Camila Fernández se despertó en la cama de un hotel con un hombre que intentaba matarla, acusándola de haberle tendido una trampa. Pero la realidad era peor de lo ella esperaba.
Su propio hermano había organizado todo con la intención de sacarle dinero a Mateo Vázquez, el hombre con quien paso la noche y cuando obtuvo lo que quería, desapareció.
Dos meses después Camila estaba sola con su abuela, sus padres se habían quitado la vida al irse a la ruina, su hermano estaba desaparecido y ahora ella, estaba embarazada de Mateo.
Cuando su hermano Nicolás regresa y descubre el embarazo, corre con la familia Vázquez para sacar provecho y ahora, Camila está atrapada en un matrimonio con un hombre que la desprecia.
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Capítulo 1
Me desperté con el peso de un cuerpo sobre el mío y unas manos que me apretaban el cuello como si quisieran arrancarme la vida. El aire no entraba. Mis ojos se abrieron de golpe y lo primero que vi fue el rostro de un hombre que no conocía, tenso, furioso, con la mandíbula apretada y los ojos negros clavados en mí como dagas.
---¿Fuiste vos la que me drogó anoche? ---gruñó\, y su voz sonó baja\, peligrosa\, apenas contenida.
Yo, Camila Fernández, intenté negar con la cabeza, pero el movimiento solo hizo que sus dedos se hundieran más en mi piel. El pánico me subió por la garganta como bilis.
---¡No! ¡Yo no...! ---logré jadear\, la voz rota\, casi inaudible---. ¡Suélteme\, por favor...!
Forcejeé con las pocas fuerzas que me quedaban. Mis uñas arañaron sus muñecas, mis piernas patalearon contra las sábanas revueltas, pero él no aflojó. El cuarto giraba a mi alrededor: paredes beige de hotel caro, una lámpara de pie encendida, ropa tirada por el suelo. Nada me resultaba familiar. Solo el dolor en el pecho y el terror de que ese desconocido terminara lo que había empezado.
De pronto, un ruido seco en la puerta principal. El clic electrónico de una tarjeta magnética. Él levantó la cabeza de inmediato, alerta como un animal. Sus manos se abrieron de golpe y me soltó. Yo caí hacia atrás sobre la almohada, tosiendo, aspirando aire con desesperación mientras él se ponía de pie de un salto, agarraba un albornoz blanco del respaldo de una silla y se lo echaba encima. Sin decir una palabra más, salió del dormitorio y cerró la puerta tras de sí.
Me quedé allí, temblando, con las manos en el cuello y el corazón latiéndome en los oídos. Poco a poco, los recuerdos de la noche anterior empezaron a encajar como piezas rotas. Mi hermano Nicolás me había llamado esa tarde, insistente, casi cariñoso. "Vení a tomar algo, hermanita, para celebrar que todavía estamos vivos después de todo lo que pasó". Me había entregado una copa de algo dulce y frío en el bar del hotel. Después... nada. Oscuridad. Y ahora esto.
Desde el salón me llegaron voces. Me incorporé con esfuerzo, todavía mareada, y me acerqué a la puerta entreabierta.
En el salón principal, Mateo Vázquez se detuvo en seco. Frente a él, Nicolás Fernández sonreía con esa sonrisa pegajosa que yo conocía demasiado bien, rodeado de tres tipos que sostenían sus celulares en alto, grabando el suelo donde yacían mi vestido negro, su camisa blanca y ropa interior revuelta. Las luces de los flashes parpadeaban sin parar.
---Señor Vázquez\, qué gusto verlo ---dijo Nicolás\, adelantándose con las manos abiertas en gesto de humildad---. No sabe lo feliz que estoy de que haya conocido a mi hermana. Camila es una joya\, se lo juro. Linda\, educada\, con un cuerpo que...
Mateo lo miró de arriba abajo, frío, sin moverse. Nicolás siguió hablando, sin aliento:
---Los dos son jóvenes\, libres. Ella no está casada\, usted tampoco. Y la familia Fernández... bueno\, ya sabe. La empresa se fue al carajo\, las deudas nos están ahogando. Pero con un hombre como usted al lado\, todo se arregla. ¿Verdad?
Mateo solo preguntó, seco:
---¿Es tu hermana de verdad?
Nicolás asintió con entusiasmo.
---Claro que sí. Sangre de mi sangre.
En ese momento no aguanté más. Salí del dormitorio tambaleándome, todavía con el camisón que alguien me había puesto, el pelo revuelto y el cuello marcado por los dedos de Mateo.
---¡Nicolás! ---grité---. ¿Qué carajo hiciste? ¿Me drogaste? ¡Decime la verdad!
Mi hermano ni siquiera se inmutó. Se dio vuelta y me miró como si yo fuera una actriz de reparto que se había equivocado de línea.
---Camila\, no seas dramática. Te estoy ayudando\, boluda. El señor Vázquez es un hombre importante. Con él vas a salir de la mierda en la que estamos metidos.
Intenté empujarlo hacia la puerta, pero Nicolás me dio un empujón fuerte con el hombro. Perdí el equilibrio. Mi espalda chocó contra la esquina afilada de la mesa de centro. El dolor me subió por la columna como un latigazo. Caí al suelo, con lágrimas calientes en los ojos.
---¡Sos un hijo de puta! ---sollocé---. ¡Vendiste a tu propia hermana!
Nicolás se rio, sin una gota de vergüenza.
---¿Vender? No\, hermanita. Te estoy dando una oportunidad. No seas tonta. El señor Vázquez ya se divirtió. Ahora que pague o que se case. O las dos cosas.
Mateo, que había permanecido en silencio todo ese tiempo, dio un paso adelante. Su voz cortó el aire como un cuchillo.
---Basta.
Nicolás cambió de postura al instante. Se puso recto, sonriente, casi reverente.
---Señor Vázquez\, mi hermana es un poco vergonzosa\, nada más. Ya se le va a pasar. Lo que necesitamos es...
Mateo no lo dejó terminar. Sacó una billetera del bolsillo interior del albornoz, extrajo un cheque y lo llenó con movimientos rápidos. Lo dobló por la mitad y se lo tiró a Nicolás al pecho. El papel revoloteó antes de que mi hermano lo atrapara con las dos manos.
---Esto es para que te vayas a la mierda y no vuelvas a aparecer en mi ciudad ---dijo Mateo\, sin levantar la voz---. Llevate a tus amigos y a tus cámaras. Ahora.
Nicolás abrió el cheque. Sus ojos brillaron. Guardó el papel en el bolsillo de la chaqueta como si fuera un tesoro y les hizo una seña a los otros tres.
---Vamos\, muchachos. Ya está todo arreglado.
Se fueron. La puerta se cerró con un clic suave. El silencio que quedó fue peor que los gritos.
Yo seguía en el suelo, llorando sin control. Mateo se acercó, me agarró del brazo y me levantó de un tirón. Sus dedos se clavaron en mi piel.
---Dejá de hacerte la víctima ---escupió---. Vos y tu hermano son la misma mierda. ¿Creías que no me iba a dar cuenta?
---¡Yo no sabía nada! ---grité\, con la voz rota---. ¿Por qué le diste plata? ¿Por qué no lo echaste sin más?
Él soltó una risa corta, amarga.
---¿Qué pasa? ¿Querés ser la señora Vázquez en vez de la puta de una noche? ¿Eso es lo que buscabas?
Me empujó con fuerza. Choqué contra la pared y me deslicé hasta quedar sentada. Mateo ya no me miró. Volvió al dormitorio y cerró la puerta con un golpe seco.
Desde el otro lado de la pared, su voz llegó clara y fría mientras hablaba por teléfono:
---Investigá a Nicolás Fernández. Quiero que no pueda pisar esta ciudad nunca más. Que se quede sin trabajo\, sin contactos\, sin nada. Ya.
Un mes y medio después, el aire acondicionado del hospital me helaba la nuca. Estaba sentada en un banco de cemento fuera del edificio principal, con el resultado de los análisis apretado entre las manos. Seis semanas. El médico me había dicho que, si no pensaba tenerlo, era mejor operar cuanto antes. "Es seguro todavía", había agregado con esa voz neutral que usan los doctores cuando no quieren involucrarse.
Seis semanas.
Dos meses atrás, la empresa de mi familia se había derrumbado como un castillo de naipes. Deudas, juicios, proveedores que se llevaron todo. Mis padres no lo soportaron. Una noche se encerraron en el auto con el motor encendido en el garaje. Los encontraron a la mañana siguiente. Nicolás desapareció esa misma semana, después de la noche en el hotel. No contestaba llamadas, no dejaba rastro. Y luego, la abuela Elena. Un desmayo en la cocina, la ambulancia, tres días sin dormir al lado de su cama hasta que abrió los ojos y me apretó la mano.
Yo había vendido lo poco que quedaba: el auto viejo de papá, algunas joyas de mamá, hasta mi laptop. Trabajaba de lo que salía: traducciones por internet, turnos en una cafetería de noche. Apenas alcanzaba para pagar el alquiler de la piecita donde vivíamos con la abuela y comprar las medicinas que ella necesitaba.
Y ahora esto.
Un bebé. De él. De Mateo Vázquez.
Me quedé mirando el papel hasta que las letras se volvieron borrosas. No tenía plata para criarlo. No tenía estabilidad. Y lo peor: sabía que si Nicolás se enteraba, iba a usar a esa criatura como moneda de cambio. Otra vez. Otro chantaje. Otra forma de sacarle plata al hombre que ya nos había destruido.
Me doblé hacia adelante, los codos en las rodillas, y por primera vez en mucho tiempo dejé que las lágrimas cayeran sin intentar pararlas. No sabía qué hacer. No sabía cómo seguir. Solo sentía el peso de todo lo que había perdido y el miedo helado de lo que todavía podía perder.
El sol de la tarde caía sobre el estacionamiento del hospital y yo seguía allí, inmóvil, con el resultado médico arrugado entre los dedos y el corazón hecho un nudo que no se deshacía.