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ENEMIGOS A MEDIDA

ENEMIGOS A MEDIDA

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Amor de la infancia / Completas
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

El odio se corta al bies, pero el orgullo jamás se deshilacha.
Victoria dedicó diez años a levantar su taller de costura independiente a fuerza de tijera, desvelos y un orgullo blindado. Su peor pesadilla se cumple con el regreso de Caleb, el aclamado y arrogante director creativo del imperio textil rival, dispuesto a monopolizar la industria y arrebatarle su lugar.
Obligados por una estricta cláusula de la Bienal de Moda a crear una colección cápsula en conjunto, deben compartir mesa de corte, maniquíes y jornadas interminables. Para la prensa, son dos titanes enfrentados por el trono del diseño. En privado, son dos viejos conocidos atrapados por un secreto intolerable: a los diecisiete años, en una buhardilla compartida, Caleb fue su socio, su cómplice y el primer amor que le destrozó el corazón al marcharse sin decir adiós.
Entre alfileres que queman, miradas cargadas de reproches y una tensión que amenaza con incendiar el taller, Victoria tiene una sola regla para no caer...

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Capítulo 21: Cuarenta y cinco segundos

El impacto visual del primer pase fue un latigazo seco contra la complacencia del auditorio.

Camila no caminaba con el balanceo mecánico de las modelos de pasarela comercial; avanzaba con zancadas largas, pesadas y seguras, devorando los cuarenta metros de laca negra con una presencia casi marcial. La luz cenital blanca, calibrada a la perfección por los técnicos, bañaba la lana ceniza de Piacenza sin arrancarle un solo destello sintético: la tela absorbía el resplandor, devolviendo una silueta de bordes tan filosos que parecía recortada con navaja contra el fondo dorado del palacio.

Al llegar a la cabecera de la pasarela, frente al foso donde sesenta lentes telescópicos apuntaban a su pecho, Camila clavó la vista en el vacío y giró en seco.

El tafetán de seda negra de la falda al bies cobró vida en ese instante. El corte oblicuo, calculado por Victoria para responder a la inercia del cuerpo, se abrió en una espiral oscura que flotó en el aire durante dos segundos suspendidos antes de volver a plegarse contra sus pantorrillas con una caída dócil y pesada.

En la primera fila, la editora jefa de Vogue Italia bajó sus gafas de carey hasta el puente de la nariz, garabateando una palabra en su libreta con un trazo urgente. A su lado, los críticos franceses intercambiaron miradas cargadas de un respeto involuntario.

Entre bastidores, Victoria cronometraba el tiempo con la pantalla de su teléfono.

—Pase uno completado en cuarenta segundos —murmuró, con la voz fija en la línea de salida—. Ssale el dos.

Mariana empujó suavemente a la segunda modelo: un vestido columna en crepé azul noche con un solo tirante drapeado que caía sobre la espalda como agua vertida sobre piedra. Luego el tres: un conjunto de dos piezas donde la lana virgen se fundía con mangas de gasa translúcida. El cuatro. El cinco.

Cada prenda que cruzaba el telón profundizaba la coherencia del relato: no era una exhibición de vanidades, era un diálogo feroz entre la estructura implacable de la sastrería clásica y la fragilidad poética del trabajo manual. La música, dominada por una percusión industrial constante que imitaba el traqueteo de un telar mecánico, marcaba el compás de una ovación silenciosa que crecía en la penumbra de la sala con cada salida.

Al fondo del pasillo, Augusto Beltrán permanecía inmóvil junto a Moretti. Tenía el bastón clavado contra la alfombra con tanta presión que sus nudillos estaban exangües. Sus ojos no miraban a las modelos que desfilaban con éxito; miraban obsesivamente el reloj de la consola técnica. Sabía que la sexta modelo estaba alcanzando la punta de la pasarela.

Sabía que faltaba el cierre.

—Treinta segundos para el cierre —anunció el regidor por los auriculares, con la voz crispada por la adrenalina del directo—. ¿Dónde está la modelo final? ¡Si la música cae y la tarima queda vacía, paso la luz a negro!

—¡Camila, ya! —gritó Clara desde el descanso del pasillo.

Camila Soria entró al Box 4 como una exhalación. El sudor le brillaba en el escote y el pecho le subía y bajaba con violencia por la carrera desde la rampa lateral.

—¡Desarme! —ordenó Mariana con voz de sargento.

Las gemelas Méndez cayeron de rodillas a los costados de la modelo. Con movimientos sincronizados y sin titubeos, desabrocharon las trabas interiores de los tobillos mientras Clara bajaba la cremallera del saco sastre con un solo tirón limpio. El paño de lana ceniza se deslizó de los hombros de Camila y cayó en los brazos de Mariana, que lo dobló al vuelo sobre una sábana limpia para que no tocara el suelo.

Quedaban treinta y dos segundos.

—¡La falda de crin! —exigió Victoria, arrodillada frente a la tarima con la boca llena de alfileres de cabeza perlada.

Caleb levantó la estructura con ambas manos. A pesar de los dedos vendados que palpitaban bajo la cinta negra, sostuvo la armadura de entretela cruda y paneles calcinados sin que le temblara un solo músculo. Deslizó la prenda por encima de la cabeza de Camila, cuidando de no rozar el peinado tirante ni el maquillaje ahumado de los ojos.

La falda cayó sobre las caderas de la modelo con un chasquido seco de tejido rígido.

—Veinticuatro segundos —advirtió Clara, con las manos temblorosas sosteniendo el corsé superior.

Victoria encajó el cuerpo de lana ceniza sobre el torso de Camila. El borde chamuscado al fuego debía alinearse exactamente con la cintura de la falda para que la ilusión de una herida cicatrizada fuera perfecta.

—Cierra el costado izquierdo, Caleb —indicó Victoria con un susurro entrecortado—. Yo aseguro las ballenas de la espalda.

Caleb tomó la hilera de corchetes metálicos del costado. Pero al tirar de la presilla superior, la cinta de algodón negro que vendaba sus dedos quemados se enganchó en el ojo de hierro del broche.

La tela se trabó.

—¡Maldita sea! —soltó Caleb entre dientes, sintiendo cómo la carne viva de sus ampollas se desgarraba bajo la presión del tirón. Un hilo rojo de sangre fresca comenzó a filtrarse a través del vendaje oscuro.

—Dieciséis segundos —la voz del asistente retumbó desde la puerta entreabierta del box, con los ojos desorbitados por el pánico—. ¡Si no salen a la rampa ya, cancelo el pase!

Camila contuvo la respiración, paralizada en la tarima.

Victoria no perdió un solo segundo en reproches. Dejó caer los alfileres al suelo, tomó la mano herida de Caleb entre las suyas y, con un movimiento firme y cálido, deslizó sus propios dedos sobre los de él, cubriendo la presilla atascada.

—Juntos —le dijo ella, mirándolo a los ojos en medio del torbellino—. Al tres, tiramos hacia el bies. Uno... dos...

Tiraron al unísono. La fuerza combinada de sus dedos quebró la resistencia de la tela y el corchete de hierro calzó en su ranura con un chasquido metálico impecable.

Victoria tomó las tijeras pequeñas de bordar que colgaban de su cuello, cortó la hebra suelta al ras y le dio una palmada seca en el muslo a Camila.

—¡Corre!

Ocho segundos.

Camila no corrió: recuperó la compostura aristocrática en una fracción de segundo, enderezó la columna con una elegancia sobrehumana y caminó hacia la boca del escenario como una reina que marcha hacia su coronación.

En el pasillo de servicio, Moretti y Beltrán la vieron pasar.

Al anciano se le cayó el bastón de plata. El impacto del metal contra el zócalo de madera resonó como un disparo, pero nadie se dio vuelta a mirarlo. Beltrán contempló la figura de Camila con los ojos desorbitados, petrificado ante la visión de esa armadura textil: no había manchas informes de ácido ni la capitulación que él había pagado con miles de dólares; había una prenda viva, amenazante y sublime que parecía forjada en las entrañas de una fragua.

—Pase final: Binomio cuatro —anunció el regidor.

La música del Salón de Honor cambió de golpe. La percusión industrial se apagó y un solo de violonchelo distorsionado, grave y desgarrador, comenzó a subir de volumen, llenando cada rincón del palacio con una solemnidad fúnebre y triunfal a la vez.

El reflector cenital número cuatro se encendió con un chasquido brutal, arrojando una columna de luz cenicienta sobre la entrada de la pasarela.

Camila cruzó el telón negro y el mundo entero contuvo el aliento.

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