—¡YO TAMBIÉN!
—¡¿ENTONCES POR QUÉ ESTÁS VIVO?!
—¡NO LO SÉ! ¡¿POR QUÉ ME LO PREGUNTAS A MÍ?!
Se quedaron mirándose, furiosos y desconcertados.
La nodriza se llevó una mano al pecho.
—Jóvenes maestros, por favor… Todavía deben beber el vino nupcial.
Alma giró la cabeza lentamente hacia ella.
—¿El qué?
La mujer señaló dos pequeñas copas colocadas sobre una mesa.
—El vino que deben compartir como marido y mujer.
Alma volvió la mirada hacia Mino.
Él la miró a ella.
Después miraron sus respectivos trajes rojos.
Finalmente, ambos contemplaron la cama matrimonial.
La comprensión llegó como un golpe.
—No… —susurró Alma.
Mino palideció.
—Espera un momento…
Ella se levantó de golpe y tropezó con el vestido. Intentó dar un paso, pero sus piernas no parecieron recordar cómo caminar.
—¡¿NOS CASAMOS?!
Mino abrió la boca.
No salió ningún sonido.
Alma se llevó las manos a la cabeza.
—¡NO PUEDE SER! ¡ESTO ES UNA PESADILLA!
—Alma, tranquilízate…
—¡NO ME DIGAS QUE ME TRANQUILICE, MINO! ¡ESTOY CASADA CONTIGO!
—¡YO TAMPOCO PEDÍ CASARME CONTIGO!
—¡TÚ SIEMPRE ARRUINAS MI VIDA!
—¡ACABO DE MORIR CONTIGO! ¡CREO QUE ESTAMOS A MANO!
La nodriza dejó caer el bastón.
Los sirvientes intercambiaron miradas horrorizadas.
¿Los recién casados se estaban peleando el mismo día de su boda?
Alma señaló la puerta.
—¡Quiero salir de aquí!
—¡Yo también! —respondió Mino.
Ambos corrieron hacia la salida al mismo tiempo y chocaron de frente.
—¡AU!
Cayeron sentados al suelo.
Durante unos segundos, solo se escucharon sus quejidos.
Entonces Alma levantó la cabeza y miró a Mino con odio.
—Escúchame bien, desgraciado. No sé dónde estamos, no sé por qué estamos vestidos así y no sé qué demonios ha pasado. Pero si esto es una broma tuya, juro que te mataré.
Mino se quedó mirándola.
Después de todo lo que había ocurrido, después de haber creído que la perdería para siempre, escucharla amenazarlo de aquella manera le provocó una emoción absurda.
Estaba viva.
Alma estaba viva.
Y seguía siendo la misma chica insoportable de siempre.
Una sonrisa se dibujó lentamente en su rostro.
—Qué alivio, hámster. Pensé que después de morir te volverías más amable.
Alma se quedó inmóvil.
—¿Hámster?
—Sí. Tú.
—Voy a matarte.
—Eso ya me lo dijiste en el templo.
Ella abrió los ojos de golpe.
El templo.
La cinta roja.
La promesa de encontrarse en otra vida.
Y sus propias palabras: Si te veo en otra vida, te mataré con mis propias manos.
Alma miró a Mino.
Mino miró a Alma.
Ambos recordaron lo mismo.
Él soltó una carcajada.
—¡JAJAJA! ¡Funcionó!
Alma se puso de pie, recogió el bastón que había caído al suelo y lo levantó por encima de su cabeza.
—¡MINO, VOY A ASESINARTE!
—¡ESPERA! ¡NO ME PEGUES CON ESO! ¡SOY TU MARIDO!
—¡POR ESO MISMO!
La nodriza gritó.
Los sirvientes huyeron.
Y, mientras los recién casados comenzaban su primera pelea matrimonial, ninguno de los dos se dio cuenta de que, al otro lado de la puerta, un hombre vestido de negro los observaba con una expresión sombría.
—Así que los dos villanos destinados a destruirse mutuamente… finalmente se han casado.
Sonrió.
—Esto será interesante.