Esta historia comienza con un humilde pescador y una joven que llega a la ciudad de Cartagena en busca de trabajo y de su madrina, con quien espera vivir después de perder a su madre. Un día, mientras recorre la playa buscando a su tía, una vendedora ambulante, se acerca al mar porque le encanta el agua. Deja su maleta por un momento en la orilla, pero una fuerte ola se la lleva. Sin pensarlo dos veces, entra al mar para recuperarla y sale con una elegancia que parece la de una verdadera sirena. Al verla, el pescador queda fascinado y desde ese día comienza a llamarla "Sirena Encantada
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Capítulo 16: Un amanecer inolvidable
Narrado por Cristian
Aquella madrugada me levanté mucho antes de que saliera el sol. Miré el reloj y apenas eran las cuatro y media de la mañana.
Mi papá, Jeico Morales, se despertó al escucharme.
—¿Ajá, mijo? ¿Hoy vas a pescar tan temprano?
Sonreí mientras acomodaba la lancha.
—No, pa. Hoy tengo otro plan.
Él arqueó una ceja.
—¿Tiene que ver con la sirenita?
Me reí.
—Sí.
Mi papá soltó una carcajada.
—Andá pues, enamorado.
Preparé la lancha, revisé que tuviera combustible y llevé una pequeña nevera con agua, jugo y unas arepas con queso que mi abuela Rosa había preparado la noche anterior.
Cuando todo estuvo listo, fui a buscar a Mileidis a la casa de su madrina.
Toqué la puerta despacito.
Ella salió a los pocos minutos.
Llevaba una blusa blanca, un jean azul claro y una coleta en el cabello.
—Buenos días, pescador.
—Buenos días, sirenita.
Me dio un beso en la mejilla.
—¿Y para dónde me llevás tan temprano?
Sonreí con misterio.
—Es una sorpresa.
Ella hizo un puchero.
—Vos sí sos bien misterioso.
Caminamos hasta el muelle.
Cuando vio la lancha, abrió los ojos de la emoción.
—¡Ay, Cristian!
—¿Te gusta?
—¡Claro!
La ayudé a subir con cuidado.
—Agarrate bien.
Encendí el motor y poco a poco nos fuimos alejando de la orilla.
Cartagena comenzó a verse cada vez más pequeña.
La brisa del Caribe acariciaba nuestros rostros.
Mileidis miraba todo con una sonrisa de oreja a oreja.
—Hace mucho no me montaba en una lancha.
—Entonces disfrutá.
Ella extendió los brazos.
—¡Qué belleza!
Yo no podía dejar de mirarla.
Parecía una niña descubriendo el mundo.
Después de navegar varios minutos llegamos a una zona donde solo se veía el inmenso mar azul.
Apagué el motor.
Todo quedó en silencio.
Solo se escuchaban las olas golpeando suavemente la lancha.
Ella me miró.
—¿Por qué paraste?
Señalé el horizonte.
—Esperá un momentico.
Los dos guardamos silencio.
Poco a poco el cielo comenzó a cambiar de color.
Primero apareció un tono azul claro.
Después llegaron los colores rosados, naranjas y dorados.
De repente el sol empezó a salir detrás del horizonte.
Mileidis llevó las manos a su boca.
—¡Ay, Virgen!... Qué cosa tan hermosa.
Sonreí.
—Quería que vieras el amanecer desde alta mar.
Ella tenía los ojos brillando.
—Nunca había visto algo tan bonito.
Nos quedamos varios minutos admirando el paisaje.
La luz del sol hacía que el agua pareciera cubierta de miles de diamantes.
Un grupo de gaviotas pasó volando sobre nosotros.
A lo lejos varios delfines saltaron fuera del agua.
Mileidis soltó un grito de emoción.
—¡Cristian, mirá los delfines!
—Sí... siempre aparecen por aquí al amanecer.
Ella no podía dejar de sonreír.
Después se acercó a mí.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Porque me regalaste uno de los momentos más bonitos de mi vida.
Tomé su mano.
—Vos merecés eso y mucho más.
Ella apoyó la cabeza sobre mi hombro.
Durante unos minutos ninguno habló.
No hacía falta.
El mar hablaba por nosotros.
Saqué la pequeña nevera.
—Abuela Rosa preparó desayuno.
Ella sonrió.
—¿Arepas?
—Con queso.
Se echó a reír.
—Tu abuela sí sabe consentir.
Desayunamos juntos mientras el sol terminaba de salir.
Entre risas recordamos el día en que casi pierde su maleta en el mar.
—Si ese día el mar no se hubiera llevado mi maleta, tal vez nunca nos habríamos conocido —dijo ella.
La miré sonriendo.
—Entonces tengo que darle las gracias al Caribe.
Ella me dio un golpecito cariñoso en el brazo.
—Vos siempre con tus ocurrencias.
Tomé su mano otra vez.
—No, sirenita. Lo digo en serio. Ese día el mar me regaló el tesoro más bonito que podía encontrar.
Ella bajó la mirada, sonrojada.
Después levantó el rostro y me dio un beso suave.
Cuando terminó el beso, los dos nos quedamos contemplando el inmenso mar Caribe.
En ese instante comprendí que no necesitaba riquezas, lujos ni grandes cosas para ser feliz.
Con mi lancha, el mar de Cartagena y mi sirenita a mi lado, sentía que tenía el mundo entero.