Mil años atrás, la emperatriz Lían Hua fue ejecutada por adulterio. Antes de morir, juró una maldición: en su próxima vida ningún hombre la llamaría esposa. Sería ella quien los hiciera sus esclavos.
Mil años después, Lían despierta en el cuerpo de Valentina Saggese, una madam recién envenenada por la esposa de su amante. Hereda un club nocturno, quince chicas leales, una venganza pendiente, y una sola advertencia: no te enamores.
Para sobrevivir crea una identidad secreta: la Dama del Fénix, una bailarina enmascarada que enloquece a dos hombres a la vez. El que la asesinó. Y el que, sin saberlo, va a cambiar todo lo que ella se prometió no volver a sentir.
Una emperatriz no perdona. Pero también puede romperse.
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Capítulo 16 — La silla tibia
Lían lo citó a las tres de la tarde del lunes.
A las dos cuarenta y cinco terminó de revisar los mapas que Dante le había mandado por Sofía esa mañana. A las dos cincuenta los acomodó en una pila ordenada sobre el escritorio. A las dos cincuenta y cinco se levantó, se acercó al espejo pequeño de la oficina, se acomodó el pelo, se ajustó el cuello de la blusa.
Después se detuvo.
Se quedó mirándose.
—¿Qué haces, vieja? —dijo en voz baja, al reflejo.
El reflejo no le contestó.
Lían se apartó del espejo. Se sentó otra vez en su silla. Bebió un sorbo de café del horrible. Se acomodó. Por dentro se dio una orden simple: Es una reunión de trabajo. Esto se llama tu venganza, no tu cama.
Tocaron la puerta a las tres en punto.
—Adelante.
Dante entró.
Traje gris perla esta vez, sin corbata, camisa blanca abotonada hasta arriba. El cabello peinado mejor de lo normal. Llevaba una carpeta en la mano y nada más. Cerró la puerta detrás de él.
—Señora Saggese.
—Señor Rivas. Siéntese.
Dante se sentó frente al escritorio. Puso la carpeta sobre la mesa.
—Le traje los mapas finales. Modifiqué las rutas de salida. Hay una alternativa que no había considerado, sale por el norte y tarda quince minutos más, pero es más segura.
—Bien. Repásemela.
Dante abrió la carpeta. Empezó a explicar. Lían escuchó.
Y mientras escuchaba, lo miró.
No el tipo de mirar de un cliente. El tipo de mirar de una mujer que llevaba dos noches durmiendo mal porque cada vez que cerraba los ojos se acordaba de un hombre sentado en una silla, sin tocarla, ofreciéndole cinco millones por verla bailar.
Diez ya. Diez millones.
Y todavía no había tocado el tema.
Lían lo dejó hablar veinte minutos completos sobre las rutas, las identidades, las claves, las contraseñas que iban a usar dentro de Casa Verde. Asintió donde tenía que asentir. Preguntó dos cosas técnicas. Dante contestó las dos sin desviarse.
Era bueno.
Era frustrante lo bueno que era.
Cuando terminó la última explicación, Dante cerró la carpeta. La empujó hacia ella sobre el escritorio.
—¿Algo más?
—No.
—¿Está conforme con todo?
—Estoy conforme.
—Bien.
Pausa.
Dante no se levantaba.
Lían tampoco se movió. Esperó.
—Señora Saggese.
—¿Sí?
—Una cosa más.
—Dígame.
Dante respiró una vez. No mucho. Apenas. Pero Lían lo notó. Once años de palacio. Lían notaba todas las respiraciones.
—Aumento la oferta a diez millones.
Silencio.
—La Dama elige fecha. La Dama elige música. La Dama elige hotel. Yo pago todo lo demás aparte. Vinos, flores, lo que quiera. Por favor, transmítaselo.
Lían no se movió.
Por fuera, no se movió.
Por dentro, algo pequeño se le contrajo entre las costillas. Algo que no esperaba sentir. Algo que se parecía mucho a un golpe.
Hijo de puta. Sigues con la Fénix. Después de mirarme como me miraste cenando. Sigues queriendo a la otra.
La otra que soy yo.
Pero tú no lo sabes.
Lían bajó la cabeza apenas. Le pareció que era para anotar algo en una libreta. Anotó nada. Una línea. Después levantó la cabeza otra vez, con la cara recompuesta.
—Le diré a la Dama.
—Gracias.
—¿Algo más, Rivas?
Dante negó con la cabeza.
Se levantó.
Recogió la carpeta.
Caminó hasta la puerta.
Antes de abrir, se giró.
—Señora Saggese.
—¿Sí?
—Gracias por aguantarme estas semanas. Sé que la estoy presionando con un tema que no es suyo.
—Es mi negocio, Rivas. Si me molesta, le digo. No me molesta.
—Bien.
Salió.
Cerró la puerta despacio.
Lían se quedó sentada en su silla.
Miró la silla de enfrente, donde Dante había estado veinte minutos sentado. Todavía estaba tibia. Lían lo sabía sin necesidad de tocarla. El sol entraba en ángulo por la ventana y le pegaba justo a esa silla, calentaba el cuero un grado más que el resto del cuarto. Eso, y los veinte minutos de él, la dejaban con una temperatura que era casi una respiración.
Lían se levantó.
Caminó hasta la silla.
Se sentó.
Apoyó los brazos donde él había apoyado los suyos. Apoyó la espalda donde él había apoyado la suya. Cerró los ojos un segundo.
Sintió.
El calor del cuero. El olor leve de su colonia, todavía en el aire del cuarto. La sensación de estar ocupando un lugar que un hombre acababa de dejar y que, durante veinte minutos, había sido el suyo.
Y por dentro, en algún lado que llevaba mil años cerrado, Lían entendió algo que no quería entender.
No estoy molesta porque insiste con la Dama, vieja.
Estoy molesta porque no insiste conmigo.
Quiero que él me quiera a mí. A Valentina. A la mujer que se sienta frente a él en esta silla. No a la del antifaz.
Hija de puta. Te enamoraste.
Abrió los ojos.
Se quedó mirando el techo.
—No —dijo en voz alta, al cuarto vacío—. No otra vez.
Pero el cuero seguía tibio.
Y la pregunta no se iba.
Tocaron la puerta dos veces.
—Vale, soy yo.
—Pasa.
Sofía entró.
Lo primero que vio fue a Vale sentada del lado equivocado del escritorio, en la silla del invitado, con los ojos rojos como si acabara de despertarse.
Se quedó parada en la puerta.
—Vale.
—No empieces.
—Vale.
—Sofía. No.
Sofía cerró la puerta. Cruzó el cuarto. Se sentó en la silla del escritorio, en la silla de Vale, frente a ella.
Ahora estaban del revés.
Ninguna habló durante diez segundos.
Lían se quedó mirándose las manos.
—Sofía —dijo al fin—. ¿Tú alguna vez te enamoraste?
—Sí.
—¿De quién?
—De un imbécil.
—¿Y qué hiciste?
—Lo aguanté tres años. Después un día me pegó porque la comida estaba fría. Me fui esa misma noche. Llegué al Lotus a las nueve. Me abriste la puerta tú. Me diste trabajo a las nueve y diez. Me diste cuarto a las nueve y veinte. Y a las nueve y media me serviste un café del horrible y me dijiste bienvenida a casa.
—Eso lo recuerdo.
Mentira. Lían no lo recordaba. Era la Valentina vieja la que lo había hecho. Pero los recuerdos del cuerpo la respaldaban: Lían lo veía como si lo hubiera vivido ella. Era una de las pocas cosas buenas del cuerpo prestado — los recuerdos venían cuando se los necesitaba para sostener una conversación.
—¿Y por qué me lo preguntas, Vale?
—Por nada.
—Vale.
—Por nada, Sofía.
Sofía la miró largo. Después suspiró. Después se inclinó hacia adelante sobre el escritorio.
—Vale, te conozco hace ocho años.
—Sí.
—Y desde que despertaste del hospital, estás distinta.
—Casi me muero, Sofía. Estoy distinta. Es lógico.
—Sí. Pero hay distintos y distintos. Una mujer que casi se muere puede volver más callada. Más triste. Más asustada. Más cualquier cosa. Lo que no se vuelve es más sabia. Y tú volviste más sabia.
Lían no contestó.
—Y ahora estás sentada en la silla de un hombre con los ojos rojos.
—Sofía.
—Vale.
—¿Sí?
—¿Tú sabes lo que perdiste cuando te envenenaron?
Pausa.
Lían levantó la cabeza.
—¿A qué te refieres?
—Al bebé.
Silencio.
Lían bajó la mirada.
Cuidado, vieja. Esto le duele al cuerpo, no a ti. Pero la cara la pones tú.
Los recuerdos de Valentina llegaron de golpe. La sangre tibia entre los muslos. El vómito en el baño del salón. Sofía sosteniéndola en la ambulancia. La doctora joven con la cara seria saliendo del quirófano. Las palabras: Lo lamento, señora. No pudimos salvarlo. Eran tres meses.
Tres meses.
Tres meses que Valentina llevaba prometiéndole a Marcelo cada noche por teléfono.
Tres meses que el hijo de puta no quiso ni ver una vez.
Lían sintió que el cuerpo se le hacía pesado. No era ella. Era Valentina. Era el dolor instalado en este cuerpo desde antes de que ella llegara. Un dolor que llevaba meses dormido y que Sofía acababa de despertar con una sola palabra.
A Lían le picó algo en los ojos.
No lloró. Pero le picó.
—Sofía.
—Dime.
—Sí. Sé lo que perdí.
—¿Y crees que estás lista para volver a sentir algo por otro hombre?
Lían se quedó callada.
Sofía esperó.
—No —dijo Lían al fin—. No estoy lista.
—Bien.
—Pero está pasando, Sofía. Y no sé cómo pararlo.
Sofía se levantó. Caminó hasta su lado del escritorio. Se sentó al lado de Lían en la silla del invitado. Le pasó un brazo por los hombros.
Lían no se movió.
Tampoco se quitó el brazo.
Por primera vez en mil un años, alguien la abrazaba sin pedirle nada a cambio, y ella se dejaba abrazar sin calcular qué le iba a costar el abrazo.
Le picaron los ojos otra vez.
Esta vez con más fuerza.
—Sofía.
—Dime.
—Por favor no se lo digas a nadie.
—¿El qué?
—Lo de Dante.
—No se lo voy a decir a nadie, Vale. ¿Por quién me tomas?
—Por mi mejor amiga, supongo.
—Eso ya estaba claro hace ocho años. Pero gracias por decirlo.
Lían se rió. Una risa corta, mojada.
—Hija de puta.
—Esa frase la usas mucho últimamente.
—Tú me la enseñaste.
—Te quedó bien.
Las dos se quedaron en silencio un rato más.
Después Sofía retiró el brazo despacio. Se levantó. Caminó hasta su lado del escritorio. Pero no se sentó. Se quedó parada con la mano en el respaldo de la silla.
—Vale.
—¿Qué?
—Marcelo mandó cuarenta y ocho mensajes en una hora. Está perdiendo el control. Y Mei avisa que Renata está vigilando el departamento del río. Mandó a su asistente esta mañana.
Lían cerró los ojos.
Los abrió.
Se enderezó.
Y por dentro, la emperatriz volvió a ponerse el casco.
—Bien. Por orden de prioridades. Primero Marcelo. ¿Qué dice en los mensajes?
—Que sube. Diez millones, doce, quince. La cifra cambió tres veces en la última hora. Está fuera de sí.
—Que se quede así. No le contestes hasta mañana. Que sufra una noche entera.
—Bien.
—Segundo: el departamento del río. ¿Hay alguien adentro?
—Está vacío desde hace tres semanas. La última chica salió hace un mes.
—Bien. Que Andrés lo deje vacío otros diez días. Que Renata lo siga vigilando. Cuando se canse, le pasamos a Mei una mentira nueva.
—¿Qué mentira?
—Después la pensamos. Hoy no.
—Bien.
Lían se levantó. Caminó hasta su silla. Se sentó. Volvió a ser la dueña del Lotus.
Pero por dentro, la mujer que llevaba dos noches durmiendo mal seguía sentada en la silla del invitado.
La silla seguía tibia.
Sofía se acercó a la puerta. Antes de salir, se giró.
—Vale.
—¿Qué?
—Me alegra.
—¿Qué te alegra?
—Que estés viva.
Salió.
Lían se quedó sola.
Se quedó mirando la silla del invitado un rato largo.
Después, despacio, se puso a trabajar.
Me dejó imaginando si se volverían a ver Valentina y su loco Marcelo... me dió lastima ese pobre hombre, perdido en su locura de amor 😔🥺💔
Su corazón y su mente le pertenecen a ella, aunque tarde se dió cuenta... ojalá se encuentren en la otra vida 🥺