Para sellar un acuerdo diplomático, un imponente emperador galáctico acepta comprometerse con un omega del salvaje planeta de las bestias. Sin embargo, un inesperado error en los registros altera los planes: en su lugar, recibe a un dulce e inocente gamma. A pesar de la confusión y el choque cultural, este tierno e inesperado compañero empezará a derretir el frío corazón del soberano.
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Cap 16
El reloj digital del palacio marcaba la hora de las sesiones vespertinas del senado, y el deber imperial no esperaba por nadie, ni siquiera por el emperador más poderoso de la galaxia. Zarek, con su uniforme de gala perfectamente alineado, intentó ponerse de pie para abandonar los aposentos privados orientados hacia el gran salón de reuniones. Sin embargo, en el momento en que hizo el más mínimo amago de separarse, dos pequeñas manos se aferraron con una fuerza sorprendente a las solapas de su chaqueta negra.
Nesta se rehusaba rotundamente a dejarlo ir. El pequeño gamma tenía sus pomposas orejas felinas completamente caídas hacia los lados y su hermosa cola afelpada se enroscaba con desesperación alrededor de la pierna del monarca, como un ancla viviente. Sus grandes ojos brillantes estaban inundados de una desconfianza infantil; miraba de reojo las inmensas puertas de la habitación y a los guardias imperiales como si en cualquier momento fueran a atacarlo. Al haber sido arrancado de su entorno salvaje y mimado, el tierno felino no confiaba en absolutamente nadie en ese inmenso y frío planeta de metal, excepto en los brazos protectores del emperador.
—¡No te vayas, Zarek! ¡Por favor, no me dejes solo! —sollozó Nesta, formando un puchero desgarrador mientras escondía el rostro en el pecho del soberano—. Dijiste que jamás estaría solo. Esos señores de afuera me miran raro y este lugar es muy grande y feo. Quédate conmigo.
Zarek sintió un vuelco en el pecho ante la desgarradora dependencia del muchacho. El implacable guerrero que jamás había dudado en un campo de batalla se encontraba completamente desarmado, acariciando con infinita paciencia la espalda del gamma mientras intentaba hacerlo entrar en razón con una suavidad inaudita. Alistair, observando la escena desde el umbral con el tiempo pisándoles los talones, supo que debían actuar rápido si no querían desatar una crisis institucional por la ausencia del emperador en el senado.
Tras pensar febrilmente en una solución, al canciller principal se le iluminó la mirada. Abandonó la habitación a paso veloz y, después de algunos momentos de tensa espera, regresó acompañado de una mujer de avanzada edad. Su nombre era Martha. Vestía una túnica sencilla de hilos de seda gris y su rostro, surcado por las amables líneas de la experiencia, irradiaba una calidez maternal inmensa. Martha había sido la nana personal de Zarek cuando este era apenas un niño de carácter difícil, la única capaz de domar el temperamento del heredero al trono en su infancia.
Al ingresar, el aura pacífica y el dulce aroma a lavanda silvestre de la anciana llamaron de inmediato la atención de Nesta. Sus orejas pomposas dieron un sutil espasmo de curiosidad y se alzaron levemente.
—Vaya, pero qué criatura tan hermosa y preciosa tenemos aquí —dijo Martha con una voz sumamente dulce y pausada, arrodillándose con cuidado a la altura del sofá—. Escúchame, mi pequeño angelito. Tu gran amigo Zarek debe ir a resolver unos asuntos muy aburridos con unos señores viejos, pero yo me quedaré aquí contigo. Tengo una cesta llena de galletas de miel recién horneadas y podemos contar historias de las estrellas. Nadie va a hacerte daño, te lo prometo.
Nesta miró a la anciana y luego a Zarek, dudando abiertamente. Con mucha insistencia por parte de Alistair, quien le aseguraba que el emperador volvería muy pronto, y luego de varias quejas, lloriqueos y tiernos peros por parte del gamma —quien solo aceptó tras recibir la promesa de Zarek de que le traería más chocolates a su regreso—, lograron finalmente que Nesta se soltara del uniforme real. El pequeño se acurrucó tímidamente al lado de Martha, refugiándose en su cálido abrazo mientras su mascota esponjosa saltaba a su regazo.
Con el corazón extrañamente pesado por dejar a su gamma, Zarek enderezó la postura, su rostro recuperando instantáneamente la máscara de piedra e indiferencia que tanto terror infundía en la galaxia. Alistair y el emperador partieron a toda prisa, recorriendo los pasillos de obsidiana con pasos firmes y marciales rumbo a la gran sala del consejo.
Mientras tanto, una vez que ingresaron al ala del senado, el ambiente dentro de la sala de juntas era un auténtico hervidero de caos. Los ministros y cancilleres de las diferentes facciones políticas estaban discutiendo a los gritos, manoteando el aire y golpeando las mesas holográficas. El escándalo era monumental; la noticia del error en el puerto espacial se había filtrado. Todos exigían saber cómo había ocurrido un error tan grande en un tratado de máxima seguridad interplanetaria y, sobre todo, exigían encontrar al culpable de haber traído a un tierno e indefenso gamma en lugar de a la imponente guerrera Kala.
—¡Es una burla para la corona! —gritaba el ministro de defensa—. ¡Ese niño no tiene la madera para portar el título imperial! ¿Quién fue el incompetente que alteró los códigos de embarque?
En mitad del clímax de la discusión, las inmensas puertas blindadas de la sala se deslizaron hacia los lados con un siseo hidráulico.
Cuando Zarek dio los primeros pasos en la sala, acompañado por la sombra implacable de Alistair, el aire se volvió instantáneamente denso, gélido y sumamente tenso. El bullicio de las voces se apagó en un milisegundo, transformándose en un silencio sepulcral tan absoluto que solo se escuchaba el eco rítmico y pesado de las botas militares del monarca sobre el suelo pulido.
Los ministros sintieron que el aire abandonaba sus pulmones. El aura asesina y la mirada gris del emperador, cargada de un frío polar que prometía ejecuciones inmediatas a cualquiera que osara cuestionar sus decisiones o la pureza de su recién reclamado gamma, barrió a cada uno de los presentes. Nadie se atrevía a decir una sola palabra, bajando la cabeza con terror reverencial ante el verdadero monstruo de Astris.