Valentina Lozano siempre fue "la hija adoptiva." La que no tiene apellido. La que no pertenece.
Durante más de diez años, amó en silencio a Diego Castillo, el heredero del grupo inmobiliario más poderoso de Ciudad de México. Le dio su juventud, su lealtad y su corazón entero. A cambio, él ni siquiera la veía.
"Solo es la adoptada. No es de nuestra clase."
La noche en que escuchó esas palabras, Valentina se emborrachó y despertó en la suite de un hombre al que apenas conocía: Sebastián Montero, el CEO más joven y cotizado del país.
—Fuiste tú quien se aprovechó de mí —dijo él, señalando la marca de mordida en su cuello.
Para evitar un escándalo que podría hundir su empresa, Sebastián le propuso lo impensable:
Lo que Valentina no sabía era que Sebastián llevaba diez años enamorado de ella. Diez años viéndola desde lejos. Diez años esperando su oportunidad.
Mientras Valentina descubre que su esposo por contrato esconde el amor más profundo que ha conocido, Diego Castillo se da cuenta demasiado tarde de lo que perdió. Y ahora hará lo que sea por recuperarla.
Matrimonio por contrato. Diez años de amor secreto. Un ex que suplica de rodillas. Solo uno de ellos merece su corazón. Y ella ya eligió.
NovelToon tiene autorización de Elena Paz para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 16
Capítulo 16
¿Le llevo un pastel, Señor Montero?
Cometí el error que cometen todas las mujeres del mundo: me enamoré de Sebastián Montero.
El problema con darse cuenta de algo así no era el amor.
Era la logística.
Una podía llorar por el hombre equivocado durante años sin planear demasiado. Bastaba con esperar un mensaje, comprar un regalo que quizá nunca se entregaría, acomodar la vida alrededor de alguien que no pidió nada porque ya lo tenía todo.
Pero querer bien a alguien que sí te miraba de regreso exigía otra clase de valentía.
Yo no sabía cómo conquistar a mi esposo.
Esa frase me dio tanta vergüenza que escribí una lista.
Opciones para hacer algo por Sebastián:
1. Cocinar.
2. Comprar flores.
3. Llevarle café.
4. No hacer el ridículo.
La cuarta era la más difícil.
Me quedé en el estudio de Villa Montero mirando la lista como si fuera un proyecto de tesis. Sebastián llevaba toda la mañana en MBT. Había salido temprano, me había dejado leche de fresa en el refrigerador y un mensaje pegado en la cafetera:
"No olvides comer. Reunión larga. Vuelvo tarde."
No decía "te extraño". No decía "piensa en mí". No hacía falta. La nota estaba escrita con su letra limpia, al lado de una taza lista para mí.
Yo quería hacer algo que le dijera: también estoy mirando.
Llamé a Lucía.
—Necesito ayuda —dije apenas contestó.
—¿Matamos a alguien o compramos ropa?
—Ninguna. Quiero llevarle algo a Sebastián.
Hubo silencio.
—¿Flores?
—¿Eso es raro?
—Raro sería que mi primo no se derrita por dentro y siga con cara de auditoría.
—Lucía.
—Jazmines blancos.
Parpadeé.
—¿Por qué?
—Porque no son obvios como rosas rojas, huelen bonito y él tiene trauma con todo lo que parezca espectáculo. Mézclalos con rosas blancas si quieres hacerlo más tú.
—¿Más yo?
—Vale, tu esposo lleva diez años viviendo como ruiseñor dramático. Dale flores antes de que se nos vuelva estatua.
No supe si reír o preocuparme.
—¿Y comida?
—Pastel de tres leches con fresas. A Sebastián no le gusta lo demasiado dulce, pero si se lo das tú va a decir que es perfecto.
—Eso no ayuda.
—Claro que ayuda. Siguiente pregunta.
Dos horas después, estaba en Polanco con un ramo de jazmines blancos y rosas, una caja de pastel de tres leches y un nivel de nervios incompatible con una mujer legalmente casada.
La florista me había preguntado si era aniversario.
—Algo así —respondí.
No sabía cómo explicar que celebraba el primer día de mi vida en que quería dar sin suplicar.
En la pastelería, elegí el pastel más pequeño porque imaginarme entrando a MBT con un pastel familiar de veinte porciones me dio ganas de huir. La chica de mostrador escribió "Para Sebastián" sobre una tarjeta blanca y dibujó una fresa diminuta en la esquina.
La miré más de lo necesario.
—¿Quiere agregar algo? —preguntó.
Quise escribir "gracias por tomar el Metro". Quise escribir "no sé qué estoy haciendo". Quise escribir "creo que me estoy enamorando de ti y eso me aterra".
Escribí:
"Para que tu día empiece otra vez."
Luego me arrepentí.
Luego decidí no arrepentirme.
MBT olía a café caro, vidrio limpio y gente con prisa. La recepcionista me reconoció antes de que yo dijera mi nombre. Su postura cambió de profesional a ligeramente alarmada, como si la aparición de la esposa del CEO con flores pudiera activar un protocolo desconocido.
—Señora Montero.
Todavía no me acostumbraba.
—Hola. ¿Sebastián está disponible?
La recepcionista miró el ramo, luego la caja, luego mi cara.
—El señor Montero está en reunión con finanzas.
—No quiero interrumpir. Puedo dejar esto.
—Permítame avisar.
Marcó una extensión.
Yo me aparté un poco, sosteniendo el ramo contra el pecho. Dos empleados pasaron y bajaron la voz. Uno sonrió. La otra fingió no mirar el pastel. Sentí las orejas calientes.
Esto era una mala idea.
Una muy mala idea.
Me giré para irme justo cuando la recepcionista habló:
—Señor Montero, disculpe. La señora Montero está en recepción.
Silencio.
—Sí, señor. Con flores y una caja.
Más silencio.
La recepcionista levantó la mirada hacia mí, sorprendida.
—Entiendo.
Colgó.
—Dice que suba.
—¿Ahora?
—Ahora.
—Pero la reunión...
—La canceló.
Mi corazón hizo algo absurdo.
—¿Canceló una reunión por un pastel?
La recepcionista sonrió, intentando ser neutral y fallando.
—Por usted, creo.
El elevador al piso ejecutivo subió demasiado rápido.
Me vi reflejada en las paredes metálicas: vestido azul claro, ramo blanco, caja de pastel, cara de mujer que acababa de descubrir que ser correspondida daba más miedo que ser ignorada.
Cuando las puertas se abrieron, Gabriel Torres estaba esperándome.
—Traigo instrucciones de no hacer bromas —dijo.
—¿De Sebastián?
—De Lucía. Amenazó con destruirme si arruinaba este momento.
No pude evitar reír.
Gabriel miró el ramo.
—Buen movimiento.
—No sé qué estoy haciendo.
—Mejor. A Sebastián le gustan las cosas reales.
Me condujo hasta el despacho y tocó una vez antes de abrir.
En el camino, pasamos junto a una sala de juntas con paredes de cristal. Varias personas levantaron la vista al mismo tiempo. Antes, en Grupo Castillo, yo llevaba carpetas y café intentando no estorbar. Ahí llevaba flores, pastel y mi propio nombre nuevo, y nadie me pidió que esperara afuera.
La diferencia me hizo apretar un poco más la caja, como si el cartón pudiera sostenerme la valentía que me faltaba en ese instante de locura dulce.
Sebastián estaba de pie junto al escritorio. Había documentos sobre la mesa, una pantalla con gráficas abiertas y tres llamadas perdidas parpadeando en su teléfono. Pero él no miraba nada de eso.
Me miraba a mí.
—Hola —dije, levantando torpemente el ramo—. Te traje flores.
Por primera vez desde que lo conocía, Sebastián Montero no respondió de inmediato.
Gabriel cerró la puerta desde afuera.
El silencio quedó entre nosotros, lleno de jazmín.
Sebastián se acercó despacio.
—¿Para mí?
—No. Para el escritorio. Tú puedes compartir espacio.
Su boca se curvó apenas.
—Es justo.
Le entregué el ramo. Sus dedos rozaron los míos y casi solté el pastel.
—También traje esto —dije, recuperando la caja con dignidad limitada—. Pastel de tres leches con fresas. Si no te gusta, puedes mentir.
Sebastián leyó la tarjeta.
Su expresión cambió.
No mucho. Nunca mucho.
Pero lo suficiente para que yo supiera que había acertado en algún lugar que no podía ver.
—Valentina.
—No digas mi nombre así.
—¿Así cómo?
—Como si hubiera hecho algo importante.
Él dejó las flores sobre el escritorio con un cuidado que me apretó el pecho.
—Lo hiciste.
El teléfono de su despacho sonó.
Sebastián no lo miró.
Volvió a sonar.
Tampoco.
—Creo que tu reunión cancelada está intentando revivir —murmuré.
—Que espere.
—Sebastián.
Tomó la caja de pastel de mis manos.
—¿Le llevo un pastel, Señor Montero? —dijo, leyendo en voz baja la etiqueta de recepción pegada a un costado de la caja.
Me tapé la cara.
—No.
—Sí.
—Qué vergüenza.
—No. Es mi nueva frase favorita.
El teléfono sonó por tercera vez.
Sebastián lo apagó.
Luego abrió el cajón de su escritorio, sacó dos tenedores y me miró como si no tuviera a todo MBT esperando del otro lado de la puerta.
—Señora Montero —dijo—, ¿comparte conmigo el pastel que me trajo?