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La Obsesión del Mafioso Ruso

La Obsesión del Mafioso Ruso

Status: En proceso
Genre:Mafia / Amor a primera vista / Síndrome de Estocolmo / Esclava / Sirvienta / Romance oscuro
Popularitas:6.1k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

Valentina Solís solo quería sobrevivir.
Después de escapar de una red de tráfico humano en Estambul, volvió a México creyendo que el peor monstruo de su vida había quedado atrás. Intentó reconstruirse, cuidar de su abuela y volver a pintar sin mirar siempre por encima del hombro.
Meses después, una beca en la prestigiosa Academia Répin de San Petersburgo pareció ofrecerle lo imposible: una nueva vida, lejos del miedo.
Pero Rusia no era un nuevo comienzo.
Era territorio de Nikolái Vólkov.
Pakhan de la Bratva, dueño de una mansión rodeada de guardias, secretos y sangre, Nikolái nunca olvidó a la mexicana que se atrevió a desafiarlo. Cuando Valentina pisa San Petersburgo, él la arranca de su vida, usa a su mejor amigo como rehén y la encierra en un mundo donde la ley no entra.
Valentina no quiere pertenecerle.
Nikolái no sabe soltar.
Entre cautiverio, traiciones, deseo oscuro y una obsesión que amenaza con destruirlos a ambos, Valentina descubrirá que el hombre que la retiene también guarda una verdad enterrada: su pasado, su familia desaparecida y el secreto más peligroso de la Bratva están unidos por la misma sombra.

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Capítulo 16

El primer amanecer después del sótano no llegó como luz.

Llegó como ruido.

Una bandeja contra una mesa. Pasos al otro lado de la puerta. La voz baja de Sokolov. La respuesta seca de Sasha. Alguien moviendo cortinas con cuidado, como si la delicadeza pudiera borrar la noche.

Valentina no abrió los ojos.

No dormía.

Tampoco estaba despierta del todo.

Se había quedado en un sitio extraño, detrás de la piel, donde el cuerpo dolía pero parecía pertenecerle a otra. Cuando Sokolov le tomó la temperatura, ella respondió porque él preguntó antes de tocarla. Cuando Sasha le acercó agua con popote, bebió porque la garganta le raspaba como papel.

No preguntó por Nikolái.

No quería saber si estaba cerca.

Lo supo de todas formas.

La casa entera respiraba distinto cuando él estaba del otro lado de una puerta.

—Necesita comer algo —dijo Sokolov.

Valentina giró apenas la cara hacia la pared.

—No.

Era la primera palabra completa que decía en horas.

Sasha, junto a la ventana, no insistió. Sokolov tampoco. Esa fue la única razón por la que Valentina no gritó.

El día pasó en fragmentos.

Una toalla tibia en la frente.

Un vaso de agua.

El vendaje de la quemadura cambiado con manos profesionales.

La voz de Sokolov diciendo: "Puede decir alto y me detengo."

La de Sasha, más tarde, seca como siempre:

—El pasillo está vacío. Nadie entrará sin que usted lo permita.

Valentina quiso creerle.

No pudo.

En la tarde, la puerta se abrió sin que nadie tocara.

El cuerpo de Valentina lo reconoció antes de verlo.

Nikolái entró con una bandeja.

No llevaba traje. Camisa negra, mangas bajadas, la mano izquierda vendada con demasiada fuerza. Tenía el rostro limpio, el corte del pómulo cerrado, el cabello húmedo como si hubiera pasado horas bajo agua fría.

Valentina vio sus zapatos primero.

Zapatos negros.

Sótano.

Concreto.

La lámpara.

Su cuerpo se fue antes que su mente.

El aire desapareció. La habitación se inclinó. Oyó a Sokolov decir su nombre y a Sasha moverse rápido.

Cuando volvió, estaba de lado, con la cara contra la almohada y un sabor ácido en la boca.

Nikolái ya no estaba.

—Se desmayó —dijo Sokolov, no como reproche, sino como dato.

Valentina cerró los ojos.

Qué vergüenza.

No por desmayarse.

Por no poder controlar ni siquiera eso.

La segunda vez ocurrió de noche.

Ella estaba despierta, contando los hilos de la sábana. Sasha había salido un momento. Sokolov dormía en una silla junto a la puerta, con la cabeza inclinada hacia el pecho.

Nikolái apareció en el umbral.

No cruzó.

No habló.

Solo estaba ahí.

Valentina levantó la mirada y el mundo se le cortó.

No vio al hombre en el umbral.

Vio el sótano.

Vio su mano ensangrentada.

Vio una puerta cerrada.

El grito no salió. El cuerpo se apagó.

Cuando abrió los ojos otra vez, Sokolov estaba inclinado sobre ella y Sasha bloqueaba la puerta.

—Fuera —dijo Sasha.

La voz no tembló.

Nikolái no respondió.

Valentina no podía verlo, pero sintió su presencia retirarse como una sombra pesada.

Esa noche, Nikolái no volvió a entrar.

Se quedó en el pasillo.

Valentina lo supo porque nadie en esa casa se atrevía a caminar cerca de su puerta. El silencio tenía forma de orden.

Al otro lado, Nikolái permaneció sentado en una silla que Borís mandó traer sin preguntar. No pidió vodka. No pidió comida. No dejó que Sokolov le revisara la mano hasta que la sangre empezó a gotear sobre el piso.

—Se va a infectar —dijo el médico.

—Ella se desmaya cuando me ve.

Sokolov levantó la vista.

—Sí.

—¿Por qué?

La pregunta fue tan absurda que incluso Borís, de pie junto al pasillo, cerró los ojos un instante.

Sokolov eligió sus palabras como quien camina sobre hielo.

—Porque su cuerpo lo registra como amenaza.

—No voy a tocarla.

—Eso no borra lo que pasó.

Nikolái miró la puerta cerrada.

Del otro lado, Valentina no hacía ruido. Ese silencio lo estaba volviendo más peligroso que sus gritos.

—¿Cuánto dura?

—No es fiebre, Pakhan. No puedo darle una hora.

—Entonces dale algo.

—Ya le di medicamento para el dolor. Para lo demás necesita seguridad.

La palabra quedó en el pasillo como una burla.

Seguridad.

En la casa de Nikolái Vólkov.

Él apretó la mandíbula.

—Nadie entra sin que ella lo acepte.

—Incluido usted —dijo Sokolov.

Borís dejó de respirar.

Nikolái tardó demasiado en contestar.

—Incluido yo.

Horas después, cuando Sokolov salió a buscar medicamento, la puerta quedó entreabierta.

Valentina no miró.

La voz de Nikolái llegó desde afuera, baja, rota de una manera que no pedía perdón porque quizá todavía no sabía cómo hacerlo.

—No voy a volver a lastimarte.

Valentina siguió mirando la pared.

El cuerpo le temblaba.

La promesa no entró.

No podía entrar.

Había demasiada sangre en el camino.

—No me crees —dijo él.

Ella no contestó.

—Bien.

La palabra sonó hueca.

—No quiero que me creas. Todavía no.

La puerta se cerró con suavidad.

El silencio volvió.

Valentina no creyó la promesa, pero su cuerpo registró otra cosa: la puerta no se abrió.

Pasó una hora.

Luego otra.

Nadie entró.

El miedo no se fue. Solo cambió de postura. Dejó de ser una mano en la garganta y se volvió un animal sentado junto a la cama, despierto, esperando que alguien cometiera un error.

Cuando Sokolov volvió, preguntó antes de acercarse.

Cuando Sasha dejó agua, tocó dos veces y esperó su respuesta.

Cuando Borís envió ropa limpia, la dejó con una empleada mayor que no sonrió, no hizo preguntas y mantuvo la mirada en el piso.

Valentina entendió entonces que Nikolái podía convertir hasta la distancia en una orden.

Eso tampoco era libertad.

Al amanecer, Valentina abrió los ojos porque olía a quemado.

No a humo peligroso.

A comida arruinada.

Sokolov ya no estaba en la silla. Sasha tampoco. La habitación estaba quieta, con la luz gris filtrándose por las cortinas. En el otro extremo, junto a la puerta, Nikolái estaba de pie con una bandeja entre las manos.

No se acercó.

La dejó sobre una mesa a varios metros de la cama.

Había un tazón de sopa espesa de color dudoso, pan tostado de más y una taza de té. La sopa tenía trozos negros flotando.

Valentina miró la bandeja.

Luego a él.

Por primera vez desde el sótano, habló sin que alguien le hiciera una pregunta médica.

—¿Eso está vivo?

Nikolái bajó la mirada al tazón.

—No.

—¿Está seguro?

—Lo hice yo.

—Eso no responde.

El silencio que siguió no fue cómodo.

Nada era cómodo.

Pero no era el mismo silencio del sótano.

Nikolái se quedó al otro lado de la habitación, con la mano vendada pegada al costado, como si acercarse fuera una orden que él mismo se había prohibido obedecer.

—Come —dijo.

Valentina miró la sopa quemada.

Después miró la puerta.

Seguía cerrada.

La bandeja estaba lejos.

Él también.

Valentina no tocó la comida.

Pero tampoco cerró los ojos.

Ese fue el único avance de la mañana.

No confianza.

No perdón.

Solo dos personas mirando la distancia exacta que todavía las separaba.

Valentina entendió algo con una claridad fría: si él quería acercarse de nuevo, tendría que cruzar esa distancia despierta, mirándola a los ojos, sabiendo que ella recordaba todo.

1
Martha Rebolledo
Normal
Yeris
comienza buena
Vane Alvarez
creo que Dani, actúa, para poder sacarla... y que tiene algún aliado, x eso los disparos y demás. para distraer a volkov y poder escaparse
Morrita
Que perdón, no entendí jaja
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